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EL TRABAJO, SEGÚN SAN JOSEMARÍA (Antonio Argandoña)

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EL TRABAJO, SEGÚN SAN JOSEMARÍA

A lo largo del siglo XX, la concepción del trabajo ha conocido cambios... Uno es la aportación de san Josemaría Escrivá , como expresión de la vocación a la santidad en medio del mundo de los hombres corrientes.

Una reflexión en las actuales corrientes
económicas y sociológicas


Por Antonio Argandoña

EL OBJETO DE ESTE artículo es encuadrar la manera de entender el trabajo humano en las en señanzas del fundador del Opus Dei, dentro de un marco muy general formado por las concepciones dominantes y por la realidad del trabajo humano en la última mitad del siglo XX. Tendremos ocasión de ver cómo se produce un interesante paralelismo y, al mismo tiempo, cómo san Josemaría Escrivá ofrece interesantes ideas para superar los problemas que se han ido presentando en la comprensión del trabajo dentro de las ciencias sociales y, sobre todo, en la vida cotidiana

A la hora de definir lo que caracteriza a la concepción del trabajo en el siglo XX, me inclino a hacerlo en términos de una paradoja: la que se da, de un lado, entre la valoración de la dignidad del trabajo humano, reflejo de la dignidad de la persona y de los derechos que se le han venido reconociendo en los ordenamiento jurídicos, y, de otro, de un conjunto de factores que más bien parecen contribuir a su deshumanización, como la necesidad de dedicar demasiadas horas al trabajo; la inseguridad económica ligada a la precariedad, real o percibida, de muchos empleos; la existencia de trabajos inhumanos, degradantes o embrutecedores, o el problema que supone la falta de trabajo en una sociedad en la que el estatus social parece venir ligado a la posesión de un trabajo estable y a lo ingresos que de él se derivan.

Este enfoque, basado en la dignidad del trabajo y, en definitiva, de la persona humana, parece lógico, ya que esa dignidad se suele considerar como ligada al valor original, intrínseco y esencial del ser humano, como la fuente de lo derechos del hombre y como un valor final que hace que una vida sea digna de ser vivida. El fracaso del sentido del trabajo en gran número de personas puede atribuirse, en definitiva, al hecho de que el trabajo no ha sido capaz de darles algo a la que tenían derecho para su realización, llámesele autoestima, remuneración suficiente, autonomía, protección de una competitividad excesiva, seguridad en el puesto de trabajo o protección frente a un sistema que valora más las cosas y los beneficios que las personas.

Ordenaré las ideas que se derivan de los estudios recientes sobre la dignidad del trabajo alrededor de tres pilares: primero, el trabajo como contribución a la producción y como medio para ganarse la vida; segundo, el trabajo como fuente de desarrollo personal y como base del respeto experimentado por uno mismo (self-respect) y por los demás, y tercero, el trabajo como ejercicio de una responsabilidad social.

Se trata de una clasificación en cierto modo arbitraria, pero que nos permitirá ir introduciendo otras facetas de la compleja visión económica y sociológica que tenemos del trabajo a principios del siglo XXI. El punto de partida de esa visión triádica se basa en el reconocimiento de algo que ya aparecía en la reflexión filosófica sobre el trabajo: primero, que es un medio para cambiar la naturaleza y las cosas, orientado a la satisfacción de las necesidades humanas; segundo, que se trata de un potente medio para transformar al propio sujeto del trabajo, y tercero, que es una manifestación de la sociabilidad del hombre y de su capacidad para cooperar con los demás y para relacionarse con ellos, ayudando en la construcción de una comunidad más humana. En cada caso, añadiré otras tantas consideraciones que se derivan del pensamiento de san Josemaría Escrivá sobre la santificación del trabajo, la santificación en el trabajo y la santificación de los demás con el trabajo.

Este artículo se centra en los países avanzados. Los problemas del trabajo en las economías emergentes, en transición y en vías de desarrollo son, a menudo, muy distintos, pero entrar en ellos alargaría excesivamente este análisis. Por otro lado, los problemas que plantea la dignidad o la falta de dignidad en el trabajo presentan caracteres comunes a las diferentes culturas y situaciones económicas y políticas, por la identidad de naturaleza de su protagonista, el hombre.

La vocación cristiana y el trabajo

A la hora de encuadrar el pensamiento de san Josemaría Escrivá sobre el trabajo humano conviene tener en cuenta que la naturaleza de sus escritos es muy distinta de la del resto de materiales citados en este artículo. El no trata de elaborar una teoría sobre el trabajo, ni una descripción sociológica o económica de la realidad del trabajo, ni un conjunto de recomendaciones de política sobre cómo mejorar la dignidad, la eficiencia o la satisfacción del trabajo. Su mensaje se dirige a las personas concretas para ofrecerles un ideal de santidad en el mundo, una plasmación concreta de la vocación que Dios dispone para cada hombre y mujer.

