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Por lluís Pifarré
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5.- LA SOLEDAD DEL ARTISTA.
Efectivamente, Nietzsche padeció la soledad en su más cruda y real significación, la soledad como eterna y silenciosa acompañante del sufrimiento interior, que se introdujo por todos los entresijos y fisuras de su alma, y que supuso sin duda, una importante fuente de inspiración creativa para su natural talento artístico. Situación de soledad, que se fue acrecentando desde el momento que tomó la decisión de abandonar definitivamente la acogedora ciudad de Basilea. Fue una triste despedida que imprimió un nuevo rumbo a su vida y le empujó a transitar por unas sendas sin norte fijo y sin una lugar estable en el que morar. Al respecto, K. Jaspers comentará que "Nietzsche abandona todos sus lares y se arriesga a la intemperie total" (50). El pensador alemán era consciente de la nueva embocadura que tomaba su atormentada existencia y se sentía abrumado por la zozobra de un porvenir cuyos derroteros estaban llenos de incertidumbres. Por boca de Zaratustra, gimoteará sin recato ante las pesadas cargas de un ignorado futuro: "¡Ay, mi más duro camino es el que tengo que subir! ¡Ay, he comenzado mi viaje más solitario!" (51).
Ante estas imprevistas eventualidades, Nietzsche se amoldará a la nueva situación, autocalificándose de fugitivus errans, de "errante y solitario fugitivo", manifestando con ello, la nueva existencia de nómada y de trashumante viajero que iba a emprender, sintiéndose como un personaje desterrado de todos los lugares que hasta entonces habían sido su "habitat" natural: "Un nómada soy en todas las ciudades, y una despedida junto a todas las puertas,y desterrado estoy del país de mis padres" sentenciará con melancolía el solitario Zaratustra (52).
Soledad de Nietzsche, que unida a los padecimientos físicos que le continuarán acechando durante el resto de su vida, engendrarán en él, en un entorno de desamparo y soledad absolutos, una fructífera y tensionada carga interior, de la que extraerá gran parte del caudal de sus reflexiones, incubadas durante largos años. En 1874, cuando todavía no había sufrido las terribles crisis que le apartaron de su vida profesional, ya se consideraba como uno de los hombres que más intensamente han experimentado la soledad: Con un tono de amargura incomprendida, dirá: "Ningún hombre que tiene amigos, sabe que cosa es la verdadera soledad... ¡Ah, me doy cuenta de que no sabéis que cosa es la soledad!" (53).
A su fiel amigo Overbeck, compañero de cátedra de la Universidad, le describirá su sufrimiento y soledad interior, por el clima de tristeza que observa en su entorno, en los penumbrosos días que decidió alejarse para siempre de esa institución académica: "Dolor, soledad, paseos, mal tiempo, esto es mi movimiento circular" (54). Su alejamiento de la vida universitaria, de los acogedores rincones conocidos y las calles recorridas, de aquellas cosas que le eran familiares, y de las relaciones con sus colegas de Universidad, y que ha cambiado por una vida incierta y precaria, no lo sentía como una pesada carga o una dolorosa renuncia, pues lo que habría anulado el sentido de su existencia, la razón última de su vivir, hubiera sido el buscar impedimentos y no atreverse a realizar esta renuncia. Nietzsche consideraba que, en las condiciones anímicas y psicológicas en las que se encontraba, no había otra salida, si quería conseguir las nuevas condiciones de aislamiento contemplativo que imperiosamente buscaba, por la necesidad básica y vital de hallar nuevas vías y nuevas condiciones ambientales a sus reflexiones teóricas y a su creatividad intelectual, con la finalidad de llevar a cabo su obra filosófica de artista con aspiración de perduración eterna: "Cuando el contemplador pensativo elige la soledad no pretende renunciar a nada; por el contrario, la renuncia para él, la melancolía, la destrucción de sí mismo, sería tener que continuar en la vida práctica; renunciar a ésta porque la conoce y se conoce. Así es como da el salto en su agua, así como gana su eternidad" (55).
Nietzsche, intensificó su soledad física y espiritual, a medida que fue perdiendo gradualmente, en gran parte por su extraña y peculiar forma de ser, a sus más cercanas amistades. Th. Mann, comentará "que los amigos de Nietzsche deploraban que siempre se dedicaba a serrar la rama sobre la que estaba sentado, con lo que estaba condenado a acabar mal"(56). No obstante, Nietzsche reconocerá la necesidad de que el artista, el escritor, pueda compartir, en determinados momentos, el afecto y el reconocimiento de sus amigos, para alimentar la motivación y el aliento de su espíritu creativo: "Un buen escritor no cuenta tan sólo con su propio espíritu, sino también con el espíritu de sus amigos" (57).
