Por José Ramón Pérez Arangüena
Cornelio Fabro ha dejado escrito que la actitud de Mons. Escrivá de Balaguer ante la libertad es «nueva en la espiritualidad cristiana». El tema ha sido ya abordado en diferentes ocasiones y por diversos autores, aunque dista todavía bastante de haberlo sido con suficiente amplitud.
La libertad, don de Dios
Llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante. Mons. Escrivá de Balaguer no sólo hablaba de la libertad, él amaba la libertad: por eso la defendía. Su defensa no era tanto de unos derechos vindicados frente a quien los conculca, cuanto de la libertad en su sentido más radical: como don, el mayor don dado por Dios al hombre, para que éste actúe por sí mismo, para ser él mismo al actuar. Toda esta hondura teológica y antropológica poseía su empeño por la libertad, y su decisión permanente de no consentir que nadie pisoteara la de ninguna persona, en cualquiera de sus aspectos.
Tan altos vuelos de la libertad no suponen, pues, una evasión de la realidad. Bien al contrario, otorgan al hombre la medida precisa y grandiosa de su posición en el mundo, superando reduccionismos empequeñecedores. Las diversas facetas de la libertad y las llamadas libertades no están yuxtapuestas o malamente amalgamadas. Todo su denso contenido está enraizado en un tronco común —ser don de Dios—, que extiende su savia hasta las últimas ramificaciones. De ahí que sea la fe, la fe cristiana, la que lleve a admirar ese don especialísimo de la libertad, por la que somos dueños de nuestros propios actos y podemos —con la gracia del Cielo— construir nuestro destino eterno.
En esta visión trascendente, la libertad se constituye en punto de encuentro entre Dios y el hombre. Y ante tan digna perspectiva, el Fundador del Opus Dei se admiraba todavía más de Dios, que con ese don ha querido correr el riesgo de nuestra libertad , al haber dejado al hombre la facultad de ejercitarla contra su autor. Lo que resalta el extremado respeto de Dios hacia sus propias criaturas, hasta el punto de excluir de Sí la tentación de la tiranía. En el punto de encuentro Dios espera, pero el hombre rehúsa presentarse o escabulle tantas veces el diálogo.
Hay personas —comenta Mons. Escrivá de Balaguer— que hacen barricadas con la libertad. ¡Mi libertad, mi libertad! La tienen, y no la siguen; la miran, la ponen como un ídolo de barro dentro de su entendimiento mezquino. ¿Es eso libertad? ¿Qué aprovechan de esa riqueza sin un compromiso serio, que oriente toda la existencia? Son los que piensan en la libertad como concepto autónomo, desligado de las demás coordenadas humanas, al estilo de aquel utópico grito existencialista: «la libertad por la libertad». Pero Cristo dijo que «la verdad os hará libres». Luego ya tiene algún tipo de concatenación.
Libertad, ¿para qué?
Si Dios ha dado ese don, no es para contemplarlo en una vitrina del museo de nuestra vida, sino justamente para gastarlo en la consecución del bien. Llegamos así a calibrar el recto uso de la libertad si se dispone hacia el bien . Porque no se justifica a sí misma, es aquí donde la libertad encuentra su razón de ser: en decidir por sí misma aceptar el bien. Santo Tomás de Aquino escribía: «He aquí el grado supremo de dignidad de los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien».
Amor y entrega
El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Mons. Escrivá de Balaguer establece entre libertad y realidades señeras como Dios, la verdad, el bien, la felicidad. Falta otra íntimamente conexa con ellas, que es a la vez el motivo existencial de la libertad: el amor, y más allá, el amor de Dios. La libertad —afirma— adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres.
En verdad, a poco que se medite esta cuestión, únicamente el amor aparece como capaz de ser el detonante adecuado del ejercicio de la libertad, porque sólo entonces consigue éste desplegar toda su grandeza. Sólo el amor encela noblemente a la libertad. Ningún otro motivo cobra para el hombre mayor dignidad, porque nada hay en él de más puro, salvo que el desencanto y el escepticismo lo entierren en su propio yo.