Al llamar a cada persona a una vocación a la santidad, Dios le está proponiendo un modo específico de realizar su fin humano y sobrenatural en la tierra, precisamente a través del trabajo, de la vida ordinaria, porque "el Señor nos ha dado a cada uno cualidades y aptitudes concretas, unas determinadas aficiones; a través de los diversos sucesos de vuestra vida se ha ido perfilando vuestra personalidad y habéis visto, como más propio, un cierto campo de actividades. Al trabajar después en ese campo concreto, se ha ido configurando progresivamente vuestra mentalidad, adquiriendo las características peculiares de ese oficio o profesión. Todo eso -vuestra vocación profesional- habéis de conservarlo, puesto que es cosa que pertenece también a vuestra vocación a la santidad"

Pero el trabajo es más que eso: es también colaboración en la obra creadora de Dios, una llamada a reconciliar la creación con Dios, después del pecado, y un medio para hacer presente y para actualizar en el tiempo la redención que Cristo llevó a cabo. Con palabras de san Josemaría Escrivá "el trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la humanidad. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían.

Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciendo: "Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra" (Gn 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora".

La vocación del hombre al trabajo supone, pues, el reconocimiento de lo que es el hombre, en la línea de la literatura sociológica y económica mencionada antes, pero enriquecida con la dimensión sobrenatural: el hombre es criatura de Dios, hijo de Dios, llamado a una vida de amistad con Dios en esta tierra -amistad que tendrá que desarrollar precisamente en el trabajo y en las restantes facetas de su vida-, elevado al orden de la gracia y llamado a compartir la gloria con su padre Dios.

Josemaría superará los problemas del trabajo no buscando ingeniosas soluciones humanas, sino enmarcando los problemas en su verdadera dimensión, la de un ser-en-el-mundo pero que trasciende este mundo y que está llamado a algo superior, la vida de la gracia, no simplemente al final de esta existencia, sino ya incoada en ella. Y si el hombre es, precisamente, ese ser llamado a la trascendencia, la solución de los complejos problemas humanos habrá que buscarla ahí, y no en el plano de la pura inmanencia. De ahí el papel central de la gracia, de la ayuda divina, a través de los medios sobrenaturales, base sobre la que el hombre edifica el edificio de su santidad en el mundo, mediante el trabajo.

En todo caso, la concepción del trabajo que se encuentra en los escritos de Josemaría Escrivá no se contrapone a la que se describe en la literatura aquí comentada, aunque, eso sí, la completa y la eleva. El trabajo, como todas las realidades nobles de este mundo, merece toda la dignidad que se deriva de la persona, criatura de Dios, hija de Dios, redimida y llamada a compartir la vida de Dios. "El trabajo para nosotros es dignidad de la vida y un deber impuesto por el Creador, ya que el hombre fue creado ut operaretur. El trabajo es un medio con el que el hombre se hace participante de la Creación; y, por tanto, no sólo es digno, sea el que sea, sino que es instrumento para conseguir la perfección humana -terrena- y la perfección sobrenatural. Humanamente el trabajo es fuente de progreso, de civilización y de bienestar. Y los cristianos tenemos el deber de construir la ciudad temporal, tanto por un motivo de caridad con todos los hombres como por la propia perfección personal". Por eso afirmaba que el trabajo es realidad santificable y santificadora. Pero la primacía está en la gracia que eleva al hombre para hacerlo capaz de dar una dimensión nueva a su vida. No se podrá reconocer la verdadera dignidad del trabajo si no se entiende esa dimensión superior de la persona.

A la hora de presentar en qué consiste la santificación del trabajo, San Josemaría solía utilizar una expresión con tres dimensiones: santificar el trabajo o la profesión, santificarse con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo; en mi opinión, en estos tres aspectos se pueden encontrar algunas correspondencias con las tres facetas de las que hemos hablado, acerca de la dignidad del trabajo en las concepciones económicas y sociológicas en boga.

Producir y ganarse la vida

Para muchas personas, trabajar es sólo un requisito para ganarse la vida, para sí y para los suyos; algo, pues, necesario, en la medida en que no se disponga de otros medios para conseguirlo, pero cuyo sentido no se encuentra en el propio trabajo, sino en lo que se puede hacer con los medios que el trabajo proporciona. Pero incluso para aquellos que tienen un punto de vista más amplio sobre la dignidad y la función del trabajo humano, su condición de medio para disfrutar de los ingresos necesarios sigue siendo muy importante.

Desde este punto de vista, trabajar es producir bienes y servicios útiles para los demás, de modo que se genere una respuesta de ellos que nos facilite los medios económicos necesarios, sea en un intercambio de mercado, sea dentro de una organización (una empresa, por ejemplo). En la aplicación de criterios económicos al trabajo suele buscarse la eficiencia en su realización, tanto para la persona como para la sociedad -además, lógicamente, de otros fines de orden superior, como el bien y el desarrollo de la persona y de la sociedad-.

