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DIOS Y SUS SANTOS (Flavio Capucci)

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DIOS Y SUS SANTOS

La experiencia de la identificación con Cristo, realidad tangible en la vida y en las obras de San Josemaría Escrivá de Balaguer, brinda al Postulador General del Opus Dei, Flavio Capucci, un fecundo terreno para la reflexión sobre la misión revitalizadora de los santos en la Iglesia y en el mundo. San Josemaría descubre al hombre de hoy, a los hombres y mujeres de cualquier raza, condición y cultura, la presencia y el rostro de Dios en el mundo, con la radicalidad cristiana que puso por entero al servicio de la voluntad de Dios.

La radicalidad cristiana
de San Josemaría Escrivá de Balaguer

Por Flavio Capucci



Probablemente sea el cap. VII de la Lumen gentium: «Naturaleza escatológica de la Iglesia peregrina y unión con la Iglesia celestial», el documento más completo y orgánico del Magisterio sobre la misión de los santos en la vida de la Iglesia. Con él se subraya explícitamente la función ejemplar de los santos: «Al mirar la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la Ciudad futura (cfr. Heb 13,14 y 11,10) y al mismo tiempo aprendemos cuál sea, entre las mundanas vicisitudes, el camino segurísimo, conforme al propio estado y condición de cada uno, que nos conduzca a la perfecta unión con Cristo, o sea a la santidad» (1).

La constitución dogmática sobre la Iglesia defiende con claridad su intercesión ante Dios por nuestras necesidades: «llegaron ya a la patria y gozan de la presencia del Señor (,cfr. 2 Cor 5,8); por Él, con Él y en Él no cesan de interceder por nosotros ante el Padre... Su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (2). «Conviene, pues, en sumo grado, que amemos a estos amigos y coherederos de Jesucristo, hermanos también nuestros y eximios bienhechores; que demos a Dios las debidas gracias por ellos; invoquémoslo humildemente, y para impetrar de Dios los beneficios... acudamos a sus oraciones, ayuda y auxilios» (3).

El rostro de Dios

Pero la Lumen gentium desarrolla también una reflexión eminentemente teológica al definir con gran exactitud la esencia radical de la santidad, y, con ella, el rasgo que mejor ayuda a entender la misión de los santos en la vida de la Iglesia (4). Es esta conciencia la que inspira toda la práxis canónica del reconocimiento formal de su ejemplaridad cristiana y el núcleo que resume el sentido último de cada beatificación y canonización (5).

Según leemos: «Dios manifiesta a los hombres en forma viva su presencia y su rostro, en la vida de aquellos, hombres como nosotros, que con mayor perfección se transforman en la imagen de Cristo (cfr. 2 Cor, 3, 18)» (6).

En otras palabras, la unión con Dios —obrada en el hombre por la acción de la gracia y la generosa correspondencia de la criatura— es tan patente en el santo, que casi puede percibirse en él, de modo tangible, la personalidad de Jesucristo. En su persona, en sus gestos, en sus palabras, en su vida, se transparenta el mismo Dios. Junto a la impronta de su propio carácter, de la educación familiar recibida, de sus relaciones con el ambiente y las vicisitudes de que ha sido protagonista, junto a todo el patrimonio de una cultura, asimilada y regenerada en él, y la huella que las vivencias personales han dejado en el alma (7), la intuición de la fe percibe en la figura de cada santo la imagen de Dios, reflejándose en él como en un espejo. La experiencia de Dios, que adivinamos a lo largo de la vida de un santo, enardece nuestra fe, la purifica, la eleva.

Me refiero a la intuición de la fe, porque precisamente la fe juega en este contexto un papel decisivo. Ante las grandes y pequeñas decisiones, la conducta cristiana es el reflejo coherente no sólo de las cualidades humanas que poseemos y del grado conseguido en el ejercicio de las virtudes, sino —de manera bastante más profunda— de la percepción del misterio de Dios que hemos logrado alcanzar. Para los cristianos de la primera hora, la decisión de recibir el bautismo comportaba también la posibilidad, nada remota, del martirio. Sin embargo, la sangre de los mártires fecundó la Iglesia y Jesús Crucificado atrae a sí más hombres de los que huyen a causa del miedo.

Hoy, en la conciencia de tantos, prevalecen las dudas, las vacilaciones, los replanteamientos ante el esfuerzo que comporta la fidelidad a Cristo, las variaciones de la voluntad, los sí y no dichos a medias por temor a comprometerse. ¿Se han hecho más exigentes los condicionamientos culturales? ¿No será que la fe, nuestra percepción del misterio de Dios, de Cristo Crucificado, ha perdido fuerza?