En este orden de consideraciones, podemos traer al recuerdo la agria y violenta ruptura con Wagner , con su mujer Cósima y H. von Bülov. La larga y entrañable amistad que tenía con Erwin Rohde, comenzó a erosionarse a raíz de las duras críticas que éste virtió contra su libro Humano, demasiado Humano. Su intensa relación con Paul Rée quedó rota a consecuencia del "affaire" con Lou Salomé, y al fogoso y apurado músico Carl Fuchs no le quedó otra salida que enemistarse con Nietzsche, cuando éste le trató varias veces con acritud y despecho de palabra y por escrito. Triste y doloroso fue el discreto y progresivo apartamiento de su culta y venerable amiga Malwida von Meysenburg, wagneriana e íntima amiga de Cósima, que trató a Nietzsche con maternales cuidados y que le ayudó con tanta solicitud en momentos difíciles, hasta el momento en que éste, arrastrado por un visceral y desmesurado furor dialéctico, atacó tan despiadamente a Wagner. Otros amigos como P. Widemann, Karl Hillebrand. Fiedrich Ritschl, su cuñado Bernhard Foster, etc., también se fueron alejando paulatinamente de él. Solamente el agnóstico profesor de teología de la Universidad de Basilea, Franz Overbeck . y el que fuera su amanuense y frustrado músico Heinrich Köselitz (conocido con el sobrenombre de "Peter Gast"), aunque fuera a contrapelo, le fueron fieles hasta el final. (58).
En los últimos meses de 1870, antes de su alejamiento de Basilea, Nietzche ya registraba dentro de sí, la dolorosa y persistente mordedura de la soledad, ocasionada principalmente por la ausencia y apartamiento de sus amistades: "Conozco perfectamente el sentimiento que produce la soledad por falta de amigos" le dirá a E. Rhode (59). Pero este era el precio que tenía que pagar, el riesgo al que se tenía que exponer, si quería llevar a término la arriesgada y peligrosa tarea de iluminar proféticamente los destinos de la futura humanidad:
Con enfática solemnidad escribirá en Aurora: Para llegar a ser el profeta y el taumaturgo de su época, lo mismo hoy que en otro tiempo, hay que vivir aislado" (60).
Una admiradora de sus pensamientos, estudiante de filosofía, le escribió en marzo de 1884, para expresarle su deseo de desplazarse a Niza con objeto de poderlo conocer. La respuesta que le da Nietzsche, desde esta ribereña ciudad donde pasó algunos inviernos, revela su grado de conciencia de hombre solitario, sumergido en las oscuras cavidades de inaccesibles e infinitas cavernas interiores: "Le enseñaré Niza y, en lo posible, también a mi mismo, ya que Vd. quiere conocer al viejo solitario. No obstante todo solitario tiene su caverna en sí mismo, y, a veces, tras la caverna, otra y otra. Quiero decir que resulta difícil conocer a un solitario" (61). En otras ocasiones, Nietzsche volverá a utilizar esta metáfora de la "caverna", como símbolo de su honda soledad, o también "la del oso en su caverna", refiriéndose a la vida errante y profética del visionario Zaratustra (62). La figura literaria de la "caverna" como lugar natural que ofrecen las cavidades y oberturas de los peñascos, le sirve para aplicarla metafóricamente a la soledad del artista creador que adentrándose en sus oscuras galerías y apartado voluntariamente de la cercanía de los hombres, desea encontrarse a solas con su alma y meditar sin agobios sus peligrosos e inquietantes pensamientos. Con un contenido sabrosamente substancial y poéticamente arrebatador, Nietzsche, escribirá en Más allá del bien y del Mal: Quien durante años, durante días y noches ha estado sentado solo con su alma, en disputa y conversación íntimas, quien en su caverna convirtióse en oso de cavernas, ése tiene unos conceptos que acaban adquiriendo un color crepuscular, propio"(63), consideración que formulará desde otra perspectiva enAurora": "Si te sientes grande y fecundo en la soledad, la compañía de los hombres te empequeñecería y te volvería estéril" (64)
Es comprensible por ello, que durante estas fechas, su hermana Elisabeth, especialmente dolorida por el rompimiento con Wagner y Cósima, a los que profesaba un profundo afecto, expresara a Köselitz su inquietud con tonos algo patéticos, al observar como la hostil actitud de su hermano Fritz, provocaba que sus más íntimos amigos se fueran alejando de él: "Veo como sobre mi pobre hermano reposa, como una fatalidad horrible, la inclinación trágica a ahuyentar de sí, por un comportamiento incomprensible, a todas las personas que más lo han querido. ¡Vaya vejez solitaria que le espera! ¡Pobre Fritz!" (65). El paso del tiempo corroborará los inquietantes presagios de Lithz.