La persona se encuentra ante la necesidad de dedicar horas, esfuerzo y recursos al trabajo, para obtener como contrapartida una remuneración que destinará luego al consumo presente y futuro, es decir, a asegurar un adecuado nivel de vida para sí y para los suyos, tal como se pone de manifiesto en los modelos económicos. De ahí que la dimensión económica del trabajo tenga una valoración positiva, cuando el trabajador se siente satisfecho por lo que recibe, dado el esfuerzo desarrollado y el uso que puede dar a los recursos conseguidos. Pero a menudo esa valoración es negativa, por muchas razones; por ejemplo:

1. Porque la creación de necesidades es ilimitada, lo que impulsa a dedicar más horas y más esfuerzo al trabajo, reduciendo el tiempo dedicado al ocio, que es, precisamente, el que permite disfrutar de los frutos del trabajo. De alguna manera, una cierta concepción del trabajo vendría a decir que nuestro estatus en la sociedad se relaciona más con nuestro nivel de gasto que con la categoría humana del trabajo: "eres lo que compras".

2. Porque el rendimiento del trabajo no depende sólo del esfuerzo propio, sino de muchas variables que se escapan del control del trabajador, lo que le obliga a veces a trabajar más para obtener el mismo ingreso.

3. Porque la mejora del nivel de vida, tal como se desprende de una consideración meramente fáctica de nuestra sociedad, exige un mayor volumen de recursos, que no siempre se pueden cubrir con la mayor productividad del trabajo y el consiguiente salario mayor, sino que exige más horas y más dedicación (por ejemplo, la necesidad de aportar más de un sueldo para sacar adelante a la familia).

4. Porque los ingresos derivados del trabajo deben proveer no sólo a las necesidad actuales de la familia, sino también a su seguridad futura, y la red de protección de la seguridad social presenta numerosas fisuras, tanto si es privada (seguros, fondos de pensiones, ahorro financiero, etcétera) como si es pública (seguridad social).

5. Porque, además, el puesto de trabajo no es seguro y, por tanto, su pérdida -o el deterioro de su calidad- puede dar al traste con los planes financieros de la familia.

6. Porque se han acentuado las diferencias de ingresos dentro de una misma sociedad, creando agravios comparativos -que son relevantes porque la idea que se tiene del nivel de vida propio es también comparativa-.

En definitiva, considerado como fuente de ingresos, la valoración del trabajo estará siempre sujeta a criticas, sobre todo en una sociedad competitiva, en la que el nivel de vida viene marcado no ya por las posibilidades que se abren a cada uno, sino por el ejemplo competitivo de los demás, que lleva a la fiebre de tener más y consumir más, aunque sea a costa de más horas de trabajo y niveles de endeudamiento mayores. De ahí se deriva una sociedad "desequilibrada" en el uso del tiempo, con numerosas personas "adictas al trabajo" que llegan a considerar moralmente superior una vida ocupada por muchas horas de trabajo, aunque hayan perdido el sentido del porqué de ese trabajo. Pero la sociedad también exige que el trabajo sea utilizado eficientemente. Y esto tiene también consecuencias importantes para la satisfacción y aun la misma dignidad del trabajo. En primer lugar, la productividad mejora intensamente cuando se aplica la división del trabajo, empezando por el fraccionamiento de las tareas. Pero esto lleva consigo la posible pérdida de sentido del trabajo mismo, que es una de las bases de su dignidad: saber en qué se trabaja y por qué.

Emparentada con lo anterior está la relación del hombre con la máquina, necesaria también para mejorar la productividad del trabajo. Pero esa relación es ambigua: la máquina es, en su origen, fruto del trabajo del hombre y colaboradora del mismo, pero puede ser también su enemiga, porque suplante su trabajo, o porque adquiera primacía sobre las personas como generadora del valor de los bienes producidos, condicionando la vida de los trabajadores, su seguridad y su prosperidad, a las exigencias del capital físico. Las imágenes de Charlie Chaplin en la película Tiempos modernos son un paradigma de lo que puede ser un trabajo alienante.

Y, en tercer lugar, el trabajo eficiente debe estar coordinado y dirigido. Pero esto implica que hay un grupo importante de personas que no son dueñas de su trabajo, sino que dependen de las órdenes de otras, perdiendo de este modo una parte de su autonomía, que es otro de los pilares de la dignidad del trabajo.

Todo lo anterior nos lleva a un panorama no muy alentador. Cuando analizamos la satisfacción de los trabajadores en los países avanzados, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, las promesas de un mundo feliz, en el que el trabajo seria cada vez más placentero y humanizador, no se ven confirmadas. El trabajo es, sí, fuente de ingresos, y cada vez más altos, pero no obtenemos de él los niveles de vida y de consumo que deseamos, de modo que las horas de trabajo se convierten en motivo de frustración -como también lo son, por razones parecidas, el desempleo y el subempleo-. El trabajo puede convertirse así en aliado del materialismo, de envidia y de la codicia, que están en la base de no pocas insatisfacciones actuales.