El Evangelio de S. Marcos narra un episodio significativo: un milagro en dos actos. Jesús limpia con su saliva los ojos del ciego de Betsaida y le impone las manos. Ante la pregunta: «¿Ves algo?», el ciego responde: «Veo hombres, como árboles» (8). Son sombras confusas, formas indistintas... Sólo después, cuando Jesús le toca por segunda vez los ojos, recupera por completo la vista. Si nuestra fe no es suficientemente viva para ponernos frente al Dios verdadero, Padre amoroso, luz infinita, lleno de misericordia y de perdón; frente a Jesús, que nos llama amigos, y da la vida por los que ama (9), que nos pide una entrega incondicionada para llenarnos de aquella paz que «sobrepasa toda inteligencia» (10); frente al Espíritu Santo, que nos invita «con gemidos inenarrables» (11) a secundar los designios de Dios; si nuestra mirada interior está ofuscada y sólo recibe una imagen pálida del Señor, inevitablemente, nuestra conducta reflejará no el amor cristiano, con toda su fuerza, sino el temor del espíritu mundano (12).

El hombre mundano tiene un miedo irracional a Dios. La exégesis que Juan Pablo II desarrolla en la encíclica Dominum et vivificantem muestra que en las raíces del primer pecado —y en cierta medida de todo pecado— se encuentra la falsificación de la verdad de Dios obrada por Satanás, padre de la mentira: «Dios Creador es puesto en estado de sospecha, más aún, incluso en estado de acusación, ante la conciencia de la criatura. Por vez primera en la historia del hombre aparece el perverso “genio de la sospecha”, que trata de “falsear” el Bien mismo, el Bien absoluto, ... el espíritu de las tinieblas es capaz de mostrar a Dios como enemigo de la propia criatura, y, ante todo, como enemigo del hombre, como fuente de peligro y de amenaza para el hombre» (13). El santo no teme, ama: «el amor no es temor, todo lo contrario, el amor perfecto libra del temor, porque el temor supone un castigo, y quien teme no es perfecto en la caridad» (14). En el alma del santo se imprime la verdadera imagen de Dios, que es Padre, no un déspota amenazante. Esto es lo que la Iglesia nos invita a descubrir en cada santo.

En la trayectoria humana de los santos se esconde una relación plena y auténtica con el Señor. En ellos podemos entrever el verdadero rostro de Dios, y corregir así la imagen deformada que aparece proyectada en nuestras miserias, y que subyace a la tibieza de nuestra correspondencia (15).

Majestad y paternidad de Dios

En este horizonte se inscribe también la aportación vital que puede derivarse para cada cristiano del contacto con la figura del fundador del Opus Dei. Desde el momento en que empezaron a brotar en su alma los primeros presentimientos de la llamada divina, su respuesta revela una extraordinaria sintonía con el misterio de Dios. El episodio es conocido: nos encontramos en el invierno de 1917-1918, en Logroño (una pequeña ciudad del norte de España). Josemaría Escrivá ha cumplido o está a punto de cumplir 16 años. Un día ve, marcadas en la nieve, las huellas de un carmelita descalzo. Piensa: «este hombre es capaz de hacer tanto por el Señor… y yo ¿qué le he dado?». Desde aquel día se llena de una gran inquietud interior y nace en él la necesidad de una vida de oración y de penitencia más constantes, buscando el trato frecuente con Jesús en los sacramentos. Con estas consideraciones, madura en su alma al poco tiempo la decisión de hacerse sacerdote: una elección en la que no había pensado hasta aquel momento, pero que asume inmediatamente y de modo definitivo (16).

Los textos autobiográficos que describen este episodio, decisivo para su futuro, trazan un cuadro en el que las sombras prevalecen sobre las luces: Josemaría comienza a presentir que Dios le pide algo, pero no comprende con claridad los designios divinos sobre él. El sacerdocio no representa en su conciencia el final de esa llamada, y sin embargo, le parece la respuesta más adecuada por su parte. De este modo, cuando el Señor se digne mostrarle por completo su voluntad, podrá encontrarle absolutamente disponible. Se da cuenta de que Dios ha iniciado un diálogo con él, en el que ahora le toca responder: Dios está esperando.

