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PLAGIOS

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Plagios

Juan Manuel de Prada

Nos permitimos "robar" este interesante artículo para nuestra sección de ESCRITOS SOBRE LITERATURA,
publicado en EL SEMANAL,
Plagios . El tema lo merece.

Siempre me han llamado la atención esas perversiones del lenguaje que tratan de introducir significados borrosos o difusos en términos que poseen un campo semántico bien definido. Un ejemplo de palabra empleada para designar situaciones que exceden su ámbito, a veces con intención aviesa o torticera, es `fascismo´; todos sabemos, por ejemplo, que la inspiración ideológica del terrorismo etarra nada tiene de fascista, pero perseveramos en el epíteto, no sé si con un propósito injurioso o por mero temor a decir la verdad; esto es, que es un terrorismo de inspiración comunista. 

Otra palabra a la que con frecuencia se acude erróneamente es el muy atractivo y estremecedor tecnicismo literario denominado `plagio´. Plagiar, como bien se sabe, consiste en «copiar substancialmente obras ajenas», pero, ignoro si por mala fe o por un entendimiento algo esquizofrénico de la llamada \''''propiedad intelectual\'''', suele englobarse dentro de esta fatídica palabra (que siempre se enarbola como amenaza o anatema) la cita de refilón, la inspiración más o menos remota, incluso la coincidencia azarosa. Saint-Beuve, con exactitud algo cínica, ya se opuso a esta interpretación extensiva del plagio: «En literatura –escribió–, se permite robar a un autor a cambio de que se le asesine». Es decir, con la exigencia de que el robo –o, si ustedes lo prefieren, el plagio– se utilice provechosamente, creando una nueva forma expresiva que sobrepuje la anterior, haciéndola olvidar o siquiera poniéndose a su misma altura. 

Con presuntuosa falta de perspectiva, solemos pensar que la misión del creador consiste en ser original. Este prurito inalcanzable de originalidad, en una época en que el arte ya ha agotado todas sus posibilidades de invención, adolece de fatuidad, además de revelarse como irrealizable. Leemos en el Eclesiastés que nada nuevo existe bajo el sol; sólo el desconocimiento del pasado, o cierto mesianismo tontorrón (muy frecuente entre artistas y creadores, que se creen investidos de una misión cuasidivina), puede infundirle al creador la creencia de que sus palabras puedan ser enteramente originales, rigurosamente inéditas. Todo está inventado por los maestros que nos precedieron; nuestra única misión, nuestra única posible originalidad consiste en repetir las mismas cosas que otros escribieron antes, pero de una manera personal, con una mirada renovada que aspire a superar formalmente a quienes ya las formularon previamente. 

Si volvemos la mirada a los siglos que nos precedieron (gimnasia salutífera que recomiendo) nos daremos cuenta de que Virgilio, al urdirLa Eneida, estaba plagiando a Homero. El argumento de Fausto, antes de que Goethe nos procurase su obra inmortal, ya circulaba en leyendas propagadas por el norte de Europa; lo que consiguió el gran poeta alemán fue elevar al rango de arquetipo literario imperecedero un asunto que no era de su invención. ¿Y qué decir de Shakespeare? Los investigadores más avezados de su obra coinciden en afirmar que poco más de una tercera parte de los versos que componen sus obras teatrales están sacados de su caletre; el resto, o están copiados (¿plagiados?) literalmente de autores clásicos o contemporáneos, o están descaradamente inspirados en obras ajenas, por mucho que Shakespeare los amañase o retocara. Sin embargo, ¿podemos concebir un prototipo de escritor más `original´, persuasivo e intrínsecamente genial que Shakespeare? Y, fijándonos en el predio hispano, ¿qué hizo Garcilaso de la Vega, sino traducir a Petrarca? ¿Acaso esta labor vicaria le resta originalidad? Las fábulas de Samaniego, ¿no saquean las fábulas de La Fontaine, quien a su vez robaba a Fedro, quien a su vez vampirizaba a Esopo, quien a buen seguro contaba en su gabinete con fuentes para nosotros desconocidas, a las que `fusilaba´ concienzudamente? 

En cierta ocasión, Julio Casares –erudito con pretensiones de originalidad a quien hoy nadie recuerda– acusó a Valle-Inclán de plagiar varias páginas de las Memorias de Casanova en su Sonata de primavera. Valle, lejos de exculparse, reconoció el expolio, pero hizo ver que aquellas páginas perpetradas con prosa desmañada por Casanova relucían en su obra con las galas de un deslumbrante estilo: «Lo mejoré en un cien por ciento», apostilló con legítimo orgullo. Y es que, en literatura, el robo con asesinato –el plagio que anula o hace olvidar lo plagiado– puede llegar a ser la forma más esmerada de originalidad.

31/12/2008 ir arriba
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