Por
Pablo Marti del Moral
Doctor en Teología por la Pontificia
Università della Santa Croce.
01 de abril de 2006
"El cristianismo no es una
religión, filosofía o visión del
mundo espiritualista. Es decir,
el cuerpo representa un rol
fundamental. Sin el cuerpo no
hay cristiano, es más: no hay
cristianismo..."
Para abordar este tema, en el marco
más o menos polémico en que se
presenta hoy día (en torno a la
discusión sobre el libro y la
película Código da Vinci),
debemos partir de dos premisas. La
primera, de importancia esencial, es
tener en cuenta que el cuerpo
desempeña un papel central e
insustituible para la vida de fe. El
cristianismo no es una religión,
filosofía o visión del mundo
espiritualista. Es decir, el cuerpo
representa un rol fundamental. Sin
el cuerpo no hay cristiano, es más:
no hay cristianismo. A la vez, el
cuerpo en el conjunto de la persona
tiene sus reglas, su autonomía y sus
límites, con los que hay que contar.
La segunda premisa es más
circunstancial. Sabemos que una
imagen vale más que muchas palabras.
Si tenemos en nuestra retina la
escena de Silas flagelándose, no
entenderemos nada. Silas, el
sicario-asesino con apariencia
externa de especie de monje, en las
secuencias del Código da Vinci no
hace mortificación corporal sino
masoquismo. La mortificación tiene
un motivo más allá de sí misma, y
además un motivo bueno, de lo
contrario no es mortificación
cristiana. En el Cristianismo la
mortificación no busca el dolor por
el dolor. En este sentido, para
entender la mortificación del cuerpo
hay que ponerla junto a la imagen de
un santo: cuadra con la sonrisa de
Juan Pablo II o con la paz de Teresa
de Calcuta en medio de los más
pobres entre los pobres.
Valoradas ambas premisas, si
entramos en el fondo del asunto,
encontramos que la mortificación del
cuerpo responde fundamentalmente a
dos motivaciones: el autocontrol o
dominio de sí mismo y el
embellecimiento de la persona.
1. El cuerpo manifiesta a la persona
y es el cauce para expresar sus
sentimientos, su libertad y su amor.
La persona es su cuerpo, pero no
solo su cuerpo. El mundo interior de
cada persona no está hecho de
tejidos y líquidos, sino de
pensamientos, amores y sentimientos.
Por eso ya decían los griegos que el
hombre es en cierto modo todas las
cosas, un microcosmos, un mundo. En
la persona humana existe el nivel
biológico, pero también el
psicológico y el espiritual. Aunque
la persona es una unidad, observamos
en nuestra vida la existencia de
fuerzas o tensiones diversas que nos
conducen a distintos objetivos y que
es preciso controlar e integrar en
la unidad personal. Por ejemplo, me
apetece fumar (el cuerpo me lo pide)
pero sé (aquí aparece la
inteligencia) que no me conviene o
que está prohibido y me pueden
multar, por lo que decido fumar o no
e impongo esta decisión a mi actuar
(esto sería la voluntad).
Para controlar y dirigir todas las
fuerzas o tensiones que aparecen en
mi vida, para que se integren en
torno a mi identidad personal de
manera armoniosa, es preciso educar
la inteligencia y fortalecer la
voluntad. Aquí la mortificación se
demuestra necesaria.
Conseguir el auto-dominio o señorío
sobre mi cuerpo precisa de la
mortificación, que puede describirse
como negación voluntaria de una
apetencia (me apetece fumar pero no
fumo), o afirmación voluntaria de
algo que no me apetece (no me
apetece comer esto porque no me
gusta, pero es lo que hay y me lo
como; no me apetece ponerme a
estudiar o trabajar, pero me pongo;
no me apetece levantarme, pero me
levanto). La mortificación del
cuerpo es un acto libre forjado por
una decisión de la voluntad,
informada por la inteligencia (que
proporciona el motivo de esa
decisión), que contraría las
apetencias o gustos del cuerpo en un
acto determinado.