La prosecución de este coloquio de amor depende de la respuesta. Josemaría no titubea: se entrega por entero, de una vez y para siempre. Su sí es inmediato, total y definitivo. No le invade una claridad interior fulgurante y, sin embargo, no espera a que el Señor le conceda nuevos elementos de juicio, no pretende nuevas certezas, ni teme realizar una elección apresurada. Algunos santos han sido conducidos por Dios por un camino más tortuoso. En este santo de nuestros días, el Señor ha querido recordar una verdad perenne, particularmente actual para los cristianos de hoy: la majestad de Dios. Cuando Dios llama, tiene derecho a pedirnos todo, porque es Dios: y Él es nuestro Todo.

También la percepción de la majestad de Dios es inseparable de la de su paternidad. Todo el que afronta las propias elecciones vitales, consciente de las responsabilidades que se derivan de ellas, tiende a buscar apoyo en garantías humanas, espera señales más evidentes, lo pone a prueba, retrasa su decisión, se fija límites para hacer más segura su certeza. Sin embargo, la decisión del joven Josemaría revela no tanto una firmeza de carácter o una generosidad fuera de lo común, como una visión sobrenatural de completo abandono y total confianza en Dios: ante la llamada de este Padre, infinitamente solícito por nuestro bien, la prudencia humana le parece insuficiente. ¿Habrá alguien que se haya sentido en alguna ocasión preparado para lo que el Señor le pide? ¿Acaso no es la gracia —desde luego no son nuestros méritos— el único fundamento sobre el que se apoya la predilección divina? No el temor, por tanto, sino el abandono.

Una consideración de Camino parece condensar esta experiencia interior tan rica de contenido como desnuda y esencial: «¡Qué poca cosa es una vida para entregarla a Dios!» (17). Pero debe leerse también otra consideración entresacada de la misma obra: «Alma de apóstol: esa intimidad de Jesús contigo, ¡tan cerca de Él, tantos años!, ¿no te dice nada?» (18).

El carácter inmediato y total de la decisión del joven Josemaría nace de la misma certeza que en las orillas del lago de Genesaret bastó también a Andrés y Pedro, Santiago y Juan para dejarlo todo y seguir al Maestro al instante (19), es Dios quien llama. Ignoraban a qué eran llamados, pero tenían la certeza de que era Jesús quien les quería junto a Sí. La resistencia de la criatura a las llamadas divinas no hunde sus raíces sólo en la lógica prudencia ante lo desconocido, o en las reliquias del egoísmo, que impulsa a retrasar el don generoso de la entrega propia, sino más bien —y más radicalmente— en la incapacidad de concentrar la mirada únicamente en los ojos de Jesús que nos llama. La riqueza insondable del amor encerrado en el misterio de ese rostro, la plenitud de la divinidad y de la humanidad de Cristo, es lo que debemos aprender a mirar con los santos. Es otra dimensión esencial de la experiencia de Dios que se nos revela con su ejemplo.

Pasaría aún mucho tiempo antes de que Dios le mostrase por completo su propia voluntad; después de casi once años, el 2 de octubre de 1928, el Beato Josemaría Escrivá «vio» (20) el Opus Dei. Al fin todos los sucesos de su vida cobran un significado coherente. Y sin embargo, durante todos aquellos años, tan largos, había perseverado sin dar cabida jamás a la incertidumbre: la insistente invocación de las luces divinas, que había jalonado cada una de sus jornadas y tantas noches en oración (21), estuvo marcada siempre por una inquebrantable confianza en Dios Padre, y por la familiaridad con Jesús. El que escribe estas páginas pudo escuchar directamente al Beato Escrivá, con fuerza, que basta con haber visto la luz de Dios, aunque sólo sea una vez en la vida, para perseverar hasta la muerte en el camino emprendido. Esta es la fe que aprendemos de los santos: el rostro de Dios que contemplamos esculpido en su alma.

La humanidad de Cristo

En un texto del Beato Josemaría publicado póstumamente se lee: «Trata a la Humanidad Santísima de Jesús... Y Él pondrá en tu alma un hambre insaciable, un deseo “disparatado” de contemplar su Faz.

En esa ansia —que no es posible aplacar en la tierra—, hallarás muchas veces tu consuelo» (22).

El misterio de Dios se hace accesible en la Humanidad de Cristo. Conducida por el Espíritu Santo, el alma asciende desde la familiaridad con el Verbo encamado hasta la contemplación del Padre. Todos los santos han vivido, cada vez de modo más íntimo y real, aunque siempre insaciable, su experiencia de la identificación con Cristo: «Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo. Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo» (23).

