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LA RESURRECIÓN UNIVERSAL (Carles Cardó)

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 LA RESURRECCIÓN UNIVERSAL

 Un capítulo de:

Carles Cardó, 
Emmanuel, Ed. Rialp, Madrid 1989,

Arvo.net, 26/04/2008

 

  Para Platón, los seres corporales son como sombras de las ideas, por ello ajenos a claridades y a verdad. Ese dualismo se proyectó hondamente sobre todo el pensamiento helenístico, del que la gnosis fue rama importante. La oposición entre materia y espíritu culminó en la condensación de la materia envilecida: inepta para la vida y contraria a la luz.

 Postura afín a la postura maniquea. Habiendo en ésta dos dioses irreconciliables, el del bien y el del mal.

 

Tenemos por profundamente anticristianas todas estas tendencias, ya que en ellas la Encarnación era imposible, lo mismo que la Resurrección y la economía sacramental. Y dejaron huellas que podemos rastrear a lo largo de la Edad Media en las sectas cátara y albigense. El dualismo cartesiano del cuerpo y del espíritu es aún una resonancia apreciable de aquellos puntos de vista. Sólo el viraje hacia el aristotelismo, de Alberto el Magno y de Tomás de Aquino, pudo alejarlos de la Europa Cristiana.

 

Tenía que suceder así. Entre las virtudes del Cristianismo figura la de la rehabilitación de la materia; para glorificarla después.

 

Ante la corrupción sensual y ante el embrutecimiento del alma, el Cristianismo no reacciona contra la materia, antes con atención a los gemidos de la servidumbre de ella, para elevarla a la elevada función sacramental: como transmisora del Espíritu. Mediante un simbolismo, admirablemente eficaz, la asocia por ascesis a la gloria del alma; y asegura a la materia, con la resurrección gloriosa del cuerpo humano, el ascenso al estilo de vida de la inmortalidad y del espíritu.

 

La Encarnación encierra esta idea, anticipándola y superándola. Lleva la carne a subsistencia divina. Y la Resurrección nos la abrillanta con la gloria del Unigénito. No siendo comprensible sin la nuestra la Resurrección de Jesucristo, según el testimonio de San Pablo en la primera carta a los Corintios (15, 13), cuando todos los fieles hayan resucitado será impresionante la cantidad de materia llevada a la vida de la brillantez espiritual.

 

Así podemos comprender por qué San Pablo estalla en expresiones misteriosas, como la de que Cristo sea el primogénito de la creación entera y la primicia (Col 1, 15 y 1 Cor 15, 20, respectivamente). He aquí la contrapartida cristiana frente a las condenaciones neoplatónicas. El encabezamiento universal de todas las cosas en Jesucristo sólo pudo verlo y anunciarlo el que afinó el oído del espíritu para percibir el gemido de las criaturas: «Toda criatura está sometida a la vanidad; y no de grado, sino por la voluntad de aquel que la ha sometido; con la esperanza de que también ella será liberada de la servidumbre, de la corrupción hacia la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Puesto que nosotros sabemos que toda criatura gime y sufre todavía los dolores del parto» (Rom 8, 20-22). Era menester un sentido divino que únicamente Cristo abría en el hombre regenerado para oír cómo las criaturas, defraudadas en su destino de alabar a Dios por medio del hombre, gemían de la inmundicia moral de un mundo profanado por el pecado y padecían los dolores de un nacimiento a la libertad de la pureza, estando estos dolores prolongados hasta el momento de la Resurrección de Cristo.

 

La recapitulación de todas las cosas en el hombre fue sublimada por la recapitulación en Cristo; las cosas que añoraban la altitud y la luz han pasado de las tinieblas a la claridad, de la impureza a la pureza, de la esclavitud a la filiación; por eso San Pablo puede escribir a los Colosenses que todas las cosas, desde los espíritus más altos hasta la materia más humilde, habiendo sido creadas en Cristo, subsisten en Él y en Él (1, 15-20). Dios las ha reconciliado a todas, puesto que toda plenitud habita en Cristo. Desde la Encarnación esto estaba oculto tras la sombra del cuerpo; desde la Resurrección resplandece victoriosamente. Leed el Apocalipsis y encontraréis que desde el comienzo de la revelación del Libro están en torno del Cordero todas las criaturas materiales exaltadas como símbolos de realidades gloriosas.

