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Tomás Baviera Puig
tomasbaviera@gmail.com
Decenas de lectores
inquietos escribieron a
Tolkien para preguntarle
por “el verdadero
significado” de El
Señor de los Anillos.
Él contestó
pacientemente muchas de
aquellas cartas, y
siempre trató de dejar
claro que la novela no
contenía ningún tipo de
alegoría moral, política
o contemporánea. “Fue
escrito para entretener,
es un cuento de hadas
escrito para adultos”,
le respondió a uno de
sus admiradores. Sin
embargo, el propio
Tolkien se detuvo en
alguna ocasión en la
naturaleza y el alcance
de los cuentos de hadas.
Si lo que dijo sobre
ellos se aplica a El
Señor de los Anillos,
se obtienen algunas
conclusiones sugerentes
que trascienden el
relato concreto
contenido en los tres
volúmenes. Un cuento de
hadas puede cumplir una
misión que difícilmente
se alcanza con otro tipo
de relatos: la apertura
a la realidad de un gozo
pleno de esperanza.
Tolkien, filólogo y
católico, vinculó esta
profunda alegría que uno
experimenta en la
lectura del cuento de
hadas con la Encarnación
y la Redención.
La lectura de El Señor de los
Anillos deja un poso
curioso en el lector. Su
autor nos introduce en un
mundo imaginario habitado
por hombres, elfos, enanos y
hobbits, que recibe el
nombre de la Tierra Media.
Ésta se ve seriamente
amenazada por un poder
destructor, que desea tener
bajo su dominio a todos sus
moradores. A medida que
avanza la aventura, el
lector llega a manejarse con
gran familiaridad dentro de
ese mundo. El final del
libro nos narra la despedida
del héroe que abandona la
Tierra Media junto con los
elfos. Y da la impresión de
que con él también se marcha
el lector: uno deja atrás un
lugar en el que ha vivido
intensas emociones. Son
numerosos los lectores que
regresan a la Tierra Media
mediante la nueva lectura de
las casi mil páginas de
El Señor de los Anillos.
Que estamos ante un libro que deja huella en
el lector es un hecho que
viene corroborado por la
valoración que ha tenido en
diversas encuestas. Así, por
ejemplo, en 1997 la cadena
de librerías Waterstone, en
colaboración con el Canal 4
de la Televisión del Reino
Unido, realizó una encuesta
sobre el mejor libro del
siglo XX. Las personas
encuestadas fueron más de
25.000, la mayoría de ellos
clientes de estas librerías.
Los resultados fueron
abrumadores: la quinta parte
de los encuestados señalaron
como primera opción El
Señor de los Anillos.
El autor, J. R. R. Tolkien, era un profesor
de Oxford especialista en
inglés antiguo. Un hombre
más bien de carácter
tranquilo, que había
invertido doce años en la
elaboración de una aventura
que está muy bien trabada.
Fueron muchos los lectores de El Señor de
los Anillos que se
preguntaron si había algo
detrás de esta obra. Tolkien
recibió innumerables cartas
que se interesaban por
detalles del libro, y por
ese mundo más amplio que se
vislumbraba tras el
escenario de la Tierra
Media. No fueron pocas
tampoco las que se
preguntaban por el
significado de la obra. Con
la historia de la
destrucción del Anillo,
¿Tolkien quería comunicarnos
algo? ¿Para qué había
escrito un libro como este?
Un libro para disfrutar
El creador de nuestra historia se tomó la
molestia de contestar a
muchas de esas cartas que le
enviaban los lectores en los
años posteriores a la
publicación de El Señor
de los Anillos. Tolkien
insistió continuamente en
negar cualquier lectura
alegórica de su obra. No
resultaba difícil hacer
paralelismos entre el poder
destructor del Anillo y el
de la bomba atómica, que en
aquellos momentos suponía un
peligro real para la
precaria ‘guerra fría’. O
también la situación de
Mordor en el Este de la
Tierra Media podía
compararse con la situación
geográfica de la Unión
Soviética, al Este de
Europa. En fin, tampoco
faltaron lecturas miméticas
que querían explicar El
Señor de los Anillos
desde el Evangelio.
Ante todas estas posibilidades de lecturas
alegóricas, Tolkien siempre
se muestra contrario. Prueba
de ello es el siguiente
fragmento de una carta que
dirige a un lector tras
recibir de éste unas
consideraciones que
pretendían ver cosas más
allá del texto:
Estimado Sr. Straight:
Gracias por su carta. Espero
que haya disfrutado
con El Señor de los
Anillos. Disfrutado
es la palabra clave. Porque
fue escrito para
entretener (en el más
alto sentido): para ser
leíble. No hay en la obra
ninguna “alegoría” moral,
política o contemporánea, en
absoluto.