También en la figura del fundador del Opus Dei, como en cada santo, se percibe el intenso resplandor de la luz de Cristo. Siguiendo con la metáfora, Cristo no es una sombra oscura, no es un personaje que pertenece al pasado: «No soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Nace una sed de Dios, un deseo de buscar sus lágrimas, sus palabras, su sonrisa, su rostro... No encuentro otra manera que decirlo que con aquellas palabras del salmo: quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum, como anhela el ciervo las corrientes de agua, así te desea mi alma, ¡Dios mío!» (24). «Yo quiero enamorarme de Jesús y le pregunto: ¿cómo eres? ¿Cómo es tu Humanidad Santísima? Y me quedo como aturdido, horas y horas, diciéndole locuras. Le pido al Señor que me ayude a amarle así: hasta la locura. Porque en el amor es preciso llegar hasta ahí» (25).

Esta relación íntima y personal con Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre según la fórmula atanasiana, se condensa en algunos puntos que son como los temas centrales de su vida espiritual. No haremos más que una breve enumeración, citando algunos textos tomados de los escritos del Beato Escrivá (26).

En primer lugar, la necesidad de tratar a Jesús en la oración: la oración no puede ser un ruido de palabras, repetición estereotipada de fórmulas sin vida (27), sino un diálogo personal con el Amigo (28): «Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...

—Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (29). «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre —Jesús— y a decirle que le quieres» (30). Y el coloquio hecho de confidencias y de silencios: «Se renueva, con distintos matices, ese amor de Jesús por los suyos, por los enfermos, por los tullidos, que pregunta: ¿qué te pasa? Me pasa... Y, enseguida, luz, o, al menos, aceptación y paz» (31).

Quienes han tratado al fundador del Opus Dei en sus primeros años de ministerio sacerdotal coinciden en recordar la fuerte impresión que les produjo. En sus testimonios es frecuente hallar el siguiente comentario: «Nadie me había hablado así de Jesús.» Y los estudiosos que han profundizado en sus escritos no dudan en considerarlo un maestro de la vida interior.

Llegamos así al segundo punto: el apostolado, una entrega incansable de nosotros mismos para conducir a los hombres al seguimiento de Cristo. El verdadero apostolado cristiano era, para el Beato Escrivá de Balaguer, «sobreabundancia de la vida interior», no activismo ni eficiencia organizativa, sino unión con Jesús. En un documento sobre el apostolado del Opus Dei escribe: «Metamos a Cristo en nuestros corazones y en los corazones de los chicos. ¡Lástima!: Frecuentan los sacramentos, llevan una conducta limpia, estudian, pero... la Fe muerta. Jesús —no lo dicen con la boca, lo dicen con la falta de vibración de su proceder—, Jesús vivió hace XX siglos... —¿Vivió? Iesus Christus heri, et hodie: ipse et in saecula; Jesucristo el mismo que ayer es hoy; y lo será por los siglos (Heb XIII, 8). Jesucristo vive, con carne como la mía, pero gloriosa, con corazón de carne como el mío. Scio enim quod redemptor meus vivit, sé que mi Redentor vive (Jn XIX, 25). ¡Mi Redentor, mi Amigo, mi Padre, mi Rey, mi Dios, mi Amor, ¡vive! Se preocupa de mí. Me quiere más que la bendita mujer —mi madre— que me trajo a este mundo... Es bastante que los chicos saquen las consecuencias prácticas. ¡Cuántas veces esta consideración, tan sencilla y trillada, ha sido el origen de un devorador incendio de Fe y Amor, en más de un corazón varonil» (32).

Y por último la devoción eucarística, centro y raíz de toda la vida espiritual. Una realidad palpable en el Beato Escrivá de Balaguer. Su fe vivísima en la presencia real de Cristo hacía que el Sagrario fuese para él un imán que le atraía por completo (33); la santa Misa, vivida con profunda fe en la verdad de la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz, donde se realiza la identidad del sacerdote con Cristo por la vía sacramental (34), se traduce en el empeño de identificar la propia conducta con el ejemplo de Cristo, humilde hasta el punto de darse a sí mismo: «Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo y que en Nazaret y que en la Cruz.

Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! (“Nuestra” Misa, Jesús...)» (35).

Amor a la Cruz

La transparencia con la que la mirada humana percibe en el santo la imagen de Cristo alcanza su culmen en la propia abnegación a la que llega consumido por el deseo de no dejar solo a Cristo en la Cruz. Incomprensiones, calumnias, soledad, pruebas interiores y sufrimientos de toda clase: no existe santidad a la que resulte extraño el horizonte del Gólgota. Y a quien está verdaderamente enamorado de Cristo, el Espíritu Santo le empuja a añadir además la mortificación voluntaria, la penitencia, la renuncia: «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración, “Jesús, te amo”, oyó esta respuesta del cielo: “Obras son amores y no buenas razones”. Piensa si acaso tú no mereces también ese cariñoso reproche» (36).

