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AFÁN PEDAGÓGICO DE SAN JOSEMARIA (David Mejía Velilla)

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AFÁN PEDAGÓGICO DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ

Fue uno de los más señalados educadores y pedagogos del siglo veinte. Promovió un sinnúmero de instituciones educativas de todos los grados, abiertas a la formación de toda clase de personas.

AFÁN PEDAGÓGICO DE JOSEMARÍA ESCRIVÁ:
LA URGENCIA DE LA FORMACIÓN



Por David Mejía Velilla (1)
Miembro de la Real Academia de la Lengua Española
Colombia



RESUMEN


El beato Josemaría Escrivá fue uno de los más señalados educadores y pedagogos del siglo veinte. Fundador de la Universidad de Navarra, en España, y promotor e inspirador de muchas otras universidades del mundo; su afán pedagógico lo llevó a promover un sinnúmero de instituciones educativas de todos los grados, y a poner en práctica un pensamiento educativo de hondas raíces humanas y sobrenaturales, abierto a la formación de toda clase de personas. Su experiencia en la educación y orientación de aquellos que más cerca de él estuvieron, y sus dotes excepcionales de gran escritor, lo llevaron a componer libros de formación del carácter y de las virtudes humanas y sobrenaturales, que pueden considerarse parte de la mejor literatura sapiencial de todos los tiempos. Tales son Camino, Surco y Forja , entre muchos otros.


Esas tres palabras –afán, urgencia y formación– sí que es cierto que van juntas, y que se hacen vida rica y constante en la gestión vital del Beato Josemaría, uno de los más grandes educadores y pedagogos del siglo veinte.

Los que tuvimos el don inmenso de Dios de conocerlo y estar junto a él un tiempo, siempre lo advertimos en ese trance: en el progreso infatigable de su propia y hacia su propia formación –en su caso, por eminencia, la perseguida formación era la santidad heroica, esa era la forma que buscaba siempre adquirir, la santidad, la semilla sembrada por Dios en su alma en el bautizo, que debía desarrollarse hasta el último día de su vida–, y dado era él, además, como maestro irrepetible, a la formación de los demás, de los cercanos y de los distantes, de sus hijos y de sus amigos, de quien lo oía y de quien lo leía, porque era amistoso y propicio a toda persona.

Como en las bodas del gran rey, él también sabía lanzar monedas morrocotudas, de oro purísimo, en la aventura maravillosa de comunicar el don de Dios a todo hombre a quien podía llegar, y fue su fuerza interior de tal manera, que pudo y puede ahora también llegar a incontables personas. En ese gesto del lanzamiento se plasman su afán y su urgencia. Y obras de su afán quedan como la Universidad de Navarra, en España; y varias universidades más en diversas partes del mundo, fruto de su inspiración y aliento. Lo mismo en otros grados de la educación, un sinnúmero de colegios y de otras instituciones educativas, que surgieron al impulso de su pensamiento educativo, de hondas raíces humanas y sobrenaturales.

Para desarrollar un tema como el que me he propuesto, basta y abundaremos con seguir, aunque sea al azar, tantas de sus páginas y tantos de nuestros recuerdos, que es lo que voy a hacer.

Piensa el Beato en que interiormente ha de lograrse en cada hombre la forma de hijo de Dios, porque tal es la personalidad que a todos corresponde llegar a poseer. Con esa asombrosa sencillez que resplandece en su estilo elegante, dice cosas como ésta: “No todos pueden llegar a ser ricos, sabios, famosos… En cambio, todos –sí, “todos”– estamos llamados a ser santos” ( Surco , 125). “Ser fiel a Dios exige lucha. Y lucha cuerpo a cuerpo, hombre a hombre –hombre viejo y hombre de Dios–, detalle a detalle, sin claudicar” ( Surco , 126).

