Por Javier López
de Uribe
Arvo Net, 27.03.2006
ESCRITOS ARVO, Nº 264, ABRIL 2006
Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva,
tarde te amé.
(San Agustín, Confesiones)
Hoy en día, el arte, como tantas otras
manifestaciones de la vida, se puede decir que, en
buena parte, han perdido el norte: no saben adónde
van. Durante muchos siglos a lo largo de la
historia, la noción de arte ha estado íntimamente
ligada con la belleza y, por tanto, abierta a los
aspectos más trascendentales del ser humano. Pero ya
no es así. La belleza ha dejado de ser respetada
como un valor absoluto para el arte, como un
objetivo a conseguir.
“TODO
VALE”
El
punto de inflexión del cambio podemos encontrarlo en
Picasso, que sostiene que arte es lo que el artista
dice que es arte, abriendo así un enorme campo de
experimentación dominado por el subjetivismo. Yo soy
mi mejor obra, diría Andy Warhol. Hoy, más que el
arte, lo que interesa, lo que vende, son los artistas
que no tratan de transmitir belleza, sino discursos
ideológicos.
El
arte conceptual, que rechaza el objeto artístico y lo
convierte en una idea, ha llevado al “todo vale”: lo
importante ahora es transgredir, sorprender, impactar,
provocar. Se sustituye el genio por el ingenio, y la
creación artística por la ocurrencia inmediata:
cualquier persona es artista, pues puede hacer cualquier
cosa que sea arte.
El
arte contemporáneo se caracteriza por el predominio de
lo efímero y de lo fragmentario. Además, aparece cada
vez más envuelto en un lenguaje críptico, de difícil
comprensión: para que algo sea considerado arte se
requiere el consenso entre los especialistas. Se está
llegando así a una situación de ruptura, de alejamiento
entre la obra de arte y el público, lo que no es sino
una manifestación más, pero importante, de la falta de
referencias válidas, de valores, en que se mueve buena
parte de la sociedad actual, con su vaciedad espiritual.
El
conocido crítico de arte y filósofo Arthur Danto
sostiene en su libro El abuso de la belleza que
desde la vanguardia moderna la belleza no es
consustancial al arte, por lo que ha dejado de ser
respetada como un valor estético incuestionable, cosa
que celebra. Otros críticos llegan a increpar a los
artistas cuando sus obras parecen aspirar a la belleza,
o aplauden a los que se esfuerzan para no pasar por
inadaptados, por encontrar interés en lo grotesco o
repulsivo. Se hace exhibición de estar en la “pomada”, y
así se justifican o ensalzan exposiciones con motivos
tan degradantes como cadáveres humanos plastificados sin
piel, figuras de niños ahorcados, etc.
“SABER HACER LA BELLEZA”
Puede
decirse que, con honrosas excepciones, el arte actual va
a la deriva en su intento de desmontar o derribar las
ideas que transmite el arte anterior. Es un arte
deshumanizado, según expresión de Ortega y Gasset en su
libro La deshumanización del arte. Es un arte que
solo aspira a expresar contenidos, a decir cosas
“interesantes”: interesantes para ellos, naturalmente.
Pero de ningún modo trascendentes.
Tan
solo un proceso de vaciamiento y denegación de la
palabra “arte” -como también ha ocurrido con la
palabra “amor” y tantas otras- puede
explicar su corrupción actual, desde que se ha puesto al
servicio de causas ideológicas y políticas equivocadas,
que buscan fines perversos. Desde ese posicionamiento,
numerosos artistas incompetentes y cínicos se dedican a
estafar al público ignorante o ingenuo, con un “arte”
indigno que no debería llamarse arte, al estar ausente
la belleza -la armonía o proporción, la integridad
o perfección, el esplendor o melodía interior- de
sus planteamientos y realizaciones.
Ciertamente, el arte contiene mucho de misterio. Para
Verdi, es un vocablo rebosante de vanidad, de falsos
sentimientos y de objetivos erróneos. Y también es
cierto que los artistas no suelen hablar mucho de
belleza, porque la consideran un discurso grandilocuente
y algo embarazoso; pero indudablemente, el verdadero
arte se esfuerza por expresar la belleza del mundo
creado: es más, podríamos decir que el fin propio del
arte consiste en “saber hacer” la belleza, que es una
realidad objetiva. Solo que esa objetividad se revela de
una manera proporcional a la capacidad, preparación,
sensibilidad y disposición de cada uno. Y éste es todo
el problema.
LA
LLAMADA A LO TRASCENDENTE
Estamos en un buen momento para volver a levantar la
bandera de la belleza en el arte, precisamente porque
“arte” es una idea abierta. Juan Pablo II, en su
Carta a los artistas decía que la belleza es
clave del misterio y llamada a lo trascendente.
Miguel Angel Buonarroti era un hombre profundamente
religioso, que concebía la belleza física como un
reflejo de la belleza espiritual y que consideraba, en
palabras suyas, que la pintura excelsa... es
precisamente aquella que más se aproxima e imita la obra
inmortal de Dios.
La
belleza pertenece al orden trascendental y metafísico,
tiende a transportar el alma más allá de lo creado: la
belleza de las cosas visibles, creadas, nos conduce a
las invisibles, nos manifiesta al Creador. La sabiduría
popular lo expresa diciendo, como en el caso de la
conocida canción mexicana dedicada a la laguna de
Chapala, que es un rinconcito de amor, donde
las almas pueden hablarse de tú con Dios.