Ahora bien, ¿por qué necesito
controlar mi cuerpo?, o mejor ¿para
qué busco controlar mi cuerpo? Los
motivos pueden ser muy variados,
como por ejemplo la educación o
cortesía humana. Así, debo
mortificar mi cuerpo para no llevar
a cabo actitudes que disturben la
paz y la convivencia próxima.
Entre las muchas razones que llevan
a mortificar o sujetar
-si se quiere, reprimir- el
cuerpo, pienso que la fundamental es
la petición al cuerpo de un servicio
a la persona por encima de sus
posibilidades iniciales u
ordinarias. Me explico con algunos
ejemplos. En el mundo en que
vivimos, sobre todo en las
sociedades avanzadas, solemos
mortificar el cuerpo principalmente
en relación con el trabajo
profesional. Soportando frío o calor
(especialmente las personas que
trabajan a la intemperie); superando
el cansancio y el sueño (casi
universalmente cada mañana al
levantarse -¿a quién no le pide el
cuerpo quedarse un buen rato más en
la cama, todos o casi todos los
días?-; en los trabajos de atención
directa al público no me puedo
permitir poner mala cara y omitir la
sonrisa, aunque realmente el cuerpo
pida enfadarse o simplemente pasar
de alguien o algo), ¡cuántos
proyectos nos llevan más allá de
nuestras fuerzas y exigen mortificar
el cuerpo!, en períodos determinados
o para determinados trabajos
siempre.
Por supuesto, también debo
mortificar mi cuerpo para cumplir
otros deberes, especialmente con la
familia o con los amigos.
Prácticamente cada día debo
mortificar mi cuerpo y sus
apetencias, a favor de los
requerimientos de otros: el padre y
la madre entre ellos y respecto a
sus hijos pequeños; los novios; los
amigos; los vecinos. No estamos
solos en el mundo, la relación con
los demás lleva muchas veces a poner
sus cosas antes que las nuestras y,
por tanto, mortificar los gustos
propios. En caso contrario, en poco
tiempo llegaremos a encontrarnos
realmente solos.
Hoy quizá la mortificación corporal
más severa se exige a los
deportistas. Deben vivir rozando y
superando el límite de las
posibilidades del cuerpo humano.
Para ello necesitan mortificar el
cuerpo hasta la extenuación en su
vida diaria de entrenamiento; además
deben seguir una dieta rigurosa, sin
permitirse excesos ni caprichos; un
horario estable y regular que limite
la diversión. Es algo voluntario,
pero que exige mucha mortificación:
piénsese en las discusiones y
críticas -a veces con fundamento-
sobre si Ronaldo está gordo o no, o
si los futbolistas deben salir por
la noche o no. Aunque el caso de los
futbolistas es un poco especial. Si
pensamos en ciclistas, tenistas,
nadadores, atletas, montañistas o
gimnastas no nos quedará duda de la
dureza de su vida: del entrenamiento
y de la competición.
Con los deportistas profesionales, a
veces justificamos todo ese esfuerzo
en que ellos son los mejores o
representan la excelencia de la
humanidad. En este sentido estos
personajes de élite son unos
elegidos para la gloria y por tanto
se les puede pedir e incluso exigir
todo ese sometimiento o
mortificación del cuerpo, mientras
los demás contemplamos esas
maravillas desde nuestro sillón de
la tele. Pero según el cristianismo
todos hemos sido elegidos para la
gloria, por tanto cada persona
singular es tratada por Dios como su
mejor hijo, como si fuera el único.
Conectamos así con el tema que nos
ocupa. La mortificación corporal
cristiana se puede encuadrar dentro
de este sentido de ejercicio o
entrenamiento para controlar el
cuerpo, con idea de disponerlo al
servicio de Dios y de los demás. En
la sociedad en que vivimos, tiene
sentido mortificar el cuerpo para
controlar sus fuerzas e integrarlas
hacia la ejecución de un proyecto
laboral, la realización de tareas o
deberes en relación con los demás,
el logro de unas metas deportivas,
etc. Sin embargo, a algunos les
puede extrañar la mortificación del
cuerpo para conseguir un objetivo
espiritual, religioso. La renuncia a
un gusto sensible o material, para
apreciar con mayor soltura un valor
espiritual. Es curioso, aunque
explicable por el materialismo
práctico de nuestra cultura.
