| Por el Cardenal Leo Scheffczyk
Josemaría Escrivá es un extraordinario ejemplo de un cristianismo con hechos, que se manifiesta en la actividad, en el trabajo y en el apostolado para la propia santificación y la santificación del mundo. Proclamaciones como ésta se encuentran frecuentemente en su obra: «Trabajo hay; el mundo es grande y son millones las almas que no han oído aún con claridad la doctrina de Cristo. Me dirijo a cada uno de vosotros. Si te sobra tiempo, recapacita un poco: es muy posible que vivas metido en la tibieza; o que, sobrenaturalmente hablando, seas un tullido. No te mueves, estás parado, estéril, sin desarrollar todo el bien que deberías comunicar a los que se encuentran a tu lado, en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia».
En tales apelaciones vibra la noble pasión de la acción incansable y del afán misionero, que, sin embargo, podría aparecer como sospechosa de un activismo humano, de una búsqueda del resultado y de la mera confianza en las propias fuerzas. En este caso esa noble pasión estaría atravesada por la justicia de las obras y por el pelagianismo. Pero Escrivá también conoce el otro polo de la realidad cristiana, que incluso tiene prioridad y es predominante: la fuerza de la gracia. De ella habla con igual frecuencia y determinación como raíz y forma más intrínseca de todo actuar cristiano: «Lo verdadero, lo primero y lo último tiene que realizarlo la gracia», ya que, «sin el Señor –ésta es la fuente de toda gracia–, no podrás dar un paso seguro».
¿En qué relación se encuentran la gracia y el hombre, la divina causalidad universal y la libre cooperación humana? ¿Es todo gracia divina, de modo que el actuar del hombre carece de importancia, o es todo fuerzas humanas, que degradarían a la gracia a la condición de innecesaria añadidura? Escrivá no explica este misterio teóricamente, sino que lo despliega en el ejemplo de la vida humana. El hombre como imagen de Dios está en una intrínseca relación con la gracia divina. Ésta no se sitúa ante el hombre como lo totalmente diferente y extraño, sino que ella es una más alta dimensión, a la que el hombre puede asomarse: «La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen».
Ser muy humanos para ser muy divinos
La gracia no significa simplemente un nivel superior ni una añadidura exterior al hombre. Por eso, no es ajena al hombre natural, sino que le está muy próxima. En Escrivá esta convicción se expresa, entre otras manifestaciones, en la estimación de las virtudes humanas naturales. Esto es lo que dice con esta frase: «Para ser muy divinos, hay que ser también muy humanos». De ahí que esto incluso sea válido para el pecador: «No existe corazón, por metido que esté en el pecado, que no esconda, como el rescoldo entre las cenizas, una lumbre de nobleza. Y cuando he golpeado en esos corazones, a solas y con la palabra de Cristo, han respondido siempre». Por tanto, en el hombre hay siempre un punto de apoyo para la gracia y una disposición para recibirla.
La donación de la gracia, sin embargo, y su inserción en el hombre, que se manifiesta en la conversión personal, es un acontecimiento creador de naturaleza única. No puede derivarse de la disposición del hombre, sino que es un acto de la pura misericordia divina, en el que se manifiesta la pura esencia, la total esencia de la gracia: la gratuidad por parte de Dios y el no merecimiento por parte del hombre. Se dice de la conversión, como de la vocación, que «es la gracia más grande que el Señor podía darte». Por razón de su fuerza, la gracia (y la vocación) es un puro acto de Dios en Jesucristo. Por eso, un hombre que se encuentra en el camino de la conversión puede decir: «Todo lo espero de ti, Jesús mío: conviérteme».
Gracia de Dios y libertad del hombre
Pero en este originario acto de la gracia el hombre no está del todo marginado. También aquí el hombre entra en juego, aunque no con su propia fuerza o capacidad, pero sí con su libertad, pues Dios no impone a nadie su gracia. Tanto la gracia como el amor de Dios no pueden incidir en el hombre a la fuerza. Así, la aceptación de la gracia por parte del hombre es un acto en el que el hombre está dispuesto, «con santa libertad, a someter alma y corazón a una voluntad ajena». Es la gracia misma la que suscita la libertad del hombre.
Si el hombre participa de este modo en el acontecimiento total de la gracia para su salvación personal, no puede faltar su colaboración después de la recepción de la gracia. Aquí Escrivá se convierte en el moderno abogado de la cooperación del hombre con la gracia, para que ésta crezca y se extienda hasta la vida eterna. Él no teme en absoluto el reproche de la justicia de las obras. Así, dice: «Se ha puesto de relieve, muchas veces, el peligro de las obras sin vida interior que las anime: pero se debería también subrayar el peligro de una vida interior –si es que puede existir– sin obras».
Aquí Escrivá sigue el principio agustiniano: «El que te creó sin ti, no te justificará sin ti». No se da ahí una presunción del hombre, ya que, según Agustín, también las obras buenas son un regalo de la gracia de Dios. Sólo que esas buenas obras nos pertenecen también a nosotros a causa de nuestra libre colaboración. En todo ello Escrivá diseña una rica imagen de la colaboración entre la acción humana y la gracia divina, que exalta la causalidad universal de Dios, pero que a la vez estima y pone de manifiesto la libertad activa del hombre.
|