Dentro de nosotros existe un deseo permanente e
insaciable de belleza. Por eso nos resultan tan
indispensables las Bellas Artes, tan vitalmente
necesarias: porque, como dice Pieper en El ocio y la
vida intelectual : mediante ellas permanece no
olvidada y en marcha la contemplación de la Creación.
De tal clase de contemplación ante el mundo creado se
alimenta incesantemente todo verdadero arte. Y concluye
manifestando: En el hombre que contempla se
encuentra todo lo que caracteriza al hombre feliz.
Los
padres conciliares del Vaticano II, en un mensaje que
lleva fecha de 8 de diciembre de 1965, explicaban que
Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza,
para no caer en la desesperanza. La belleza, como la
verdad, pone alegría en el corazón de los hombres, es el
fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, une a
las generaciones, y las hace comunicarse en la
admiración.
Indudablemente, contemplar la belleza eleva al alma.
García Morente se convirtió al catolicismo escuchando
una interpretación de La infancia de Cristo de
Berlioz. El mismo Beethoven decía que la música debe
hacer resplandecer el fuego del espíritu de los hombres.
Transcribo lo que George Steiner, uno de los críticos
literarios y analistas del arte y de la cultura más
relevantes del siglo XX, que fue reconocido
recientemente con el Premio Príncipe de Asturias de
Comunicación y Humanidades, dice en su obra Errata:
el examen de una vida:
“Vivir la música”, como la humanidad ha hecho desde sus
comienzos, es habitar en un ámbito que, por su propia
esencia, nos resulta extraño. Y, sin embargo, es
precisamente este ámbito el que ejerce sobre nosotros
“una soberanía muy superior a la de cualquier otro arte”
(Valéry). Es la música la que puede invadir y regir la
psique humana con una fuerza de penetración comparable,
tal vez, solo a la de los narcóticos o a la del trance
referido por los chamanes, los santos y los místicos. La
música puede volvernos locos y puede curar la mente
enferma. Si puede ser “el alimento del amor”, también
puede abastecer los banquetes del odio. (...)
El
fragor de un coro de voces –los galeses en el rugby-
provocan un sentimiento incomparable de comunidad
fraternal; propician la oración colectiva y la
meditación, paradójicamente acallada por su propio
volumen. Pero cuando están ligadas a un himno nacional o
guerrillero, al martilleo de una marcha militar, las
mismas prácticas corales, en una clave idéntica, pueden
desatar la disciplina ciega, la manía tribal y la furia
colectiva. Un “solo” que se alza en la oscuridad o en la
quietud de la mañana puede transmutar el espacio, la
densidad, el curso del mundo. No es únicamente la
“música barata”, la cancioncilla facilona del cantante
melódico, la melodía basura de la guitarra eléctrica, lo
que nos rompe el corazón: es un lamento de Monteverdi,
son los oboes en una cantata de Bach, es una balada de
Chopin.
CAPTAR LA BELLEZA
Se
trata, por lo tanto, de acostumbrar a nuestros sentidos
a saber captar la belleza. Para Santo Tomás de Aquino
bello es aquello cuya contemplación nos complace.
Pero hay que detenerse y contemplar, porque la poesía,
la belleza, existen en lo que nos rodea, pero no sabemos
apreciarla; y sin embargo, la felicidad consiste en
conocer, en saber mirar. Somos, a veces, como niños que
miran a los muros impenetrables que nos rodean, en lugar
de mirar a través de la ventana de la vida, como decía
Charles Morgan en El escritor y su mundo.
Es
importante que, con el fin de que nuestras vidas sean
más ricas, cultivemos nuestra educación estética para
conseguir ese oído atento al ser de las cosas que
reclamaba Heráclito, cuya recompensa es el gozo en el
conocer, en la contemplación. Y el arte es, sin duda, un
ingrediente básico para ese enriquecimiento interior.
Significa abrir el espíritu a horizontes de grandeza.
Además, dejar de lado el arte significa también un
retroceso cultural lamentable.
LUNA,
LLUVIA, HIEDRA, SILENCIO
Termino con una anécdota que no recuerdo si la he oído o
soñado: dos amigos están charlando en casa de uno de
ellos, en un pueblo andaluz, en una lluviosa noche del
mes de abril. El anfitrión propone al invitado dar un
paseo. A éste no le apetece nada, pero, por razón de
amistad, accede a su proposición. Salen, pasean y
vuelven. Al llegar a casa, el dueño pregunta a su amigo:
¿qué tal lo has pasado?, ¿qué has visto?, ¿qué has
sentido? El amigo piensa que ha sido absurdo salir
porque hacía frío, llovía, era de noche y, en
definitiva, había sido una pérdida de tiempo. Pero, como
es persona educada, contesta a las preguntas de su amigo
con otra: -Y tú, ¿viste algo?
Y,
ante su asombro, resulta que sí, que ha visto muchas
cosas en ese mismo trayecto que han hecho juntos. En
concreto, ha ido viendo:
- el
musgo que brota
- una
blanca ventana moruna
- la
luz de la luna
- la
hiedra que desgarra la tapia de piedra
- la
lluvia, el llanto que vierte la luna de abril, y
- por
ver, ha visto hasta el silencio.
Por
eso, al día siguiente, Antonio Machado escribirá:
Silencio... En la noche la paz de la luna
alumbra
la blanca ventana moruna,
Silencio... Es el musgo que brota, y la hiedra
que lenta
desgarra la tapia de piedra...
El llanto
que vierte la luna de abril.
Javier López de Uribe y Laya
Académico de Número de la Real
Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción
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