 

Por eso San Ambrosio, el hombre de las expresiones más nervudas, puede decir que en Cristo resucitaron mundo, cielo y tierra (San Ambrosio, De fide resurrectionis)

 

El cielo nuevo y la tierra nueva de que hemos hablado más arriba comienzan en el cuerpo del Resucitado. La materia vibra en Él con vitalidad que ya no es de alma, sino de espíritu; el tiempo bate contra este cuerpo con el ritmo de la eternidad; las tres vidas de la tierra, la vegetativa, la sensitiva y la racional, retoñan en el seno de la Divinidad; y el mundo entero queda divinamente regenerado, en espera del día en que la resurrección universal de los hombres y el subsiguiente cambio de la creación harán que Dios brille en todo y que todo reluzca en Dios. Dios amó a su obra y quiso levantarla hasta Él.

 

San Pablo usa una expresión muy repetida que quizás por eso, por haber sido muy repetida, parece haber perdido fuerza; la de que «yo vivo, pero no soy yo, antes es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). La sorprendente afirmación de esta frase seria absurda en otra boca y en cualquier otra religión.

 

Analicémosla un poco: por ser la vida la actividad más interna y más personal, aquella en la que el yo es absolutamente insustituible, dado que la sustitución equivaldría a muerte, ¿cómo es posible que Cristo viva en mí? Es posible que Cristo, en cuanto Dios, esté abierto a toda intimidad y, [en efecto] tiene frente a sí toda intimidad abierta. No hay para El un cercado de subjetividad impenetrable. Y aun esto no basta. Cristo, al penetrar en el cercado íntimo de una subjetividad ajena y actuándola por dentro, operando por las facultades de ella, no sólo no menoscaba la personalidad, sino que la refuerza. El Infinito posee virtual y eminencialmente todas las personalidades, conoce las sendas de todos los corazones y actúa en ellos sin alterar sus fibras, robusteciendo toda potencia y toda originalidad. Esta excelencia, que a Dios sólo incumbe, la poseía ya Cristo antes de la Resurrección; pero la mantenía inoperante en espera del día en que la muerte y la resurrección le darían el reinado efectivo sobre los corazones.

 

Se trata de una espiritualidad infinitamente más sutil y penetrante que la nuestra y que la angélica, ya que nosotros no podemos obrar sobre otros espíritus más que desde fuera, dada nuestra incapacidad para percibir los pensamientos ajenos sin pedir acceso a la conciencia. Se parece más a esta facultad divina de penetración vital, la facultad del alma que penetra el cuerpo para vivificarle y que actúa vitalmente obrando por medio de las facultades del cuerpo; siempre que se tenga en cuenta que la analogía no puede llegar a ser perfecta, puesto que la unión entre el alma y el cuerpo es disoluble y porque el alma tiene energías limitadas y pasa a formar parte de un compuesto que la aventaja en perfección. Diríamos que el alma ha de sacrificar parte de su subjetividad y de su virtualidad para adquirir la personalidad. Y el alma encuentra en el cuerpo vallas que la entorpecen. Cuando para Cristo resucitado no hay valla alguna, ni las vallas de la persona. Cristo penetra al hombre mejor que el alma al cuerpo, sin fundirse con él en naturaleza ni en persona.

 

Hay pues el alma y hay el alma del alma; el alma del alma actúa también sobre el cuerpo; y al hacerlo, por el impulso suave y fuerte de la Causa primera que habita por dentro hasta la personalidad inferior, robustece toda la personalidad, no sólo en energía vital, sino también en el sentido de la originalidad. Así yo, poseído por Cristo, soy más que yo solo. Yo vivo real y poderosamente, como que soy yo y muy de veras; pero en este yo, sin menoscabarlo y sin entorpecerlo, está viviendo Cristo.

 

He aquí la nueva espiritualidad de Cristo resucitado; comporta una sutileza infinitamente más fina y más fuerte que la que permitía a Jesús pasar a través de las puertas cerradas. En efecto: ¿qué puerta hay más cerrada que la intimidad del corazón, que la vitalidad intransferible? Cristo resucitado la penetra hasta la identidad de la persona, para venir a renovar el yo, que es naturalmente irrenovable. Perdidos estaríamos si no fuera por este poder; sin él la redención habría sido inútil y nuestra regeneración fuera imposible. Esto había prometido Jesús: « Quien me ama guardará mi palabra; y el Padre le ama e iremos a El en Él permaneceremos» o 14, 23). La corrupción no estaba limitada a nuestra conducta externa; aunque dejando a salvo la naturaleza, alcanzaba el yo interior, la punta extrema del espíritu de la que mana la orientación de la vida, la intención calificadora de los actos, por la que está sellada toda la vida moral. Hasta aquí baja el Resucitado, como portador de las otras dos Personas divinas; para elevar en cierto modo al hombre hasta el límite mismo del orden hipostático. No diremos que lo incorpora a la Trinidad, aunque no nos faltarían expresiones de algunos místicos en apoyo de esta afirmación; pero sí diremos que da al hombre para con la Trinidad de Dios la «familiaridad estupenda y desmedida» de que habla la Imitación de Cristo.