A pesar de que Nietzsche es consciente de las consecuencias terribles de la soledad, sostendrá con soberbia tenacidad, su concepción de que solamente los hombres superiores, los más grandes y de voluntad más fuerte, los más rebeldes, los que están más allá del bien y del mal, son los que necesitan de ella para destilar fuera de sí la riqueza interior de sus inspiraciones y pensamientos: "El más grande será el que pueda ser el más solitario, el más oculto, el más divergente, el hombre más allá del bien y del mal, el señor de sus virtudes, el sobrado de voluntad" (66). Para él, los amantes y amigos de la soledad son los espíritus libres, aquellos que no forman parte del rebaño ni entran en el juego de su pasiva mediocridad. Atrevidas reflexiones que intentará expresar con imponentes alegorías cronológicas: "Somos los amigos natos, jurados y celosos de la "soledad", de nuestra propia soledad, la más honda, la más de media noche, la más de mediodía, ¡esa especie de hombres somos nosotros, nosotros los espíritus libres!" (67). En este dilema no hay componendas posibles, no hay alternativas intermedias, o se acepta la soledad como condición indispensable de una vida superior y más creativa, o no queda otra posibilidad que la de sumergirse en la mesnada impersonal del rebaño: "Hasta que punto un hombre es solitario o tiene instintos de rebaño. Consecuencia: no se debe valorizar el tipo solitario, comparándole con el del rebaño, ni el del rebaño según el tipo del solitario"(68).
El pensador alemán siempre mostrará su natural rechazo para vivir, sin más, en medio de la multitud, de beber y nutrir su pensamiento con aquellos mismos ingredientes con los que las gentes nutren y satisfacen su inapetencia espiritual. En ello vislumbra el peligro, de que por la presión colectiva de los hechos, se dejara arrastrar y acoger por la anemia existencial en la que estas multitudes están sumergidas, pues podría perder su propio norte, contraer su misma vaciedad y penuria interior, poniéndose en riesgo de diluir y colapsar su propia potencia creativa. Y es que Nietzsche parte del principio de que el hombre vital, el hombre que pretende abrir nuevos senderos en el arte y alumbrar fecundos y arriesgados pensamientos, necesita de la soledad para aislarse de lo que complace a la muchedumbre, para encontrar la autoidentidad de sus propias reflexiones y el sendero de su propia tarea: "Vuelvo a la soledad, por no beber en las cisternas que están para el uso de todos. En medio de la multitud vivo como la multitud y no pienso como yo pienso; al cabo de algún tiempo tengo el presentimiento de que me quieren desterrar de mí mismo y robarme el alma" (69).
A pesar de la necesidad vital del aislamiento, del oxígeno espiritual que representa para el hombre creativo, la soledad en sí misma puede llegar a convertirse en una dura y fría sensación de silenciosa mordedura y de inmisericorde tediosidad, de un tiempo que pasa sin pasar, en la continua sucesión de unos inacabables instantes que resecan la afectividad y el resuello
del alma. Nietzsche tuvo que experimentar con toda su crudeza las punzadas de la soledad en sus largas y monótonas jornadas, sin importarle confesar que en algunas situaciones la experimentó en todo su triste y grave pesar, ocasionándole un deprimente hastío existencial que apenas se le hacía soportable. Pero tan lejos ha ido con su voluntario aislamiento, con su arriesgada decisión, que ya es demasiado tarde para volver atrás y retornar a sus antiguas ocupaciones: "Siete años de soledad quedan a mis espaldas. En realidad, no estoy en absoluto hecho para la soledad y ahora, que ya no veo como poder librarme de ella, me asalta casi cada semana un hastío tan repentino de la vida, que me siento enfermo"(70). K. Jaspers hará un diagnóstico de esta ambivalente situación anímica: "Nietzsche se queja por la soledad, y, sin embargo, la desea, padece por la falta de lo que hay de humanamente normal y, sin embargo, conscientemente elige el ser de excepción que es" (71).
Antes que renunciar a sus propósitos, Nietzsche prefiere asumir las duras consecuencias de su aislamiento, de su ruptura definitiva con los demás, tal como le dice a Rhode desde Niza: "Todo ha terminado. La verdad, sin embargo, destella en la mirada: y estos ojos me dicen: Amigo Nietzsche, estás completamente solo" (72). Aunque sean tan desoladores los filtros de la soledad y el desamparo, Nietzsche no rehusa beberlos estoicamente, aceptando sus amargas acideces, pues es la única forma de poder encontrar en el frío abismo del silencio, las idóneas condiciones que le permitan extraer de la interioridad de su ser, toda la pulpa concentrada de los dorados frutos de su creatividad. Es lo que le expresará a Malwida en el invierno de 1880: "El completo desamparo me ha permitido descubrir mis propias fuerzas de salvación" (73).
