DEFINICIÓN DE BELLEZA
Autor: Antonio Orozco
Fuente: Arvo.net
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Sumario de este capítulo:
-Intento de definición
-la belleza trascendental
-la belleza in-trascendente
-la belleza trascendente
-La belleza, forma de formas
-La belleza, forma viva
-Belleza trascendental y el pecado original de la belleza.
-La belleza, destinada al conocimiento contemplativo
-La objetividad de la belleza
-¿Qué se opone a la belleza?
-Necesaria formación estética. Secundariamente, del gusto.
¿Cómo definir la belleza?
En la actualidad, el término «belleza», según W. Tatarkiewicz, se utiliza con desconfianza y se contempla como alusión a un concepto antiguo. Yo no diría tanto. Hay movimientos que desprecian el concepto clásico y lo sacrifican en aras de una creatividad dudosa o errática. Pero el sentido universal de la belleza no se ha perdido, ni creo que pueda perderse. El arte no es una ciencia ni el artista un científico que pueda demostrar que sus predecesores se equivocaron. El escultor Eduardo Chillida lo dijo bien claro en su discurso de investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Alicante, 22 de Marzo de 1996:« ¿Cuál es la diferencia fundamental entre ciencia y arte? Copérnico demuestra que Ptolomeo estaba equivocado. Einstein hace lo propio con Galileo. Lo que yo me pregunto desde el arte es lo siguiente: ¿Por qué Goya con su obra no demuestra ni necesita demostrar que Velázquez estaba equivocado? » (http://www.ua.es/es/presentacion/doctores/chillida/discurso.htm).
Pregunta nuclear propiamente filosófica. ¿Qué es la belleza? ¿a qué categoría pertenece? ¿Se identifica con el ser de las cosas o es siempre adjetiva? ¿En su caso, se identifica con el ser de todas las cosas? ¿Qué cosas podemos calificar de bellas y cuáles no? ¿Lo opuesto a lo bello es lo feo y solo lo feo?
«Sobre gustos no hay nada escrito». He aquí un dicho absolutamente falso, como es bien sabido. Pero la Estética no ha de ocuparse formalmente de gustos (de juicios sobre gustos, que pertenecen a la Historia del arte), sino de juicios estéticos con pretensión de universalidad y también de las características de la vivencia o experiencia estética, cualquiera que sea el gusto de cada cual. Se tratará de una vivencia cuyo término será un juicio con pretensiones de universalidad, no siempre común a todos los hombres. Esto como es lógico, plantea no pocos problemas. Para eso estamos.
La cuestión fundamental es ¿en qué consiste lo bello [Kalon (griego), pulchrum (latín)]? ¿Qué cualidad o propiedad atribuimos a esas cosas que llamamos bellas, siendo así que las distinguimos de las vulgares o feas? No nos basta saber que son bellas; queremos saber qué es aquello por lo que las cosas son bellas, y, en principio, no simplemente buenas, o útiles o placenteras.
Definiciones de «belleza» hay muchas. La palabra no siempre significa lo mismo en la mente de las personas. Se discute. Algunos prefieren no definirla y la verdad es que sus contornos no se presentan bien definidos.
Conocemos la noción medieval de belleza como resplandor del ser (verdadero y bueno). Se ha dicho: «La belleza, última palabra a la que puede llegar el intelecto reflexivo, ya que es la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella de la verdad y del bien y su indisociable unión.» (Pseudo-Dionisio Areopagita, De los nombres divinos, en Los filósofos medievales, Madrid, BAC, v. I, pp. 505-506). Ahora bien, como punto de partida en el estudio de lo esencial desde un punto de vista filosófico, parece excesivo.
Se ha exigido a la belleza que «arrebate», que saque fuera de sí, que extasíe e e induzca, dioses mediante, como dijo Platón, una verdadera manía, es decir, una especie de locura. De nuevo nos parece un exceso. Reconocemos la belleza en formas que no nos perturban de ese modo. ¿Puede suceder? Desde luego y hemos de estudiarlo. Pero esto vendrá al final no al principio de la Estética como ciencia.
