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Por Antonio Orozco-Delclós
En víspera de la solemnidad de la Virgen María Asunta en cuerpo y alma al Cielo, repaso un sector de una pequeña biblioteca con la idea de eliminar algún libro desechable y ordenar otros que merecen ser conservados, aunque el color cobrizo de sus páginas denuncie la antigüedad de su venida a los anaqueles del venerable aposento. Veo un folletito de aspecto insignificante, pero con textos de un autor de relieve, Jean Danielou [1], sobre «La Eucaristía». Lo abro al azar y leo que trata de «un misterio profundo y está claro que ninguna fórmula humana podrá jamás expresarlo adecuadamente en las profundidades que significa». Y añade:
«Ante estas realidades divinas, debemos tener siempre el sentimiento de que el misterio que encierran sobrepasa infinitamente todo cuanto podemos decir. ¡No hay que aparentar que presentamos como sencillas cosas que no lo son! Este es a veces el error de ciertas catequesis. Cuando decimos que «Dios es una sola naturaleza en Tres Personas», lo que se dice es correcto, pero no es más que una expresión correcta; en realidad es un misterio insondable del cual ni siquiera la eternidad nos permitirá alcanzar las fronteras, pues siempre habrá, en los misterios de Dios, algo que trascenderá la capacidad de nuestra inteligencia incluso divinizada y que, en la visión beatífica, lo captaremos en su realidad pero sin agotarlo jamás.
Los teólogos dicen que la visión beatífica no es comprehensiva, en la medida en que agotaría su objeto : es un captar realmente, pero un captar que jamás podrá agotar su objeto. Por eso la vida eterna no será una especie de inmovilismo, sino un progreso eterno, en un descubrir un misterio en el cual avanzaremos sin detenernos y sin llegar jamás al límite.»
Subrayo estas últimas palabras que son las que me han impresionado una vez más. Me ha llenado de gozo encontrarlas en un teólogo de la talla del cardenal Danielou, porque, aunque todos están de acuerdo en que la bienaventuranza eterna consiste en «la posesión de todo bien sin mezcla de mal alguno», también reconocen que «a cada cual se le dará según sus obras», pues esto es palabra de Dios. Es claro que habrá lo que nosotros podemos llamar «grados» de felicidad y no es mi intención profundizar ahora más en este asunto. Lo que quiero hacer notar es que no todos coinciden en el concepto de visión beatífica. Algunos lo entienden como fijada por el «grado» de caridad (amor) con el que le alcance a la persona la muerte real. No habría posibilidad de más. Pues bien, a los que sobre esta cuestión disputada opinan como yo, es decir, que siempre habrá progreso, les brindo, por si no contaban con él, el texto transcrito del cardenal francés (Jean Danielou, La Eucaristía, Ed. Palabra, Madrid 1970, Colección Noray n. 18, pp. 32-33), para que lo disfruten. Nada más. (No hay límite. Siempre habrá más.)
Por su parte, Juan Pablo II ha dicho lo siguiente:
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El Cielo, plena comunión con Dios
S.S. Juan Pablo II
AUDIENCIA, Miércoles 21 de Julio 1999
La fe nos enseña que, al final de la existencia terrena, quienes han acogido a Dios en sus vidas y se han abierto a su amor, gozarán de la plena comunión con Él en el cielo. El cielo, descrito con tantas imágenes en la Escritura, no es ni una abstracción ni un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con Dios. “La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en Él y han permanecido fieles a su voluntad” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1026). Pero esta realidad última se anticipa ya en cierto modo en nuestra existencia actual, sea mediante la vida sacramental o la caridad fraterna, iluminando así las realidades terrenas destinadas a alcanzar su plenitud definitiva en Cristo, y que ahora hemos de vivir con gozo, en cuanto dones cotidianos de la bondad divina.
Jean Daniélou (1905-1974), fue miembro del consejo de redacción de "Sources chrétiennes" hasta su muerte. Ocupó la cátedra de Historia de los Orígenes del Cristianismo en el Instituto Católico de París. Su labor se desarrolla en torno a la investigación teológica y patrística. En el año 1962 fue decano de la Facultad de Teología del Instituto Católico de París y el ppa Pablo VI lo nombró cardenal el 28 de marzo de 1969.
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