El pensador alemán considera que para evitar mezclarse con el espíritu mediocre de las gentes y compartir sus decadentes formas de vida, debe afrontar con valentía y sin mirar hacia atrás, las imperativas exigencias de la soledad, pues la proximidad con ellas, podría amenazar la gran tarea y la alta misión que debe llevar a término: "Prefiero mil veces la clandestinidad absoluta en la que vivo -le dirá a Overbeck- a la convivencia con charlatanes y mediocres (74). Cuando hubo escrito Así habló Zaratustra, su "gran obra", se confirmó en su postura de apartarse de las multitudes, pues desde aquel momento se sintió un genio creador, un artista tan por encima de los demás, que en adelante ya no podía vivir sino aislado consigo mismo, en la azul soledad de sus altos pensamientos. La distancia con sus semejantes ya se ha vuelto tan pronunciada y equidistante, que reconocerá, según le dice a C. Fuchs en 1888, que: "el abismo con los demás se ha hecho ya demasiado grande" (75)
En el verano de 1884, después de cinco años de ausencia, tiene la oportunidad de acudir a Basilea para revivir pasados recuerdos, pero sufre una gran decepción que le hiere en su orgullo, al comprobar que sus antiguas amistades se han convertido en lejanos y extraños personajes que le obligan a representar un forzado y falso trato de meras apariencias, mendaz y superficial. Al experimentar estas desconfiada y recelosas actitudes, siente incrementarse todavía más su añoranza por vivir en apartada y tranquila soledad: "Basilea, o mejor mi intento de revivir el viejo trato de antaño con los basileos y la Universidad, me ha agotado profundamente. Un papel y un disfraz tales cuestan ahora demasiado a mi orgullo. ¡Mil veces mejor la soledad!" (76). Su amiga y discípula, la suiza Meta von Salis, que pasaba algunas temporadas en Sils-María, nos describe con lírica ternura, la honda soledad en la que vivía su admirado y singular escritor: "En el silencioso mundo de la alta Engadina, en el entorno saturado de formas y colores de la limpia Sils-María, entró el hombre más solitario, orgulloso y tierno de nuestro siglo en su reino originario, igual que el hijo de un rey nacido en el destierro" (77).
6.- LOS VERANOS EN LA ENGADINA.
En el verano de 1881, Nietzsche descubrió inesperadamente al dirigirse hacia St. Moritz, el pequeño pueblo de Sils-María ubicado en la alta Engadina, y tanto le agradó el lugar, el clima y sus paisajes, que para sus estancias estivales lo eligió como su lugar de residencia (78). Es indudable, como decía Meta von Salis, que Nietzsche estuvo viviendo en este valle alpino como el solitario hijo de un rey nacido en el destierro. Thomas Mann, nos dirá al respecto: "En toda la historia de la literatura mundial y en la del espíritu, buscaríamos una figura más fascinante que la del solitario de Sils María" (79). A su fiel Köselitz le comunica por carta las agradables sensaciones que está experimentando en este hermoso valle alpino rodeado de sus maravillosos paisajes, que ha recibido como un inesperado regalo, comunicándole tal estado de ánimo, que nos recuerda la euforia y entusiasmo que sentía en los días transcurridos en Tribschen, en compañía de Wagner: "Gracias a un suizo formal y amable, me he aposentado en el rincón más encantador de la tierra... Considero el descubrimiento de este lugar un regalo tan inesperado como inmerecido" (80).
Instalado en Sils-María, en casa de la familia Durisch (81), se siente inclinado a mostrar admiración por este lugar, al que considera uno de los más bellos y magníficos que ha conocido: "el entorno de la Engadina -le informa a su madre- y toda ella en general, me agrada extraordinariamente, sigue siendo mi paisaje más querido" (82). Este enclave alpino de ondulados valles y abruptos despeñaderos, le prestó alas a su creatividad artística, y supo aprovecharlas para expresar con líricos acentos, a través de la resonante voz de Zaratustra, sus proféticos vaticinios que aparecen adornados de titánicas ideas e insólitas imágenes poéticas, y que serán la mediación lírica del hermoso paisaje que le rodeaba: "¡Desde silenciosas montañas y tempestades de dolor, mi alma desciende con estruendo en los valles! Mi sabiduría salvaje quedó preñada en montañas solitarias sobre ásperos peñascos", exclama el visionario de las alturas de su solitaria morada. (83).
En este primer verano de su estancia en la Engadina, se inspirarán los iniciales bosquejos del "Zaratustra", su libro preferido, del que ya tenía una cierta noción en sus trazados más esenciales durante su estancia en Reocaro cerca de Vicenza. Meta von Salis, testimoniará con sus recuerdos algunas escenas de este alumbramiento literario: "Nietzsche me recogió por la mañana, y paseando por los alrededores, pronto estuvimos en el promontorio. Aquí había compuesto Nietzsche, cuando todavía no habían caminos que facilitaran el acceso a este lugar, tumbado sobre el musgo y los brezos llenos de sol, una parte de su Zaratustra" (84). Instalado en el señorial silencio de estos paisajes alpinos, solo roto por el cadencial y misterioso rumor de los árboles mecidos por el viento, experimenta un mejoramiento de su salud, sintiendo despertar dentro de sí una febril y ansiosa actividad de trabajo creativo. A su amiga Malwida, le escribe para transmitirles estas sensaciones: "La soledad en la más solitaria naturaleza ha sido hasta ahora mi alivio, mi medio curativo, en cambio esas ciudades de vida moderna como Niza e incluso Zurich, me convierten en un ser improductivo y enfermo" (85). Cuando dos años más tarde, tenga acabada la segunda parte del Zaratustra, le escribirá con orgullosa satisfacción a Köselitz, recordando con enfática solemnidad la fecha de su inicio: "Esta Engadina es el lugar del nacimiento de mi "Zaratustra". Acabo de encontrar el primer bosquejo de los pensamientos con los que se juega en él; abajo está escrito: Comienzos de agosto de 1881 en Sils-María, 6.000 pies sobre el mar y más alto sobre todas las cosas humanas"(86).
