|
Por Paco Sánchez
En Nuestro Tiempo
NO SÉ QUÉ me daba volver a Riazor, el estadio del Deportivo, después de tantos años. Iba un poco obligado, porque no soporto bien los alaridos ni las concentraciones de gente. Pero iba también con mucha curiosidad. Ya se sabe que los olores disponen de un potente poder evocador, así que los primeros aromas de puro barato, aún camino del estadio, sirvieron para atraer, por decenas, las imágenes sepia de aquellas tardes de domingo llenas sólo de hombres. Las mujeres esperaban el final del partido para ir a buscarlos y prolongar el paseo familiar hasta una cafetería. Eché incluso de menos, ya dentro, aquella modesta localidad de lateral del marcador, que tenía con mi padre cuando éramos socios del Depor, hace tanto. Me llevaron a un palco privado y... bueno, pasé más de media hora atontado, queriendo hacerme cargo, con esa rabia tan mala que te enreda las neuronas cuando quieres despertar de una anestesia: sabes que te hablan, pero no entiendes lo que dicen.
LO EXTRAÑABA TODO. Este Riazor parecía más pequeño que el de mi niñez. Quizá porque el paso del tiempo tiende a empequeñecer las cosas que guardamos en la memoria. Quizá porque el viejo estadio tenía sólo tres lados de gradas y uno abierto, y ahora está completamente cerrado. Esta sensación -la del achicamiento de los antiguos parajes- ya la conocía de otras ocasiones y apenas me extrañó. Me produjo casi pánico, sin embargo, otra experiencia: pese a disfrutar de una situación privilegiada, en mitad del campo y a media altura, no conseguía seguir el partido. No veía el fútbol.
AL PRINCIPIO, me puse algo nervioso, pero sin mucho susto. Como cuando crees
que ves mal porque estás algo cansado. Supuse que no me enteraba sólo porque la novedad de volver al estadio hacía que mi atención fuera solicitada por muchas cosas que mirar y me distraía del juego. Pero al cabo de treinta, cuarenta minutos, ya no podía ser eso. Hasta que me di cuenta: mi mirada se había vuelto perezosa. Después de tantos años viendo el fútbol por televisión, ya no se valía sola. Necesitaba que alguien la llevase de la mano, echaba de menos un realizador. No tanto por dilucidar las jugadas dudosas -el palco tenía un monitor de televisión- como por no perderse. Tantos años entregada a la televisión, mi mirada futbolística necesitaba de ayudas y andadores. Ya no sabía decidir por sí misma cómo y dónde mirar. Precisaba de alguien que seleccionara por ella el enfoque preciso para mejor seguir cada jugada. Una lástima.
EN EL SEGUNDO tiempo, mejoré algo. Tampoco mucho. Y salí bastante descorazonado. No tanto por el fútbol, que mira tú, como por la duda de si en tantos otros campos -estadios aparte- mi mirada no se habrá vuelto ya comodona y adocenada, incapaz de abarcar escenarios más amplios que el marco, siempre estrecho y siempre prestado, de un triste aparato de televisión.
psanchez@unav.es
En Arvo Net , domingo 3 de agosto 2003
|