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BELLEZA TAN ANTIGUA Y TAN NUEVA...
Por Miguel Ángel García Olmo*
Mi amigo Jean Lauand añade a su condición de filósofo medievalista el ser brasileño. Tal vez por ello sus artículos son de lectura amena y ágil. Y tal vez por ello, por la propensión estética que flota en aquel ambiente, vuelva él una y otra vez a abordar en sus escritos la inagotable relación existente entre belleza y Dios. De su vívida reflexión ni siquiera escapan las canciones de Paul McCartney o de Tom Jobim, ni los prodigiosos pies torcidos del añorado Garrincha, ni las expresiones populares de asombro que estallan en espontánea alabanza al Supremo Hacedor ("¡¡¡Oléééé...!!!" ―es decir: Wa-(a)llah, "¡Por Dios!"). Mi afición a lo clásico hace que paladee especialmente los comentarios que Jean suele dedicar al Himno a Zeus de Píndaro:
"La escena descrita por Píndaro es clara: Zeus decide intervenir en el caos. Toda la confusión y la deformidad van entonces dando lugar a la armonía y al orden: kosmos. Y cuando, finalmente, el mundo alcanza su estado de perfección, Zeus ofrece un banquete para mostrar a los demás dioses, atónitos ante tanta belleza, su creación... Mas, para sorpresa general, uno de los inmortales pide la palabra y apunta a Zeus un grave e inesperado defecto: faltan criaturas que alaben y reconozcan la grandeza divina de ese mundo... ¡Pues el hombre es un ser que olvida. El hombre, que fue agraciado por la divinidad con la llama del espíritu, el hombre, al final, salió mal hecho, mal acabado: tiende al embotamiento, a la insensibilidad... al olvido!"
Con permiso del pensador y del poeta, hubo, sin embargo, un tiempo en el que las criaturas, trascendiendo las desdichas que acompañan la vida y su propia tendencia al embotamiento, sí supieron apreciar la radical belleza de la que está transido el mundo. Y entendían de Quién proviene la maravilla. Y, agradecidos, a la eterna Hermosura ofrendaron hermosura imperecedera. Arte sacro le llamaron. "Ktèma es aieí" ("tesoro para siempre") le digo yo, con las palabras del viejo Tucídides.
Dios y el Demonio en todas partes...
Dios está en nosotros. Es esta presencia interior
la que nos hace admirar lo bello.
Eugène DELACROIX
La belleza y el color de la imágenes estimulan
mi oración para dar gloria a Dios.
S. JUAN DAMASCENO
En días pasados, como si no hubiese acontecimientos a los que prestar mayor atención, unas vidrieras y unos frescos catedralicios representando escenas evangélicas concitaron la ira agreste del batallón de opinadores mediáticos que a diario consolidan el puesto disparando juicios y pareceres sobre cualquier novedad que se ofrezca, sea pública o privada, grave o trivial, religiosa o profana, general o especializada. El artista, varón de fe probada, se sintió tan abrumado que sólo pudo achacar la granizada que súbitamente descargaba sobre su persona y su obra a la labor tergiversadora del Diablo (y es que cabalmente "ho diábolos" significa en griego "el calumniador"; y mucho tuvo el revuelo de intento de desprestigiar a un hombre por ser amigo de Dios). La batahola de expertos en muralismo religioso surgidos de la nada impresionaba al más indolente, estridor insufrible que ni siquiera amortiguaba la certeza íntima de que semejantes dictaminadores, en condiciones normales, apenas si sabrían distinguir el lado de la epístola del del evangelio...