La necesidad y constancia en la lucha, será un lugar permanente de sus enseñanzas, hasta el último día: porque él no olvida que es ése y no otro el destino del hombre sobre la tierra, “luchar por Amor hasta el último instante”. Y esa lucha es por alcanzar la formación, la forma debida. La lucha ascética ha de ser alegre y deportiva, porque “El Señor necesita almas recias y audaces, que no pacten con la mediocridad y penetren con paso seguro en todos los ambientes” ( Surco , 416). Y la consecuencia de esa búsqueda en la lucha, es lograr el hombre “sereno y equilibrado de carácter, inflexible voluntad, fe profunda y piedad ardiente: características imprescindibles de un hijo de Dios” ( Surco , 417). Y es que “de las mismas piedras puede el Señor sacar hijos de Abraham… Pero hemos de procurar que la piedra no sea deleznable”, porque “de un pedrejón sólido, aunque sea informe, puede labrarse más fácilmente un sillar estupendo” ( Surco , 418). El optimismo será una actitud inherente a esas luchas. Y advierte que “el optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. (..) Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia: un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios” ( Forja , 659).

Además del resto de sus escritos –porque siempre su palabra iba dirigida a alguien y con la intención de mover–, tres libros dedicó especialmente a sus enseñanzas en torno a la necesidad de luchar siempre y de formarse siempre, de alcanzar cada día un logro en el Camino de la perfección, de amar siempre, de alegrarse siempre – gaudete in Domino semper –, de buscar ser humilde siempre, de alcanzar cada día el fruto que corresponde al día. Me refiero a Camino, Surco y Forja , tres breviarios de sabiduría, tres guías llenas de Espíritu Santo.

Su afán pedagógico no conoce descanso. Al abrir las páginas de Surco , pide a su lector amigo: “Déjame que tome tu alma y le haga contemplar virtudes de hombre”. Y al abrir las de Camino le muestra el horizonte que debe alcanzar: “Que tu vida no sea una vida estéril. –Sé útil– –Deja poso– Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor” ( Camino , 1). Y antes de empezarlo de lleno, le ha pedido al mismo lector, que lea despacio los consejos que le va a dar, que medite pausadamente esas consideraciones: “Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre”. La finalidad será que el lector mejore su vida.

Este modo de proceder, y este afán, y esta urgencia son copia de la pedagogía divina, del afán divino, de la urgencia divina, que se manifiesta constantemente en la vida del único Maestro, narrada en los evangelios y reflejada en los afanes de sus primeros discípulos.

El Beato Josemaría, a semejanza de ellos, pone en movimiento todos los ricos recursos de su dominio y creatividad lingüística, de su imaginación de poeta, y del conocimiento profundo que tiene del idioma, al servicio de su necesidad pedagógica.

La parábola y la metáfora del más espléndido linaje intelectual, aparecerán de continuo en la forma de su enseñanza, la exposición inevitable de las parábolas del reino de los cielos, que considera desde la raíz de su corazón. Su lenguaje es el mismo del Evangelio, engastado en un castellano reciamente castizo. Y sus enseñanzas siguen al pie de la letra la misma literatura sapiencial de todas las épocas. Es el misterio del don de lenguas, que lo llevó a escribir que “Con la gracia de Dios y buena formación, puedes hacerte entender en el ambiente de los rudos… –Ellos difícilmente te seguirán, si te falta “don de lenguas”: capacidad y esfuerzo para llegar a sus inteligencias” ( Surco , 430). En el número 600 de Forja , habla de un tema semejante como es la formación que ha de darse a los enfermos y a los niños: “Para hacerse entender de las almas sencillas –dice–, hay que humillar la inteligencia; para comprender a los pobres enfermos, hay que humillar el corazón”. En el número 846 del mismo libro, parece apurar la urgencia y la universalidad de la formación, cuando escribe: “Recuerda con constancia que tú colaboras en la formación espiritual y humana de los que te rodean, y de todas las almas –hasta ahí llega la bendita comunión de los santos–, en cualquier momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en tu tarea o en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios, y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has sufrido –que has llorado–, y sonríes”.