También se ha dicho que «todo arte noble es religioso, como un homenaje a la gloria del ser. Cuando desaparece su dimensión religiosa, el homenaje degenera en complacencia sensual; cuando se rebaja la gloria aparece como residuo lo comúnmente llamado bello». Se citan la palabras de Goethe: «Los hombres sólo crean poesía y arte mientras son religiosos; después se vuelven simplemente imitadores y reiterativos, como nosotros respecto a la antigüedad, cuyos monumentos eran objeto de fe y sólo han sido imitados por nuestra fantasía». De ahí que, el arte para que fuera trascendente, habría de remitir fuera de sí mismo, es más, fuera del mundo; habría de hacerse eco de la fuga mundi.
En mi opinión, este es un modo de ver típicamente religioso, en el sentido no opuesto solo a laicista, sino también a laico. Un artista poco o nada religioso puede crear belleza. Picasso, por poner ejemplo claro, creó belleza y abrió caminos nuevos para el arte moderno. No se limitó a repetir lo antiguo. Que toda belleza participa de la Belleza absoluta, también es cierto. Pero es preciso distinguir netamente el arte religioso del no religioso. El no religioso también puede ser trascendente. Existe una belleza que podemos llamar laica. Del mismo modo que hay virtudes humanas que podemos compartir todos y virtudes específicamente cristianas que son donadas no por la naturaleza sino por el Espíritu Santo.
Se ha dicho que la belleza es la perfección de una forma. Pero la Victoria de Samatrocia no tiene cabeza y sin embargo la contemplamos sin cansancio. Cierto que «sobreentedemos» la cabeza, pero no la vemos, ni nos atrevemos a imaginarla.
La belleza, forma viva
Ciertamente hay grados en la belleza, lo mismo que en el ser, la verdad y la bondad. Bello o belleza se dice en sentidos distintos, aunque siempre se refiere a una forma. Casi siempre a una forma de formas. Forma que engloba, cabe decir, orgánicamente, a un conjunto de formas, que cobran sentido en la forma nombrada en primer término, al modo de la forma viva aristotélica. Como la del árbol, en el que cada rama, tronco y hojas es una forma que forma la forma total, viva, orgánica, armoniosa, proporcionada y luminosa. Bello es el árbol, no por dar sombra o frutos, sino por su imagen y aspecto. No tanto por los detalles sino por el conjunto que éstos forman. Así la obra de arte, así la belleza en la obra de arte. Tiene una forma que, a la mirada contemplativa, conforma e informa a varias formas y por ello, el cuadro, la escultura, la melodía, el poema, el artefacto, cobra una vida ideal en la mente tanto en la mente del creador como en la de contemplador. Lo ideal sería que amabas mentes coincidieran, aunque no es necesario. La obra de arte puede cobrar «vida» propia y ser origen de nuevas vidas de nuevos mundos. Estamos ante una belleza trascendente: remite más allá de sí misma.
Este efecto del conjunto de formas en la forma, según los clásicos y durante muchos siglos, es posible gracias a la armonía, proporción, medida y esplendor de la forma. La nota o categoría “utilidad” durante siglos se ha excluido de las propiedades de la belleza. Más bien se ha insistido en que la belleza, como la filosofía, es «inútil». Cosa perfectamente falsa, si se toma en el sentido de que no sirve para nada. ¿Qué sería de nosotros sin la belleza? ¿Qué sería de los pueblos y las ciudades? ¿Qué de los hogares? Los hombres de las cavernas, las decoraban bellamente, porque la caverna era su hogar, el lugar donde habitaban. En la película «La vida es bella» (de Begnini) el tío del protagonista dice en un amplio espacio lleno de piezas de museo: «no hay nada más necesario que lo superfluo». La belleza es, si acaso, «el superfluo más necesario».
Por otra parte, hoy el concepto de belleza lo encontraremos también en cosas útiles, en un automóvil, en maquinarias de muy diversa índole, en los más variados utensilios domésticos. Incluso hallamos un vulgar wc en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Primero el arte fue básicamente mímesis: imitación de la naturaleza. Pintura, escultura, arte dramático, música, adornos. El momento creativo del artista pasaba inadvertido. Generalmente el arte era anónimo. Aunque nos quedan grandes nombres, como Fidias, por citar uno solo. Actualmente se atiende mucho más al aspecto creativo. A veces basta una firma para que algo insignificante valga millones. Cabe preguntarse si la firma puede aportar algo a la belleza de una obra de arte. Quizá a la Historia sí, pero no parece que lo aporte a la belleza.
