| Por Paco Sánchez
HABÍA y hay en mi aldea dos hermanos simpatiquísimos que comparten sonrientes -él y ella- su condición de enanos. Forman parte de los muchos recuerdos entrañables de mi niñez. El otro día volví a verles y tienen casi el mismo aspecto de entonces, a pesar de tantos años. Recordé que, de pequeño, me medía constantemente con ellos. Era, supongo, un modo de afirmarme, de sentirme alto. No lo hacía descaradamente, a las claras. Disimulaba. Me acercaba a Matilde o a Ricardiño, a veces, sólo con esa triste intención: medirme con ellos, creerme mayor. Me subía sobre las punteras de los zapatos si hacía falta. Pronto les sobrepasé y perdí, claro, tan insana costumbre.
Debe de ser muy molesto eso de que alguien, con excusa o sin ella, se dedique a compararse todo el día contigo. Si es un niño y lo hace explícita y esporádicamente, todavía... Pero también los adultos practican a veces tan triste deporte. Nunca los altos: sólo los bajos, y no me refiero, ahora, a la estatura física. Si nota que alguien se le pone al lado y comienza a cotejar disimuladamente la altura de los hombros, imagine lo peor. Le ha tocado un envidioso obsesivo. De nada servirá hacerse el sueco. Perdone, rece y recuéstese en el tiempo.
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"La Voz de Galicia" y "Arvo Net", domingo 7 de septiembre 2003
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