Fue en la magnificencia de este valle alpino, bañado en el estío por las aguas verdinegras de su lago rodeado de exuberantes bosques, de altos riscos y nevadas cumbres, el lugar donde Nietzsche sintió una de las emociones más fuertes, uno de los gozos más intensos y emotivos; la revelación del "eterno retorno", que alteró profundamente su alma especulativa de artista, abriéndole insospechadas dimensiones de utópicos ensueños. Esta alumbradora revelación, le provocará un estado de agitada excitación, de éxtasis dionisíaco, que le inspirarán las imágenes estéticas más inmensas y sobrecojedoras: "En mi horizonte han surgido ideas tales como no he conocido nunca -escribe en agosto del 1881- no quiero manifestar nada al respecto para mantenerme en una tranquilidad imperturbable.., cantaba de júbilo y decía tonterías poseído por una nueva visión de las cosas" (87).
De ésta revelación, que es el primero en recibirla, surgirá su teoría más temible, arriesgada y contradictoria, de la que piensa puede cambiar el curso y el destino de los acontecimientos humanos, y que por la gravedad de sus implicaciones le atosigará de modo casi obsesivo el resto de su vida, pero de la que también surgirán sus más radiantes y jubilosas esperanzas y extraerá sus más bellos y misteriosos simbolismos : "El que tengas que ser el primero en enseñar esta doctrina -gritará Zaratustra- ¡cómo no iba a ser ese gran destino también tu máximo peligro y tu máxima enfermedad! (88). En Ecce Homo, recordará con temblorosa memoria este suceso inolvidable, el sitio y el lugar en el que sucedió la inesperada iluminación del "eterno retorno", semejante a un potente y deslumbrador rayo: "Aquel día caminaba yo junto al lago de Silvaplana a través de los bosques; junto a una imponente roca que se eleva en forma de pirámide no lejos de Surlei, me detuve. Entonces me vino de golpe ese pensamiento" (89). Algunas personas que tuvieron la ocasión de relacionarse con Nietzsche durante estos veranos en Sils-María, cuentan que en sus solitarios paseos, acudía a menudo a la "roca de Zaratustra", la roca de la revelación del "eterno retorno", y allí, sumergido en aquel ambiente de serena calma, de silenciosa belleza, se encerraba en sus ensueños dionisíacos desbordantes de cósmicas imágenes.
La periodista Helen Zimmern, que estuvo en Sils María en el verano del 84, cuenta al respecto: "Nietzsche venía a pasear comigo por la orilla del lago Silvaplana hasta una roca que se adentraba en él y que a Nietzsche le gustaba mucho... ¡Parecía tan solo!"(90). Su admiradora Resa von Schirnhofer describe impresiones semejantes; "También a mí como antes y después a otros de sus visitantes, Nietzsche me condujo a la roca rodeada de agua que está a la orilla del lago de Silvaplana, a la roca de Zaratustra, a aquel maravilloso paraje de grave belleza natural. Después de sentarme, en la para él roca sagrada, Zaratustra comenzó a hablar desde el mundo de su alta tensión espiritual y emocional, derramando gran abundancia de ideas e imágenes revestidas de un lenguaje ditirámbico. Esta visita a la roca de Zaratustra, posee todavía hoy una realidad conmovedora en mi recuerdo"(91). Meta von Salis comentará la atracción que sentía Nietzsche por la roca de Zaratustra: Aquí en este promontorio, había deseado ser enterrado cuando le llegase la hora"(92).
