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MARTA (Paco Sánchez)

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MARTA

Ella, claro, siempre anda muy acompañada. Cuando no va con su madre, hay un remolino de compañeros de curso a su alrededor. Estudia Periodismo. Ya está en cuarto curso y más de uno o de una quisiera tener sus notas.

Por Paco Sánchez


Ella, claro, siempre anda muy acompañada. Cuando no va con su madre, hay un remolino de compañeros de curso a su alrededor. Estudia Periodismo. Ya está en cuarto curso y más de uno o de una quisiera tener sus notas. Cuando la veo, le digo siempre la misma bobada:

-¿Cómo está mi alumna preferida?

Es, de hecho, la verdad. Uno no puede evitar, aunque lo procure, tener algunas preferencias. Le di clase en primero y, después de la sorpresa inicial, me acostumbré pronto a su presencia silenciosa y al ruido inaudible de su máquina negra de teclas blancas.

-¿Cómo está mi alumna preferida?

Ella siempre sonríe y siempre responde con fuerza, con muchas ganas

-¡Muy bien!

Y no dice más. Siempre sonríe y siempre está muy bien. Sólo añade alguna cosa si advierte que me detengo o le pregunto algo. Si no, sigue su camino rodeada del séquito habitual de admiradores. Porque la admiran y mucho.

También es la única que me reconoce cuando le hablo desde atrás, desde su espalda. La verdad es que quizá le ayuden las muchas horas que ha tenido que soportar mi voz o el que casi siempre le diga la misma frase. Pero si cambio de saludo, también me reconoce. Algo que no debe de resultar tan sencillo, porque cuando lo hago con otros alumnos se vuelven con cara de sorpresa para ver quién es. Y la verdad es que practico a menudo esta manía, sobre todo si regreso de la universidad caminando y alcanzo a un par o más que suben de palique. Desde siete u ocho pasos antes les aviso: "Peligro, peligro, profesor a la espalda"; porque cierta vez algunos de ellos se quedaron un poco espantados al ver que les adelantaba y les saludaba mientras iban embebidos en una conversación, pongamos, comprometida.

Marta nunca mira hacia atrás para adivinar quién soy; en realidad, a ella le da lo mismo que le hable de frente, de espaldas o haciendo el pino.

Hasta ayer, pensaba que era ciega de nacimiento, pero su madre me explicó que no, que se había quedado ciega por culpa de un mal tumor, a los cinco años. 0 sea que Marta conoce la luz y no puede verla, y pese a esto sonríe sin parar, aunque le falten los colores. Casi no podía creerlo.

-Esa sonrisa, esa sonrisa que ella tiene -me decía su madre una mañana, en la explanada del nuevo edificio-, esa sonrisa no la cambiaría yo por nada del mundo. ¡Y lo agradecida que es...!

Sólo una vez la vi enfadada o triste. Quizá estaba simplemente nerviosa. Se trataba de algo relacionado con un examen. Recuerdo el lugar, recuerdo quién la acompañaba, pero no recuerdo exactamente el motivo de la seriedad de su semblante. Esa vez, ni siquiera bromeando, conseguí iluminarle la cara.

Me di cuenta de que su alegría no es gratuita. Marta no sonríe siempre porque le resulte natural o fácil: su sonrisa, a la que estaba tan acostumbrado, que me parecía tan lógica como que las escaleras tuvieran peldaños o los árboles ramas, tiene un precio. Y ella, por lo que se ve, lo paga día a día.

Quizá con recuerdos de luz y de colores.

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Paco Sánchez (José Francisco Sánchez) es profesor de periodismo en la Universidad de La Coruña.
"Marta" pertenece -junto con otros muchos artículos del mismo autor- al libro Vagón-bar , editado por Eunsa.

 

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03/07/2005 ir arriba
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