Se aclararán mucho las ideas si advertimos que el término belleza es analógico. Se dice en diversos sentidos. Cabe empezar distinguiendo tres sentidos fundamentales que quizá ya hemos intuido:
-la belleza trascendental
-la belleza in-trascendente
-la belleza trascendente
Utilizamos los términos trascendental y trascendente en el sentido más bien clásico y llano, no kantiano. Trascendental significa lo que «transciende» cualquier área de objetos particulares. Se refiere a todo cuanto existe, no solo en la subjetividad de la persona sino en todo el universo del ser real y concreto. «Trascendente» significa lo que remite a un más allá de sí mismo.
Consideremos en primer lugar la belleza como trascendental del ser
Belleza trascendental y el pecado original de la belleza.
La filosofía medieval desarrolló ampliamente la teoría de los trascendentales del ser. Con especial agudeza Tomás de Aquino. Todo lo que es, en cuanto que es, es uno, verdadero y bueno. La unidad, la verdad y la bondad son términos que en la realidad coinciden con el ser (de los entes). Uno, verdadero, bueno son convertibles o equivalentes. El ser se dice verdadero en tanto que es apto para causar un conocimiento adecuado de sí mismo. El ser se dice bueno en tanto que es apetecible (si se prefiere, deseable; al menos deseable que exista) por las facultades apetitivas. La belleza no se consideró hasta hace relativamente poco tiempo, un trascendental del ser. Se decía que la belleza es como el resplandor de los trascendentales: el resplandor de la verdad y bondad del ser. Autores de la corriente aristotélico tomista consideran la belleza como un trascendental metafísico más. Todo lo que es, en la medida en que es, es bello. Quizá no somos capaces de captar la belleza que se esconde en lo insignificante o incluso «feo», pero «objetivamente» es bello.
Esta teoría (θεωρια) de los trascendentales del ser responde a una realidad metafísica y permite comprender muchas cosas de la vida de la naturaleza y del hombre. El mal y lo feo, en ese contexto, se entienden no como realidad positiva, sino como carencia de bien y de verdad. La ceguera consiste no en algo positivo, sino en una carencia de la vista, «debida», por ejemplo al hombre, por la naturaleza. Incluso el mal moral sería carencia de virtud, falta de orden en las pasiones humanas. Todo esto es verdad, pero, siendo una teoría fundada en la verdad de las cosas, no explica todo lo que pasa en nuestra vida y en el mundo. Algo así sucede con la física de Newton. Sirve para explicar un nivel macroscópico de la realidad. Pero ha sido necesario el descubrimiento de la física cuántica para darnos cuenta de que aquella no puede explicar todas las leyes por las que se rige la materia. Con la doctrina de los trascendentales, se hace muy arduo explicar, por ejemplo, cómo puede llamarse bueno o bello un asesinato. Habría que acudir necesariamente al final de los tiempos para ver cómo resplandece la justicia divina – siempre unida a la misericordia- con el asesino y con la víctima. Ciertamente, al fin, como afirma san Pablo, todo coopera al bien de los que aman a Dios. Pero tal perspectiva requiere la fe en la revelación divina, la cual, en filosofía no debemos utilizar como argumento, aunque nos sirva de orientación algunas veces. En la cumbre, más allá de la criatura, en el Creador, la verdad, la bondad y la belleza, son una sola realidad de perfección infinita. Cabe decir que Dios es la Identidad de Verdad, Bondad y Belleza. Pero en la criatura la identidad es imperfecta. Tiene pecado original. Por eso la creación entera, dice san Pablo, sufre dolores de parto. Verdad, bondad, belleza se encuentran a la vez unidas y disgregadas. Un persona encantadora puede decir mentiras. Una bella mujer puede estar moralmente corrupta. Un gran amante de su esposa, en un rapto de locura o perversión, puede asesinarla, etc.
Sin embargo, con matices, podemos asumir lo que dice Tomás de Aquino: «En un sujeto determinado la belleza y la bondad son una misma cosa, pues se fundan en una misma realidad, que es la forma, y por esto lo bueno se considera como bello. No obstante difieren sus conceptos, porque el bien propiamente se refiere al apetito […] En cambio, lo bello se refiere al poder cognoscitivo, pues se llama bello aquello cuya vista agrada… [quod visum placet]» (Tomás de Aquino, Suma teológica, I, q. 5, a. 4, s. 1). Cuando dice esto Santo Tomás está pensando en la vista como el príncipe de los sentidos y no excluye, al contrario, la intervención de la «visión intelectual». No hay duda, sin embargo, que para el de Aquino, la belleza es tal que no se capta sin el concurso de la sensibilidad.
