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EL RESPLANDOR DE LA BELLEZA

¿Cómo hay que mirar la vida para poder disfrutar de ella? ¿Cómo aprendemos a mirar a las personas, a los paisajes, a los objetos para desvelar su misterio? ¿Cómo llegamos a la contemplación del mundo? Este libro de José Julio Perlado nos enseña los caminos para llegar a esa contemplación. Nos enseña a mirar y no sólo a ver. Nos enseña de nuevo a leer lo que creíamos haber aprendido desde niños. Nos lleva de la mano hacia la comprensión del hombre y de la mujer. Nos ayuda a observar, a amar el mundo. ¿Cómo mirar? ¿Cómo leer? ¿Cómo escribir? ¿Por qué cada ser humano es una historia? ¿Por qué nos interesan las historias de los otros? ¿Cuál es la utilidad de la belleza? Este libro intenta dar respuestas. Ofrecemos unas páginas, pocas pero estimulantes de esta obra, fruta madura de un autor experimentado.
José Julio Perlado*
En «El ojo y la palabra»
Ediciones Internacionales Universitarias (EIUNSA)
pp. 101-107
LA MÚSICA DE LOS COLORES
«Entonces, aproxímese a la Naturaleza...», recomienda Rilke.
«Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo... interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión («confessio»). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza («Pulcher»), no sujeto a cambio?» (1).
Cada hombre y cada mujer pueden quedarse extasiados ante las configuraciones estelares aunque no conozcan sus nombres, pueden quedarse extasiados ante las luminosas constelaciones aunque no conozcan su historia. Tan sólo tienen que alzar los ojos hacia la bóveda celeste y contemplarla en silencio.
Si, por el contrario, bajan los ojos hacia la tierra y observan con atención en derredor también quedarán sorprendidos:
«También en lo diminuto, se muestra la grandeza de alma. Al Creador no le admiramos sólo en el cielo y en la tierra, en el sol y en el océano, en los elefantes, camellos, bueyes, caballos, leopardos, osos y leones; sino también en los animales minúsculos, como la hormiga, mosquitos, moscas, gusanillos y demás animales de este jaez, que distinguimos mejor por sus cuerpos que por sus nombres: tanto en los grandes como en los pequeños admiramos la misma maestría»(2).
Como Leonardo da Vinci en el siglo XVI cuando imagina figuras observando las manchas de una pared, si nosotros retrocedemos quince siglos atrás encontraremos al ciudadano romano, el cordobés Séneca, contemplando el espacio la aurora polar , admirado por su belleza y por cuantas formas y dibujos se adivinan en él.
«A veces se ven llamas en el cielo, bien estacionarias, bien en movimiento escribe Séneca en su retiro romano en el año 63 ó 64 . Son de diversas formas, algunas como una corona luminosa en cuyo interior falta el fuego celeste, formando como la entrada a una caverna; otras como una gran cuba luminosa que se mueve de un punto a otro o permanece inmóvil. Otras, incluso, como golfos que parecen emitir llamas escondidas antes en su profundidad. Estos fuegos son de distintos colores: unos de un rojo vívido, otros se asemejan a una débil llama, otros son blancos, otros titilan, otros son de un amarillo uniforme.
»Los historiadores recuerdan, con frecuencia, estos fenómenos; en ocasiones estos fuegos son tan altos como para brillar entre las estrellas, a veces tan bajos que parecen el reflejo de un incendio lejano. Así sucedió bajo el reinado de Tiberio, cuando las cohortes acudieron a la colonia de Ostia creyendo que había un incendio. Durante la mayor parte de la noche el cielo permaneció iluminado por una débil luz parecida a un denso humo» (3).
Todas estas maravillas del cielo y de la tierra, la vida inverosímil pero real de los insectos, la multiplicidad, la variedad de las funciones, la armonía de las plantas y de las olas, los rojos oscuros vivos anaranjados amarillos blancos y azulados encadenándose en el atardecer nocturno, el púrpura de los brezos, de la rosa de los Alpes, del trébol rojo, del ciclamen, la danza circular de las abejas llevando aromas, de nuevo el mar, los embates del mar, la esmeralda azul clara del oleaje en torno al arrecife, otra vez los árboles, los olmos centenarios de madera dura y elástica, las pequeñas y blancas flores primaverales del olivo, los olores a resina y a bosque, la sombra de los abetos y de los pinos, los veteados, ondulados leños del nogal o del roble, de nuevo el cielo y los enjambres de luz saliendo de las manchas de nubes, todo eso que nos rodea como un jardín del Edén permanente con el lomo acerado de las ballenas y de los delfines, con la agilidad marrón rojiza de la ardilla, el gamo nervioso, el gato crepuscular, todo eso y mil cosas más es la Naturaleza que no son los objetos hechos por el hombre, no son los instrumentos y utensilios fabricados por manos humanas ,sino son los colores y los aromas infinitos mezclados y entreverados suntuosamente, admirablemente variados y alternativos, salpicando las manchas de un ala de mariposa o del pez sangrador.
