| Helena OSPINA
Universidad de Costa Rica
Un santo es un hombre para todas las estaciones. Este otoño, el 6 de octubre, el beato Josemaría Escrivá de Balaguer será canonizado por el Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro. La noticia se dio a conocer el pasado febrero. Junto con el español Escrivá, el italiano Padre Pío y el indio mexicano Juan Diego también tendrían ese privilegio. ¿Por qué la Iglesia Católica los proclama santos? ¿Qué tienen en común? ¿Será que el mundo necesita santos?
La santidad es una chispa multiforme del esplendor de la Belleza, Verdad y Bondad de Dios. Los santos son aquellos que se toman en serio a Dios en sus vidas. El Amor y la Misericordia divinas brillan a su paso por la tierra, permitiendo que estas gracias lleguen a todos los hombres a través de su carisma especial y personal.
Los tres –el Padre Escrivá, el Padre Pío, y el laico Juan Diego – amaban entrañablemente a la Virgen María, Madre de Dios. Su fuerza radicaba en su encuentro personal con Cristo por medio de la Eucaristía. Grandes cambios surgieron en la historia gracias a ellos, aunque siempre se consideraron simples instrumentos en las Manos de Dios. La oración y penitencia consumieron sus vidas.
El “extraordinario” camino de los estigmas de Cristo en el cuerpo del Padre Pío, contrasta con la “ordinaria” grandeza de la vida diaria pregonada por Josemaría Escrivá. ¡Todos los caminos pueden ser santos! Este fue el mensaje que Escrivá “vió” el 2 de octubre de 1928 en la fiesta de los Ángeles Custodios, cuando quedó fundado el Opus Dei , la Obra de Dios, una Prelatura personal de la Iglesia Católica. Desde entonces, nunca dejó de enseñar y mostrar esa realidad. La santidad quedó “plantada” en media calle, “nel bel mezzo della strada”, como solía decir.
En un mundo que ha perdido todos sus asideros, la vida y el amor de los santos son un gran regalo a la humanidad. Nos recuerdan el perdón que necesitamos por nuestras limitaciones personales. Nos otorgan el bálsamo de la reconciliación que Cristo, por el sacramento de la Reconciliación, puede dar a cada corazón. La santidad es un océano de promesas que se ofrecen al hombre en su búsqueda de sentido de la vida. Los santos hacen visible la prueba más fehaciente de que se puede aspirar y alcanzar la santidad por medio de una correspondencia diaria a la Gracia Divina. Este camino lo dejaron ellos bien labrado. Es en la vida diaria, vivida de acuerdo con la voluntad de Dios, que podemos todos encaminarnos al cielo.
La santidad se convierte así, en la más revolucionaria opción que una persona puede escoger. Implica afrontar el destino personal y el del mundo en que vivimos, para transformarlo desde dentro. Los santos son aquellos que entendieron esto y lo asumieron valientemente, siendo fieles al carisma que les fue dado desde toda la eternidad. Sus ejemplos son un recordatorio para la humanidad, un grito – possumus! (“¡Podemos!”)- de que la santidad es para todos, porque yace en la gracia de Dios y en las manos de cada uno.
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