La belleza destinada al conocimiento contemplativo
La belleza es una cierta especie de bien destinado al conocimiento contemplativo. La belleza siempre, hemos dicho, se dice de una forma. Una forma que agrada. Agrada a los sentidos. Pero el agrado no se limita a los sentidos sino que desde ellos invade el entendimiento y con él a toda la persona. Es en la contemplación –propiciada por la conjunción de entendimiento y sentidos-, que tiene lugar la experiencia estética.
Si interviene necesariamente el entendimiento, en la belleza ha de haber «verdad», puesto que es la verdad el objeto propio del entendimiento. Este dato es importante si se entiende que hemos de llegar al juicio estético. Lo bello, por tanto, ha de expresar alguna verdad, y, en efecto, si no la hubiera, el entendimiento se apartaría, abandonaría la contemplación. Es lo que sucede cuando alguien dice, con razón o sin ella, ante un obra: «esto es una tomadura de pelo». Una trompeta de alta calidad tocada por un ignorante en ese fabuloso instrumento musical, nos repele desde el inicio. Su «música» nos molesta, nos repele. Puede hacerse insoportable. Podemos afirmar sin temor al ridículo que su ruido no es bello. Una orquesta chirriante a todo volumen en una plaza, que daña los oídos, no puede ofrecer una melodía bella. No hay verdad. No hay arte. No hay belleza. Estamos seguros de que éste no es un juicio meramente «subjetivo» u «opinable», aunque algunos bailen al son de esos sonidos. Hay algo objetivo, universalmente válido, que funda nuestro juicio. «Es que a mí me gusta». Vale. También te puede gustar el olor a ácido sulfídrico, pero entonces eres un caso muy especial y desde luego no me estás hablando de belleza, sino de gustos, que es de lo que nos habíamos propuesto no hablar directamente.
La belleza, pues, tiene algo que ver con la verdad, objeto propio del entendimiento. Nosotros tratamos de encontrar la verdad de lo bello. No todo lo que hace el hombre es bello. No nos agrada contemplar todo lo que se nos ofrece como arte.
Que haya obras de arte que requieran una cultura previa, incluso un estudio, y yo no lo entienda (algunos conciertos de J. S. Bach, por ejemplo) no significa que no sean objetivamente bellos. Igualmente, hay obras llamadas de arte que se han hecho para mostrar lo repugnante como bello (atrayente). Por bien ejecutada que técnicamente esté la obra, no por ello es una obra bella. Lo feo puede estar en una obra de arte, pero no como bello, sino como feo, no para conducir al contemplador a la náusea sino a una cierta catarsis, que de algún modo y en alguna medida, le abra a un horizonte digno de ser contemplado y por ello pueda sin repugnancia seguir contemplando.
Nos parece que debe anotarse esta condición de la belleza. La belleza está destinada a ser contemplada. Y la contemplación requiere un tiempo, o, si se prefiere, una duración, pararse a contemplar.
Es un bien con tracción, con fuerza atractiva propia, atrae. ¿Qué es lo que atrae? Cierta sensibilidad compuesta de sentidos e inteligencia. No se trata de meras sensaciones ni de simples conceptos. En tales casos, no cabría hablar de belleza. La belleza es apta para captar la atención, la mirada contemplativa. Se de «fuerza arrebatadora», de rapto, de éxtasis ante la belleza. Y en alguna medida ha de darse, de lo contrario, no hay belleza, o no hay disposición de captarla. Nos mueve sin moverse. Al modo no de la causa eficiente, no empujando, sino al modo de la causa final, atrayendo, como el dios de Aristóteles. Las Meninas de Velázquez atraen millares de personas de todo el mundo sin moverse de su sitio. Se trata por tanto de una forma, de formas, con razón de fin. Se busca por sí misma. Mueve sin empujar, atrae como desde el futuro. No se mueve la belleza, nos movemos nosotros en su busca. Así era el Dios de Aristóteles. Movía sin moverse, no moviendo como causa eficiente sino atrayendo como causa final.
