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ÉTICA Y ESTÉTICA (Ignacio Sánchez Cámara)

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ÉTICA Y ESTÉTICA

Por Ignacio Sánchez Cámara 
En ABC Cultural, 5 de mayo 2002 



Crear una obra de arte no garantiza el ser una buena persona ni la adhesión de su autor a los genuinos valores morales. Con frecuencia lamentamos la actitud personal y el extraviado compromiso político de grandes artistas. No faltan ejemplos. Pound es quizá el más grande poeta del siglo XX y Céline uno de los más grandes prosistas. Y ambos se adhirieron al fascismo. Heidegger mantuvo una actitud más que ambigua hacia el nazismo. Pero no hay que olvidar el otro bando, o quizá, no tan otro. La misma repulsa merecen Picasso, Neruda o Sartre, sin que se les pueda negar la excelencia estética. Esta evidencia ha llevado a muchos a deplorar que la más egregia calidad creativa pueda ir acompañada del error ideológico, cuando no también de profundas deficiencias morales. No es extraño que se haya llegado a señalar el abismo entre la ética y la estética. Max Scheler distinguió entre los valores estéticos y otros, como el valor de la verdad y el de la justicia. Mas su criterio jerárquico no entraña incompatibilidad entre ellos sino sólo diferencia de rango. Y, por cierto, los estéticos son inferiores a los de la verdad y la justicia. 

Enorme cantidad de contraejemplos 

Pero todas estas evidencias no deberían llevarnos a concluir la radical independencia entre ética y estética. Para empezar, los ejemplos citados, y otros muchos más que podrían aducirse, no impiden constatar la enorme cantidad de contraejemplos. Por otra parte, una cosa es reconocer la posibilidad de que un gran artista no sea una buena persona y otra negar valor moral a sus grandes creaciones artísticas. Pues en ocasiones el creador, en su vida personal, no se adhiere a los valores que encarnan en sus obras. En realidad, no faltan razones para pensar que toda obra de arte genuina, y esta condición rebasa la mera excelencia estilística o formal, es incompatible con cualquier forma de degradación moral. Lo que sucede es que con demasiada frecuencia se eleva a la condición de lo sublime obras que no rebasan el nivel de la excelencia formal o del valor del mero entretenimiento. Pero la tarea del artista no consiste en complacer o agradar sino en rendir tributo y convocar a las elevadas epifanías del espíritu. Toda genuina obra de arte nos trae noticias del transmundo, del lugar donde habitan la verdad y el bien. Tal vez podamos dudar de la excelencia moral de Borges, Cervantes o Tolstoi, mas no de la ejemplaridad ética, no sólo estética, de sus creaciones. No cabe crear una obra de arte verdadera con los mimbres de la miseria moral. Por eso no es posible negar ejemplaridad moral a las grandes creaciones del arte. La divinidad teje su obra con los hilos miserables de la humanidad, con su «fuste torcido», por emplear la expresión kantiana. Dios escribe derecho con los renglones torcidos de los grandes hombres. Ésta es la razón por la que el arte forma parte esencial de la pedagogía moral. Tal vez también por esto pudo afirmar Wittgenstein, en formulación sólo aparentemente paradójica, que ética y estética son lo mismo. No es infrecuente que la perla se esconda entre el lodo. 

 

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25/07/2005 ir arriba
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