Mucho tiempo trascurrido desde la noche de Belén. Veinte siglos parecen una eternidad, algo perdido en las nieblas del pasado donde nada tiene consistencia real. Sin embargo la Navidad es eternamente hoy: «un comienzo incesante. El comienzo que no 'fue' una vez, sino que 'está siendo' siempre, y está siendo en cada uno de nosotros» [1]
. Pasó el 25 de diciembre. A punto estamos de cruzar el umbral de un nuevo año… camino del Belén eterno.
«Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia el mar, como las ondas iguales y distintas de la corriente de mi vida: sangres y sueños. Pero yo, río en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi fuente»[2]
. Mi fuente es Aquel que dijo y sigue diciendo hoy: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. [Jn 14, 6] Yo hago nuevas todas las cosas. [Is 43, 19] El que es el mismo ayer, hoy y siempre [Tit 13, 8].
El ser humano es criatura con ansia hondísima de vivir sin límite, siempre, y Él nos asegura que, en verdad, más allá del tiempo ‑breve en todo caso‑ nos espera la eterna plenitud del gozo: Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida [3]
Escribe Juan: Queridísimos, nosotros somos ahora hijos de Dios, mas lo que seremos algún día no aparece aún. Sabemos que cuando se manifieste Jesucristo, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es» [4]. Juan sugiere una correspondencia entre conocer y ser. Habrá de ser elevado nuestro ser para conocer "como Él es". No como al través de velos, espejos o sombras, sino en Sí mismo [5]
. Allá, endiosados, extasiados, se contempla y vivi en el torrente inefable de Amor trinitario. Se escucha el diálogo eterno de las tres divinas Personas. Se asiste a la eterna generación del Hijo y a la espiración del Espíritu Santo.
«La juntura de todos los bienes»
Allá se encuentra «la juntura de todos los bienes» [6], toda la Verdad, toda la Bondad, toda la Belleza, toda la Sabiduría, todo el Amor que es Dios. Es contemplación que suscita amor inmenso, con entrega de toda la persona en un éxtasis de sumo gozo. Conocer, amar y ser, vendrán a ser lo mismo, o casi. Allá sí, parece decir Juan evangelista. «Si el amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el amor en el Cielo?» [7], donde el Amor se posee y se vive en toda su maravilla. «Vamos a pensar lo que será el Cielo (...) ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿ué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: 'ni ojo vio, ni oído oyó...' Vale la pena, ..., vale la pena»[8]
Se ha dicho que allá siempre se hallan en el centro de Dios y siempre arrebatados con su divina hermosura y belleza. Porque Dios es océano inmenso de maravillas y también como esencia que se derrama, y siempre está derramándose. Y como lo que se derrama son las grandezas y hermosuras, dichas y felicidades y cuanto en Dios se encierra, siempre el alma está como nadando en aquellas dichas, felicidades y glorias que Dios brota de sí.»
Decía en cierta ocasión un sacerdote santo: «Cuando demos el gran salto, Dios nos esperará para darnos un abrazo bien fuerte, para que contemplemos su Rostro para siempre, para siempre, para siempre. Y como nuestro Dios es infinitamente grande, estaremos descubriendo maravillas nuevas por toda la eternidad. Nos saciará sin saciarnos, no nos empalagará jamás su dulzura infinita»[10]. El fundamento es claro, se lee en el Apocalipsis de san Juan: Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: « Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios - con - ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado. » Entonces dijo el que está sentado en el trono: « Mira que hago un mundo nuevo. » Y añadió: « Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas.» [Apc, 21, 3-5]
Lo único necesario
Es cierto pues, que «allá no se sabe qué cosa es dolor, no hay enfermedad, no llega a ti muerte porque todo es vida, no hay dolor porque todo es contento, no hay enfermedad porque Dios es la verdadera salud. Ciudad bienaventurada, donde tus leyes son de amor, tus vecinos son enamorados; en ti todos aman, su oficio es amar y no saben más que amar; tienen un querer, una voluntad, un parecer; aman una cosa, desean una cosa, contemplan una cosa y únense con una cosa: Una sola cosa es necesaria [11]. Dice el gran Coro del Cielo: Acá te turbas por muchas cosas, allá una sola cosa te sacia [12].»
Nadie puede decir lo indecible. He aquí el testimonio de Teresa de Jesús: «Íbame el Señor mostrando grandes secretos... Quisiera yo dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible; porque en sola la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que allí se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la claridad del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni trazar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de luz que el Señor me daba entender como un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más»[14]
Oigamos aún algo más: «No padecerás allí límites ni estrecheces al poseer el todo; tendrás todo...»[15] . Como dice el Angel a Geroncio, en el poema de Newman:
Ya no puedes
abrigar un deseo
que no deba desearse [16]
Y así, según San Agustín, «este Bien que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo. Cuanto más insaciablemente seáis saciados de la Verdad, tanto más diréis a esta insaciable: amén, es verdad. Tranquilizaos y mirad: será una continua fiesta»[17]
Vivir desde el futuro
No son, éstos, sueños vanos, no son solo consuelo para los afligidos de este valle de lágrimas. Son objeto de una esperanza certísima, fundada en la palabra de Dios. Al extremo de que san Pablo, por su esperanza teologal, se consideraba en la tierra ya poseedor del Cielo: «Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo»[18]
. Por eso, el cristiano de fe ardiente, se adelanta a todos, vive desde el futuro, un futuro que ya es: Cristo Jesús. Viene de lo Eterno, camino hacia la Eternidad, sin perder un instante. Y si alguien preguntase por qué así, la respuesta habría de ser semejante a esta:
La eternidad es muy larga
(...) y llevamos prisa [19]
¿Cómo será "mi belén eterno" ?