Es un “cuento de hadas”,
pero un cuento de hadas
escrito para adultos.
Es difícil ser más claro: no hay ninguna
alegoría en absoluto. El
texto –podríamos decir- es
autónomo, lo cual le
permitirá sobrevivir al
tiempo. “Disfrutado es la
palabra clave”, “porque fue
escrito para entretener”. Y
desde luego que logra este
objetivo en aquellas
personas que terminan la
lectura de esta voluminosa
obra. El Señor de los
Anillos es, por ello, un
libro concebido para ser
leído.
No obstante la claridad de esta carta, el
lector sigue preguntándose
si hay algo más. No sólo es
un libro entretenido, fácil
de leer o con unas
descripciones muy ricas.
Consigue hacer disfrutar al
lector, pero ¿podemos
insistir a nuestro autor en
preguntarle si hay algo más
que mero disfrute?
Lo cierto es que esta carta nos proporciona
una pista muy interesante.
Tolkien afirma que El
Señor de los Anillos es
“un cuento de hadas escrito
para adultos”. Los cuentos
de hadas, en la tradición
inglesa, se refieren a los
relatos de fantasía. La
mentalidad moderna
identifica el público al que
se dirigen los cuentos con
los niños. Y sin embargo,
Tolkien precisa que él se
está dirigiendo a los
adultos.
Un relato de fantasía para
adultos
¿Qué significa “un cuento de hadas escrito
para adultos”? ¿Es
simplemente un modo de
evasión de la realidad a
través de la fantasía?
¿Supone esto que el autor
trata a los adultos como si
todavía fueran infantiles?
Tolkien nos dejó un texto en el que explica
qué significan para él los
cuentos de hadas. Lo publicó
en 1964 en un volumen
titulado Árbol y hoja,
junto con un breve cuento
alegórico de su vida. El
ensayo, que se titula
Sobre los cuentos de hadas,
es un texto ampliado de una
conferencia que impartió en
Oxford en el año 1939,
precisamente cuando llevaba
trabajando dos años en la
redacción de El Señor de
los Anillos. En este
texto tan importante de
Tolkien podemos encontrar
los elementos específicos
que caracterizan a los
genuinos relatos de fantasía.
La idea que vertebra todo este ensayo es que
los cuentos de hadas se
dirigen de modo principal al
público adulto: “si algún
interés tiene la lectura de
los cuentos de hadas como
género específico es que
merece la pena escribirlos
por y para los adultos”[2].
Por tanto, la referencia de
la carta dirigida al Sr.
Straight de que El Señor
de los Anillos es un
cuento de hadas escrito para
los adultos da a entender
que esta obra de Tolkien
viene a ser como un
experimento para probar las
ideas expuestas en Sobre
los cuentos de hadas.
La afirmación de que los cuentos de hadas
merecen ser escritos para
adultos supone una ruptura
con el planteamiento tan
extendido de que la fantasía
está relegada al mundo de
los niños. Sin embargo,
Tolkien constata que este
género de relatos ofrece “en
forma y grado excepcional
otros valores: Fantasía,
Renovación, Evasión y
Consuelo, de todos los
cuales por regla general,
necesitan los niños menos
que los adultos”.
Resulta paradójico que precisamente sean los
valores de Fantasía y
Evasión donde los críticos
se muestran más pertinaces,
y es allí donde nuestro
autor se apoya para explicar
la necesidad de los cuentos
de hadas que tienen los
adultos.
Tolkien es consciente de que los cuentos de
hadas fomentan la evasión
gracias a la recreación de
mundos imaginarios o
aventuras míticas, que nunca
se van a dar de hecho en
nuestros días. Pera la
evasión de la que nos habla
no es la huida de la vida,
sino “de los tiempos
actuales y de la miseria que
ellos engendran”. Este deseo
de escapar viene motivado,
según nuestro autor, por “la
conciencia cierta que
tenemos tanto de la fealdad
de nuestras obras como de su
maldad”.
Es probable que nunca antes en la historia el
hombre haya disfrutado de
tantas posibilidades
técnicas como en la época en
que escribe Tolkien estas
palabras. La gloria del
hombre moderno es el
progreso científico y
tecnológico que no conoce
barreras a sus posibilidades
fácticas. Sin embargo
Tolkien recrimina que “ésta
es una época en que se
mejoran los medios para
malograr los fines”.