La presencia de la Cruz, en las dos direcciones, ilumina toda la vida del Beato Escrivá, desde las desgracias familiares y humillaciones de la infancia al enorme trabajo de la fundación y los padecimientos de los últimos años por la Iglesia. Y todo esto sin una queja... y siempre con la alegría profunda y contagiosa de sentirse junto a Cristo, es más, de ser alter Christus, ipse Christus, y por esto mismo, hijo de Dios.

Nos limitaremos sólo a unos pocos textos: «Al considerar la hermosura, la grandeza y la eficacia de la tarea apostólica, aseguras que llega a dolerte la cabeza, pensando en el camino que queda por recorrer —¡cuántas almas esperan!—; y te sientes felicísimo, ofreciéndote a Jesús por esclavo suyo. Tienes ansias de Cruz y de dolor y de Amor y de almas. Sin querer, en movimiento instintivo —que es Amor—, extiendes los brazos y abres las palmas, para que Él te cosa a su Cruz bendita: para ser su esclavo —“serviam!”—, que es reinar» (37).

La contemplación del drama del Calvario no evoca sólo sentimientos de contrición, sino propósitos explícitos de una conversión con obras: «Nicodemo y José de Arimatea —discípulos ocultos de Cristo— interceden por Él desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio..., entonces dan la cara audacter (Mc XV, 43)...: ¡valentía heroica!

Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor..., lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones..., lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Cuando todo el mundo os abandone y desprecie..., serviam!, os serviré, Señor» (38).

Nuestro temor al sacrificio deriva precisamente de la distancia con la que contemplamos el Calvario: «Los santos —me dices— estallaban en lágrimas de dolor al pensar en la pasión de Nuestro Señor. Yo, en cambio...

Quizá es que tú y yo presenciamos las escenas, pero no las «vivimos» (39). Y es en la contemplación de la Cruz donde aprendemos las exigencias del amor: «el cuerpo llagado de Jesús es verdaderamente un retablo de dolores...

Por contraste, vienen a la memoria tanta comodidad, tanto capricho, tanta dejadez, tanta cicatería... Y esa falsa compasión con que trato mi carne.

¡Señor!, por tu Pasión y por tu Cruz, dame fuerza para vivir la mortificación de los sentidos y arrancar todo lo que me aparte de Ti» (40). El trato con Cristo conduce a ampliar el alcance de nuestras aspiraciones de vida cristiana, hasta la ambición suprema de la santidad, es decir, del cumplimiento fiel de la voluntad de Dios cueste lo que cueste.

El Beato Josemaría no proponía tan sólo el horizonte, para sí y para todos los cristianos, de la conformidad con la voluntad de Dios, sino de la total identificación con ella: «Escalones: resignarse con la Voluntad de Dios: conformarse con la Voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios» (41). El camino de la salvación pasa siempre a través de la Cruz. De ahí que al describir la vocación del cristiano, llamado a buscar la santidad en el trabajo diario, el Beato Escrivá no dejase de recordar la necesidad de unir al sacrificio de la Cruz el cansancio de cada jornada: «Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor.., y sin crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú» (42).

Desde los inicios de su misión fundacional, proclamó que la recristianización del mundo pasa a través del esfuerzo por colocar la cruz de Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas: «¡Qué hermosas esas cruces en la cumbre de los montes, en lo alto de los grandes monumentos, en el pináculo de las catedrales!... Pero la Cruz hay que insertarla también en las entrañas del mundo.

Jesús quiere ser levantado en alto ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios... Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae a Sí todas las cosas» (43).

La vocación del cristiano

El ejemplo de Jesús no ofrece dudas: «Cristo ha muerto por ti. —Tú... ¿qué debes hacer por Cristo?» (44). «Jesús no se satisface ‘compartiendo’: lo quiere todo» (45). En estas coordenadas se sitúa la predicación del fundador del Opus Dei sobre la vocación universal a la santidad. Un deseo de unión y de correspondencia, lleno de entusiasmo, que revela no sólo un sentido de lo ético, sino del amor, que no puede medirse: «Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer?

—¿No? —Entonces no quieres» (46).

