| Por José Francisco Sánchez
En Nuestro Tiempo, septiembre 1998
ESTABA LEYENDO entre el olor a algas, a sal, a peña recalentada y a musgo y líquenes tostados, a gasoil y a aceite protector que el viento arrastraba hasta allí desde la playa. Ronroneaba el mar entre las piedras. Chillaban las gaviotas. Gritaban los niños y también sus madres - "¡sal ya del agua, que te vas a enfriar!", "¡deja en paz a tu hermano, por favor!"-, en contrapunto con el golpeteo seco y breve de una pelota contra dos palas de madera. Y en esto alguien llega y tapa el sol.
-¿No te bañas? El agua está muy buena.
Le digo que no. Tiene seis años y lleva a la cintura un flotador blanco con dibujos azules. No sé qué hace con él tan lejos de la playa. Me mira con curiosidad. Se llama Sara y quiere saber aún de dónde vengo.
-iHala, Pamplona! Mi padre también vive allí.
"Mentirosa", le digo, y se ríe, pero insiste en que su padre, que está abajo, en la playa, vive en Pamplona. Le pregunto qué hace su padre en Pamplona y me dice que no sabe. "Sólo lo veo hoy". Otra mentira, pensé, y lo dejé estar. Llega su hermana a buscarla: tiene dos años más, se llama Henar.
-¿Qué nombre es ése?
-El de una Santa, Santa María del Henar.
Se van. Henar vuelve quince páginas después. Trae un platillo de plástico con su pocillo de café lleno de agua. Me dice:
-¿El señor quiere un café?
Le digo que gracias, pero que eso no es café. Entonces, con cara de mucha paciencia, me explica lo que tiene que hacer un tipo medio bobo que no sabe jugar: "Lo coges así y lo tiras". Le hago caso.
-¿Quiere que le haga un chino de chocolate con la nariz de nata?
"Vale", le digo. Pero aún pregunta: "¿Quiere un chino o una china? Me sale mejor la china, pero el chino está más rico".
Vuelve a las cuatro páginas con una tartera diminuta de plástico verde llena de arena mojada sobre la que ha compuesto con hierbas y palitos la cara de un chino. La retoco para que los ojos sean más oblicuos y la boca sonría. Llega una tercera hermana: Alba, diez años. Me pregunta qué es el cuentakilómetros de la bici. Luego coge el libro y se lo enseña a las otras dos: "¡Mirad qué bonito! ¿Para qué lo quieres?"
-Es el libro que iba a leer esta tarde.
Repite el "iba" varias veces, riéndose. Dice: "¿Ibas a leerlo enteeeero?". Le digo que entero quizá no, pero unas cien páginas...
-¿Cieeeen?
Me pregunta en qué trabajo y le digo que soy periodista. Henar levanta entonces las manos y dice: "Soy inocente, no he hecho nada para salir en el periódico". Se había puesto mis gafas de sol. "Mi padre, dice Alba, es carpintero". Le pregunto qué quiere ser ella:
-Comadrona. Y ésta, peajista.
Mi risa, quizá demasiado fuerte, orienta a su padre, que no sabe dónde andan. Aparece y les dice que bajen y me dejen en paz. No lo consigue y se va. La mediana explica:
-Mi padre es separado, ¿sabes? Sólo le vemos los domingos, y hoy porque es fiesta. Está abajo con su novia.
No sé qué cara puse. "0 sea, repitió, es mi padre, pero tiene novia". Me miraban fijamente, de pie, muy juntas y muy serias. Deseé que Henar no me hubiera quitado las gafas.
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