La belleza ha de capturar nuestra mirada invitando a permanecer en ella, a habitar en ella. «Nivel Oh!». Si puedo pasar ante un cuadro sin detenerme, sin el deseo de permanecer más de lo que puedo, la belleza presente es tan escasa como riachuelo en otoño.
Cuando vamos subiendo en la escala de la belleza, le exigimos que en cierto modo nos pasme, nos extasíe, nos deslumbre, nos arrebate. Ahora sí. Y si no es así, podemos hablar de «belleza in-trascendente»: bonito, simpático, agradable, bien hecho, incluso admirable. «Nivel uy»:«Uy, qué bonito». Hay belleza, pero como clausurada en sí misma. No suscita emoción. Invita a pasar a otra cosa. Hay retratos en los museos en los que se reconoce inmediatamente al retratado. Están muy bien ejecutados, con toda suerte de detalles y sin embargo no nos dicen nada, pasamos sin más al siguiente. Si el siguiente es un Velázquez o un Goya, quedamos pasmados, prendidos del personaje, admirados de su profundidad expresiva. Nos invita a interrogarle, queremos entrar en su interioridad insinuada. Quisiéramos iniciar una investigación sobre el retratado y nos interesamos por el artista. Nos gustaría poseer el genio de Goya o de Veláquez. El tiempo corre deprisa. Nos falta espacio para la contemplación.
¿Qué se opone a la belleza?
¿A qué se opone la belleza, o, qué es lo contrario a la belleza? ¿Lo feo? Es lo primero que se nos ocurre, pero cuántas obras de arte habríamos de eliminar de los catálogos si opusiéramos a lo bello, lo feo. En mi opinión, lo que se opone a belleza en tanto que destinada a ser contemplada, es lo repugnante. Dicho más suavemente: «lo que pugna contra la mirada contemplativa». Lo que es, por tanto, incompatible con la experiencia estética, tal como la estudiaremos.
Pintores hay que han representado en un conjunto no exento de belleza un cuerpo corrupto, destripado. El teatro, el cine, representa a menudo personajes carentes de cualquier sombra de atractivo. Sin embargo, somos capaces de sostener la mirada. Si no nos atrevemos a hacerlo, aquella imagen o sonido –o gusto- no es bello. Quizá pueda resaltar una belleza de conjunto, como las sombras realzan las luces de un cuadro. Pero lo repulsivo, por definición, rechaza la mirada y esto es justamente lo que no podemos llamar bello. Algunos dicen: lo feo (lo feo que aquí llamamos repugnante o repulsivo) dejará de ser en cuanto nos deje de repugnar. La respuesta, en mi opinión ha de ser negativa. Estamos en el caso de las fronteras borrosas y movedizas. No están bien delimitadas. Son algo oscilantes. Si se quiere muy oscilantes. Pero yo sé que ahora estoy en Valladolid y no en Lisboa. Lisboa nunca será Valladolid.
La objetividad de la belleza
Tocamos así el tema de la objetividad de la belleza. Es la cuestión inevitable. En estos tiempos que corren el relativismo se ha apoderado de las mentes de muchos. La cuestión es todavía más dramática en el tema de la verdad. El escepticismo está de moda. La filosofía de la modernidad es subjetivista, escéptica. No conocemos de las cosas más que sus apariencias o los productos de la propia subjetividad. Este podría ser el resumen. Entonces, vaya usted a saber cómo se le aparecen las cosas a cada uno. Esta postura tiene consecuencias tremendas en el orden individual, familiar y social, porque es contrario a la vida y a la comunicación intersubjetiva. Nadie puede vivir en coherencia con los principios del subjetivismo relativista. Nadie puede vivir prescindiendo de la verdad y pensando que todo son apariencias. Sería para volverse loco. Todo el mundo exige de los demás que le digan la verdad, que sean verdaderamente justos con él, etc. Cometemos errores, de acuerdo. Existe el error, lo sabemos. Esto significa que distinguimos el error de la verdad, que sabemos qué es la verdad y que conocemos verdades. La realidad se encarga de rectificarnos y nos invita a la prudencia en nuestros juicios. Sin la verdad la ciencia sería imposible y la convivencia, como ha sucedida en los países comunistas, insoportable. Si la persona individual no puede conocer la verdad entonces el Estado se erige en dictador de la verdad. Si la persona individual no puede conocer con objetividad el bien, el Estado, con su positivismo jurídico, acaba dictando lo que es el bien. Esto no puede ser.