Y sufrimos también por la inseguridad de lo ingresos esperados del trabajo, y por la precariedad del mismo, cada vez más generalizada. por la carencia de sentido de un trabajo monótono y deshumanizado, fruto de la división de trabajo que, por otro lado, la sociedad impone como un deber de eficiencia. Y por la falta de autonomía en el trabajo, que depende de decisiones de otros. Y todo ello en el marco de una sociedad que, a menudo, parece valorar el exceso de trabajo como una adicción no sólo perdonada, sino elogiada, hasta convertirlo, en ocasiones, en un compromiso cuasi-religioso, quizás porque, a falta de otro norte, es capaz de ofrecer, consuelo, guía, visión y unos principios capaces de regular nuestra vida de una forma personal mente tranquilizadora y socialmente aceptada.

Santificar el trabajo

Los filósofos nos dicen que, al trabajar, el hombre perfecciona las cosas, las "humaniza". San Josemaría Escrivá añade la dimensión sobrenatural: el trabajo santifica las cosas. Pero ese no es un proceso automático, sino el resultado del juego de la gracia y la naturaleza: la gracia de Dios que eleva al hombre, y la respuesta libre y responsable del hombre, en su esfuerzo por cumplir el mandato del Génesis , "creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla" (Gn 1, 28), y por poner en práctica la exclamación de Cristo: "Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Pero este proceso no es automático, sino que implica un esfuerzo positivo del hombre, elevado por la gracia, para trabajar y trabajar bien.

Lo primero que resulta de esas enseñanzas es la necesidad de trabajar mucho, en lo que hay coincidencia con lo que antes descubrimos en las corrientes económicas y sociológicas vigentes. El mandato de santificar el trabajo empieza con la disposición de dedicar al trabajo las horas necesarias, que siempre serán pocas, porque la tarea que hay que realizar es abundante. Pero la razón para esto no hay que buscarla en argumentos de productividad, eficiencia o provisión de ingresos, sino en el carácter natural del trabajo humano entendido como cooperación perfeccionamiento de la obra divina de la creación que, habiendo sido asumido por Cristo, ha adquirido -no de modo yuxtapuesto, sino intrínseco- una dimensión redentora de santificación.

Complementando la idea anterior, el trabajo no se presenta como una ocupación ocasional sino verdadera dedicación profesional, con estabilidad, seriedad y competencia.

El aspecto productivo del trabajo no es independiente de las demás facetas del mismo. No se trata de "bendecir" un trabajo hecho con otras motivaciones, sino de dar unidad de sentido a lo que se está llevando a cabo. En concreto, el fin del trabajo no se reduce a la producción de bienes y servicios, ni a la consecución de los medios de vida para el trabajador y su familia, aunque esta es necesaria y buena en sí misma.

El conflicto entre trabajo, de un lado, y otras actividades (ocio, familia, dedicación a la sociedad, etc.), de otro, se resuelve en el plano personal, guiado por virtud de la prudencia, y en el plano social, reconociendo la importancia de una adecuada organización social que permita resolver aquel conflicto en cada caso concreto. La dedicación al trabajo como medio para ganarse la vida se desenvuelve en la tensión entre la mejora del nivel de vida propio y la ayuda a los demás, de un lado, y el desprendimiento cristiano, de otro. Hay, pues, razones de mucho peso para dedicar muchas horas al trabajo, también para la consecución de medios económicos. "El verdadero desprendimiento -afirma san Josemaría Escrivá - lleva a ser muy generosos con Dios y con nuestros hermanos; a moverse, a buscar recursos, a gastarse para ayudar a quienes pasan necesidad. No puede un cristiano conformarse con un trabajo que le permita ganar lo suficiente para vivir él y los suyos: su grandeza de corazón la impulsará a arrimar el hombro para sostener a los demás" Pero también hay que vivir el desprendimiento de los bienes de la tierra, que sepa poner un límite a la ambición de trabajar más simplemente para ganar más y tener más. Por el contrario, la dimensión social del trabajo -el servicio a los demás- justifica una amplia dedicación al trabajo profesional.

Y hay que trabajar bien, aplicando el esfuerzo necesario, exprimiendo las horas, ejerciendo las virtualidades inherentes a un trabajo profesional bien hecho, cumpliendo los deberes profesionales y sociales inherentes al trabajo. En palabras de san Josemaría , "lo que he enseñado siempre (...) es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres)". "Parte esencial de esa obra -la santificación del trabajo ordinario- que Dios nos ha encomendado es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales".

Santificar el trabajo no quiere decir manipular la realidad de forma arbitraria o despótica, en función de consideraciones de carácter religioso. Hay que respetar siempre las leyes de la naturaleza y el sentido de las cosas, como parte de la obligación de amar al mundo, al que el Creador dotó de valor, significación y belleza. Josemaría Escrivá , como ya señalamos, no formula propuestas de política económica acerca del trabajo, pero, como es lógico, se hace eco de los planteamientos de la doctrina social de la Iglesia sobre el tema, dejando a la libre actuación de los hombres -de los cristianos, ciudadanos como los demás- la solución concreta de esos problemas.

