| Por Paco Sánchez.
HABÍA estado enredando con mi sobrino en su ordenador y aledaños. Tenía una torre de discos compactos: programas, juegos, enciclopedias multimedia y no sé qué más. Me fijé en el cd de un curso de mecanografia. Él lo advirtió, se quedó primero como en suspenso, a la expectativa y, luego, insistió en que lo probara. No me apetecía mucho. Escribo con tres dedos y nunca intenté aprender, pero advertí muchas ganas en el chaval, así que le dejé hacer. Instaló el programa y se dedicó a guiarme pacientemente por él. Yo estaba un poco extrañado: Adrián no se caracteriza ni por la paciencia ni por la afición a la mecanografia, sin embargo, se veía que disfrutaba. Quizá, pensé, porque le está dando clases a su tío. Como si jugara a enseñar o algo así.
ESE DÍA almorzaba allí y mi hermana nos llamó a la mesa. Cerramos el programa y se terminó el curso. -Llévatelo, me dijo.
Decliné amablemente, sin explicarle que no encontraría tiempo para dedicárselo al método verde. Apareció con el cd y volvió a insistir en que me lo llevara. Regresé a mi perplejidad de antes y, no sé si porque la miré o si porque ella lo advirtió por su cuenta, mi hermana, con el mismo tono que emplea para explicarle las cosas a su hijo, me dijo: "¿Pero no ves que es la primera vez que puede prestarte algo?".
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