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VERSIONES E INFIDELIDADES AL T (Pedro Antonio Urbina)

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VERSIONES E INFIDELIDADES AL TEATRO CLÁSICO

Si las obras clásicas lo son, no necesitan ser adaptadas. ¿Por qué? Por eso mismo, porque son clásicas, es decir, son obras que se tienen "por modelo digno de imitación en cualquier literatura o arte".

(En referencia constante y casi única al texto)
Pedro Antonio Urbina
(*)
Crítico de Arte y Literatura




Si las obras clásicas lo son, no necesitan ser adaptadas. ¿Por qué? Por eso mismo, porque son clásicas, es decir, son obras que se tienen "por modelo digno de imitación en cualquier literatura o arte" (RAE). Dignas de imitar, de tenerse por maestras, que enseñan .

Las obras clásicas no deben ser adaptadas, porque, en la medida en que se adapta, son el adaptador y su mundo quienes sustituyen al clásico, es decir, al "modelo". Entonces el espectador, en esa misma medida, no oye ni ve ni sabe al clásico -que es maestro en tantas cosas-, sino al actual, que se llama a sí mismo adaptador. Se llama a sí mismo adaptador y se considera -y algunos le consideran, al menos los de la empresa teatral para la que trabaja- conocedor suficiente de lo clásico y lo actual a un tiempo, se siente y se juzga capaz de asumirlo a la vez, tanto, que da al espectador actual su versión (visión, lección, interpretación, etc.) de lo clásico.

En tanto que impone su versión y oculta lo que no vierte, oculta al clásico y lo clásico; impide que cada espectador haga para sí mismo su versión del clásico y de lo clásico, lo asuma; en todo caso podrá hacer su versión de la adaptación o, si conoce al clásico -realidad desgraciadamente infrecuente-, sabrá que no ha visto ni oído la obra clásica, sino una adaptación. Pero si oculta el clásico y lo clásico, oculta el "modelo", y lo oculta al espectador, y presenta en su lugar su propia versión-adaptación en vez del "modelo", y lo presenta como nuevo modelo que sustituye al... viejo. Al hacer eso califica al maestro como caduco o caducado, y se arroga el título de maestro, de modelo... y -pues hace como si hubiera matado lo viejo, pues hace como que presenta lo nuevo- se arroga el título de original, de autor original.

Podría ser así, no que siempre sea así.

Dada la actual y generalizada escasez y conocimiento de las fuentes, supuesto el apueblerinado y superficial cultivo actual de los espíritus, cabe temer una campaña de sustitución de valores, caben las imposturas. Cabe la superchería, cabe el voraz consumo de gatos en la mesa de la kultura , y el olvido total de las liebres y perdices, de la ambrosía.

Si la cosa es así, cabe preguntar: ¿con qué título se atreve el adaptador a sustituir al clásico, al modelo, al maestro?

Pero la respuesta podría ser tan directa e injusta como: Porque me da la gana.

Entonces, hay que girar la cuestión: ¿Por qué y con qué fin sucede esto?

Aventuro la respuesta: Porque el inculto odia la cultura. Porque el superficial odia la profundidad y la teme. Porque el proselitismo del inculto perezoso, del superficial e inestable, es hacer todo y a todos huecos y vacíos como pelusas al viento. Es ley no sólo psicológica, sino del espíritu: la oscuridad odia la luz. Pero no quiero exagerar.

Aunque, hablando en general, tal vez no haya ido demasiado lejos. Y diré el porqué.

Pero, antes, pensemos por un momento en que el hecho de que la adaptación es una moda enraizada. Igual que en los comestibles el suavizarlos o aligerarlos, y también el adulterarlos. Como en el vestido imitar estilos de décadas y hasta de siglos pasados. Lo que quiere decir que hay muchos adaptadores y adaptaciones. Y hasta de una misma obra clásica se dan varias versiones en poco tiempo, pues todo se consume con rapidez y se olvida. ¡De una única pieza clásica se ofrecen varias y hasta encontradas versiones casi a la vez!

Malabarista manera de crear eles relativismo; pero ¡pero! bajo la dictadura del subjetivismo: Yo, el adaptador. El cual nos dice: "El clásico soy yo". Posición nada relativista.

Falta poco para que, como en el cine, aparezca en grandes letras el nombre del director, del productor, de los guionistas, de los actores... etc... y allí, pequeñita y fugaz, la referencia a la novela sobre la que se basa la película -¿de qué autor? no lo sé, no me dio tiempo a leerlo-; falta poco para que aparezcan en luminosas grandes letras los nombres del adaptador y del director teatral, y allí, perdido en la esquina baja e izquierda del cartel, el pequeño nombre de Calderón de la Barca, de Tirso, de Lope... (¿Quién es ése?, preguntará tal vez alguno. No sé, qué más da, responderá con desgana el otro; un antiguo...).

Es cierto que las versiones se dan también en otras maneras de arte; por ejemplo, en pintura últimamente proliferan los "homenajes a", que no son sino repetición de cuadros famosos con variantes fáciles, y con los que no se rinde homenaje, realmente, sino que se juega en torno a un cuadro mayor o se reitera en múltiples deformaciones ( Las Meninas de Picasso). Y en siglos pasados hay testimonios de ese decir lo mismo "al modo de".