Es Dios, el Creador, el que comunica el ser al mundo, y con él la belleza. Es Dios, el Creador, quien despliega constantemente esta realidad que, como dice Tolkien, provoca en la criatura en el artista el poder de ser sub creador:
«La mente humana escribe Tolkien , dotada de los poderes de generalización y abstracción, no sólo ve hierba verde, diferenciándola de otras cosas (y hallándola agradable a la vista), sino que ve que es verde, además de verla como hierba. Qué poderosa, qué estimulante para la misma facultad que lo produjo fue la invención del adjetivo: no hay en Fantasía hechizo ni encantamiento más poderoso. (...) La mente que pensó en ligero, pesado, gris, amarillo, inmóvil y veloz también concibió la noción de la magia que haría ligeras y aptas para el vuelo las cosas pesadas, que convertiría el plomo gris en oro amarillo y la roca inmóvil en veloz arroyo. Si pudo hacer una cosa, también la otra; e hizo las dos, inevitablemente. Si de la hierba podemos abstraer lo verde, del cielo lo azul y de la sangre lo rojo, es que disponemos ya del poder del encantador. A cierto nivel. Y nace el deseo de esgrimir ese poder en el mundo exterior a nuestras mentes. De aquí no se deduce que vayamos a usar bien de ese poder en un nivel determinado; podemos poner un verde horrendo en el rostro de un hombre y obtener un monstruo; podemos hacer que brille una extraña y temible luna azul; o podemos hacer que los bosques se pueblen de hojas de plata y que los carneros se cubran de vellocinos de oro; y podemos poner ardiente fuego en el vientre del helado saurio. Y con tal «fantasía», que así se la denomina, se crean nuevas formas. Es el inicio de Fantasía. El Hombre se convierte en sub creador» (4).
Entonces un artista, un sub creador como Van Gogh, sale al encuentro de los fascinantes colores de la Naturaleza y así lo confiesa en sus cartas a su hermano Theo:
«Continuamente estoy en búsqueda del azul. Las figuras de aldeanos, aquí, son azules por regla general. En el trigo maduro, que destaca sobre las hojas secas de una hilera de encinas, de manera que los matices escalonados de azul oscuro y de azul claro recobran vida y se ponen a hablar oponiéndose a los tonos dorados o a los pardos rojizos, eso es muy bello, y desde el principio me ha impresionado mucho» 5.
Como con Séneca en el siglo 1, dieciocho siglos después el ojo de Van Gogh queda imantado por la belleza del cielo:
«Me he pasado una noche a orillas del mar por la playa desierta (...) El cielo de un azul profundo estaba manchado de nubes de un azul más profundo que el azul fundamental de un cobalto intenso, y de otras de un azul más claro, como la blancura azulada de las vías lácteas. En el fondo azul las estrellas centelleaban claras, verdosas, amarillas, blancas, rosas, más claras, más bien diamantinas como piedras preciosas, que para nosotros aun en París sería el caso de decir: ópalos, esmeraldas, lapislázuli, rubíes, zafiros»
Van Gogh no ha creado el azul, el azul no lo ha creado el hombre, no lo ha creado Chagall con sus objetos suspendidos en el espacio, ni tampoco Miró en su tríptico Azul. El ojo de Van Gogh queda apresado por un azul de cielo y de mar que él quisiera pintar y al que va persiguiendo. El ojo de Picasso y la mente de Picasso tampoco han creado el azul. El azul que él ve como sub creador entre 1901 y 1904 en Barcelona y París es toda una época azul de pintura lavada, como dijo de ella Apollinaire, una Barcelona de noche completamente azul, unos Tejados de Barcelona inmensamente azules, un filtro lívido, frío, ausente de sol, un azul marcado muchas veces por el patetismo en esos dedos alargados de las manos en La comida del ciego, en el ojo azul niebla de Celestina o en el azul total de Mujer del tocado alto.
Las gentes van a la National Gallery de Londres o al Metropolitan Museum de Nueva York a ver los Girasoles de Van Gogh, compran luego las litografías y se las llevan a casa. Parece que escucháramos las palabras del pintor escribiendo a sus hermanos: «También yo tengo ya listo a propósito un cuadro en pleno amarillo de girasoles (14 flores en un jarrón amarillo y sobre fondo amarillo, y otro más con 12 flores sobre fondo azul verde). Y espero un día exponerlo en Marsella», le cuenta a su hermana Wilhelminal 7. Y también desde Arles a su hermano Theo: «Los girasoles avanzan, hay un nuevo ramo de 14 flores sobre fondo amarillo verde, es pues exactamente el mismo efecto pero en un formato más grande, tela de 30 que una naturaleza muerta de membrillos y de limones, que tú tienes ya, pero en los girasoles la pintura es mucho más simple»".
