| Por Paco Sánchez
PADECÍ largamente la ansiedad del correo. Sabía la hora del cartero y apenas podía aguantarme las ganas de bajar al buzón a ver qué había traído. Me gustaban las cartas: tener en las manos el sobre sin abrir que contenía una respuesta. Pero me gustaban aún más las que no esperaba, aquellas que me devolvían un amigo o un pariente al cabo de años. Esas parecían palomas blancas tintadas de letras acaso mal dibujadas. Guardo aún la última que me escribió mi abuelo, hace tanto: «Querido nieto Paco: Espero que al recibo de la presente te encuentres bien. Nosotros, bien gracias a Dios». Su pulso temblaba como su memoria y así era casi mejor. Luego dejaron de llegar cartas de esas y llegaron sólo cartas de bancos y perdí interés por el buzón. Ahora ni lo abro yo siquiera, algo impensable no hace tanto. Salvo en Navidad.
En Navidad regresan las cartas -algunas algo raras, con tarjetas carísimas en las que nadie escribe nada- y renace esa inquietud suave por ver quién reaparecerá esta vez, acaso desde el olvido. Este año he vuelto a escribir tarjetas de Navidad. Muchísimas. Porque a otros les pasará lo que a mí, y quizá se alegren con esa carta inesperada. Pero sobre todo, porque tengo mucha gratitud pendiente. También contigo.
La «Voz de Galicia» y «Arvo Net» , domingo 14 de diciembre de 2003
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