En música se dan con frecuencia esas composiciones "sobre un tema de", o bien otras compuestas sobre un tema popular y que no son sino lo mismo orquestado, y empobrecido; y las variaciones, etc. (aunque no todo es lo mismo).

Huyendo del peligro de una absolutización inadecuada e injusta, sí parece sostenible decir que el arte no vive ni podría vivir de versiones, por muy altas que sean. Y a veces lo han sido singularmente.

El arte parece connotar esencialmente originalidad. Y, si es así, no puede cubrirse u ocultarse con derecho una obra clásica por medio de una versión; aquí no cabe que el plagio sea válido si mata al original, pues la obra clásica es ya inmortal. Más aún si la versión es sólo versión, es decir, versión de . Lo que viene detrás de ese de debe mantenerse más conocido y en primer lugar presentado. Además, cabe preguntar: ¿La adaptación se adapta a... a qué se adapta, adecúa o amolda o ajusta la adaptación?

¿Velázquez ha hecho versiones -es sólo un ejemplo- de pintura mitológica? Aun si así fuera en la intención suya -que no lo creo- o del que le encargó esos temas, su genio creador se desborda, y plasma, rotundo, su propio estilo; tanto, que es otra obra de arte, original, nueva. Lo anterior, la escena mitológica, fue sólo pie, motivo, para dar el paso grande de un descubrimiento creador.

Sinceridad, pues.

¿Quiere usted con su versión negar la obra clásica, ocultar cómo es, sus ideas, su mensaje, su visión del mundo, su luz?

¿Quiere usted respaldarse, abrigarse en ella, dado su poco talento creativo?

0 bien, ¿quiere tomar pie de ella para hacer otra obra de arte, otro clásico quizá, como ha sucedido con algunas de las casi innumerables Antígonas , por ejemplo?

0, simplemente, lleno de buena voluntad cultural, quiere transmitir al espectador de hoy la obra clásica y como profesor poco amante de la libertad, imponer (inconscientemente, sí) su visión, versión, del clásico?

No cabe, me parece, un sí o un no, sin paliativos, a las versiones. Sin paliativos caben la verdad o la mentira, que deben ser hechas , porque en el mundo del arte es decisiva - sine qua non - la sinceridad.

¡Ah!, sinceridad es también, y decisiva, la unidad o bien armonía entre el texto y la dirección escénica. Dar los buenos días con acento de quien grita socorro es mentir, es estar loco.

Pero es uno quien dice la verdad -no dice la verdad la verdad misma- , por eso precisamente queda coloreada por el sujeto que la pinta; así -y no por no quedarme en un falso e inexistente margen- digo que entre todas las muestras recientes de teatro clásico, la más verdadera, ¡la más viva!, me ha parecido El Caballero de Olmedo , y sus protagonistas, y todos los demás.

Antes aludí a que en siglos pasados hay testimonios de ese hacer al modo de . Y muchos. Muchísimos. Pero eso tal vez sea otra cosa. Volviendo a la definición de obra clásica, recuerdo ese "modelo digno de imitación". Si digno modelo, y de imitación, es para que se imite, y así se ha hecho y se hace. Pues imitar a un maestro enseña. De él se aprende en la fase de iniciación creadora, hasta que se adquiere el propio estilo, hasta que la propia personalidad se vuelca en la obra hecha; o se imita siempre si uno es, siempre, un segundo artísticamente hablando. Pero imitar es subrayar al imitado, es decirle maestro. Y ese quehacer de imitación puede ser y es y ha sido muy provechoso, para todos.

Otra cosa me parece la versión.

La Real Academia no da mucha luz ni esplendor que eluciden la realidad -en su deber ser- de la versión: dice que proviene del latín: volver, tornar. Para traducir vertere , yo diría mejor: cambiar, convertir. Eso me parece. Y entre las tres acepciones más acordes con este tema, elijo la más directa y expresa: "Cada una de las formas que adopta (...) el texto de una obra". ¿Pero quién hace que adopte una u otra forma? Da igual que sea el mismo autor original, que da dos o más formas a su propia obra, o bien que lo hagan otros, los llamados adaptadores?

¿Habrá que preguntarse qué es la adaptación?

Adaptar: "Modificar una obra (...) literaria (...) para que pueda difundirse entre el público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma distinta de la original".

Pero si se trata de una obra clásica, que ha vencido el tiempo, que es universal, no cabe hablar propiamente de "público distinto". Por tanto, adaptar será "modificar una obra literaria para darle una forma distinta de la original", lo cual es decir: modificar, cambiar por cambiar. Sí, pues dice que el fin por el que que se modifica es para darle una forma distinta. Y eso es una perogrullada, o bien, de nuevo, el "Porque me da la gana".

¿Tiene eso sentido? De todos modos no puede no haber una intención en el adaptador teatral que dé sentido y finalidad a su versión.

Para responder a esta cuestión invito de nuevo a leer mi artículo.


En Revista "Atlántida", Nº 6 Ed. Rialp. Madrid. (Págs. 94-96).
Cortesía de Ediciones Rialp para Arvo Net.

 

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01/07/2005 ir arriba
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