Por Paco Sánchez
AYER LE DIJE a Aurelio que ya no hablaríamos más de fútbol. No es que me haya enfadado definitivamente con él, por ser merengón y del Celta a pesar de vivir en A Coruña. No. Es que me cambio de casa y ya no le veré todos los días al salir y, a veces, al volver. Echaré de menos ese saludo breve, casi inarticulado, y su manera de detenerme cuando enfilo las escaleras con prisa: “Oija, estaba en pensando...”. Casi siempre seguido de un comentario futbolístico o sobre el tiempo. Me divierte lo indecible preguntarle por el futuro. Jamás he conseguido que se atreva a vaticinar algo concreto sobre cualquier cosa. Incluso sobre la más irrelevante.
— Cómo acabará a cousa hoxe, Aurelio?
-lAy!, ao final do partido veremos...
SABIDURÍA GALLEGA El futuro no nos pertenece, las seguridades sólo caben sobre el pasado. De ahí que aquella historia que tantas veces he contado, me parezca un ejemplo prístino de precisión y acierto. Alguien de paso en Vigo quiso asistir a misa. No estaba muy seguro de los horarios y preguntó en la puerta de la iglesia a una señora ya mayor:
—Sabe si aquí hay Misa de (pongamos) doce?
La respuesta fue contundente, matizada y exacta:
—Hasta ayer la hubo.
Porque podía pasar cualquier cosa en los cinco minutos que aún faltaban. La conciencia de no poseer el futuro, insisto, es muy aguda aquí. Y me parece muy bien: un canto a la libertad. Lo digo por decir sin datos, pero estoy casi convencido de que los futurólogos y los adivinadores tienen poca cancha en estas tierras. Por supuesto, siempre hubo meigas y gentes dispuestas a echar la buenaventura. Pero las meigas en estos lares tienen más bien efectos retroactivos, curativos o agresivos. La predicción no es su fuerte.
LO CURIOSO es que, al mismo tiempo, el gallego clásico muestra una pasiva conformidad con el destino. Cree en él y se le somete con una docilidad pasmosa y hasta en las cosas más pequeñas. Me decía un navarro que le sorprendía mucho la actitud de un amigo gallego cuando jugaban al frontón. Si a las primeras de cambio fallaba varias pelotas empezaba con monsergas de este tenor:
—Cuando vienen mal, no hay nada que hacer.
Y así el resto del partido. Jugaba, pero con la seguridad casi total de que aquello no dependía del todo de su voluntad. Que había allí un algo que controlaba desde fuera el partido. Y ese algo quería que, precisamente en esa ocasión, las cosas vinieran mal. Y se conformaba.
ESTA PECULIAR RELACIÓN de los gallegos con el futuro ha cambiado, pero me parece que tiene mucho que ver con lo que Galicia es y ha sido. Explica, aunque muy por encima, su historia social y política. Pero mientras escribía esta frase, me ha llegado un mensaje. Timbró el soniquete y no he podido resistirme a ver quién me felicitaba el cumpleaños. Ya lo había hecho y ahora me cuenta cosas. Me he quedado con ganas de abrazarle, por valiente. Y con muchas más ganas de decirle que sí, que el futuro es nuestro y que se construye con las pequeñas y grandes decisiones de cada día. Como la última suya, que le hace aún más grande, grande, grande. Después de leerle, se me han ido las ganas de acabar esto, o mejor, tengo unas ganas locas de acabarlo y de quedarme quieto, muy quieto. A veces pienso que la bandeja de entrada de mi correo es un vertedero. Hoy parece un acantilado desde el que se oye esa voz descrita como el rumor de muchas aguas.
Nuestro Tiempo, nº 562.
Arvo Net, domingo 24 de octubre 2004.
|