Volvamos a las consideraciones iniciales sobre la función ejemplar de los santos. Si el estudio de su vida no pocas veces nos presenta actos de extraordinaria virtud y difícilmente imitables, ¿no llegaríamos de hecho a conclusiones que contrarían la finalidad perseguida por la Iglesia con las Causas de canonización? En otras palabras, el heroísmo no consiste en actuaciones clamorosas, sino en cualidades más importantes de la conducta cristiana: la constancia, la facilidad o ausencia de esfuerzo aparente, la prontitud y la alegría en el cumplimiento del deber cotidiano, señales de una connaturalidad plena con la voluntad divina. Todo esto no hace sino confirmar la pregunta recién planteada, de modo que, si la ejemplaridad se sobrentiende desde una perspectiva humana, la invitación a seguir el ejemplo de los santos resultará algo ilusorio.

La respuesta nos llega precisamente del texto de la Lumen gentium que ya hemos citado. El orden de los elementos que señala acerca del papel de los santos en la Iglesia no es fortuito. Ejemplaridad e intercesión no aparecen sin motivo junto al último aspecto, y más decisivo, subrayado en el texto conciliar: «Dios manifiesta a los hombres en forma viva su presencia y su rostro.» Aquí se encuentra el fundamento existencial y teológico de los anteriores elementos, la condición de su factibilidad. El ejemplo de los santos encuentra aquí su verdadera esencia: los santos nos reconducen a Dios. Nuestra atención no se detiene en el hombre, sino que lo sobrepasa hasta fijarse en Dios. En muchas ocasiones el Beato Escrivá ha repetido que Jesucristo es el único modelo del cristiano y que es el Espíritu Santo el modelador de nuestra alma (47). El Señor anhela hacernos entrar en intimidad con Él y transformarnos en partícipes de su propia vida. Y ahí, en esta unión, a pesar de las limitaciones de nuestra condición de criaturas, experimenta la fuerza de la gracia, el amor de Dios que vive en nosotros. La santidad se presenta como un camino que parte de la colaboración entre los hombres —cada uno con sus características, sus dificultades y sus propias cualidades— y Dios: la comunión. Los santos son, por esto, instrumentos de nuestro valiente progresar hacia la raíz última de la vida cristiana: el encuentro con Jesús.

En el decreto pontificio sobre la heroicidad de las virtudes del fundador del Opus Dei se lee: «el camino recorrido por el Siervo de Dios, entre los muchos posibles de la santidad cristiana, trasluce con especial nitidez toda la hondura de la vocación bautismal». Esta «radicalidad cristiana» es la respuesta más adecuada que la criatura puede ofrecer a Dios, cuando de verdad mira con ojos de fe el misterio del Amor. Entonces se supera una concepción reduccionista, que tiende a presentar el cristianismo como una colección de prácticas yuxtapuestas a la vida cotidiana, o como una ética para personas razonables (48). La solicitud con la que la Iglesia, haciéndose eco de la devoción popular —que percibe en los santos la influencia particular de Dios—, promueve las investigaciones canónicas que conducen a estas figuras hacia los altares, no significa otra cosa que su docilidad al Espíritu. Es el Espíritu Santo quien vivifica incansablemente el mundo y restituye ante nuestra mirada la imagen de Dios.

Vultum tuum, Domine, requiram! Esta jaculatoria afloraba sin cesar en los labios del Beato Josemaría Escrivá. El amor es una sed abrasadora, nunca satisfecha, de unión. Con ocasión de sus bodas de oro sacerdotales, pocos meses antes de que dejase esta tierra, confesaba que se sentía «como un niño que balbucea», como una criatura que está dando los primeros pasos en la aventura del amor de Dios (49). Y es que, en el amor, no hay lugar para el cansancio o el acostumbramiento: el misterio de Dios revela siempre aspectos nuevos, profundos y desconocidos. Y cuando la experiencia de nuestras propias miserias proyecta la sombra de la desconfianza sobre la aceptación de la voluntad divina, viene bien recordar que ante Dios también el santo se siente «como un niño que balbucea».

