| Por Andrés Vazquez de Prada
LA PALABRA, principalmente, era el medio con que expresaba los estados de su alma. Y, por si no bastaba a mover las almas, el lenguaje del predicador venía arropado en el gesto, en el timbre de su voz —inconfundible, grave, vibrante, varonil—, en una amplia escala de tonos, en la rapidez del pensamiento y en la elocuencia de la exposición.
Don Josemaría , que poseía por naturaleza el don de la palabra, en todos sus aspectos, adquirió también maestría en el arte divino de tocar el alma del lector. Con la pluma en la mano, tenía gran facilidad de estilo y perfecto dominio de todas las capas del lenguaje, para vaciar fielmente en el papel pensamiento y afectos. Por necesidades apostólicas, se vio obligado a cultivar el género epistolar desde muy temprano. Y si bien puede decirse que la personalidad de don Josemaría queda estupendamente reflejada en sus cartas, no es menos cierto que existe una sutil armonía entre su temperamento y estados de ánimo, por una parte, y el instrumento material de la escritura por la otra. ¿Hasta qué punto ese instrumento, esto es, la pluma, se prestaba a dar plasticidad y tono a la palabra escrita del Fundador?
Parece ser que la odisea empezó el día en que estalló la revolución, al dejar olvidada en en Ferraz, 16 su vieja pluma. Usó otra distinta en el Consulado de Honduras. Y, en la correspondencia de 1938, se alternan y suceden varias plumas. En consecuencia, hay más de una docena de cartas de ese año 1938 en que don Josemaría manifiesta su desazón al tener que manejar plumas que no se acomodan ni a su puño ni a su carácter. Enseguida comienzan las protestas y las bromas contra ellas: “Te estoy escribiendo —le dice a Paco Botella - con la plumita de José Mª , que me pone nervioso con sus finuras”.
Escritura de trazos recios
Si no corre abundante la tinta por los anchos trazos, calificará t la pluma de desastre; y si, por el contrario, deja caer algún borrón, dirá que tiene incontinencia.
Su escritura es inconfundible. Por eso sorprende ver algunas cartas con renglones desiguales y letras débiles, como la que escribió un día, haciendo espera para obtener un salvoconducto. Dándose cuenta de ello, aclara: “escribo con una pluma rota, más antipática que la espera”. Por sus manos pasó, sin embargo, alguna que otra buena estilográfica, de la que se desprendió generosamente al comprobar que alguno de sus hijos carecía de ella. A los pocos días del regreso de su peregrinación a Santiago de Compostela, después de haber perdido una pluma vigorosa, divertía a los de Burgos: “Comienzo a escribiros, con una plumica fina, fina (…). ¡Paciencia! Debí haber nacido en épocas de pluma de ave, para tajarlas al estilo de mi necesidad”.
En Vergara, donde dio una tanda de ejercicios a los sacerdotes, se vio en la necesidad de pedir prestada una pluma para escribir una carta. Y, al ver su propia escritura, se sintió tan ruborizado como para tener que disculparse: ¡Vaya letrica mona, ¿eh?! Me han dado una plumita de abadesa bernarda, y ella —la pluma; no la abadesa— tiene la culpa”. Y, en carta a Juan Jiménez Vargas , llegó hasta declinar toda responsabilidad en la grafía, despidiéndose con un “Me encuentro muy bien de salud: te lo comunico, aunque no te importe ( la austeridad afectiva de Jimézez Vargas era proverbial ). La letra no es mía: es de la pluma”.
El que don Josemaría hiciera ocasionalmente uso de la máquina de escribir no pasa de ser algo anecdótico. Son contadas las cartas que escribió a máquina. La primera está fechada en Burgos, 7 de febrero de 1938, recién comprada una Corona para hacer las hojas de Noticias . Y da la impresión de que la escribió, en parte, para poder probar el “artefacto” y, en parte, para excitar la curiosidad de Juan Jiménez Vargas : ‘Jesús te me guarde. Sólo dos palabras, con esta vieja maquinita que nos hemos agenciado hoy mismo: ¿Cuándo podrás venir, hijo?”.
Confidencia, cercanía
En su labor de dirección espiritual por correo buscaba el Padre la confidencia y la cercanía. Le desagradaba el anonimato de la letra de molde.
La predilección por la pluma y la tinta es reveladora, ya que muestra la concordancia entre los rasgos de su temperamento y los de su escritura. Él mismo nos explica en qué consiste esa conformidad: “Ya sabes que mi letra es de trazos recios' le recuerda a Paco Botella . Por las manos de san Josemaría <, Pedro Casciaro — se le rompía el papel”; y, a veces, se cortaba con la cuchilla. Algo parecido le ocurría cuando usaba lápiz: “Apretaba tanto, que se le rompía la punta”.