Esta visión crítica del mundo materialista de
mediados del siglo XX, que
descuida los fines, es la
que mueve a nuestro autor a
reivindicar el papel
insustituible que pueden
desempeñar los cuentos de
hadas. También Chesterton
vinculaba estos relatos de
fantasía con la vida ética:
Si de verdad leen ustedes
los cuentos de hadas,
observarán que una idea los
recorre de un extremo a
otro: la idea de que la paz
y la felicidad sólo pueden
existir bajo una condición.
Esta idea, que es el núcleo
de la ética, es el núcleo de
los cuentos infantiles.
El plano de los anhelos
Pero Tolkien no se queda en esta visión
crítica del mundo moderno
para justificar los cuentos
de hadas. Éstos ya existían
mucho antes de que se
inventara la máquina de
vapor. No se trata
simplemente de escapar “del
ruido, la pestilencia, la
insensibilidad y la
extravagancia de los motores
de combustión interna”.
Tolkien descubre “unos
motivos de evasión más
profundos que siempre han
estado presentes en los
cuentos de hadas y en las
leyendas”.
Es en este punto donde
nuestro autor se adentra en
el sentido que tienen estos
relatos.
Entre los motivos de evasión más profundos,
Tolkien señala
el hambre, la sed, la
pobreza, el sufrimiento, la
tristeza, la injusticia y la
muerte. E incluso, aunque
las personas no tengan que
enfrentarse a estas
penalidades, quedan todavía
antiguas limitaciones para
las que los cuentos de hadas
ofrecen una cierta salida, y
viejas ambiciones y anhelos
a los que ofrecen cierta
satisfacción y consuelo.
Si bien los cuentos de hadas suelen hablarnos
de seres fantásticos, que no
existen en la realidad,
tienen la virtualidad de
captar la atención del
lector porque le interpelan
personalmente. Esta
comunicación con el lector
tiene lugar en el plano de
los anhelos, de esos deseos
más o menos profundos que
todos tenemos en nuestro
interior.
Tolkien nos propone algunos ejemplos de estos
anhelos que pueden alcanzar
una cierta satisfacción
imaginativa en el relato. Es
el caso de viajar por el
fondo del mar o de
establecer una comunicación
con seres vivientes. Junto a
estos ejemplos, que tienen
un cariz más inocente,
Tolkien también señala el
caso de la muerte y el deseo
de inmortalidad, que tiene
una mayor resonancia en la
persona adulta.
La misión de los cuentos de
hadas
Para Tolkien, el valor consolador que ofrecen
los relatos de fantasía
tiene otra faceta además de
la satisfacción imaginativa
de viejos anhelos: “mucho
más importante es el
Consuelo del Final Feliz”.
Este aspecto es tan
importante para nuestro
autor que acuña un término
para referirse a él:
eucatástrofe.
Etimológicamente significa
‘buena catástrofe’, y este
concepto resulta crucial
para caracterizar al
auténtico cuento de hadas:
La eucatástrofe es la
verdadera manifestación del
cuento de hadas y su más
elevada misión[10].
Los relatos de fantasía tienen una misión:
lograr el consuelo de la
eucatástrofe. Es algo propio
y específico de este género
porque “es una de las cosas
que los cuentos pueden
conseguir
extraordinariamente bien”.
¿En qué consiste la eucatástrofe? La
eucatástrofe es el “súbito
giro feliz en una historia,
que lo atraviesa a uno con
tal alegría que hace saltar
las lágrimas”.
Para lograrlo, los cuentos
de hadas no prescinden de la
“discatástrofe, de la
tristeza y el fracaso, pues
la posibilidad de ambos se
hace necesario para el gozo
de la liberación”, sino que
lo que caracteriza a los
cuentos de hadas es que
“rechazan la completa
derrota final”.
Este rasgo constituye uno de
los anhelos más profundos
del hombre: la esperanza de
que el bien es más fuerte
que el mal.
La eucatástrofe estará presente sobre todo en
el momento más trascendental
del relato:
Lo que caracteriza a un buen
cuento de hadas es que (…)
en el momento del clímax
puede hacerle contener la
respiración al lector, niño
o adulto, puede acelerar y
encogerle el corazón y
colocarlo casi, o sin casi,
al borde de las lágrimas.