Mas tampoco perdamos, en situaciones así, la oportunidad de imitar las saludables virtudes de personajes como David...:
"Cuando el rey David llegó a Bajurim salió de allí un hombre del mismo clan que la casa de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Iba maldiciendo mientras avanzaba. Tiraba piedras a David y a todos los servidores del rey, mientras toda la gente y todos los servidores se colocaban a derecha e izquierda. Semeí decía maldiciendo: "Vete, vete, hombre sanguinario y malvado. Yahveh te devuelva toda la sangre de la casa de Saúl, cuyo reino usurpaste. Así Yahveh ha entregado tu reino en manos de Absalón tu hijo. Has caído en tu propia maldad, porque eres un hombre sanguinario." Abisay, hijo de Sarvia, dijo al rey: "¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor el rey? Voy ahora mismo y le corto la cabeza." Respondió el rey: "¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia? Deja que maldiga, pues si Yahveh le ha dicho: "Maldice a David" ¿quién le puede decir: "Por qué haces esto?" Y añadió David a Abisay y a todos sus siervos: "Mirad, mi hijo, salido de mis entrañas, busca mi muerte, pues ¿cuánto más ahora un benjaminita? Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahveh. Acaso Yahveh mire mi aflicción y me devuelva Yahveh bien por las maldiciones de este día." Y David y sus hombres prosiguieron su camino, mientras Semeí marchaba por el flanco de la montaña, paralelo a él; iba maldiciendo, tirando piedras y arrojando polvo". (2 Samuel 16, 5-13)
Entre el alud de ásperas críticas a los frescos en cuestión, algunas daban la impresión de ir más allá del mero disgusto coyuntural o inducido: su reproche parecía extenderse a toda producción artística surgida del seno de la Iglesia actual. “Aunque sólo sea por una cuestión de buen gusto, uno se ve abocado al ateísmo”, protestaba una novelista de moda cuyo postrer vínculo con la fe católica —al fin roto— eran las manifestaciones estéticas. Todo fue puesto en tela de juicio por esta autora y por bastantes más. Era el momento de pasar factura a las cancioncillas inanes de las monjas, al desabrido rasgueo de guitarras y al estruendo de timbales y baterías destempladas en ciertas misas dominicales; cuando no a las voces sin ángel de las feligresas más dispuestas, con sus melodías y letras simplonas repetidas hasta la misma náusea (que incluso hemos visto ridiculizadas recientemente en alguna peliculilla de éxito. Ahora lo tienen fácil; ¿se habrían atrevido con el "Trahe me post te, Virgo Maria" de Francisco Guerrero...?). Del severo escrutinio tampoco se libraban los dudosos gustos plásticos de los católicos hodiernos: enojosas iconografías híbridas, templos anodinos con frustrada vocación de salones, naves cuajadas de elementos extraños donde la atención no encuentra asiento, chocantes celebraciones que se prodigan por todas partes... Las comparaciones con las grandes e incontables genialidades artísticas nacidas de la fe, el culto y la alabanza de generaciones pasadas de creyentes tampoco se hicieron esperar. Uno, de primeras, se indignaba: “Pero ¿cómo se atreven? ¡Los mismos que se burlaban del latín y la música sacra, los que siempre despreciaron las inveteradas y profundamente bellas tradiciones de la Iglesia en favor de no se sabe qué apertura a la modernidad nos censuran ahora por los tristes resultados que ellos mismos contribuyeron a forzar!”. Mas luego, una vez mitigado el estupor del momento...: “¿Habrá mandado Dios a estos columnistas y tertulianos que nos maldigan? ¿Qué nos pasa? ¿Acaso descuidamos la belleza que necesariamente debería emanar de un culto auténticamente divino? ¿Hemos cortado los cristianos de hoy el cordón que nos ligaba con una tradición ininterrumpida de embriagadoras maravillas brotadas del ansia de nuestros antepasados por rendir alabanza y expresar los misterios de la fe? ¿Realmente aún tenemos esa fe? Y si la tenemos, ¿por qué se seca el venero del deleite total?”
Misterioso poder de las formas
Por un verso de Rimbaud se empieza a convertir Claudel,
y luego, por un verso de Claudel, se convierte James.
