Por Paco Sánchez (*)
31.V.2003
CUENTAN en Brasil que un español llegó a una isla y preguntó si había gobierno en ella. Le contestaron que sí, y dijo: «Soy contra». Este arquetipo del español es más fuerte fuera que el del torero. Y tienen razón.
Después de una campaña en la que afloró el país ideologizado de siempre, en la que los partidos arrojaron a una gente contra otra, es muy fácil que, cualesquiera que sean los resultados de la noche, caigamos en el rencor. El rencor contra los que han ganado o contra los que han perdido, el rencor de la gente a los políticos del otro bando, el rencor de los políticos contra quienes no les han votado. El rencor, finalmente, de quienes han votado una cosa contra quienes prefirieron otra. Nada se aleja más del sentido democrático que esas borracheras de rencor. La democracia exige gobernar para todos y hacer oposición para todos, nunca contra alguien. Si los perdedores se apuntan a una oposición rencorosa o los que ganen aupados sobre los votos de una parte gobiernan contra los demás, ha perdido el país. El olvido de esta realidad tan sencilla aboca a la definición en negativo: a ser un antiotro. Y al voto del miedo. Insistir en lo que une es más inteligente que ahondar en lo que separa.
Insultos
8.VI.2003
LEO en una revista de submarinismo, la más conocida según me dicen, que cierta herramienta -una linterna, si no recuerdo mal- «es tan fácil de montar que hasta un político gallego podría hacerlo».
Así, sin más. No sé si el periodista estaría pensando en Fraga o en Beiras, en Rajoy o en Touriño, en Paco Vázquez o en Cuíña, en Anxo Quintana o en Ventura Pérez Mariño. No sé si pensaba en los del PSOE o en los del PP o en los del BNG o en los de IU. No sé siquiera si se refería a los políticos actuales, a los pretéritos o a los venideros. En cualquier caso, la mera enumeración hace patente la estupidez de quien escribió semejante frase, gratuitamente, sin venir a cuento.
Me espanta tanta facilidad para el insulto y la descalificación. Ocurre en todos los ámbitos, pero quizá resulte más grave cuando tiene por objeto a los políticos, sean del signo que quieran. Porque parece que hay una venia especial, un cierto acuerdo en que están para eso. Verdad es que a veces son ellos los que siembran la falta de respeto a su propia clase. Pero no basta esa excusa. Con frases como la citada, además de descartar a todo un pueblo, en nada se favorece el que los mejores se dediquen a la cosa pública. Y perdemos todos.
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(*) Profesor de periodismo en la Universidad de La Coruña.
Colaborador habitual de la Revista Nuestro Tiempo,
La Voz de Galicia y Arvo Net.
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