Sin embargo, llegados a este punto cabe
preguntarnos por qué Tolkien
se detiene especialmente en
este aspecto de los cuentos
de hadas, hasta el punto de
‘necesitar’ crear un término
nuevo. La eucatástrofe es la
misión de los cuentos de
hadas porque puede lograr
algo que ningún otro tipo de
relato puede lograr. ¿Hay
algo más en la eucatástrofe
que la mera satisfacción
imaginativa del anhelo
profundo que supone el
rechazo de la completa
derrota final?
En el texto de la conferencia que venimos
comentando, Tolkien realiza
una serie de afirmaciones en
torno a la eucatástrofe que
trasluce una realidad que va
más allá del propio texto.
Así, señala que la
eucatástrofe es “evangelium,
ya que proporciona una fugaz
visión del Gozo, Gozo que
los límites de este mundo no
encierran y que es
penetrante como el
sufrimiento mismo”[15].
Cuando el auténtico cuento
de hadas “llega al repentino
desenlace, nos atraviesa un
atisbo de gozo, un anhelo
del corazón, que por un
momento escapa del marco,
atraviesa realmente la misma
tela de araña de la
narración y permite la
entrada de un rayo de luz”[16].
La alegría que proporciona el momento de la
eucatástrofe es muy distinta
de la que se obtiene como
fruto de la fantasía.
Expresiones como ‘atisbo’ o
‘fugaz visión’ nos apuntan
hacia algo que trasciende el
texto y hace que ‘penetre’
en el interior del propio
lector ‘un rayo de luz’,
provocando un gozo, que
Tolkien no duda en escribir
con mayúsculas.
Cualquier relato de fantasía contiene más o
menos elementos imaginarios.
Pero para Tolkien el
verdadero escritor de
cuentos de hadas “tiene la
esperanza de estar haciendo
uso de la realidad”. La
índole propia del nuevo
mundo creado “procede de la
realidad o fluye hacia
ella”. Es decir, el cuento
de hadas tiene la capacidad
de conectar con el lector
porque, aunque le hable de
cosas imaginarias, de alguna
manera le está hablando
personalmente. El modo en
que se lleva a cabo esta
propiedad no es a través de
la inclusión en el relato de
objetos modernos, como puede
ser una farola. El cuento de
hadas hace uso de la
realidad debido a que el
relato está basado en la
“consistencia interna de la
realidad”.
El relato es internamente
consistente porque responde
a la coherencia propia de la
realidad. Es entonces cuando
la creación imaginaria del
relato (lo que Tolkien
denomina sub-creación)
consigue mantener la
atención del lector, sea
éste niño o adulto.
Esta propiedad del auténtico relato de
fantasía tiene una gran
importancia cuando nos
fijamos en la eucatástrofe.
Si el cuento de hadas ha de
responder a la consistencia
interna de la realidad, y la
más elevada misión del
cuento de hadas es la
eucatástrofe, de alguna
forma Tolkien nos viene a
decir que la eucatástrofe
forma parte de la realidad
del lector. Es en este punto
donde la fe católica de
nuestro autor señala el
camino hacia ese Gozo, que
es penetrante como el
sufrimiento mismo.
En el breve epílogo del ensayo, Tolkien
explica por qué identifica
la eucatástrofe de los
cuentos de hadas con lo que
él ha llamado evangelium.
En latín esta palabra
significa ‘buena noticia’, y
en efecto tiene una
connotación de alegría, de
consuelo, por la realidad
que nos anuncia.
Tolkien se centra en el anexo de Sobre los
cuentos de hadas en el
concepto de eucatástrofe y
en la naturaleza del
consuelo que éste puede
lograr en el lector:
La cualidad específica del
‘gozo’ en una buena fantasía
puede explicarse como un
súbito destello de la verdad
o realidad subyacente. No se
trata de un ‘consuelo’ para
las tristezas de este mundo,
sino una satisfacción y una
respuesta al interrogante
‘¿Es eso verdad?’ (…) En la
eucatástrofe la respuesta
puede ser más importante,
puede ser un lejano
destello, un eco del
evangelium en el mundo
real[18].
El rasgo definitorio del gozo en el momento
de la eucatástrofe es que
nos abre a una realidad.
Aquí Tolkien ha dado un paso
más. Ya no habla simplemente
de una satisfacción
imaginativa de anhelos
profundos; está afirmando
que la eucatástrofe en el
cuento de hadas es una
satisfacción a la pregunta
de si es verdad aquello que
se está leyendo: no los
hechos que se narran sino la
realidad que subyace. Y ahí
es donde puede resonar el
eco del evangelium.