 

Y como sea que Cristo resucitado encabeza todas las criaturas del cielo y de la tierra para satisfacer la tendencia de todas ellas hacia lo absoluto que las hacía gemir, en Cristo encuentran complemento y satisfacción final todas las cosas que por Él salieron de Dios y que por Él regresan.

 

4. MERCED SUPREMA

 

La sutileza espiritual de Cristo que le permite reforzar, al penetrarla, la personalidad que tenemos para vivir en El, nos lleva como de la mano a una consideración distinta acerca de la trascendencia de la Resurrección en nosotros. San Pablo, aun sin mencionar la Resurrección, teniéndola siempre en la mente, parece complacerse en recordarnos aspectos de la vida nueva, con interioridad que se prolonga hasta la convivencia divina. «Si vivimos -explica a los Romanos (16, 8)- es en el Señor; si morimos, morimos en Él; viviendo y muriendo somos del Señor.» Así dirá a los Filipenses: «Para mí, vivir es Cristo y morir una ganancia» (1, 21).

 

Gana el hombre al vivir en Jesús, cuando Cristo vive en el hombre. La Moral no es una ley rígida; no tiene el carácter pétreo de otras leyes, antes posee la espontaneidad y la flexibilidad de una vida.

 

En sí, es una Ley difícil. Nace empero instintivamente de la nueva naturaleza que Cristo nos da.

 

Con naturalidad y adecuadamente, el alma elevada a naturaleza y a vida divinas siente brotar del corazón, sin dolor y sin esfuerzo, la severidad de la ley moral como una fisiología del espíritu. Al ser más profunda, la vida divina, la ley espontánea alcanza la finura de la perfección.

 

No hay para qué prohibir la deshonestidad a un cris tiano honesto. Se la prohíbe él en su fuero interno; ya que la indecencia constituiría un tormento más duro que la lucha en pro de la decencia; siendo los santos los grandes aristócratas de esta nobleza capaces para llevar la naturalidad hasta el heroísmo.

 

Fuera de los santos, el heroísmo cabe en pocos momentos.

 

El santo es el que ofrece el espectáculo del corazón heroico en función normal. No llegaríamos a decir que al santo no le cuesta el heroísmo, puesto que sin dificultad no hay virtud; en el santo es virtud como hábito arraigado; siendo entonces menor el esfuerzo de la perseverancia, que la tribulación y la repugnancia que causarían al quebrantarl.

 

Cabe explicar así la clave de las explicaciones de San Juan en la primera carta. Cuando aun en las hipérboles del lenguaje oriental podría parecer exagerada: «El que está en Él (en Dios) no peca; el que peca no le ha visto ni le ha conocido» (3, 6).

 

«El nacido de Dios no comete pecado, por ser nacido de Dios» (3, 9). Hay en El vida divina y la vida rehúye la muerte; si muerte adviene -de muerte espiritual hablamos- ello es debido a que la vida no era ver dadera.

 

La vida que es plena y fuerte aleja del pecado. A esto alude la impecabilidad práctica afirmada en los textos le Juan.

 

El Resucitado nos dará vida; en la patria como en el destierro; preparación en éste de aquélla. Vivificará el alma y el corazón con la carne. Ésta es la vida interior y sobrenatural del cristiano: la vida comunicada que nos dio por generación divina de hijos adoptivos de Dios. El hijo adoptivo participa en ella, y realmente, de la naturaleza del Padre, con adopción más alta que la civil.

 

Vivimos en Cristo que vive en nosotros. Con la vida que El dijo que venía a darnos en gran abundancia (Jn 10u, 10).

 

Esta vida es en Dios perfecta y por consiguiente inmutable; en nosotros, vivientes imperfectos, tiene di versas etapas, paralelas a las de la vida natural acotadas por los sacramentos que son como acciones del Resuci tado en nosotros: al nacimiento corresponde el bautis mo; al crecimiento, la confirmación; al alimento, la eu caristía; a la medicina, la penitencia; etc. La única dife rencia que se observa en el paralelismo es que la vida inferior va naturalmente hacia la muerte, mientras que en la vida divina, la muerte, que es el pecado grave, no es un resultado natural, sino un accidente extraño a una vida que de por sí es inmortal, por eso hay en ella el poder de resucitar, incluso diríamos de hacer resucitar el cuerpo para una vida divinamente transfigurada y duradera para siempre.