Una escritura de trazos recios, si ha de ser armónica, exige tinta, letra grande y pluma fuerte. De ahí que, como la del Padre fuese gruesa y robusta, corría entre los suyos la broma de que escribía aposta con letras gordísimas para llenar pronto el papel. No era así, ni de broma. Era, sencillamente, que no podía remediarlo.
Un día de finales de marzo en que escribía a Ricardo Fernández Vallespín sobre múltiples e importantes asuntos, luego de haber llenado de letra menuda toda una plana, violentándose a sí mismo para aprovechar papel, pasó a la otra cara y siguió escribiendo, con letras tan minúsculas que acabó rematándolas con una desfallecida exclamación: “¡Vaya letrita! Estoy asustado del esfuerzo”. Y, a continuación, como quien se quita un peso de encima, una explosión de esa escritura suya, grande y singular: “¡Vaya!: ninguna cosa violenta es durable. Mariano , ¡a tus letrazas! Me hace falta una pluma a mi medida, como la que me robaron en Madrid. Algo de esta forma: [ aquí, el dibujo de un plumín grueso ], y no la que tengo que usar: finita, como para que escriba una persona suave. Si se te presenta ocasión de adquirirme una, grande, como lanza de guerrero, y ancha, como estas ambiciones mías —que además son hondas—, cómpramela”.
Cumplir la voluntad de Dios
Se define a sí mismo como hombre de ambiciones grandes, anchas y hondas. Ímpetus apostólicos que encuadran en un marco de grandeza moral. Porque el Fundador soñaba a sus anchas con el día —escribe— en que la gloria de Dios nos disperse: Madrid, Berlín, Oxford, París, Roma, Oslo, Tokio, Zúrich, Buenos Aires, Chicago...
Y ¿esa ambiciones desmedidas, esos sueños de grandeza en ciernes, cómo se concertaban con la humildad? ¿Acaso podía perdurar sobre la soberbia ese futuro coloso apostólico asentado en cien naciones? ¿No sería preciso humillar los excesos del ánimo y recortar los vuelos de la fantasía?
Unos meses antes de dar rienda suelta a este pensamiento de expansión universal, haciendo un curso de retiro en Pamplona se vio por fuera. Y vio lo que consideraba faltas de omisión en el gobierno de la Obra, su poquedad de ánimo en ciertas ocasiones, por falsas consideraciones caritativas, y la necesidad de ejercitar la fortaleza. Entereza moral, firmeza de ánimo, que es, aunque muchos no lo crean, prima hermana de la verdadera y auténtica humildad. ¡Humildad, humildad, cuánto cuestas!”, escribía don Josemaría . Y en un arranque, a renglón seguido, anotó en sus Apuntes : “Es falsa humildad la que lleva a hacer dejación de los derechos del cargo. No es soberbia, sino Fortaleza, hacer sentir el peso de la autoridad cortando, cuando así lo exige el cumplimiento de la santa Voluntad de Dios”.
Cariño y autoridad
Otro de los cabos sueltos que le quedaban por atar era el modo de coordinar el exceso de su cariño con la función severa de su autoridad. Así, por ejemplo, si alguno no quería perseverar en la vocación emprendida, no siempre hacía el Padre una cruda y exhaustiva exposición del caso y sus consecuencias ante el interesado, fuese por razones de educación, o de caridad, o por miedo a prolongar los malos ratos. Un día de 1938 en que uno de los suyos dejaba su vocación, don Josemaría se armó de fortaleza y estableció un método, que seguiría de allí en adelante.
El método, como cuenta por carta a Juan Jiménez Vargas , consistía en hablar a fondo de las causas y tropiezos que han desviado a un alma de su camino, tratando el asunto con el interesado, sin eufemismos y con total sinceridad: “Yo agoté la verdad, sistema que pienso seguir siempre; antes no lo seguía, por una razón humana (educación, politesse ) , otra sobrenatural (caridad).., y un poquito de miedo a prolongar los malos ratos. Ahora me he persuadido de que la verdadera finura y la verdadera caridad exigen llegar a la médula, aunque cueste”.
Pero no había miedo a que pecase por excesiva severidad. ¿Acaso podía mudar su corazón? El Señor le había dado un corazón que se derretía en afectos.
Publicado en el nº 570 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net
|