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DEJARSE INVADIR POR LA BELLEZA
Por Antonio Orozco-Delclós
Ateniéndonos a la definición clásica, la belleza es lo que place a la vista. Pero no se interpreta sólo en un sentido sensible, sino también y sobre todo en un sentido intelectual. Más aún, la belleza se atribuye principalmente a Dios; es uno de los nombres de Dios, como dice Dionisio y comenta Tomás de Aquino (De divinis nominibus, cap IV, lectio 5).
Las cosas en la medida en que son, son verdaderas y buenas. Verdaderas, en cuanto son aptas para originar un conocimiento adecuado de ellas mismas. Buenas, en cuanto su presencia y asimilación es gratificante. Bellas, en cuanto me invitan a contemplarlas. La contemplación requiere pararse, ser capturado por una forma que fascina por su perfección en un orden determinado.
La verdad y la bondad de suyo son fascinantes, aunque a menudo no percibimos su esplendor (splendor veritatis, splendor bonitatis), su capacidad de iluminar gozosamente nuestro espíritu.
La belleza no es solo verdad o bondad o verdad y bondad. Añade la referencia a la potencia o virtud contemplativa.
La belleza se encuentra en determinadas formas sensibles, que invaden nuestra mente y nuestro ánimo (mens sive animus). Nos deleita contemplarlas. Merecen no sólo ser conocidas, sino contempladas, esto es, ser admirándas con fruición, con la mente más que con los sentidos, sosteniendo la mirada sensible-intelectual, calibrando su proporción, su armonía, su justa posición en un amplio conjunto. Lo sensible sirve a lo espiritual (si se prefiere, intelectual). En la experiencia estética, no se trata de poseer materialmente la forma de la belleza, como se posee la forma de un buen vino al tomarlo, sino de tenerla delante, objetivamente. Si las formas son espirituales, no sensibles, aunque se apoyen en imágenes sensibles, como la belleza de la obra genial y la belleza personal, entonces, la intensidad de perfección irradia con fuerza en mi espíritu (subjetividad) y me conduce a la búsqueda de perfecciones nuevas, más elevadas, hasta sosegarse solo disfrutando sin término de la Belleza Suprema, Dios.
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