No obstante, en los diversos veranos que acude a la Engadina, su paisaje más querido, tiene que soportar estoicamente los cambios de temperatura que a menudo se producen en estos altos valles, en el que el frío muestra su faz más inhóspita y amenazante, lo que suponía un riesgo para su sensible y frágil salud. En carta que escribe a Overbeck, en el verano de 1881, el primero de su estancia, se lamenta de estos bruscos cambios climáticos que le originan dolorosos ataques: "¡También aquí hay un clima excepcional! ¡Constantes cambios de las condiciones atmosféricas! Tengo imperiosa necesidad de un cielo puro, de los contrario voy a seguir estacionario ¡Llevo ya seis graves ataques, de dos o tres días" (93). Dos años después, en el estío de 1883, le informa a su hermana en parecidos términos: "El entorno de la Engadina y todo en ella en general me agrada otra vez de forma extraordinaria, sigue siendo mi paisaje más querido -pero "tiene" que hacer más calor" (94). No obstante, a los pocos días de estas quejosas misivas, le comenta a C. von Gerdsdorf, su preferencia por esta región: "Me encuentro de nuevo en la Alta Engadina, y siento de nuevo que aquí y en ningún otro lugar se encuentra mi verdadera patria, y el criadero de mi pensamiento" (95)
El año 1888, fue el último en que Nietzsche permaneció con lucidez mental, y en consecuencia fue el último estío que acudió a Sils María. A pesar de que en aquel hermoso valle también había soportado los achaques de sus jaquecas y dolores intestinales, no podía olvidar que este lugar con sus empinadas quebradas de bosques frondosos, de atajos y veredas, fue el escenario ideal de sus largas caminatas, que le permitió extraer muchas de sus ideas y de sus utópicos proyectos, que plasmaba después en sus aforismos. A su amigo G. Brandes le comenta el proceso de elaboración de sus diferentes escritos, confirmando estas aseveraciones: "Todo ha sido concebido de camino, en largos paseos, con una certeza absoluta, como si cada frase me hubiese sido dictada"(96). Es indudable que Nietzsche fue siempre un consumado caminante, realizando a diario largos paseos, lo que le valió el nombre de "caminante de riscos" que le puso Jacob Burckhardt. Incluso antes de residir en Sils María, ya tenía arraigada esta afición, tal como le comenta a C. von Gerdsdorff, desde Steinbad en julio de 1875: "Ayer, al atardecer, estuve vagando por hermosos bosques y recónditos valles, durante más de tres horas, soñando, mientras andaba, en todas mis esperanzas del porvenir" (97), y un mes más tarde le escibe a Rhode: "Camino mucho por los bosques... tuve algunos días francamente buenos, y me dediqué a pasear por los montes, siempre solo, pero no puedo decirte lo agradable y alegre de mi estado de ánimo (98) Estos recorridos y constantes caminatas las tiene presentes en la confección del Zaratustra, a través de las incansables andaduras que tuvo que realizar el iluminado profeta para proclamar sus terribles sentencias: "Mientras continuaba su camino, subiendo, bajando, pasando unas veces al lado de verdes prados, pero también por barrancos salvajes y pedregosos, donde en otro tiempo, un impaciente arroyo había tendido su lecho; de repente sus pensamientos comenzaron a volverse más cálidos y cordiales" (99).
Nietzshce siempre se sintió deudor de esta comarca de la alta Engadina, "mi paisaje tan alejado de la vida, tan metafísico", como le dirá nostálgicamente a C. Fuchs. (100). Sumergido en la magnificencia de estos paisajes, se sintió arrebatado por intensas emociones y golpeado por luminosas e inesperadas revelaciones que impulsaron con inusitada fecundidad su fuerza creativa, y que encauzó para elaborar algunos de sus más provocadores y polémicos escritos que contrastaban con la quietud y la serena paz del entorno. Meta von Salis describe bellamente esa disparidad tan acusada, entre el sereno ambiente de Sils y los tormentosos y desafiantes apuntes que va tomando Nietzsche en este apacible lugar: "La existencia interior y la exterior se escinden de forma progresiva. Por una parte, vemos al tranquilo paseante por caminos apacibles del bosque, a la vera del lago o en remotos valles alpinos acompañado por damas cultas, o en barca sobre el lago, dejándose introducir en el movimiento rítmico y melódico del remo. Pero por otra parte, braman sus palabras y frases en los cuadernos de apuntes como la tempestad y la tormenta, o como el vendaval en los valles alpinos"(101).
A mediados de septiembre de 1888, Nietzsche, sin ser todavía consciente de ello, se alejó por última vez de aquel rincón que había descubierto por casualidad ocho años antes y que recibió como un regalo inmerecido, derramando su imponente grandeza como un caudaloso manantial repleto de inspiraciones artísticas. Al descender con pesadumbre de estos valles, abrumado por siniestros presagios, se desplaza a la ciudad de Turín, en la que a primeros de enero de 1889, sufrió el definitivo ataque de crisis cerebral que le hundió en las tinieblas mentales y en la total inactividad.
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(50).- K. Jaspers, Nietzsche y el cristianismo, R. Piper y Co Verlag, Munich, p 304
(51).- F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, del apartado: "El Viajero"
(52).- Ibídem, del apartado: "Del país de la cultura"
(53).- Id, Consideraciones Intempestivas: Schopenhauer como educador.
(54).- Id, Correspondencia, carta 8 junio 1878, p 67.
(55).- Id, Aurora, af 440.
(56).- Thomas Mann, Prólogo a una conmemoración musical, p 152
(57).- Id, Humano, demasiado Humano, 1ª parte, af 180.