Trabajo y desarrollo personal

Ya me he referido antes a la posibilidad de que el trabajo se convierta en un factor deshumanizador, por la pérdida de sentido de las tareas debida a la división del trabajo y por el dominio de la máquina sobre el hombre. Y es que, entre los economistas, sociólogos y filósofos que han escrito sobre el trabajo en los años recientes, hay un amplio acuerdo en que el trabajo debe modelar al hombre, humanizarlo, y desarrollar sus conocimientos y sus capacidades, sus actitudes y su interioridad -al tiempo que el hombre humaniza el trabajo-. De algún modo, nuestra posición en la sociedad está directamente condicionada por nuestro trabajo -de hecho, según algunos autores, nos identificamos por nuestra profesión u oficio-. De ahí el trauma que supone no tener un empleo, que equivale, de algún modo, a la pérdida de la identidad propia.

Y es que el trabajo es el gran conformador de nuestra interioridad, desarrolla muchas de nuestras capacidades y virtudes, modela nuestro carácter, nos da una identidad y nos abre a un complejo mundo de relaciones con los demás. El trabajo, dirá Juan Pablo II "lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad". Las iniciativas, la autonomía y las aptitudes desarrolladas en el trabajo se proyectan luego sobre nuestra existencia, pues lo que aprendemos en el trabajo nos acompaña para siempre. Y en él aprendemos la disciplina, el autocontrol y la capacidad de disfrutar de la propia vida.

No es de extrañar, pues, que los hombres busquemos en el trabajo creatividad, reconocimiento, capacidad de expresión, satisfacción, camaradería, aprecio y sentido. Los estudios sociológicos llevados a cabo, sobre todo en los años setenta y ochenta, muestran que un significativo porcentaje de trabajadores están satisfechos con su trabajo, y que esa satisfacción es mayor cuando el trabajo es "enriquecedor", con sentido, "retador"; cuando se percibe como un medio para el desarrollo personal, y cuando permite un suficiente grado de autonomía -principalmente, poder establecer los fines del trabajo y ser escuchado en las decisiones relevantes-.

Pero también hay muchos motivos para la insatisfacción en el trabajo, por ejemplo:

1. Condiciones de trabajo mecanizadas, repetitivas, agotadoras, triviales, sin sentido o que quitan iniciativa, responsabilidad y creatividad al que lo ejecuta.

2. Ser tratados con desprecio ("no ser visto", ser visto sólo como parte de un grupo, falta de un espacio personal seguro, ser humillado). "No es la monotonía y la rutina lo que produce insatisfacción, sino la ausencia de reconocimiento, de sentido, o de relación del trabajo de uno con la sociedad".

3. No poder usar suficientemente las capacidades personales. Esto sucede, a menudo, después de un despido o una recolocación que supone un cambio importante en la carrera profesional.

4. No presentar retos asequibles, no permitir el desarrollo de nuevas capacidades y habilidades.

5. La ambigüedad de los roles en el trabajo, el conflicto y la inseguridad.

6. Tener que actuar contra las normas profesionales o contra la ética.

7. Un grado insuficiente de autonomía en el trabajo (necesaria además de la libertad para trabajar y de la libertad de trabajar).

Robert Kahn resume así los caracteres que debe reunir un trabajo para que sea "humanizador": l) que no degrade, humille, canse o aburra; 2) que interese y satisfaga al que lo lleva a cabo; 3) que le permita utilizar muchas de sus capacidades y habilidades, y que proporcione oportunidades para adquirir otras; 4) que sea capaz de mantener y aun de incrementar su interés por sus otros roles en la vida (como esposo o esposa, padre o madre, ciudadano, amigo, etc.), y 5) que proporcione un medio de vida suficiente y digno. A estas se podrían añadir otras, como 6) que se le proporcione información suficiente para tomar decisiones inteligentes en su trabajo, 7) un buen trato por parte de sus superiores y colegas en el lugar de trabajo, etcétera.

Santificarse con el trabajo

La capacidad del trabajo de perfeccionar natural y sobrenaturalmente al hombre se recoge en la expresión "santificarse (uno mismo) con el trabajo", en los escritos de san Josemaría Escrivá .

El hombre crece y madura en el trabajo, que se convierte así en un profundo modelador de la persona, desarrollando sus capacidades, habilidades, actitudes y valores, en la misma línea de la filosofía tradicional, ya señalada. En particular, el trabajo es un gran medio para el desarrollo de las virtudes. "En esta tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad (...). La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios".

La santificación del trabajo exige nivel técnico, competencia profesional, dominio de la propia profesión u oficio, incluyendo los años de estudio y de cualificación profesional, pero extendiéndose luego a toda la vida. Y un componente importante de esa calidad profesional es el cumplimiento acabado de las exigencias deontológicas del trabajo, necesario para que la actividad sea santificable y santifique al que la ejecuta.

Parte importante de esa formación es el prestigio profesional, que el trabajador debe valorar y buscar como parte de su servicio a los demás y refiriéndolo siempre a Dios y a la misión confiada por Él.

Ese prestigio no se identifica con el éxito humano, ni con el orgullo del triunfador. "Cuando una empresa es sobrenatural, importan poco el éxito o el fracaso, tal como suelen entenderse de ordinario". Colocar "a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas" es ponerlas en conexión con la Cruz, insertarlas en la obra redentora de Cristo.

