| Por Paco Sánchez
VIAJABA A BRASIL con muchas ideas en la cabeza. Aunque casi todas tenían que ver con lo que dejaba en España. Platos girando que se me venían al sueño y al suelo. Pequeñas pesadillas inevitables, quizá, en el precario dormitar de la sufrida clase turista. Pero entonces recordé algo luminoso que me despertó casi por completo. En Sáo Paulo encontraría, entre otros, a Luiz Jean Lauand, filósofo amigo, del que esperaba recibir como regalo su ensayo Educación y memoria . Se trata de una obra menor: una lección de clausura de curso, que en su día me cautivó. Muchas veces quise recuperarla, pero sin éxito. Al llegar, esas cosas del destino, el ensayo estaba sobre la mesa de mi cuarto, como esperándome, fotocopiado y encuadernado en unas pastas amarillas.
LO ABRí ENSEGUIDA, para recordar. Lauand habla allí de la concepción clásica de la educación que, según él, parte de una idea antropológica de altísimo valor literario, además de filosófico: la idea de que el hombre es... un ser que olvida. Menciona, por ejemplo, que en árabe hombre se dice insan, palabra que traducida directamente significa "aquel que olvida". Me pareció cuando lo leí, y me lo sigue pareciendo ahora, una magnífica definición esencial. Somos seres que olvidan, incapaces de retener la sabiduría. Se nos escapa por los entresijos del tiempo y, para cuando la necesitamos otra vez, izas!, ya no está. Por eso precisamos de otros que nos la recuerden una y otra vez. Aunque esos otros también olviden.
HAY MUCHO DE trágico en el olvido. No en todo olvido, claro, porque sería peor terminar como Funes el Memorioso, aquel personaje de Borges. Lo trágico radica en que cualquier olvido significa indiferencia o, cuando menos, falta de atención, de prioridad. Quizá por eso, el olvido se ha convertido en uno de los temas recurrentes en las canciones de amor y en la poesía de todos los tiempos. Porque sólo el amor es capaz de convertir a alguien en inolvidable. No existe otro antídoto eficaz contra el olvido humano. Sólo el amor consigue el milagro de que "el ser que olvida" recuerde siempre. Justo esa es la tesis final del ensayo de Lauand.
ASÍ, CUADRA perfectamente aquello que don Francisco Gómez Antón dijo a un puñado de profesores primerizos nada más comenzar una charla sobre cómo preparar y dar bien las clases:
-Lo primero, dijo, es querer a los alumnos.
QUIZÁ ALGUNOS pensaron entonces que Gómez Antón arrancaba divagando. Quizá pensaron que aquella no era una apreciación técnica y, por tanto, estaba fuera de lugar. Quizá incluso la olvidaron, como se olvida lo irrelevante. Aunque lo dudo. Porque ahí estaba la clave, la verdadera base de la auténtica educación y, por tanto, de los educadores verdaderos.
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