La vida cristiana enseña que el
ideal de amar a Dios sobre todas las
cosas y a los demás como a uno
mismo, no sale solo y necesita de la
implicación personal, de la lucha y
el esfuerzo. Ahí aparece la
necesidad de la mortificación del
cuerpo, para involucrarle por
completo en la íntima unidad de la
persona y así pueda dar lo mejor de
sí mismo.
No sólo porque existen tendencias
desordenadas que conducen la persona
a su propia ruina, y que es preciso
controlar. El deseo de satisfacción
y de goce, desordenado por el
pecado, lleva a cosas que, si las
hiciéramos, nos apartarían de la paz
interior y de la comunión con Dios.
Por ejemplo, el apetito desordenado
por la comida o la bebida, la
envidia, la crítica o intolerancia
con alguna persona (familiar, amigo,
vecino o compañero), la pereza ante
los propios deberes, etc. Sino
también porque la excelencia del
ideal cristiano (amar con todas las
fuerzas y todas las obras), conlleva
la práctica intensa de la virtud (la
caridad y todas las demás), lo cual
no es posible sin imponerse cosas,
por así decir, desagradables, que
nos restan comodidad y reposo para
obligarnos al compromiso y al
trabajo por los demás. Para poder
avanzar en la vida cristiana, hay
que mortificarse. Como sucede en
muchos aspectos de la vida humana
(el deporte, el trabajo o la carrera
profesional, la estética personal,
etc.). Cambia la motivación: el amor
a Dios y a las demás personas.
2. Pero pasemos al segundo punto. Me
parece que el otro motivo
fundamental de la mortificación
corporal es el adorno del cuerpo, o
si queremos el cuerpo como adorno.
Con dos precisiones. Hablamos de
adorno no en el sentido de algo
bonito pero superfluo, sino como
algo esencial o trascendental, es
decir, como belleza. Por otro lado,
subrayamos que la belleza del cuerpo
expresa y es parte de la belleza de
la persona. De ahí que siempre sea
una belleza individual y singular,
propia de cada persona, que huye de
la uniformidad y la uniformación de
criterios generales.
Pues bien, para conseguir la belleza
del cuerpo o en el cuerpo también se
precisa la mortificación corporal.
Sin duda el cuerpo danone se
consigue tomando muchos yogures,
pero a la vez dejando de tomar
muchas otras cosas, ricas y
sabrosas, que reclaman la atención y
el gusto, pero a las que es preciso
responder con un exigente “no”.
En ocasiones, la belleza estética
requiere una mortificación corporal
más específica. Aquí entra el campo
de las operaciones quirúrgicas, sin
duda violentas e invasivas pero de
aceptables resultados en algunas
ocasiones, estilo liposucción,
estiramientos faciales, nariz, etc.
De nuevo tenemos una mortificación
del cuerpo, pero por un motivo que
trasciende y supera el sacrificio:
la belleza del cuerpo.
En este ámbito entra también todo el
tema de las exigencias de la moda,
respecto a la incomodidad
(determinados tacones no son lo
mejor ni para el pie ni para el
caminante, pero la belleza justifica
esa mortificación), al frío o al
calor; o de la costumbre (no se
puede olvidar el llanto de una niña
pequeña al abrirle un agujerito en
las orejas). En este contexto, quizá
un punto especial merece el adorno
del cuerpo mediante el piercing,
el tatuaje, etc.
Para el cristiano el adorno del
cuerpo, el cuerpo como adorno y
manifestación de la persona es
fundamental. Ese adorno se
manifiesta en la sonrisa, en el
esfuerzo a veces heroico por el otro
(entre los esposos o entre amigos;
el padre o la madre por sus hijos),
en el compartir la pobreza con el
pobre y la enfermedad con el
enfermo, etc. Como se ve es un
adorno de la persona, manifestado de
modos visibles (lo que siempre se
han llamado obras de misericordia
corporales. Pero como se trata de un
cuerpo animado por el espíritu, por
el alma, en la unidad de la persona
el adorno también es espiritual: el
adorno del cuerpo pobre o enfermo es
el amor solidario de ese cuerpo, de
esa persona.
