| Por José Francisco Sánchez
Tenía que ir a Ferrol para hacer una gestión muy breve. Pensé que sería una buena oportunidad para pasar antes por La Coruña, recoger a mi hermano y llevarlo conmigo: así se despejaría, hablaríamos por el camino, reiríamos... Y eso hice.
Mi hermano José Luis tiene un año menos que yo. No ve mucho y esto, junto con alguna otra insuficiencia, le convirtió desde pequeñísimo en un personaje central, una especie de rey, dentro de la casa y fuera. También tuvo una educación especial y sigue llevando una vida especial, pero habla perfectamente y lee y escribe. Sobre todo, escribe. Es muy listo y concentra todo el poder de su inteligencia en unas pocas cosas que le gustan: seguir los deportes -aunque no puede practicarlos, lo sabe todo sobre fútbol y baloncesto-, escuchar música latina y escribir, con una letra casi ilegible por lo apretada, larguísimos guiones de telenovelas, para los que me pide documentación de vez en cuando.
-Oye, intelectual (a veces me llama así, otras veces me llama grajo, porque hubo una época en la que le dio por los refranes y yo le enseñé uno triplemente rimado que le hacía mucha gracia: Cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo). Oye, intelectual, ¿tú no sabrás quién era el ministro de Interior en 1960?
-No había. Se llamaba de Gobernación.
-¿Y quién era?
-Pues no sé, no me acuerdo.
-¿No puedes mirármelo por ahí? Es que lo necesito para un guión que estoy escribiendo sobre...
En su cuarto se apilan cientos de cuadernos, garrapateados hasta en los cantos, que mi madre no puede -él no le deja- tirar. Antes de que naciera mi sobrino, a José Luis le gustaba mucho pasear conmigo por la ciudad y contarme lo ocurrido durante mis largas ausencias. También aprovechaba para que le presentara a algún locutor de las radios locales que él quería conocer. Y terminábamos casi siempre tomándonos unos bocadillos de calamares y jugando dos o tres partidas en una máquina tragaperras. Esta vez el viaje no incluía paseo, pero podríamos hablar todo lo que nos diera la gana en el coche.
Era por la tarde y había mucha luz a pesar de las nubes, y esto hacía que el aire adquiriese una cualidad más sólida sin perder transparencia. Una textura extraña que a lo mejor sólo está en mi memoria y que, como tantas otras cosas, no sé describir. Camino de Ferro¡, o quizá ya de vuelta, además de hablar, jugamos. Jugamos a retransmitir un partido de fútbol para una supuesta emisora de radio. Entonces me hizo algo, no recuerdo bien qué. Alguna broma, supongo. Se rió. Yo también me reí mucho y, ya en los últimos estertores de la última carcajada, le dije:
-Pero, vamos a ver, ¿qué puedo hacer yo con un hermano como éste?
Aproveché una curva a la derecha para verle la cara, y él, que aún estaba riéndose, se puso muy serio de repente. Dejó de manipular los mandos de la radio, se irguió sobre el asiento, miró hacia la carretera o quizá hacia ninguna parte -con esos ojos suyos siempre inquietos, nunca se sabe- y dijo a media voz:
-Quererle mucho.
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