La vida profesional que se santifica es la misma vida ordinaria Nada externo distingue el trabajo de un cristiano del de sus conciudadanos, porque el ámbito de ese trabajo es el lugar natural donde busca su santidad. Esto implica reconocer el valor de lo ordinario, de lo normal -no en el sentido de normalidad sociológica o estadística, sino como lo natural, como natural es el trabajo-.

El trabajador debe amar al mundo, y a su trabajo, apasionadamente, porque es el lugar de su encuentro con Dios y donde realiza su vocación. Esto implica la necesidad de vibrar con los ideales y los afanes de sus compañeros y colegas, participar en las temas profesionales, vivir el sentido de la amistad y la ilusión profesional, etcétera. Naturalmente, esto es compatible con manifestar su desagrado o su oposición a lo que no le parezca adecuado en el plano profesional o moral.

En el trabajo se debe asumir la propia libertad y la personal responsabilidad de las acciones llevadas a cabo.

No hay trabajos de mayor o menor categoría. La importancia personal o social de una ocupación depende sólo del amor con que se lleva a cabo, porque la dignidad del trabajo se debe a la persona, y no a la inversa. Por tanto, la consideración social del estatus de una persona por su trabajo no tiene un fundamento adecuado en la antropología o en la teología. Y esto se aplica también al desempleado, jubilado, enfermo, etcétera.

Las situaciones de abuso en el trabajo, de malos tratos, de desprecio de la dignidad de los trabajadores, etcétera, no son inherentes a la condición del trabajo, sino causadas por las personas y por las estructuras que estas han creado, y cuya causa final es el pecado. Y conocer la naturaleza y causas de ese desorden es condición necesaria para poder corregirlo.

Lo que se ha de santificar es la vida ordinaria, es decir, toda la vida de la persona. No pueden darse, pues, contradicciones entre la dignidad en el trabajo y el deterioro de esas otras facetas de la vida -familiar, cultural, de relaciones sociales, etcétera-.

La función social del trabajo

La tercera faceta que configura la dignidad del trabajo es su función social. Salvo Robinson Crusoe antes de la llegada de Viernes a la isla, nadie trabaja sólo para sí. El trabajo es una formidable participación en una tarea colectiva, y este es uno de los elementos que le dan su sentido y su dignidad.

En efecto, todos queremos que nuestro trabajo tenga una utilidad para otros, un sentido de vocación social. Esto se manifiesta, primero, en la disposición de trabajar y de dedicar muchas horas al trabajo, incluso al no remunerado (voluntariado, servicio social, etc.) y en el reconocimiento de que trabajar es un deber al que todos los ciudadanos capaces deben dedicarse, si no están impedidos para ello o se están preparando para un trabajo futuro. En segundo lugar, se manifiesta también en el desarrollo del sentido profesional: la profesión u oficio es no un mero puesto de trabajo, sino una manera de entender la participación de los trabajadores en las responsabilidades sociales, de acuerdo con unas reglas (normas deontológicas, códigos profesionales, estándares, etc.) que recogen la experiencia acumulada. Y, finalmente, la función social del trabajo se proyecta como un servicio a la comunidad local y a la nación, como se pone de manifiesto, sobre todo, en situaciones de emergencia nacional (guerras, desastres naturales, etcétera). Más aún, esta función se proyecta sobre toda la humanidad: el trabajo es la forma principal (aunque no única) que la mayoría de las personas tienen a su alcance para construir la sociedad. En definitiva, el trabajo es una de las maneras de que cada persona deje su huella en el mundo. Todo eso está muy bien, pero, ¿cumple el trabajo esa función social, en los umbrales del siglo veintiuno? La opinión de los expertos a lo largo de la segunda mitad del siglo anterior muestra los contrapuntos de aquella visión.

Falta, a menudo, el sentido de comunidad en el trabajo. Es decir, el trabajo se lleva a cabo, con frecuencia, en conexión física con los demás, pero sin la experiencia de "una relación moral entre personas".

Esto se debe a que los sistemas de organización del trabajo exacerban, a menudo, la dimensión individualista. Si el objetivo es el interés personal por parte del trabajador, el máximo beneficio por parte de la empresa, y la máxima eficiencia del sistema económico, la idea del trabajo como un medio de cooperación a una tarea común se desvanece. Por ejemplo, consideraciones de productividad y eficiencia pueden sustituir al sentido del servicio a los demás, en profesiones como la de la atención sanitaria.

La sociedad competitiva tiende a considerar a los trabajadores como unidades reemplazables. Y esto, además de restarles dignidad, los convierte en competidores, que sólo cooperan entre sí en la medida en que lo exija la descripción del puesto de trabajo. A menudo, esta manera de ver el trabajo acaba en la comparación con lo demás: si soy mejor que ellos o no.

Esa concepción competitiva del trabajo destruye el sentido de lealtad a la empresa. En una sociedad en la que los despidos son frecuentes los empleados acaban siendo leales sólo a sí mismos, al desarrollo de sus capacidades y a su propia carrera, no a la empresa, ni a sus compañeros y colegas.