(58).- En la Navidad de 1882, le escribe a Franz Overbeck, desde Rapallo, y le comenta con triste melancolía al final de la carta: "Querido amigo, tú y tu venerable mujer, vosotros sois casi el último pedazo de tierra firme que me queda", Correspondencia, p 98. Al profesor Jacob Burckhardt, le informa de la ausencia de amigos con quien poder conservar y el silencio que se ha hecho a su alrededor: "Siento no haberle visto ni haber conversado con vd. desde hace tiempo ¿Con quién iría a hablar yo si me fuera imposible hacerlo con vd?. El "silentium" se expande en derredor mío", Ibídem, carta 22 septiembre 1886. En su último año de lucidez mental, le escribe a Malwida, que por entonces ya se había distanciado de él, para hablarle también del "vació" que se ha producido a su alrededor: "Venerada amiga ¡por fin! ¿No es cierto? Pero he enmudecido involuntariamente para todos, pues cada vez siento menos deseos de exponer a la mirada de nadie las dificultades de mi existencia. Se ha producido realmente un gran "vacío" a mi entorno. Nadie posee el concepto que defina mi situación", Ibídem, carta desde Sils Maria, julio 1888.
(59).- Id, Correspondencia, carta 22 diciembre 1879.
(60).- Id, Aurora, af 325.
(61).- Id, Correspondencia, carta a Resa von Schirnhofer, 31 marzo 1884.
(62).- En el apartado: "La más silenciosa de todas las horas", escribe: "Una vez más tiene Zaratustra que volver a su soledad, pero esta vez el oso vuelve de mala gana a su caverna".
(63.- Id, Mas allá del Bien y del Mal, af 289.
(64).- Id, Aurora, af 473.
(65).- Carta de Elisabeth a Köselitz el 26 abril de 1884. Respecto a la singular actitud de Nietzsche en su relación con los demás, comentará K. Jaspers: "Al prohibir toda adaptación, al desenmascarar toda apariencia, Nietzsche se encuentra cada vez más solo, aislado en su veracidad. El había dicho: quiero despertar con respecto a mí mismo, la más alta desconfianza", "Cuadernos de notas" de R. Blunck.
(66).- F. Nietzsche, Más allá del Bien y del Mal, af 212.
(67).- Ibídem, af 44. En Humano, demasiado Humano, comentará con tonos poéticos, los efectos que el arte produce en los "espíritus libres": "El espíritu libre, aunque se haya sacudido de toda metafísica, los efectos más nobles del arte producen una resonancia de las cuerdas metafísicas largo tiempo enmudecidas"
(68).- Id, La Voluntad de Poder, af 881.
(69).- Id, Aurora, af 491.
(70).- Id., Correspondencia, carta a su madre, 20 diciembre 1885. Tres años antes, había escrito a Overbeck, para indicarle esta dualidad ambivalente; el estar con la gente o el permanecer en la soledad: "Algunas veces he pensado en alquilar una habitación en Basilea, hacer visitas aquí y allá, y asistir a los cursos. Otras veces pensaba lo contrario: llevar mi soledad y mi renuncia a su último extremo". Ibídem, carta diciembre 1882, p 98. En carta a von Bülow, escrita en estas mismas fechas, se lamenta de la "distante soledad a la que me veo obligado desde 1876". Ibídem, p. 95.
(71).- K. Jaspers, F. Nietzsche, Int. a la comprensión de su filosofar, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1963, p. 142.
(72).- Ibídem, carta a Rhode, 22 febrero 1884, p 105
(73).- Ibídem, carta a Malwida von Meysenbug, 14 enero 1880, p 79.
(74).- Ibídem, carta a Overbeck, diciembre 1884, p 109.
(75)- Ibídem, carta a Carl Fuchs, 18 julio 1888, p 149.
(76)- Ibídem, carta a Overbeck, 10 julio 1884, p 106.
(77).- Meta von Salis, Filósofo y hombre noble, recuerdos de la Engadina, septiembre 1886, Ed Naumann, Leipzig.
(78).- El pueblo de Sils María está en un hermoso valle bañado por el lago de Silvaplana y rodeado por las montañas de los Alpes, en la Alta Engadina, cerca de Saint Moritz. Se puede acceder desde Italia po Chiavenna, subiendo el puerto hasta coronar el paso de Maloja, o por el paso de Julier Pass si se accede desde Chur por Suiza.
(79).- T. Mann, La filosofía de Nietzsche a la luz de nuestra experiencia. Ed Terra Nova, Barcelona 1986, p 86.
(80).- F. Nietzsche, Correspondencia, carta julio 1881, p 88.