José Mª PEMÁN
Tengo que anotar aquí la importancia excepcional de J. S. Bach.
Las Pasiones y Cantatas: en el fondo la vida cristiana me ha venido
a través de esto.
Gabriel MARCEL
A veces me gusta pensar en la paradoja extraordinaria que supone el que las épocas tenidas por la Modernidad como las más opacas y oscurantistas de la Historia (períodos, claro, de fe colectiva e intensa en Jesucristo: Edad Media europea, Imperio español...) fueron las que alumbraron tal constelación de obras maestras del arte, la arquitectura, la música o la literatura religiosas (¡siglos de oro!) como nunca se vio ni se verá, hasta el punto de constituir lo mayor que ha dado la creatividad occidental desde Grecia y Roma. Qué distinto, por ejemplo, de la rapidez con que se ha eclipsado la redundante y átona producción estética de las un tiempo omnipotentes utopías modernas; ésas que ayer mismo fascinaban a las masas inflándolas de entusiasmo, mientras recorría Europa la pasión ardiente por hacer surgir al hombre nuevo supuestamente liberado de las ataduras serviles del cristianismo. ¿Quién podría citar algún artista del nazismo que todavía interese, más allá, si acaso, de Arno Breker o de Leni Riefenstahl...? ¿Y quién del "socialismo real", salvo quizás Maiakovski, Eisenstein –expelidos por el mismo sistema que exaltaron–, Prokofiev...?. Sin embargo, los ríos de arte y belleza que manan prolíficos de la fe, la liturgia o el culto de alabanza a Dios no se apagan, su fuerza atractiva remonta los siglos y son capaces de conmover y hasta abatir los muros más sólidos e impenetrables que existen: los del corazón humano...
"Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: “¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!”. Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción".
Ahora bien, situándonos de nuevo en nuestro tiempo, estamos obligados a preguntarnos: ¿habría experimentado el poeta de 18 años que era Paul Claudel la misma revolución interior que marcó su vida y su obra si, en lugar del coro de niños y seminaristas cantando Vísperas solemnes, se hubiese encontrado en la nave de la iglesia a un grupo de fieles desconocidos entre sí entonando "Como brotes de olivo"... O a un entusiasta colectivo juvenil coreando el "Sabed que vendrá" sobre las notas del "Blowin´ in the Wind" de Bob Dylan y haciendo luego murmullo de los "Sonidos del Silencio" de Simon & Garfunkel para que sobre él se recite el Padrenuestro... O a una comunidad de base entrelazando las manos a los sones del "Sólo le pido a Dios", gran éxito de Ana Belén...? Qué duda cabe que para Dios nada hay imposible, pero ¿serán ésos los cauces más idóneos para que Su misericordia callada se manifieste, por ejemplo, a los alejados...?
Permítaseme insistir. ¿Se habría producido igualmente –al menos de la forma tan impresionante en que sucedió– la conversión del filósofo García Morente si aquella noche en la radio hubiesen puesto "Pescador de hombres", en lugar de estar sonando "L´enfance de Jésus", de Hector Berlioz...?
"Algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos... Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar –sin que yo pudiera ofrecerles resistencia– imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Le vi, en la imaginación, caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un banquillo y mirando con grandes ojos atónitos a San José y a María. Seguí representándome otros episodios de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando los pies del Salvador, Jesús atado a la columna, el Cirineo ayudando al Señor a llevar la Cruz, las santas mujeres al pie de la Cruz... Y los brazos de Cristo crecían y crecían, y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor, y la Cruz subía, subía hasta el cielo y llenaba el ámbito de todo y tras de ella subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños; subían todos, ninguno se quedaba atrás; solo yo, clavado en el suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con Él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita, que se alejaba de mí... ¿Y qué me había sucedido? Pues que la distancia entre mi pobre humanidad y ese Dios teórico de la filosofía me había resultado infranqueable. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado abstracto, demasiado geométrico e inhumano. Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ése sí que le entiendo y ése sí que me entiende, a ése sí que puedo entregarle fielmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡horror! ¡Se me había olvidado!... Lo primero que haré mañana será comprarme un libro devoto y algún buen manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones; me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño, es decir, sin discutirlas ni sopesarlas por ahora. Ya tendré tiempo de sobra, cuando mi fe sea sólida y robusta y esté por encima de toda vacilación, para reedificar mi castillo filosófico sobre nuevas bases. Compraré también los Santos Evangelios y una vida de Jesús. ¡Jesús, Jesús! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!"