Consideremos el argumento de André Frossard. Comienza presentando la objeción de los que, entendiendo la belleza como simple relación de conveniencia entre un objeto cualquiera y el que lo mira, prosiguen afirmando que no lo verá de la misma manera ‑o si se prefiere, con los mismos ojos‑ si es europeo, esquimal o papú, si es una persona formada o inculta, si ha aprendido a andar sobre alfombras persas o sobre la tierra apisonada de una choza, si ha estudiado o no lo suficiente para poder establecer, entre las obras que se ofrecen a su vista, las comparaciones que constituyen el fundamento de todo juicio; y aun así, éste tendrá siempre una carga subjetiva. Un africano del sudoeste se quedará extasiado ante la "Venus hotentote", que a nosotros nos parece deforme, y retrocederá horrorizado ante la Diana cazadora. El chino pensará que al Partenón le faltan formas curvas, y el musulmán que nuestros campanarios son minaretes tallados demasiado toscamente como para que con ellos pueda escribirse algo en el cielo. Conclusión del objetor: Son cosas tan evidentes que no necesitan demostración.»
En primer lugar, Frossard advierte que «esas evidencias» son la ruina de la moral, de la inteligencia y del corazón, porque lo que se acaba de decir de lo bello podría decirse también de lo verdadero y del bien, que quedarían reducidos así a una mera cuestión de opinión o de gustos: y una afirmación de esa naturaleza provoca necesariamente la ruptura de toda comunicación entre las inteligencias y de toda comunión entre los corazones. Por mi parte añado que en Estética filosófico no tratamos formalmente de gustos, sino del ser de las cosas. Nos preguntamos qué son las cosas y porqué son. Y también, en último término, para qué. Nos preguntamo qué es la belleza, al margen de si a mí me gusta una obra concreta o muchas de las que se llaman obras o cosas bellas en las conversaciones y en los libros de arte.
En este sentido, el relativismo, no ha lugar. «Los ejemplos citados – dice Frossard - son equívocos. Hemos sido nosotros los que hemos adornado con el nombre de «Venus» a la pobre mujer disecada que uno de nuestros museos ofrece a la curiosidad de las gentes. Los hotentotes no tuvieron jamás relaciones conocidas con las diosas griegas. El Partenón es un paradigma del arte y no sólo los griegos lo admiran. Nada prueba que un chino no sea capaz de apreciarlo, igual que un descendiente de los vikingos o de los galos puede descubrir belleza en una pagoda, cuyos aleros combados hacia arriba evocan la figura frontal de algún animal sagrado o el reclamo de un indicador invitando al cielo a visitar el edificio. Por otra parte, el Partenón no sólo basa su belleza en la perfección de sus proporciones: es una soberbia «jaula a lo divino», el más hermoso esfuerzo de la inteligencia pagana por encerrar la amenazante desmesura de los dioses en los límites de la razón humana. Tal es el principio implícito de su arquitectura, la causa primera, inmaterial, de la admiración que cada cual le profesa por instinto. Desde luego, el materialista se empeñará en sostener que todas las pretendidas bellezas del templo, de la pagoda, de la flor de lis o de la rosa no pasan de ser afortunados encuentros con nuestros globo ocular y que su conformación está preparada para elaborar armonías geométricas, que no existen en la realidad más que virtualmente. El materialista podría asombrarse de ese poder otorgado a su mirada, pero no lo hace, seguramente por miedo a tener que agradecer a alguien ese don. No dará las gracias más que a sí mismo y dirá con Paul Valéry que el Partenón «es, antes que nada, un montón de piedras», o que la flor de lis es en primer lugar un vegetal, al que su ojo atribuirá elegancias que el vecino hallará preferentemente en el tulipán o en la simple grama. Cuestión de gustos. El materialista no caerá en la cuenta de que esa manera de pensar ha ocasionado ya espantosos estragos entre nosotros. Porque si las cosas no son por sí mismas ni bellas ni feas, ni buenas ni malas, si sólo nosotros lo decidimos ‑sin poder, por otra parte, decidir por los demás‑, si acerca de ello hay tantas opiniones como jueces, habrá que deducir que no hay referencias para las inteligencias; y como es necesario vivir en sociedad, tendrá que ser el poder político el que tome las decisiones por todos y para todos, más o menos brutalmente. Se empieza por no escuchar el mensaje de la rosa y se ve uno obligado a padecer el ruido de los palos.»