NOTAS

1. Ibidem, n° 50. La racionalización de los procedimientos que regulan las Causas de canonización, llevada a cabo gracias a la reforma de Pablo VI (1969) y de Juan Pablo II(1983), responde precisamente a la sensibilidad creciente por el valor pastoral de las figuras de los santos, y por tanto, de la conveniencia de proponer, como ejemplo para los fieles, figuras actuales.
2. Ibidem, n° 49.
3. Ibidem, n° 50. Prosigue el texto con otras explicaciones sobre el mismo tema.
4. Un excelente trabajo de B. GHERARDINI, La santità della Chiesa nella teologia dell’ epoca post-tridentina, publicado en Miscellanea in occasione del IV Centenario della Congregazione per le Cause dei Santi, Città del Vaticano 1988, pp. 89-112, muestra que los procedimientos jurídicos de las beatificaciones y canonizaciones expresan, desde su comienzo, la conciencia de la Iglesia de la causa de su propia santidad. El Catechismo romano afirma: «Patet igitur Ecclesiam esse sanctam, ac sanctam quidem quoniam corpus est Christi a quo sanctificatur, cuiusque sanguine abluitur».
5. Cfr. J. L. ILLANES, Los cristianos en la historia, en «Nueva Revista», Madrid, abril 1992.
6.Lumen gentium, n° 50. De aquí que el culto a los santos no distrae de la adoración debida a Dios, sino que por el contrario, la alimenta.
7. Es necesario reconocer en la reciente reforma de las Causas de los santos el mérito de haber valorado más adecuadamente la importancia de estos factores en la formación de la personalidad del santo, y de haber subrayado la necesidad de una elaboración más profunda en la Positio super virtutibus de los aspectos humanos (culturales e histórico-ambientales), que contribuyen a configurar las peculiaridades de cada candidato a la santidad (cfr. Regolamento della Sacra Congregazione per le Cause dei Santi, Roma, 1983 art. 16).
8. Mc 8, 24.
9. Cfr. Jn 15, 13-15.
10. Filp 4, 7.
11. Rom 8, 26
12, Cfr. 1 Jn 4, 18.
13. Cfr. no. 37-38.
14. 1 Jn 4, 18.
15. El texto de la Lumen gentium citado poco antes concluye con estas palabras: «En ellos Él mismo nos habla y nos ofrece un signo de ese Reino suyo hacia el cual somos poderosamente atraídos, con tan gran nube de testigos que nos cubre (cfr. Heb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio» (n° 50).
16. En relación a todo esto consúltese S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, 6.° ed. Madrid, Rialp 1980 pp. 55-60 y F. GONDRAND, Al paso de Dios, 1990, Rialp, Madrid, 5.° ed.
17. Camino, n°420. La consoladora verdad de la paternidad divina y de nuestra filiación adoptiva en Cristo juega un papel fundamental en la espiritualidad del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. En todos sus escritos abundan consideraciones de este tipo que traslucen la profundidad que él mismo vivió de esta verdad. Véase, por citar sólo Camino, nn. 267, 435, 746, 884, 886.
18. Ibidem,n°321.
19. Cfr. Mt 4, 18-21.
20. Siempre describió con este verbo su experiencia fundacional.
21. Por ejemplo este texto autobiográfico: «Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y -mientras- decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: Domine ut videam! (Lc XVIII, 4) Domine, ut sjt!, he repetido durante años que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino» (Carta, 25-V-l962, n° 41). Suplicaba las luces divinas rezando: ut videam!, pero ya había tomado la decisión de entregarse a Dios. Esto significa que, aún sin comprender con claridad todo el contenido de la vocación, veía que era Dios quien le estaba llamando.
22. Vía Crucis, 20 ed., Madrid, Rialp, 1992. «Debéis consagrar día y noche todos los esfuerzos a unir el alma y el espíritu a Dios, nuestro Padre, por la oración, por la contemplación con un amor no interrumpido: metidos en Dios los sentidos, la imaginación, las potencias del alma, no tendréis problemas personales y, endiosados, podréis decir: vivoautem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,20); no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. Sentiréis entonces un hambre, una sed de Dios que nunca se sacia: y experimentaréis en vuestra vida la verdad de aquellas palabras: los que me coman quedarán con hambre de mí, y los que me beban quedarán de mí sedientos (Sir 24, 29)». Carta, 6-V-l945, n° 28.
23. Amigos de Dios, nº 299.
24. AGP, RHF 20.164, p. 131, «No dejo nunca de pedir, nunca. Siento el ansia de ver a Jesús, de conocer su rostro. Tengo hambre de encontrarme con mi Dios... Ayer tomé nota de una cosa que he leído y recitado muchísimas veces: et ostende faciem tuam et salvi erimus: haznos ver tu rostro, y ya estoy en el Cielo, ya estoy salvado, seguro» (Ibidem).