Cierto es que André Frossard, pongamos por caso, el converso más famoso del siglo XX, dejó muy claro en el relato de su fulminante conversión que “la emoción artística no tuvo parte alguna en lo que va a seguir”. Pero uno no puede dejar de preguntarse qué habría sucedido si Frossard, en lugar de penetrar esa tarde en la seguramente mediocre capilla parisina cercana al Panteón –"no era para entusiasmarse... fieles que rezan en la penumbra... vidrieras, debilitadas por la masa de la obra circundante... religiosas, con las cabezas cubiertas con un velo negro... una especie de plegaria a dos voces que se responde a sí misma de una orilla a otra de la nave para resolverse a intervalos regulares en la exclamación: “gloria patri et filio, et spiritui sancto”, antes de proseguir el chorro alternado de su navegación apacible. No sé que se trata de salmos, no sé que estamos en maitines, y que estoy acunado por el leve balanceo de las horas canónicas... una gran cruz de metal labrado que lleva en su centro un disco de un blanco mate... nunca he visto una custodia habitada, ni creo que una hostia, e ignoro que estoy ante el Santísimo Sacramento, hacia el cual se elevan dos filas de cirios encendidos... mi mirada pasa de la sombra a la luz... Entonces se desencadena, bruscamente, la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido..."– hubiese entrado a buscar a su amigo en una parroquia actual de nueva y rumbosa planta. En un templo moderno de referencia, si se quiere: la capilla de Ronchamp, de Le Corbusier, la catedral de Brasilia, obra de Niemeyer, o la que en Los Ángeles ha levantado Moneo...
Aprovecho de paso para preguntarme si el Cristo vanguardista encargado y pintado por Miquel Barceló en la catedral de Palma –cuyos desproporcionados atributos viriles el pintor se ha avenido a reducir tras las reservas manifestadas por el cabildo– será capaz de suscitar en algún contemplador los poemas que otros cristos inspiraron a Salinas, Villamediana, Unamuno, Machado, Sánchez Mazas, Gerardo Diego... O de igualar el vértigo espiritual que produce la imponente visión daliniana del Cristo de San Juan de la Cruz.
Por plantearlo ya sin ambages: ¿ha perdido la fe religiosa de los católicos de hoy la potencia, la claridad, la asiduidad, la modestia y la absoluta confianza en Dios que sustentaba la creencia de nuestros antepasados, y eso a pesar de haber vivido éstos en un mundo harto más trabajoso, pobre y enseñoreado por la muerte que el nuestro? ¿Es ésa, en parte, la razón por la que la oración y el culto público carecen en nuestro tiempo de aquella honda emoción estética que los había caracterizado siempre?
Y, en fin, mi insignificante propuesta: si no podemos evitar ser hijos de nuestro tiempo, ni, por tanto, dejar de dudar a todas horas, deprimirnos, sufrir crisis de ansiedad, abandonar lo empezado, blindarnos de seguridades... y todo esto lo acusa la expresión plástica de nuestra fe, carente de nervio, recobremos entonces el pasado y sus momentos estelares. Rehabilitemos con naturalidad lo mejor de la religiosidad de los antiguos aprendiendo de ellos; en especial, de su abandono en la Providencia y su constancia en la oración. Y, en lo tocante al arte sacro, rescatémoslo de las dormidas vitrinas y auditorios seculares e integrémoslo de nuevo, sin historicismos, en el entorno del templo, en el diálogo cotidiano con Dios. Para hacernos agradables a Él por la indiscutible belleza, mientras nos sentimos parte de una inédita historia de amor sucedida fundamentalmente en el tiempo. Eso nos ayudará a ser humildes a la par que relanzará nuestra vida de fe aportándole desnudez, creatividad, y coherencia.