Sabia y pura sencillez del consejo que dice: “Estima a quienes sepan decirte que no. Y, además, pídeles que te razonen su negativa, para aprender…, o para corregir” ( Surco , 425). “No es suficiente que seas sabio, además de buen cristiano.– Si no corriges las maneras bruscas de tu carácter, si haces incompatibles tu celo y tu ciencia con la buena educación, no entiendo que puedas ser santo. –Y, si eres sabio, aunque lo seas, deberías estar amarrado a un pesebre, como un mulo” ( Camino , 350).

No basta tener toda la ciencia del mundo, y menos aún si esa sabiduría nos hincha por dentro y por fuera. En el punto 351 de Camino , ha escrito: “Con ese aire de suficiencia resultas un tipo molesto y antipático, te pones en ridículo y, lo que es peor, quitas eficacia a tu trabajo de apóstol. (..) No olvides que hasta las “medianías” pueden pecar por demasiado sabias”. Y agrega: “Tu misma inexperiencia te lleva a esa presunción, a esa vanidad, a eso que tú crees que te da aire de importancia. (..)
–Corrígete, por favor. Necio y todo, puedes llegar a ocupar cargos de dirección (más de un caso se ha visto), y, si no te persuades de tu falta de dotes, te negarás a escuchar a quienes tengan don de consejo. (..) –Y causa miedo pensar el daño que hará tu desgobierno” ( Camino , 352).

Se trata de orientar a los hombres en su formación frente a la vida de cada día, frente a la vida ordinaria, como la llamaba el Beato Josemaría; y se trata de proporcionarles medios para adquirir esa formación. Y él lo hace con afán y con urgencia. “El Amor de Cristo nos urge”, repetirá tantas veces con San Pablo. Y lo hace, en su cátedra universal, frente a todos los hombres, para provecho de todos, incluyendo a los no católicos, y aun a los no cristianos.

Y lo hace con amor. Es esa la raíz de su eficacia, el amor de Dios con que vibra de continuo, fruto de su entrega total a Dios. La pedagogía del amor: “Tú has de obedecer –o has de mandar– poniendo siempre mucho amor” ( Forja , 629).

Y lo hace con tanta sencillez, como quien es ducho y práctico en el oficio de formar a otros, con el mismo celo con que se aplica a su propia lucha, que no conoce abandonos ni ausencias de ninguna clase y de ningún instante. Él nos ha enseñado que la formación dura –debe durar– toda la vida. Nos urge, nos ha urgido a ponerla en una lucha que trata de conseguir día a día sus plenos resultados. “Que la vida del hombre sobre la tierra es milicia, lo dijo Job hace muchos siglos (…) Todavía hay comodones que no se han enterado” ( Camino , 306). Y esa duración “usque ad mortem” es consecuencia de la realidad de la propia entrega: “¿Por qué no pruebas a convertir en servicio de Dios tu vida entera: el trabajo y el descanso, el llanto y la sonrisa. (..) –Puedes…, ¡y debes!” ( Forja , 678).

El capítulo primero de Camino –Carácter–, es todo él como un manual de formación, un manual para formadores: aunque su eficacia y el impacto de su hondura están asegurados también frente a la intimidad del lector, porque el lenguaje del Beato y su sentido de la oportunidad, son un prodigio de penetración. Formación, aquí, es como un sinónimo de santificación. Por eso dice: “Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos, no te santificarías” ( Camino , 20). Es verdad que la santificación la opera la gracia de Dios, que nos viene por medio de los sacramentos y de la unión con Dios. Por eso requiere un carácter como el que pide en el número 22 de Camino , cuando escribe: “Sé recio. –Sé viril. –Sé hombre. –Y después…sé ángel”. Y en los siguientes números, especialmente cuando dice: “¿Será verdad –no creo, no creo– que en la tierra no hay hombres sino vientres?” (n.38). Y sella bien la observación: “Pida que nunca quiera detenerme en lo fácil” –Ya lo he pedido. Ahora falta que te empeñes en cumplir ese hermoso propósito” (n.39). En Surco escribe: “Después de conocer tantas vidas heroicas, vividas por Dios sin salirse de su sitio, he llegado a esta conclusión: para un católico, trabajar no es cumplir, ¡es amar!: excederse gustosamente, y siempre, en el deber y en el sacrificio” (527).