Las gentes enmarcan sus litografías de los Girasoles, las cuelgan en sus habitaciones y es como si iluminaran y alegraran de amarillo sus casas. «Un sol, una luz, que a falta de otra cosa mejor no puedo llamar más que amarilla, amarillo de azufre pálido, limón pálido oro. ¡Qué hermoso es el amarillo!...», escribe el pintor. «Los amarillos son sus colores predilectos dirá uno de sus críticos ; encuentra el amarillo pajizo en los campos de trigo y el amarillo limón en los limones; viste de amarillo ocre las paredes de los edificios, toma para sus fondos el amarillo canario y colorea los vestidos de amarillo de azufre»"°.
Igual que Picasso en una determinada época cuando las paredes y las calles y el cielo de Barcelona y de París son tan azules que se fusionan semblantes con penas, Van Gogh ve en amarillo el mundo y lo exterior y lo interior también los cielos y los campos enardecidos por el aire son intensamente amarillos, como si la pupila del autor de los Girasoles fuera amarilla, a la vez que la pupila del autor de Bebedora adormecida no hubiera sido nunca más que una pupila azul.
Todo el resplandor de la Belleza se abre ante los ojos de los hombres. Cézanne explicará a Émile Bernard en una de sus cartas: «... las líneas paralelas al horizonte dan la extensión, es decir, una sección de la naturaleza o, si Vd. prefiere, del espectáculo que el Pater Omnipotens Aeterne Deus despliega ante nuestros ojos» ".
Todos los días ese espectáculo vive no sólo entre las nubes y en la tierra, sino bajo el mar y en las grutas donde ha
bitan los arborescentes corales rojos, en las ondulaciones radiales de los moluscos, en la punta de los erizos violáceos, en los anaranjados cangrejos, en los bajos fondos del mar iluminado, allí donde la coloración es vivaz, en las hendiduras de las rocas donde viven las anémonas amarillas. Si Van Gogh en vez de andar por los campos de Arles lo hiciera por los campos submarinos tropezaría con el amarillo verdoso de la madrépora y quedaría fascinado. Es el espectáculo que sólo ven los peces del Pater Omnipotens Aeterne Deus del que hablaba Cézanne. «Ese amarillo dirá Kandinsky es el color típicamente terrestre. No se debe pretender que el amarillo dé una impresión de profundidad. Enfriado por el azul, toma un tono enfermizo. Comparado con los estados de alma, podría ser la representación coloreada de la locura, no de la melancolía ni de la hipocondría, sino de un acceso de rabia, de delirio, de locura furiosa»" (7).
NOTAS
1. San Agustín, Sermón 241, 2 (PL 38, 1134).
2. San Jerónimo, Epistolae, 60, 12 (PL 22, 596).
3. Séneca, Naturales Quaestiones, citado en Giorgio Abetti, Exploración del Universo, Madrid, Guadarrama, 1968, p. 161.
4. John Ronald Reuel Tolkien, «Sobre los cuentos de hadas» (conferencia pronunciada el 8 de marzo de 1939 en la Universiry of St. Andrews, Escocia), recogida en Árbol y Hoja, Barcelona, Minotauro, 1999, pp. 3334.
5. Vincent Van Gogh, Cartas a Theo, Barcelona, Barral, 1971, PP. 129 130.
6. Ibíd., p. 217.
7. Carta de Vincent Van Gogh a su hermana Wilhelmina (Arles, septiembre octubre de 1888), en Pasajes del epistolario de Van Gogh, recogido en La obra pictórica completa de Van Gogh, vol. II, Barcelona, Noguer, 1976, p. 128.
*Jose Julio Perlado. Doctor en Filosofía y Letras y periodista, es profesor titular en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Profesor invitado en la Universidad de Navarra, en el Instituto Tecnológico de Monterrey y en la Universidad de Villahermosa (México).
Premio de Novela «Ateneo de Santander» ha publicado El viento que atraviesa (1968), Contramuerte (1984) y Lágrimas negras (1996). Como ensayista, en esta editorial, Diálogos con la cultura (2.a edición) (2002). Como cuentista ha sido cuatro veces finalista del Premio Antonio Machado, y es autor de Ya aquí no hay nada (1993), El viaje inverosímil (1996), Los agujeros blancos (1997) y Todo es literatura (2001).
Agradecemos a Ed. EIUNSA la publicación de estas páginas en ww.arvo.net.
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