Por Paco Sánchez
La noche había terminado por encarrilar la conversación por una vía de historias más o menos chuscas. Yo acababa de contar aquella, no sé si pura leyenda, del labriego que acudió a una consulta de la Clínica Universitaria. A la hora de las radiografías, le metieron en una cabina para que se cambiase y él preguntó a la enfermera si debía desvestirse del todo. Parece ser que la enfermera le contestó que sí, pero añadió una salvedad sólo en apariencia inequívoca:
De todo, menos de la prendica principal .
El hombre, como es lógico, salió de la cabina en boina.
Ya digo, no sé si será cierto, leyenda o una mezcla de ambos ingredientes. Es cierto, desde luego, que se cuenta.
Pues en cuanto terminé la historia y nos reímos un momento, alguien se arrancó con lo sucedido a un chaval, a quien describió como "un poco inocente". Quizá dijo ingenuo, pero estoy casi seguro de que no, de que le llamó inocente. El pobre, por lo visto, sufrió un atraco en el metro de Madrid, no sé si en los accesos, en un andén o en el propio vagón. El caso es que cuando el atacante ya se había hecho con su dinero y, quizá, con el reloj o alguna otra cosa, el supuesto inocente le alargó una estampa de carácter religioso, supongo que con la idea de conmover al bandido o, simplemente, a la espera de un milagro descomunal. No sé.
La reacción del ladrón se mantuvo en una línea de, digamos, coherencia fría, contundente, abrumadora casi:
¡Ah! Veo que eres creyente.
Sí, contestó el otro, y parece que puedo oír ahora el tono esperanzado de su respuesta.
Pues entonces llevarás cadena. Así que... dámela también.
Nos reímos con el final de la anécdota. Qué íbamos a hacer.
Había uno a mi espalda que no sé si se rió. Seguro que sí, porque propende a la sonrisa, pero puede que estuviera pensando en otra cosa.
Digo que debía de andar con otro asunto en el magín, porque veinticuatro horas después de esto, un poco más incluso, le oí decir:
... Por eso a todos nosotros nos hubieran robado también la cadena, porque creemos en la providencia.
En realidad, la primera parte de la frase era una generalización gratuita bastante extraordinaria, y él lo sabía. Como consecuencia aplastante de tal premisa, la segunda parte, aunque más bondadosa, se convertía en gratuita también. Quizá por eso me avergoncé tanto.
(Me viene ahora al recuerdo aquella bellísima definición de Providencia que memoricé de pequeño: «el cuidado amoroso con el que Dios conserva y gobierna todas las cosas y especialmente a los hombres»)
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