La dignidad del trabajo depende, en buena medida, no sólo de cómo nos veamos nosotros en él, sino de cómo nos vean los demás. En este sentido, las actitudes sociales hacia el trabajo en sus diversas modalidades -y hacia la carencia de un empleo estable- condicionan la propia consideración del trabajo. Esto implica, por ejemplo, una menor apreciación del empleo a tiempo parcial, de los trabajos precarios, del trabajo de la mujer en el hogar, etcétera.

Santificar con el trabajo

En los escritos de Josemaría Escrivá , la tercera dimensión del trabajo es la de su contribución al servicio a los demás, al bien común. El trabajo no tiene sentido como actividad individual, sino que es siempre una tarea social, que nos pone en relación con los problemas y las preocupaciones de los demás: de los clientes, consumidores y usuarios, a los cuales van destinados los bienes y servicios que producimos; de los superiores, colegas y subordinados con los que compartimos el puesto de trabajo, las tareas y las responsabilidades; de la propia familia, a cuyo sostenimiento va dirigido el propio esfuerzo, y de la sociedad toda, a cayo desarrollo contribuimos con nuestro trabajo. "El trabajo ordinario, en medio del mundo, os pone en contacto con todos los problemas y preocupaciones de los hombres, puesto que son vuestras mismas preocupaciones y vuestros mismos problemas" Con otras palabras, un rasgo fundamental del trabajo es "el espíritu de servicio, el deseo de trabajar para contribuir al bien de los demás hombres".

De nuevo, no hay trabajos (honrados) de mayor o menor categoría, porque todos aportan su contribución al bien común y al desarrollo de los demás. La contribución al bien de los demás y al bien común de la sociedad es connatural al trabajo, y tiene un profundo sentido humano.

Pero es también una actividad apostólica, de fines también sobrenaturales, dirigida a abrir horizontes de vida cristiana a los demás, a las personas concretas. En efecto, el trabajo profesional es un lugar idóneo para el ejercicio de la responsabilidad apostólica del cristiano, que tomará ocasión de su relación natural con los otros hombres y mujeres para tratar de ampliar el sentido de su vida y acercarlos a Dios. "El apostolado, esa ansia que come las entrañas del cristiano corriente no es algo diverso de la tarea de todos los días: se confunde con ese mismo trabajo, convertido en ocasión de un encuentro personal con Cristo. En esa labor, al esforzarnos codo con codo en los mismos afanes con nuestros compañeros, con nuestros amigos, con nuestros parientes, podremos ayudarles a llegar a Cristo".

El trabajo es una contribución directa al desarrollo de la sociedad, que la configura. "Mediante el ejercicio de nuestra propia profesión en medio del mundo, perseguimos también el bien temporal de la humanidad entera". Y es también un modo de manifestar la fraternidad y el espíritu de servicio a los demás. Por tanto, el trabajo no puede concebirse como una actividad individualista, cerrada en sí misma, sino que debe estar siempre abierta a los demás. Algunos de los problemas que se detectan en la sociedad actual están relacionados con esto. Esto lo resumía San Josemaría diciendo que los cristianos deben ser, en el mundo, "sembradores de paz y de alegría".

Conclusión: sentido y dignidad del trabajo

A principios del siglo XXI, el trabajo no es sólo una actividad, ni siquiera una actividad importante en nuestra vida. De hecho, es él el que da sentido y objeto a nuestra existencia, al menos desde el punto de vista sociológico; el que nos define como personas -de hecho, nos solemos identificar por nuestra profesión u oficio-, el que da una cuenta legítima de quiénes somos, tanto a nosotros como a los demás. Con el trabajo adquirimos conocimientos, sentido, relaciones, capacidades y habilidades, y una actitud general ante la vida. El trabajo es una actividad estructurante, que ordena los datos de nuestra existencia. Nos configura como personas, desarrolla nuestras potencialidades -para bien o para mal-, nos lleva a entender el mundo con las categorías, metáforas, modelos y conocimientos adquiridos en el trabajo, en un grado que no se había dado en las generaciones pasadas. De ahí su importancia para todos los hombres y mujeres.

Durante décadas, el tener un puesto de trabajo ha sido decisivo para la supervivencia de la gran mayoría de las personas. De ahí la "ética del trabajo" tan arraigada en la mentalidad de millones de personas. Una ética que lleva a ver en el trabajo una obligación (de origen religioso), con el compromiso de dedicar muchas horas a esa actividad, y de hacerlo bien, con intensidad, produciendo mucho, con un sentido de compromiso y lealtad a la profesión, a la empresa y al equipo de trabajo; con el orgullo de ser un trabajador, y un buen trabajador; buscando en él el progreso también (pero no exclusivamente material), y como un medio para adquirir honestamente las riquezas necesarias para una vida frugal pero digna. Todo esto está muy bien si se hace también en obediencia a la voluntad de Dios, como algo grato a Él y en servicio a los hombres.

Ese modelo sirvió durante generaciones para fomentar el deber personal y social de trabajar, en un mundo de necesidad, en que el trabajo era el único medio de subsistencia para casi todas las personas y familias. De algún modo, sirvió para hacer soportable las condiciones de trabajo, a menudo duras, humillantes y descorazonadoras. El trabajo era un deber, una obligación, una necesidad, no un placer, al menos para gran número de trabajadores. Pero, obviamente, esta concepción se quedaba corta en su alcance.

