| Por Paco Sánchez
LAS PALABRAS, como todo, se gastan y desportillan cuando se emplean mal. Tienen difícil arreglo una vez estropeadas y hay que sustituirlas por otras. Las palabras averiadas, esto es lo peor, desvarían el entendimiento y lo llenan de confusiones, oscuridades y miedos. Las ideologías más sanguinarias nacieron de una palabra que se volvió loca y enloqueció a muchos. Por eso hay que respetar las palabras. Especialmente aquellas que hacen referencia a los principios: nunca deben invocarse si no es en su más exacto sentido.
Es lo que pasa ahora con la palabra «terrorismo». Se ha jugado mucho con ella. Unas veces se la miraba mal, otras menos mal y en algunos casos casi con simpatía o al menos con contemplaciones. Dependía. Ocurre, sin embargo, que en cuestión de principios nunca depende. El terrorismo es siempre perverso, persiga el fin que persiga. O estamos de acuerdo en esto y lo combatimos en todos los frentes o nos vencerá. Pero, claro, tampoco se le puede invocar como pretexto de cualquier cosa, de cualquier guerra, por ejemplo. En ese caso encontraría una justificación y dejaría de ser una palabra nítida. Le daríamos el espacio suficiente para seguir matando. Aquí y allá.
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