San Agustín plasmó la íntima unión entre amor y libertad en aquella célebre frase: «ama y haz lo que quieras», que luego se detiene a explicitar Mons. Escrivá de Balaguer, por su parte, en perfecta concordancia: sólo cuando se ama se llega a la libertad más plena . O a la inversa: donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad . Y con el amor de por medio, se entiende que gráficamente repitiera que debemos hacer las cosas con el motivo más sobrenatural: porque me da la gana ; con autodeterminación, que se denominaría con término más técnico, aunque menos gráfico.
Nos abocamos así al último reducto de la libertad, en su actuación personal: la libertad sólo puede entregarse por amor . Si el motivo de la libertad es el amor y el amor es esencialmente entrega, nos encontramos entonces con una consecuencia lógica quizá inesperada: la libertad es entrega, es empeñarse en el bien por amor, compromiso de amor a Dios. Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios. Y me comprometo a servir, a convertir mi existencia en una entrega a los demás, por amor a mi Señor Jesucristo. Es más, en la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor .
Este planteamiento supone la superación de una vieja controversia, que Mons. Escrivá de Balaguer afirma en términos radicales: nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad . El mismo lo explica a continuación con un ejemplo ilustrativo. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad .
Resumiendo, pues, el pensamiento del Fundador del Opus Dei, cabe decir que la libertad es el compromiso del hombre en hacer el bien por amor. Libertad comprometida (prometida recíprocamente con Dios) que funda y equivale a entrega, a constancia, a obediencia, a madurez, a superación de la veleidad (a la que algún pobre planteamiento —quizá el más popular— quisiera reducir la grandeza de la libertad.
Un fundamento para la libertad
Abordemos ahora el fundamento de la libertad. Desde el punto de vista natural, es patente que se encuentra en la creación; es decir, en el querer de Dios que ha constituido al hombre con inteligencia y voluntad, con una naturaleza racional, para ser señor de sus actos. En el plano sobrenatural, su fundamento se halla en la recreación obrada por Cristo, en el nuevo status al que tendencialmente nos promueve con su redención: la filiación divina, la conciencia cierta de que lo más radical de que goza la criatura es su condición de hijo de Dios por la gracia. El Fundador del Opus Dei es tajante en su afirmación: No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman a Dios por encima de todas las cosas .
Todo esto se halla en estrecha relación con la teología paulina. Es sabido que San Pablo toca repetidas veces en sus cartas esta realidad de la filiación divina del cristiano. Más en concreto, en las epístolas a los Romanos y a los Gálatas contrapone la libertad de que goza el hijo, frente al temor y a la coartación del esclavo: el primero está en su casa y es el heredero; el segundo, en casa ajena y sujeto al dominio del dueño. Con su redención del pecado, Cristo ha ganado la libertad y «nos ha predestinado a la adopción de hijos» «para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios», señala San Pablo.
Esclavitud o filiación divina: he aquí el dilema de nuestra vida , exclama el Fundador del Opus Dei. O hijos de Dios o esclavos de la soberbia, de la sensualidad, de ese egoísmo angustioso en el que tantas almas parecen debatirse . Pero hay más, ya que hasta tal punto la libertad y la filiación divina tienen importancia recíproca, que sólo mediante la libertad logra el hombre alcanzar total conciencia de su filiación divina: el cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza de su filiación divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en las cosas de su Padre .
Con esto quedan englobados en su núcleo esencial todos los aspectos fundamentales de la libertad. Lo que venga después pertenece al amplio campo de ejercicio práctico que el hombre haga de ella.
Formación y lucha personal
No se es más libre por ignorancia, sino por mayor conocimiento, por el mayor desarrollo de la facultad intelectual, que posibilita una más profunda capacidad de decidirse por el bien. Si «la verdad os hará libres», será preciso conocerla, para poder aceptarla o no. Lo cual habla del empeño de formación que debe poner el hombre para intentar ser objetivo, ecuánime, para saber discernir bien en el maremágnum de caminos que la vida a cada paso presenta y ante los que hay que elegir. Una falta de formación, de criterio, facilita el error, y señala Mons. Escrivá de Balaguer la elección que prefiere el error, no libera; el único que libera es Cristo, ya que sólo El es el Camino, la Verdad y la Vida (Ioh. XIV, 6).