 

Divina por su origen, esta vida tiene en nosotros, débiles criaturas, una ley propia, que es la del amor: el amor a Dios y a todas las cosas en Dios. Era de prever. Según la definición de San Juan, Dios es amor. Podríamos comentar que es amor porque es la vida suprema, siendo amor toda vida. Que de amor nace y de amor se nutre; el amor la cultiva y la defiende; y hasta el acto característico de la vida, que es la asimilación, implica que con ella se identifiquen cosas exteriores, causa y efecto a un tiempo de amor.

 

Vivir es amar y vivir una vida divina es amar al estilo de Dios: a Él en primer lugar y sobre todas las cosas; después, a todos los demás seres como imágenes y ma nifestaciones de la sabiduría y de la bondad soberanas.

 

Cuando el amor mana de las profundidades constan tes de la naturaleza, como impulso interno de cada ser hacia su fin, el amor se hace para el cristiano la norma inmanente e inmutable de todas las acciones, de las deliberadas al menos; añadamos que cada vez más tam bién de las indeliberadas, incluso de las inconscientes.

 

El amor debe ser la ley moral del cristiano. No es una ley impuesta por fuerza y por una autoridad que la dicte desde fuera; sino una ley que emana de la nueva naturaleza, haciéndose manera connatural de obrar, ins tinto vital; qué no por ser espontáneo deja de ser cons ciente, siendo, al contrario, la tendencia mas más clarificada, ya que en ella concurren la inteligencia y la voluntad: «luce intellettual piena d'amore», según la definición de Dante (Paraíso, XXX, 40).

 

Por esta vida de amorosa identificación con el deber adquiere el cristiano la autonomía de la conciencia; nin guna rebelión pudo otorgarla.

 

Estamos ya en condiciones para poder descubrir el verdadero método de la vida espiritual, que está en la base de todos los sistemas ascéticos y que ha de ser simple con la vida que ha de regir. Consiste sencilla mente en vivir; y como vivir es amar, en el amor halla mos el método supremo y la ascética esencial. El amor es el resumen de toda la vida cristiana, el atajo hacia la perfección. «Ama y haz lo que quieras», enseñaba San Agustín. Sin duda, aún sería un comentario insuficiente el de decir que no ofende quien ama; quien ama no vacila ni ante el más arduo deber, ni ante el más pesado sacrificio.

 

La sola cosa que importa es amar, vivir. La fe inflamada por el amor, vivificada por la caridad, es cuanto necesitamos vara vivir intensamente la vida divina. El alma vive entonces segura ya; que la vida tiene sus propias defensas instintivas. Como las tiene la corporal. Así la espiritual se defiende también y espontáneamente contra los asaltos de la muerte que sin cesar acechan. Para el cuerpo y para el espíritu importa vivir y gozar de una salud perfecta; la vida entonces obra por sí misma.

 

No nos engañemos, sin embargo. Esta connaturali dad con la perfección sólo será plena en el cielo. Mien tras peregrinamos por la tierra, no podemos prescindir del ciudado; es verdad que la vida avanza y se defiende espontáneamente; pero también es verdad que esta vida espiritual está expuesta a la muerte. Hay que permane cer alerta y hay que luchar sin tregua contra las tenden cias envilecedoras. En el cielo, como lugar de la restau ración cabal y superada del hombre antiguo que cayó en Adán, no existe ya esta lucha, porque hay la consu mación del amor; en la tierra nos hallamos aún en la infancia espiritual, débiles y en peligro. Por eso, no sólo hemos de renovar constantemente el afán por alimen tar la vida divina, sino que hemos de estar atentos sin descuido a las trampas que el Enemigo nos prepara en cada vuelta del camino. Eso no obstante, podemos tener aquí una anticipación de la integridad celeste; según el cristiano crece en amor, halla más fácil la lucha; según la moral va perdiendo todas las apariencias de una coac ción, cede el carácter de una ley, para adquirir el del funcionamiento normal de nuestra sobrenaturaleza. Entonces se cumplen para el cristiano las palabras de San Juan que hemos citado antes; y Dios nos descubre las maravillas morales, mil veces más hermosas que las físicas.

 

Esta es la gran obra de Cristo resucitado en nosotros, al nacer, al sufrir, al morir y al resucitar ganó para nosotros el espíritu, la merced de Dios que nos regenera y exalta a vida y a naturaleza divinas; Cristo no sabría ser glorioso sin hacernos gloriosos con El. 

Enviado por ARVO.NET - 26/04/2008 ir arriba

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