Pero el trabajo es también una carga, que no pocos intentan eliminar o, el menos, reducir. El trabajo puede ser también un sustitutivo de cosas buenas y necesarias, como la familia, los amigos, la religión o la participación en las tareas de la comunidad. Hay muchos que trabajan duro para poder retirarse pronto, pero muy pocos lo consiguen. Y el coste de una vida desequilibrada por el trabajo puede ser alto, en términos de retraso en la constitución de una familia, descuido de los deberes para con ella, quizás un matrimonio fracasado y, a menudo, el desconcierto de no haber sabido edificar la vida sobre un trabajo lleno, útil y con sentido.

Porque a menudo buscamos el sentido del trabajo fuera de nosotros, y no cabe duda de que, al menos en buena parte, somos nosotros los que hemos de proporcionar sentido a nuestro trabajo. Las empresas pueden ofrecer puestos de trabajo bien diseñados y bien pagados, pero no pueden proporcionar el sentido de la actividad que desarrollamos. Un trabajo digno es un trabajo moralmente valioso llevado a cabo en una organización moralmente valiosa El trabajo tiene sentido porque es bueno, porque hay algo bueno en él. Y ese sentido lo puede encontrar el hombre en las tres dimensiones mencionadas al principio: producir bienes y servicios útiles, contribuir al desarrollo de la persona y engarzarse en un marco de servicio a los demás.

Reconozco que esta manera de entender el trabajo es más bien optimista. Hay no pocos trazos en el mundo del trabajo hoy, y en las teorías sobre el mismo, que nos llevaran a conclusiones más materialistas, egocéntricas, insolidarias o conflictivas. Pero me parece que esta manera de entender el panorama del trabajo es no sólo realista, sino también esperanzadora. Y en ese talante optimista han influido, sin duda, las enseñanzas de san Josemaría Escrivá , algunas pinceladas de las cuales he presentado en las páginas anteriores. |Ya hice notar que el pensamiento del fundador del Opus Dei sobre el trabajo no se puede encuadrar en la literatura sociológica o económica, pues su intento era otro. El pretendía ofrecer a los cristianos corrientes una manera de entender su vocación cristiana, su santificación en la vida ordinaria, no sólo coherente con la vocación humana al trabajo, sino basada en ella, integrada con ella en una "unidad de vida, sencilla y fuerte".

Permítaseme insistir en que el objetivo de san Josemaría Escrivá no es dar recetas para solucionar los problemas del mundo del trabajo, o para crear instituciones y políticas que ayuden a superarlos. Para él, la transformación cristiana de la sociedad no es un fin, sino un efecto de la santidad vivida en el mundo. Quizá este mundo del trabajo, tal como lo hemos entendido en el siglo veinte, se esté acabando, si hemos de hacer caso a los profetas de una revolución que, según dicen, ya está en marcha. Pero, si se acaba el trabajo, tal como lo entendemos hoy, tendremos que encontrar un sustituto, porque lo exige la naturaleza, la formación y la condición moral del hombre.

En todo caso, es probable que las tendencias que vemos en el mundo del trabajo en los años recientes -insuficiencia de los ingresos, necesidad de trabajar muchas horas, puestos de trabajo no siempre satisfactorios, relaciones humanas a menudo poco humanizadoras, inseguridad en el empleo, temores sobre el futuro,...- se sigan manteniendo durante bastante tiempo. De modo que los retos del trabajo seguirán esperando la adecuada respuesta de la sociedad. Y aquí es donde los análisis y las orientaciones dadas por el fundador del Opus Dei podrán contribuir, sin duda, a la concepción humanizadora del trabajo, al reconocimiento de su dignidad y a la solución de los problemas que su organización lleva consigo, a través de las aportaciones de los científicos sociales, de los empresarios y de los políticos que, en el ejercicio de su libertad, se decidan a vivir coherentemente la fe cristiana.

En definitiva, el trabajo seguirá siendo una necesidad, pero también una oportunidad para producir mejores bienes y servicios que satisfagan las necesidades humanas con eficiencia, contribuyendo a la mejora de las personas que participan en esos procesos y desarrollando una sociedad más justa y más humana, contribuyendo también a que los que participan del trabajo encuentren en él el ámbito y el medio para su santificación. De modo que, además de resolver numerosos problemas concretos -las indignas condiciones de trabajo de muchas personas, la inseguridad en el empleo, la situación de los parados, la compaginación del trabajo en el hogar y fuera de él, la valoración del trabajo de la mujer en el hogar, etcétera-, el llamado "derecho al trabajo" seguirá siendo la clave de la supervivencia, pero también de la autoestima y de la dignidad de las personas.


Presentado al IV Simposio Internacional “Fe cristiana y cultura contemporánea"
Pamplona, 9 y 10 de diciembre de 2002, Versión corregida, febrero de 2003.

 

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07/08/2005 ir arriba
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