Y cuánto exige al formador. En el número 628 de Forja , escribe: “Torpeza insigne es que el Director se conforme con que un alma dé cuatro, cuando puede dar doce”.

El Beato Josemaría nos ha enseñado que la urgencia de la formación se extiende a sus muchas facetas. Cuánto insiste en la formación profesional: “Al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea” ( Camino , 332); “El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros” (333), porque “Si has de servir a Dios con tu inteligencia, para ti estudiar es una obligación grave” (336). E insiste en la formación humana, formación en las virtudes humanas y sociales, en los valores: “¡Cultura, cultura!, Bueno: que nadie nos gane a ambicionarla y poseerla (..) –Pero la cultura es medio y no fin” (345). Y dice en Surco : “Tú también tienes una vocación profesional, que te “aguijonea”. –Pues, ese “aguijón” es el anzuelo para pescar hombres (..) Rectifica, por tanto, la intención, y no dejes de adquirir todo el prestigio profesional posible…”(491).

Y en la formación doctrinal religiosa: “…Sólo te preocupas de edificar tu cultura. Y es preciso edificar tu alma” (347)… “Fórmate en una piedad sólida y activa, destaca en el estudio, siente anhelos firmes de apostolado profesional. –Y yo te prometo, con ese vigor de tu formación religiosa y científica, prontas y dilatadas expansiones” (346). Y es que “Antes, como los conocimientos humanos –la ciencia–, eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe (..) Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. (..) –Tú no te puedes desentender de esa obligación” (338).

El Beato se urgió en la tarea de formar a quienes estaban con él, junto a él, compartiendo la misma vocación. Eran todos jóvenes, muy jóvenes, y los animaba con la promesa entrañada en el salmo, cuando dice: super senes intellexi quia mandata tua quaesivi (entendí más que los viejos porque seguí tus mandatos). A los primeros sacerdotes del Opus Dei, cuando los preparaba para que accedieran al sacerdocio, les procuró para su formación doctrinal religiosa los mejores maestros teólogos que había en Madrid, considerando su responsabilidad delante de Dios. El Beato tenía la sabiduría de conocer cuándo debía ir despacio y cuándo debía andar de prisa.

Les enseñó que el sentido de responsabilidad es la señal del grado de madurez. “Para acabar las cosas hay que empezar a hacerlas (..) Parece una perogrullada, pero ¡te falta tantas veces esta sencilla decisión!…” ( Surco , 492). “A fuerza de descuidar detalles, pueden hacerse compatibles trabajar sin descanso y vivir como un perfecto comodón” (494).

En Surco escribió: “Una ansiedad te llena: la prisa por forjarte pronto, por moldearte, por machacarte y pulirte, para llegar a ser la pieza armónica que cumpla eficazmente la labor prevista…que ese afán sea acicate a la hora del cansancio, del fracaso, de la oscuridad” (626). “…has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo corres el riesgo de quedarte en simple espectador” (629). Pero la virtud del orden no puede faltar so pretexto de las urgencias: “Te consta que la labor es urgente, y que un minuto concedido a la comodidad supone un tiempo sustraído a la gloria de Dios. –¿A qué esperas, pues, para aprovechar a conciencia todos los instantes? (..) Además, te aconsejo que consideres si esos minutos que te sobran, a lo largo de la jornada –¡bien sumados resultan horas!–, no obedecen a tu desorden o a tu poltronería” (509). Su preocupación por el aprovechamiento del tiempo es grande. Él ha escrito: “¿Que es difícil no perder el tiempo? –Te lo concedo… Pero mira que el enemigo de Dios, los “otros”, no descansan… esta vida se nos escapa de las manos, y no cabe la posibilidad de recuperarla”. Y tiene para sí que perder el tiempo es tentación demoníaca: “Si pierdes las horas y los días, si matas el tiempo, abres las puertas de tu alma al demonio. Ese comportamiento equivale a sugerirle: “aquí tienes tu casa” (620).

