Por Gustavo de Prado
Arvo Net, 27.06.2007.
CINE
Harry Potter y la Orden del Fénix
Intérpretes: Daniel Radcliffe, Rupert Grint, Emma Watson.
Dirección: David Yates.
Duración: 138 m.
Género: Aventuras.
Al estilo infantil que Chris Columbus imprimió a las dos primeras películas, le sucedió el toque oscuro, gótico y con algo de terror de Alfonso Cuarón en la tercera. El director mexicano parece haber marcado las pautas definitivas de la saga de “Harry Potter” de un modo adecuado.
Esta cuarta parte tiene algunos problemas que derivan de las dificultades para adaptar tanta letra impresa a la imagen cinematográfica.
Cuando se lee el libro y se llega a los párrafos que narran la batalla entre magos y mortífagos es fácil pensar: a ver cómo resuelven esto en la película.
Por muy increíble que nos parezcan las escenas de acción de “La jungla de cristal”, “Terminator” o películas por el estilo, sabemos que si un coche se estrella contra un helicóptero vamos a ver una explosión de las buenas, que a un navajazo le sigue una herida, a una explosión nuclear una ciudad devastada. Conocemos la causa y el efecto de modo que, aunque la secuencia sea una fantasmada, aceptamos suspender temporalmente la credibilidad. La suspensión de la credibilidad se sostiene en el delicado equilibrio que otorgamos a las relaciones entre realidad y ficción cuando ésta última está bien hecha.
Pero, ¿cuáles son las leyes de la magia? ¿Por qué una sucesión de rayos rojos y azules es la misma causa de un hombre volando por los aires, de una desaparición, de un dragón de fuego y de un mar de agua? La batalla de magos está bien filmada y es bonita pero no sabemos si tenemos que ponernos en tensión: no hay drama, no hay suspensión de la credibilidad, no hay empatía. Ése es el problema fundamental de “Harry Potter y la Orden del Fénix”. Allí donde la escritora podía permitirse el lujo de demorarse en explicaciones –y muy bien explicadas-, en la película nos limitamos a contemplar una elegante sucesión de fuegos de artificio con unas consecuencias ajenas a nuestra lógica cotidiana.
Otro de los problemas es la cantidad de cosas que no se explican acerca de las profecías, la sala de los orbes, las reacciones de los personajes…; pero se supone que la película va dirigida a quien ha leído el libro y es un interesado husmeador de los pasillos de Hogwarts que no precisa entrar en detalles.
Pese a ello, las dos horas y cuarto se pasan en un suspiro, es entretenida y mantiene el drama, la aventura, la acción, el humor... y el amor.
Éste es el primero de los aciertos. El enamoramiento superficial adolescente tiene la trascendencia adecuada: funciona como arranque dramático para la trama posterior. Aunque, para los no iniciados, quizá debería explicarse en la película qué es lo que hace el veritaserum y aclarar la involuntariedad de Cho Chang en su supuesta traición.
Segundo acierto: sorpresa. Indudablemente, lo que más llamará la atención de la película, al público adulto, es la subtrama relacionada con la educación. El espectador no podrá sustrarse a los curiosos paralelismos que se pueden establecer con la cuestión de la “Educación para la Ciudadanía” que se trata en España en estos momentos.
Y eso tiene mucha gracia. E interés. Porque demuestra que Joanne K. Rowling tiene más neuronas aprovechables de las que generalmente se le suponen. Ciertamente, aunque la autora ha tratado el tema en clave paródica, resulta muy evidente que tiene una idea muy clara de las nefastas consecuencias que podría acarrear la intervención política del Estado sobre la educación de las personas. Personas, más que ciudadanos.
En la película vemos cómo el Ministerio de Magia quiere manipular la educación de Hogwarts para mantener el poder. Para lograr sus objetivos, cambian las asignaturas con nuevos programas políticamente correctos. A todos nos suena muy de actualidad, ¿verdad? El espectador puede entrar al juego de esta trama más pronto o más tarde, pero es evidente que Rowling muestra una especial agudeza para tratar el tema de la educación. La misma habilidad que demostrará en “Harry Potter y el Príncipe Mestizo” para hablar de los secretos que guardan los gobiernos al silenciar determinados “accidentes” con víctimas mortales.
Rowling tendrá sus defectos, pero está lejos del relativismo moral del que algunos la acusan. O, por lo menos, está lejos de la utopía del paraíso en la tierra porque sabe que existen el bien y el mal. Y, sobre todo, está muy lejos de ser una ingenua porque tiene bastante claro cómo es la naturaleza humana. En la película (y en el libro) la profesora Dolores Umbridge, llegada a Hogwarts para imponer la corrección política del Ministerio de Magia, hace especial hincapié en el pacifismo. Obviamente, Harry, Ron, Hermione y el resto de los alumnos, alucinan cuando la profesora Umbridge les pide un pacifismo absurdo a ellos, que están amenazados de muerte por la violencia de Voldemort.
Es una parodia, sí, pero llega un momento en que, cada vez que uno ve a Dolores Umbridge, está viendo a la ministra Mercedes Cabrera. Con la ventaja, a favor de la película, de que Umbridge resulta graciosa en su sarcasmo y Cabrera no. □