Lamentablemente, Frossard puede hablar no solo de experiencia estética sino también de experiencia histórica. Además su argumento, con el paso de los años ha cobrado fuerza. Si usted visita el Museo del Prado, probablemente lo encontrará invadido de chinos y japoneses. Y si visita el Museo del Louvre, es muy posible que le suceda lo mismo. Además, si se observa lo que sucede en el mundo, ¿cuántos occidentales han sido arrebatados por venus vivientes orientales? Ni se sabe.
La verdad es igual para todo el mundo: dos más dos igual a cuatro. No tiene vuelta de hoja. Lo demás es marear la perdiz. Otra historia es si me gusta o no tal verdad. Pero tratar de la verdad no es tratar de gustos. Lo mismo, una vez más, sucede con el bien o la bondad, sobre lo que escribí con sencillez hace muchos años. Si la verdad en tanto conocida es verdad para todos, con los bienes creados sucede algo distinto. Hay bienes que los son para todos, otros son bienes para algnos. Entiendo por bien o bueno una perfección perfectiva. Hay alimentos, medicamentos, lecturas, estudios, actividades diversas, ejercicios, deportes, etc., que son buenos para ti y no son buenos para mí. Depende de si me perfeccionan o no en relación -de ahí la "relatividad"- con mi proyecto vital y en definitiva con mi último fin, que es la vida eterna. El bien es pues relativo al sujeto, en este sentido. Sin embargo, que me perfeccione o no, esto ya no será "relativo", en el sentido de que dependa de mi voluntad, de mi gusto o de mi capricho. Dependerá de algo tan objetivo como mi ser particular, o si se prefiere, del estado concreto en que se encuentra mi ser particular, algo realmente tan objetivo, independiente de mi voluntad, como lo que ahora yo soy, incluyendo el cómo estoy. Mi voluntad puede haber intervenido en la formación de mi situación actual, del estado de mis sentidos y potencias, sensibilidad, frescura mental, etc. Pero que este bien me perfeccione o no ahora ya no depende de mi voluntad. Que sea una perfección perfectiva no depende mí, a no ser en parte proporcionalmente mínima. Aquí, pues, lo relativo no se opone a objetivo.
El caso de la belleza es semejante. Bello es lo que agrada contemplar. Lo contrario es lo que repugna a la contemplación. Con otras palabras: lo que entra en conflicto con mi mirada, le impide descansar en ello, le cansa, le aburre, o positivamente, le repele. Creo que esta definición puede ser aceptada por muchos. Es cierto que a muchos gusta la contemplación de formas u obras de arte que a otros no gusta. Pero una vez más, el juicio estético no es cuestión de gustos. Así como yo debo reconocer que un bien perfecciona a otro aunque no me perfeccione a mí, puedo y debo esforzarme en reconocer que una forma es bella en sí misma aunque a mí no me entusiasme.
Necesaria formación estética. Secundariamente, del gusto.
¿Revela un déficit cultural importante el desprecio de lo apreciado como bello en otras culturas o épocas, sobre todo si ha sido en amplios grupos humanos y durante largos siglos? ¿No manifiesta una muestra de pereza mental? El desprecio o positivo desinterés, sobre todo si es a priori, por la belleza clásico, en el amplio sentido de la palabra, que abarca mucho de lo moderno, no es de recibo en un ámbito académico ni en cualquier círculo que pretenda el cultivo del arte y de la sensibilidad por la belleza. Si los grandes músicos posteriores reconocen en Juan Sebastián Bach uno de los mayores talentos de la composición musical, sería un gran estúpido si afirmara que los Conciertos de Brandemburgo son aburridísimos por el hecho de que yo no pueda soportarlos. Lo mismo si despreciara un concierto de música rock, por el hecho de ser música rock, que yo raramente escucho.
La famosa ley del gusto no sirve para valorar una pintura, un concierto, una poesía, una conducta, ni siquiera un vino.
A.O.D.
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