Como hemos visto, considera el estudio una obligación grave para quienes han de servir a Dios y a los hombres con la inteligencia: “¿Para qué sirve un estudiante que no estudia?” se pregunta (618). “Te das cuenta de lo que supone que tú seas o no una persona con sólida preparación?… –¿Y, ahora, dejarás de estudiar o de trabajar con perfección?” (622).

El capítulo “Ambición” del libro Surco está lleno de ese afán, de esa urgencia por llevar a sus discípulos a la formación completa: “Cuando te anime de veras el espíritu cristiano, tus afanes se rectificarán.–Ya no sentirás ansias de conseguir renombre, sino de perpetuar tu ideal” (610); “En esta hora de Dios, la de tu paso por este mundo, decídete de verdad a realizar algo que merece la pena: el tiempo urge…” (613). El autor se habla a sí mismo tantas veces, con el recurso literario de dirigirse a otra persona: “Me hizo gracia tu vehemencia –dice en el número 616 de Surco – ante la falta de medios materiales de trabajo y sin la ayuda de otros, comentabas: “yo no tengo más que dos brazos, pero a veces siento la impaciencia de ser un monstruo con cincuenta, para sembrar y recoger la cosecha…”. Y ante las ambiciones grandes que le manifiestan sus discípulos, la prudencia del maestro aflora: “–Me parecen bien tus ambiciones”, dice en el número 617 de Surco : “Pero, ahora, dedícate al pequeño deber, a la gran misión de cada día, a tu estudio, a tu trabajo, a tu apostolado y, sobre todo, a tu formación, que –por lo mucho que aún debes podar– no es tarea ni menos heroica, ni menos hermosa”.

Esa urgencia en ayudar a los demás a adquirir una buena formación, se daba en el Beato junto con una paciencia heroica, una comprensión profunda, y una confianza afectuosa en la condición de hijo de Dios que sabía advertir en cada persona. Su arte de corregir era una muestra de su exquisita “politesse”. Siempre que debía corregir, corregía. Lo hacía con gran sentido de la oportunidad, con suma claridad y cariño. Y enseñaba a los demás a corregir, a que se prestaran ese servicio máximo de la caridad que es la corrección fraterna, esa obra de caridad que se manifiesta en enseñar al que no sabe y en dar buen consejo al que lo necesita, en corregir al que yerra y en perdonar las injurias. El Beato sabía descubrir los talentos ocultos en las personas, ocultos incluso a ellas mismas. Y sabía orientarlas en su cultivo, y al que podía ser sabio no le perdonaba que no lo fuera. Y les recomendaba humildad y prudencia. “Si eres sensato, humilde, habrás observado que nunca se acaba de aprender… Sucede lo mismo en la vida; aún los más doctos tienen algo que aprender, hasta el fin de su vida; si no, dejan de ser doctos” ( Surco , 272).

Yo viví directamente la experiencia de recibir la atención pedagógica del Beato, su afán en la orientación y seguimiento de mi formación. Esa experiencia la vivieron miles de personas, desde la primera juventud del Beato, que ya mientras adelantaba estudios de secundaria alternaba con maestros y profesores. Pero yo en esta intervención he querido dejar constancia de cómo, aunque ya no está presente con su forma terrena, por el arte de su pluma de escritor egregio, cada día, y cada vez será más y más, se multiplican los beneficiarios de su afán pedagógico que urge al cuidado de la formación. Se entiende bien en su ejemplo, aquello que decía alguien respecto del don de escribir bien: que es el mayor de los dones naturales que se pueden recibir de Dios, como lo concedió el Espíritu Santo al Rey David, y lo concede con frecuencia a sus consentidos.

Ojalá yo haya cumplido bien mi propósito.





(1) DAVID MEJÍA VELILLA. Doctor en Derecho. Miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Miembro fundador de la Unión de Escritores de América. Historiador y poeta.

Este artículo ha sido escrito con ocasión del Centenario del nacimiento de Josemaría Escrivá, para el Congreso hispanoamericano "Hacia una educación más humana. En torno al pensamiento de Josemaría Escrivá", celebrado en San José de Costa Rica, del 20 al 21 de septiembre de 2001, organizado por Ediciones Promesa.

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06/08/2005 ir arriba
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