Epílogo de un día laborable
Cuando se es capaz de descubrir en las múltiples manifestaciones
de la belleza un rayo de la belleza suprema, entonces el arte se convierte
en un camino hacia Dios e impulsa al artista a conjugar su talento creativo
con el compromiso de una vida cada vez más conforme a la ley divina.
JUAN PABLO II
Es lunes, son las 10 y hace una noche de perros. Salgo de una iglesia en la que no suele haber más de cuatro venerables ancianas atendiendo a los cultos. Para colmo el templo es inmenso, neoclásico, con tres naves y una majestuosa cúpula, lo que hace más patente su profunda soledad habitual. Pero un día como hoy, qué extraño, no quedaba un hueco libre y la gente se acomodaba por los suelos y en los peldaños de acceso a las capillas. La media de edad rondaría los 25-35 años, en algunos casos surcados de piercings o sombreados de prietas barbas y pelo recogido en coleta. ¿Han tenido acaso una visión colectiva que les ha hecho venir y caer en adoración? No, qué va: es que hoy esta gran parroquia desierta, una vez concluido el culto divino, ha servido de escenario a una orquesta, un coro y unos solistas que han entonado el "Stabat Mater" de Pergolesi y el "Requiem" de Fauré. Y, de estar casi vacía, se ha colmado de gente. Y podría parecer rara esta afluencia, no ya sólo por el día, la hora y la lluvia, sino porque esta ciudad tiene a diario una oferta de ocio rica y actual. Pero uno ya se va acostumbrando a estos llenos: los he visto hasta cuando el repertorio sacro es más heavy e incluye oficios de tinieblas, misas parodia o motetes a seis voces de vieja polifonía española. Hoy, cuando el coro atacaba finalmente el "In paradisum" había ya bastantes ojos enrojecidos y otros tantos cuerpos eran presa del enésimo sobrecogimiento controlado. ¿Nostalgia de eternidad, difusa compasión por María “quae moerebat et dolebat”, mera sensibilidad estética...? Sea lo que fuere, creo que los cristianos estamos tocando el violón por haber separado estos tesoros de la fe, capaces de atraer multitudes, de lo que les daba sentido: la oración, la contemplación, la celebración, la llamada a la conversión. Nos juzgarán por permitir que se vacíen las misas mientras se llenan los auditorios al reclamo del “te decet hymnus” y el “qui tollis peccata mundi”. ¿No debería la gran música sacra, con su exquisito poder de convocatoria, participar de la Nueva Evangelización? ¿No podría haber en cada capital un templo dedicado a reconciliar de nuevo liturgia, música y latín, y en el que el centro de atención no fuesen los ejecutantes sino la grandeza divina que inspira toda creación artística, máxime si es religiosa? ¿No haría el Espíritu Santo que muchos melómanos y personas con gusto acabaran redescubriendo el rostro bello de su Padre Dios tras las notas más emotivas de sus piezas preferidas... y que hasta santificaran las fiestas? ¿Y no habrá en cada diócesis un coro, un director o unos intérpretes que por amor a Cristo hicieran esto algunos domingos y fiestas señaladas, aceptando unos honorarios modestos?
*Miguel Ángel García Olmo
Universidad Católica San Antonio
magolmo@nonpraevalebunt.net
Cortesía de la Agencia Veritas
Página personal: http://personal5.iddeo.es/magolmo
[En nuestra fotografía de archivo: el autor con uno de sus hijos]
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