| Por José Francisco Sánchez
Sólo envidio a algunos. A aquellos que van consiguiendo cumplir, más que los años, la vida, aun cuando no puedan evitar la inevitable sensación de haber vivido descuidadamente.
Cuando tenía diecinueve o veinte años, le dije a un galés muy flemático que doblaba generosamente mi edad:
-Tony, cuando sea mayor quiero ser como tú.
Se lo dije de broma. Paseábamos por los porches de una plaza y él contestó muy en serio, sin mirarme:
-Es muy fácil: basta con descuidarse.
A esos dos o tres amigos que cumplen este año los cuarenta me apetece decirles lo mismo que dije entonces a Tony, pero esta vez también yo hablo en serio: les envidio, aunque ellos se resistan a creerme. No envidio a todos los que llegan a los cuarenta. Sólo envidio a algunos. A aquellos que van consiguiendo cumplir, más que los años, la vida, aun cuando no puedan evitar la inevitable sensación de haber vivido descuidadamente.
Dicen que llegar a los cuarenta es atravesar el ecuador. Dicen que empieza la cuesta abajo. Puede ser. Sobre todo me parece muy cierto lo de la cuesta abajo: quien llega a los cuarenta sabiendo vivir lo tiene, supongo, mucho más fácil. Aunque bajar entrañe con frecuencia peligros incluso mayores, se anda más rápido, se conoce el sendero y basta con seguir el mapa sin enredar en los abismos. Y además, desde los cuarenta, quizá se vea ya el pueblo, aunque a lo lejos, aunque borroso, aunque sólo como una pella minúscula y blanca.
Para llegar a los cuarenta, sin embargo, no hay calzada segura ni camino ni trocha o, por lo menos, no hay mapa o hay muchos, engañosos los más. Y se sube a fuerza de corazón y de rectificar, de desengañar-se. Se sube siempre solo, porque aunque mucha otra gente vaya al lado, apenas unos pocos acompañan de verdad y aun estos, sólo un trecho. No faltará quien ofrezca agua fresca o una palabra -¡aupa!- o una huella que seguir, pero ninguno de ellos puede andar lo que otro no ande, nadie puede sustituir la voluntad de otro en los cruces y, sobre todo, nadie aprende por otro lo único realmente decisivo: cómo desandar lo mal andado, que decía la canción. Y encima se cruzan muchos que bajan, que desisten, que dicen que no se puede subir o que no se ve nada o que no hay nada.
Para quienes llegan de verdad, lo malo, supongo, no es la cuesta abajo, sino que desde la atalaya de los cuarenta años resultará inevitable contemplar las dos mitades de la vida: una -la que queda por delante- no se ve demasiado, y la otra -la andada- se ve demasiado bien, y quizá el corazón sienta por primera vez el miedo a no llegar.
Y luego, claro, están los otros. Los que nunca llegan porque temen dar el estirón, los que no se atreven a crecer, los que gritan con furia o recitan a escondidas los versos más bellos del mundo -"No me plantes en tu corazón, crecería demasiado aprisa"- para morirse después pequeños, en el desarraigo de su propia almita, con los labios rotos de tanto farfullar desalentados la comprobación de su fracaso: "Las hijas de las mujeres que amé tanto/ me besan como quien besa a un santo". A un santo barato de escayola.
A los primeros, a los que no tienen miedo a que alguien los plante en su corazón, les ruego que, si ganan el pueblo antes que yo, no se olviden de guardarme un sitio. Uno cualquiera servirá.
Nuestro Tiempo, mayo 1996
Edición digital, Arvo Net, domingo 16.11.2003.
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