Nunca la libertad es libertad conseguida, sino algo siempre sujeto a la posibilidad de error, por su misma necesidad de continuo ejercicio. Los cristianos —dice el Fundador del Opus Dei— tenemos un empeño de amor, que hemos aceptado libremente, ante la llamada de la gracia divina: una obligación que nos anima a pelear con tenacidad, porque nos sabemos tan frágiles como los demás hombres .
Aquí se entrecruzan la formación y el esfuerzo por mantener la dirección a Dios. Una decisión bien o mal tomada orienta en diverso sentido la vida, y por tanto la libertad. Precisamente en la capacidad de desviarse, o mejor, en la conciencia de la propia debilidad empieza el camino de la lucha interior, que es empresa para toda la vida, porque mientras dura nuestro paso por la tierra ninguno ha alcanzado la plenitud de su libertad . Y aún en el caso de fallar, de alejarse de la amistad de Dios, siempre queda el recurso a la filiación divina, para recomponer la libertad y su recto uso: Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él cuando se arrepiente y pide perdón , señala Mons. Escrivá de Balaguer.
Diversidad y responsabilidad
La responsabilidad personal va más lejos. Es un concepto tan amplio como la misma libertad, ya que es su contrapartida obligada. No hay verdadera libertad allí donde falta la consecuente responsabilidad. Así se expresaba Mons. Escrivá de Balaguer: la libertad personal es esencial en la vida cristiana. Pero no olvidéis, hijos míos, que hablo siempre de una libertad responsable.
La responsabilidad, en cuanto afronta con madurez las consecuencias positivas o negativas de los actos humanos, ha de estar presente en todos ellos, justamente para constituirlos como humanos en su sentido más propio. Con sus ingredientes de integridad y sentido del deber, impide que la libertad se corrompa, dando paso al libertinaje. Por eso, la libertad y la responsabilidad son características de una conciencia cristiana .
El miedo a la libertad
Una de las raíces de tantos males de hoy es el miedo a la libertad. Frente a la ideología existencial de búsqueda del placer o de funcionamiento por pura apetencia, se alza la cruda realidad cotidiana, con sus problemas más o menos graves. Y ante el disgusto de afrontarlos, aquel miedo impele a no pocos a la consecución de una falsa libertad, mediante el fácil recurso a la droga, el alcohol o a cualquier otro inhibidor artificial (y en casos más patológicos, al suicidio); así se destruye la libertad que hipotéticamente se buscaba con la fuga de la realidad.
Cuando la libertad se parcializa (se compartimenta y/o se hace parcial), no es difícil que quede ahogada en un juego de intereses individual o social; propio, ajeno o mutuo. Es de nuevo el miedo a la libertad, que se presenta muchas veces en situaciones realmente dificultosas. Pero no obsta para que resulte penoso que en nombre de la libertad también así se la niegue prefiriendo la seguridad a cualquier precio. La seguridad inmediata en aras de una falsa esperanza futura, aun a costa de abdicar de lo más preciado de uno mismo. La libertad lleva en su esencial el riesgo: aun en esto hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Y así subraya Mons. Escrivá de Balaguer: cuando, durante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal, noto en algunos un gesto de desconfianza, como si sospechasen que la defensa de la libertad entrañara un peligro para la fe. Que se tranquilicen esos pusilánimes. Exclusivamente atenta contra la fe una equivocada interpretación de la libertad, una libertad sin fin alguno, sin norma objetiva, sin ley, sin responsabilidad. En una palabra: el libertinaje. En el pensamiento del Fundador del Opus Dei, la libertad es un concepto unitario y nuclear.
Publicado en Nuestro Tiempo
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