(81).- La casa de los Durisch se ha convertido en un pequeño museo de recuerdos de la estancia de Nietzsche. Por escasos francos, el viajero puede visitar su habitación ubicada en la parte delantera del piso superior, en la que se puede apreciar una sencilla cama, una silla y una rudimentaria mesa. Es un testimonio más de la modestia e incluso estoica pobreza en la que vivió Nietzsche, en sus últimos diez años de producción intelectual por los diversos lugares en los que se hospedó, tal como lo expresa Zaratustra en el apartado: "El monte de los olivos": "Una cama sencilla me calienta más que una cama rica, pues estoy celoso de mi pobreza. Y en invierno es cuando ella más fiel me es"
(82).- F. Nietzsche, Correspondencia, carta a su madre, junio 1883.
(83).- Id, Así habló Zaratustra, del apartado: "El niño del espejo".
(84).- Meta von Salis, op. c. Ed Naumann, Leipzig
(85).- Id, Correspondencia, carta 12 mayo 1887, p 114.
(86).- Ibídem, carta agosto 1881, p 88. En Ecce Homo, en el apartado "Así habló Zaratustra", aparece el mismo relato.
(87).- Ibídem.
(88).- Id, Así habló Zaratustra, del apartado: "El Convaleciente".
(89).- Id, Ecce Homo, del apartado: "Así habló Zaratustra", af 1. Visitar la que en la actualidad se considera como "roca de Zaratustra" y encaramarse en ella, supone para el viajero, la posibilidad de "revivir" las poéticas sensaciones y los "prometeicos" sentimientos que tuvo Nietzsche el día de la revelación del "eterno retorno de los mismo". Resa von Schirnhofer, recuerda de su estancia en Niza, la actitud extravagante, rayana en la ridiculez que adoptó Nietzsche cuando le comunicó su misteriosos secreto: "Después de leerle "La otra canción del baile", se levantó para despedirse y cuando estábamos en la puerta cambiaron sus rasgos. Con una expresión rígida, arrojando hurañas miradas en derredor como si amenazara un terrible peligro si alguien hubiera escuchado sus palabras, con la mano en la boca para suavizar el tono, susurrando me aunució el "misterio". Había algo de extravagante, de inquietante incluso en el modo como me comunicó ell "eterno retorno", el tremendo alcance de esta idea. De repente era otro Nietzsche el que estab ante mí y yo me asusté". Sobre el hombre en Nietzsche, Verlag Hain, Meinsenheim 1968.
(90).- H. Zimmern: La amiga inglesa de Nietzsche, nota de Oscar Levy.
(91).- R. von Schirnhofer, op. cit., p 215.
(92).- Meta von Salis, Op. cit, Naumann. Leipzig. En el apartado "El grito de socorro" del Zaratustra, Nietzsche hace referencia a la roca del iluminado viviente, una de sus imágenes preferida: "Al día siguiente estaba sentado Zaratustra de nuevo en su roca delante de la caverna, mientras los animales andaban fuera errantes, por el mundo para traer nuevo alimento". En el apartado: "La ofrenda de la miel": "Un día Zaratustra, se hallaba sentado sobre una roca delante de su caverna en la que desde allí se ve el mar a lo lejos, al otro lado de abismos tortuosos"
(93).- Ibídem, carta desde Sils María, 30 julio 1881, p. 87
(94).- Id. Correspondencia, carta 21 junio 1883. Nietzsche era muy sensible a los cambios climatológicos, afectándole tanto en su fisiología como también en su sus estados anímicos. Desde Turín le comunica a G. Brandes: "Tengo necesidad de proceder con la mayor cautela; son indispensables algunas condiciones de carácter climático y metereológico". Ibídem, carta 10 abril 1888, p 136. A Overbeck, le informa en este último verano: "Esta extrema irritabilidad a las impresiones metereológicas noes un buen signo; caracteriza un agotamiento que constituye la causa de mi sufrimiento". Ibídem, carta 4 julio 1888, p 145. K. Jaspers comentará al respecto: "Su sensibilidad para el clima y para el estado del tiempo le hacían sentir dolorosa o animadamente todos los matices del lugar, del día y de las estaciones. Se esfuerza y se afana por experimentar el paisaje en profundidad". Op. c. nota 64, p 520.
(95).- Ibídem, carta 28 junio 1883, pp. 101-102.
(96).- Ibidem, carta a G. Brandes, 10 abril 1888. También informa a Köselitz que ha finalizado , con el manuscrito de "El Viajero y su sombra": "Todo el manuscrito ha sido pensado a lo largo de mis paseos y anotando a lápiz en seis pequeñas libretas", Ibidem, carta 5 octubre 1879, p 77. A semejanza de Nietzsche, Heidegger también nos informará de que muchas de sus ideas y pensamientos filosóficos le fueron inspirados a lolargo de sus paseos por las "sendas perdidas" de los frondosos bosques de la Selva Negra.
(97b) Id, Correspondencia, carta a C Von Gerdsdorf, julio 1875.
(98 Ibídem, carta a Rohde, 1 agosto 1875
(99).- Id, Así habló Zaratustra, del apartado: "El mendigo voluntario"
(100).- Ibidem, carta 14 abril 1888, p 136
(101).- Meta von Salis, op c.
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