Depende, claro es [20]. Mi belén eterno depende de la medida del Amor que haya conquistado en este tiempo fugaz. Qué bien se entiende la urgencia de san Josemaría: «Tened prisa en amar»[21]; «todo el espacio de una existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad»[22]. La eternidad, lejos de lo que algunos piensan, nos revela e ilumina todo el valor del tiempo. Nos enseña que aun eso, que aparece sin importancia, tiene un valor de eternidad [23]. Cada momento, cada ocupación, puede ‑y requiere‑ llenarse con todo el amor divino que se lleve en el corazón. Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» [24]. Este es el camino para arribar al Cielo: La santidad 'grande' está en cumplir los 'deberes pequeños' de cada instante [25]. Día a día, paso a paso llegará el momento de oír : muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor [26]. Yo mismo ‑dice Dios‑ seré tu recompensa inmensamente grande [27]
En la ventana del tiempo
Fascina siempre asomarse un poco a la ventana del tiempo, para verlo pasar. Cuántas cosas pasan en el tiempo. Cómo pasa el tiempo en las cosas. Crepúsculo y aurora se suceden en un breve espacio, quizá inadvertido en su hondura. Debiéramos maravillarnos más del fluir sin tregua de cuanto vemos, hacia el inmenso mar sin tiempo, instante único de gozosa plenitud, si se han sabido llenar de sentido divino los huidizos momentos del tiempo que ahora nos es dado. Es ésta una tarea suprema, porque
No remontan los ríos su curso hacia su fuente
y el sol de cada día no es nunca el mismo sol
y el minuto que muere se muere para siempre
y si ya no fue tuyo... ya nunca lo será
[28].
Quisiéramos asir el instante, que no se vaya, que ya no vuelve, que se va...
Ya es tarde, se fue... «El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta» [29]
«Estábamos hablando hace un instante: 'Dentro de veinte años, cuando yo tenga cuarenta y cinco...' Y de pronto (...) sin saber cómo, nos encontramos diciendo: 'Hace veinte años, cuando yo tenía veinticinco'. Y ¿qué es lo que ha pasado mientras tanto, en este dudoso, incojible, incomprendido instante?. Nada, eso, tiempo»
[30]
Sí, han pasado cosas, pero, buenas o malas, siempre ligeras. A menudo el tiempo finge una ilusión de eternidad, como si lo que hacemos hoy lo pudiéramos hacer siempre. Y no. El tiempo nos hiere desde nuestro primer suspiro. Pero si nos asomamos a la ventana de la eternidad y desde allí vemos el tiempo pasar, no apesadumbra.
¿Qué es el mar?
Nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es... ¡el vivir! El mar, parábola de la eternidad, estabilidad honda bajo la mudanza ‑serena o brava, siempre breve‑ de la superficie. Siempre se ha cantado al mar con más pasión que al río. Es que no anhelamos fluir en el tiempo, sino adentrarnos en lo eterno, en la intensa quietud de la Belleza y Amor plenos.
¿Qué misterios nos aguardan en las simas del mar?
Depende del cauce por donde haya fluido el río. Depende del contenido del brevísimo espacio que media entre el tiempo del nacer y el instante del morir. Depende de la hondura con que hayamos penetrado en el misterio de la vida y en el misterio de la muerte.
Depende; porque el tiempo pasa, pero no todo pasa con el tiempo. Hasta ha podido decirse que nada muere, que todo baja del río del tiempo al mar de la eternidad y allí queda. Todo pasa y todo queda. ¿No dice la Escritura que «son felices los que mueren en el Señor, porque sus obras les acompañan» [34]? Sí, «descansan de sus trabajos, porque sus obras les acompañan»
[35]
Los actos humanos graban siempre una huella en el alma y van escribiendo, de modo invisible a nuestra mirada roma, toda la historia de la persona. Quizá cuando se vea el alma en el más allá, podrá leerse en su transparencia inefable todo cuanto hizo. El alma humana, última en el orden de las criaturas intelectuales, por su naturaleza se alza sobre la creación corpórea, sin depender de ella. Aunque su acción, en cuanto toca a lo ínfimo y material que está en el tiempo, es temporal, cuando se mueve buscando las cosas supremas que están sobre el tiempo, participa de la eternidad.
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