Pero Tolkien no se queda aquí. Nos explica en
qué consiste ese
evangelium que uno
percibe en cualquier relato
que contenga la
eucatástrofe. Y esta
convicción de nuestro autor
está anclada en la fe
católica que profesa y en su
amor por el arte de contar
historias. Ambas cualidades
le condujeron a un
descubrimiento personal que
conecta la eucatástrofe con
el relato de las Sagradas
Escrituras de la vida de
Jesucristo:
El Nuevo Testamento ofrece
un relato maravilloso, o un
relato de género más amplio,
que abarca toda la esencia
de las historias de
fantasía. Contiene muchas
maravillas (…), y entre esas
maravillas está la mayor y
más completa eucatástrofe
que puede concebirse. Pero
esta historia ha entrado ya
en la Historia (…); el deseo
y las aspiraciones de la
sub-creación se han
sublimado hasta la plenitud
de la Creación. El
nacimiento de Cristo es la
eucatástrofe de la historia
del Hombre. La Resurrección
es la eucatástrofe de la
historia de la Encarnación.
Una historia que comienza y
finaliza en gozo.
Tolkien, un profesor de filología antigua, un
gran contador de historias y
un católico de comunión
diaria sintetiza en este
texto la profundidad que ha
descubierto en los cuentos
de hadas. El Evangelio es
una narración que contiene
la mayor eucatástrofe que se
pueda pensar. Nos relata
cómo el Creador del universo
desea habitar en nuestro
mundo y se hace hombre en
Jesucristo por amor nuestro.
Sin embargo, es rechazado y
condenado injustamente a una
muerte violenta. Y, ante la
desesperanza de sus amigos y
discípulos, resucita,
venciendo de este modo a la
muerte. La pasión, muerte y
resurrección de Jesucristo
es el rescate que Dios mismo
ha pagado para que el hombre
recupere la amistad de Dios
que había perdido al inicio
de los tiempos.
El Evangelio es una narración que comienza
con gozo, con la noticia de
que Dios se ha hecho uno de
nosotros, y termina con
gozo, con la resurrección de
Jesucristo después de su
muerte. Pero el Evangelio,
con todos los deseos y
aspiraciones que transmite,
es un relato que tiene una
cualidad que no tienen los
demás relatos de fantasía:
“esta historia ha entrado en
la Historia”. Es un relato
que ha ocurrido en la
realidad.
El anhelo que rechaza la completa derrota
final se ha visto cumplido
realmente en la vida de
Jesucristo. La realización
de este anhelo tan profundo
del corazón humano está
presente en toda
eucatástrofe a modo de eco,
a modo de visión fugaz, y
por eso el auténtico relato
de fantasía transmite un
gozo peculiar que responde a
“un súbito destello de la
verdad”,
capaz de “atravesar la misma
tela de araña de la
narración”.
La eucatástrofe en El
Señor de los Anillos
En la conferencia Sobre los cuentos de
hadas podemos descubrir
la hoja de ruta que seguirá
el propio Tolkien para la
redacción de El Señor de
los Anillos. Si los
cuentos de hadas “merecen la
pena escribirlos por y para
los adultos”, El Señor de
los Anillos fue
redactado para este público
como lo recordaba Tolkien en
la carta al Sr. Straight. Si
los cuentos de hadas ofrecen
un consuelo para los viejos
anhelos del hombre, podemos
descubrir en El Señor de
los Anillos numerosos
consuelos que satisfacen
estos deseos profundos que
quedan grabados en la
memoria de los lectores con
una gran fuerza. Si la
misión más elevada de un
cuento de hadas es la
eucatástrofe, es el percibir
el eco del evangelium,
el autor de El Señor de
los Anillos nos lleva en
vilo a lo largo de una
historia en la que el éxito
del héroe se presenta desde
el principio como
prácticamente imposible, y
que gracias a su
desinteresada entrega, a su
piedad y a la colaboración
del resto de la Compañía del
Anillo será capaz de cumplir
su cometido contra toda
esperanza.
Entre los anhelos que se ven satisfechos en
la historia de El Señor
de los Anillos
encontramos algunos de una
gran profundidad. Es el caso
del amor de Arwen por
Aragorn, que es capaz de
pagar el precio de la
pérdida de su inmortalidad
por el amor de un hombre
mortal. O también podemos
reconocernos en el deseo
íntimo que todos tenemos de
vernos ayudados por un amigo
cuando ya no tenemos fuerzas
suficientes para avanz
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