Principalmente en este sentido de
adorno y belleza espiritual del
cuerpo, se ha entendido la
mortificación corporal del
cristiano. Y también directamente
relacionada con la Pasión de
Jesucristo. Se trata de adornar el
cuerpo en correspondencia a
Jesucristo Crucificado. El empleo
tradicional en la Iglesia de
prácticas de penitencia corporal
como el cilicio o -en el caso que
nos ocupa- las disciplinas, va unido
a ese adornar el cuerpo
espiritualmente con los sufrimientos
y las llagas de Cristo, compartiendo
en nuestro cuerpo los dolores de
Jesús.
Para comprender esto es preciso
intentar entender el sacrificio de
Cristo. Sólo así puede haber
tolerancia y respeto hacia el
cristiano. Probablemente para
nuestra sociedad, este es el aspecto
de la mortificación corporal que más
nos cuesta comprender. Quizá porque
la disciplina o el cilicio se ve
como castigo al cuerpo.
Cristo sufre una violencia brutal
por parte de los soldados y del
pueblo. El prendimiento, los
insultos, la flagelación, la corona
de espinas, el camino de la cruz y
la crucifixión. Pero esta
descripción no explica casi nada de
la realidad profunda que ahí está
sucediendo.
La realidad que acontece es que
Cristo transforma la violencia
brutal de la humanidad a lo largo de
la Historia en el amor total de Dios
y de los hombres. Cristo no sufre
sin más la violencia de un condenado
a muerte, sino que Él que es dueño
de su vida, la ofrece, y la ofrece
por amor a la humanidad, a los
pecadores, a los marginados, a los
pobres. Por eso el Crucificado
adorna: expresa a través de su
cuerpo mortificado la corona del
amor desinteresado y total por Dios
y por los demás.
Cristo sufre porque quiere, y quiere
porque con su sufrimiento se une a
cada persona que sufre, la acompaña,
la sostiene, le da esperanza. No se
puede pedir al cristiano que
renuncie a la cruz (“la señal del
cristiano es la santa cruz”), ni que
renuncie al crucifijo.
El sufrimiento del cristiano, y
dentro de él, la mortificación
corporal, es la manifestación de una
realidad más profunda: su
solidaridad y cercanía con el
sufrimiento de todos los hombres y
de cada hombre a lo largo de la
Historia y de su vida. No es un
castigo al cuerpo, como si éste
fuera malo o despreciable, sino todo
lo contrario. Es un adorno del
cuerpo que hace más bella a la
persona, ya que expresa en su carne
el amor solidario y la unión con
Cristo y con la humanidad sufriente,
necesitada, marginada, olvidada.
No es obligatorio tener un cuerpo
danone, ni ir a la moda aunque
sea incómoda, ni llevar un
piercing o hacerse tatuar, como
tampoco es obligatorio utilizar la
mortificación corporal del cilicio o
las disciplinas.
Tampoco esos son los únicos
medios para adornar el cuerpo. Pero
sí que son unos medios, utilizados
por muchos hoy como ayer, que han
probado su eficacia para llegar a
una particular belleza. Ahí tenemos
sobre todo el ejemplo de Cristo y de
tantos mártires. Y también el
ejemplo de la vida y obra de tantos
santos. No es fácil dedicar la vida
a Dios y a los demás, antes y por
encima de lo que puede apetecer al
propio yo: cuidar y vivir entre los
más pobres entre los pobres, no sólo
un día, sino un día y otro, la vida
entera; etc.
¿Por qué estigmatizar a nadie o
juzgar a priori, con un cierto grado
de intolerancia? Mejor tratemos de
comprender las razones que puede
tener cada uno para vivir y actuar a
su manera. Entre todos, cada uno
procurando ser mejor personalmente,
haremos una civilización y un mundo
mejor.
Publicado en
http://www.opusdei.es/art.php?p=15876
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