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JERARQUÍA DE LA BELLEZA
Por Antonio Orozco-Delclós
Hay una belleza corporal y una belleza espiritual, en la que los sentidos o la mente (o ambos a un tiempo) descansan, encuentran el reposo de su tensión a la belleza, porque han sido creados para la belleza.
Belleza corporal y belleza espiritual no se oponen, más aún, en la persona humana se combinan maravillosamente, tanto en el sentido de que la persona humana -espíritu entrañablemente unido a un cuerpo- es bella de suyo, como en el sentido de que es apta para captar la belleza sensible y también la belleza espiritual.
Hay, evidentemente, una jerarquía de bellezas. La primera y plena es la belleza "supersustancial", "superbella" (superpulchrum), que es Dios, Ser por esencia, belleza sin sombra de otra cosa, insuperable y nunca menguante, por encima y ante todas. Después, participando de la Belleza suma, se encuentra la belleza de los seres espirituales puros (los Ángeles) y la belleza de los seres compuestos de espíritu y materia, que somos las personas humanas. Después, las demás criaturas de Dios. Con éstas los hombres podemos crear bellezas sorprendentes: el trabajo bien hecho siempre es bello; el arte: la música, la pintura, la escultura... En ellas se refleja la belleza del ser humano, como en éste se refleja la belleza infundida por Dios (fons omnis luminis)
La belleza es la causa del amor. El amor es el encuentro con la belleza (quizá después de una búsqueda ardua). El amor inteligente no se queda en la belleza sensible, descubre la belleza espiritual y disfruta más con un poco de ésta que con un mucho de aquella. La fruición plena es la fruición de Dios.
La fruición de la belleza requiere educación de los sentidos y de la mente. Se descubre la belleza contemplándola, ejercitándose en la contemplación. Requiere cierta quietud, cierto tiempo, cierta dedicación.
Entonces se es capaz, no sólo de captar y disfrutar de la belleza que nos sale al paso o hallamos después de buscarla, sino también de hacer, crear belleza, a semejanza de la Belleza Suma.
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