25. AGP, RHF 20.159, p. 491.
26. Rogamos al lector que nos disculpe, ya que, por razones de espacio, nos vemos obligados a silenciar algunos aspectos de su vida espiritual que tienen primordial importancia, como por ejemplo, el ámbito eclesial de toda existencia cristiana, ya que la Iglesia es el lugar de la gracia que fluye desde su Cabeza al cuerpo; la importancia central de la economía sacramental, como vehículo de eficaz unión con Cristo; la cercanía a la Palabra de Dios, alimento vivo de la fe; la misión de María en el itinerario de la salvación, etc.
27. Cfr. Camino, n° 85. Una consideración que no niega, más bien al contrario, el valor de la oración litúrgica y vocal (cfr. no. 84, 86).
28. «La oración del cristiano nunca es monólogo», Camino (114).
29. Ibidem, n°422. Véase también el n° 91.
30. Ibídem, n° 303.
31. Amigos de Dios, nº 249. El fundador del Opus Dei insistía en su predicación en que si la oración nace de la fe viva y real, el alma escucha en sí misma la voz de Dios: «Hijos, mirad que el Señor está siempre en el Sagrario. Parece que no nos oye, pero nos escucha amorosamente, con el cariño de un padre y de una madre, escondiendo su Divinidad y su Humanidad. Es un Señor que habla cuando quiere, cuando menos se espera, y dice cosas concretas. Después calla, porque desea la respuesta de nuestra fe y de nuestra lealtad» (AGP, RHF 20.792, p. 106). También: «Cuando empiezas esa meditación, frecuentemente -dependerá de muchas circunstancias- te representas la escena o el misterio que deseas contemplar; después aplicas el entendimiento, y buscas enseguida un diálogo lleno de afectos de amor y de dolor, de acciones de gracias y de deseos de mejora. Por ese camino debes llegar a una oración de quietud, en la que es el Señor quien habla, y tú has de escuchar lo que Dios te diga.» (Ibidem, p. 55).
32. Instrucción, 9-1-1935, nn. 248-249. De esta unión personal con Cristo deriva la eficacia de todo apostolado. Cfr. Camino, nn. 108 y 934.
33. «Cuando te acercas al Sagrario piensa que ¡Él!... te espera desde hace veinte siglos», Camino, n. 537.
34. No faltan las alusiones indicativas del grado de identificación con la Pasión de Cristo que, incluso subjetivamente, el Beato Josemaría Escrivá experimentaba durante la celebración de la santa Misa, Cfr. Vía Crucis, pp. 108-109.
35. Camino, n° 533. Desde la perspectiva de la entrega absoluta de sí mismo, se comprenden las miles de delicadezas que la virtud de la piedad llega a sugerir a las almas verdaderamente enamoradas (cfr. ibidem, n° 438).
36. Camino, n° 933. Se trata de un episodio autobiográfico que tuvo lugar el 16-II-1932, en un momento en que la oración, la penitencia, la entrega sacerdotal del fundador del Opus Dei no sólo no presenta fisuras, sino que parece haberse hecho más generosa que nunca. Sin embargo, Dios le animaba a metas más altas. Así trata el Señor a las almas enamoradas.
37. Forja, nº 1.027. El Beato Escrivá redactó esta nota el 18 de julio de 1936, precisamente en la noche que precedió al estallido de la guerra civil española, causa, para él y para tantos católicos, de sufrimientos verdaderamente inmensos: el Señor le preparaba interiormente para el completo holocausto de sí mismo.
38. Vía Crucis, XIV, estac. n° 1.
39. Vía Crucis, VIII, estac. n° 1.
40. Ibidem, X, estac. n° 2.
41. Camino, n°774.
42. Camino, n° 178. Véase también Vía Crucis, p. 106.
43. Vía Crucis, p. 106. Cfr. el estudio de P. RODRIGUEZ, Omnia traham ad meipsum. El sentido de Juan 12,32 en la experiencia espiritual de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, en Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, n° 13, julio-diciembre 1991, pp. 331-352.
44. Camino, n° 299.
45. Ibidem,nº 155.
46. Ibidem, n° 316.
47. No hemos tenido otro remedio que dejar entre paréntesis muchos otros textos de los que se deduce la intensidad de la presencia del Paráclito en la predicación y en la vida espiritual del fundador del Opus Dei. Baste, por tanto, la referencia a la homilía «El Gran Desconocido», Es Cristo que pasa, 29 ed., Madrid, Rialp, 1992 nn. 127-138.
48. Cfr. Es Cristo que pasa, 29 ed., Madrid, Rialp, 1992 nn. 98.
49. Cfr. S. BERNAL, op. Cit., p. 313.



Publicado en el nº 12 de la revista Atlántida


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25/06/2005 ir arriba
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