
|

 |
ENSAYOS ( Kurt Spang) |
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
El corazón de la Iglesia
|
 |
|
 |
Cultura y multicultura |
Vivimos un ajetreo cultural que se
opone á la cultura de la lentitud. Existe un exceso de
cultura, o, más bien, un predominio de la falsa y frenética.
Hay una cultura del recogimiento y otra de la alteración. |
La
cultura
abarca
aquello
en lo
que
interviene
el
hombre
Por
Kurt
Spang
De
tantas
culturas
que se
inventan
en estos
días
habrá
que
crear
muy
pronto
una
cultura
de las
culturas.
Están
multiplicándose
últimamente
muy
diversas
aplicaciones
y
acepciones
de la
voz y
del
concepto
cultura.
Además,
van
pululando
los
llamados
estudios
culturales,
de modo
que no
es de
extrañar
que el
consumidor
medio
quede
confuso
y
perplejo.
Una de
las
consecuencias
más
nefastas
de esta
proliferación
es que
se
desdibuja
el
concepto:
se están
borrando
los
límites
entre
ámbitos
muy
distintos,
aunque
reciban
la misma
etiqueta.
SI NOS
ENCONTRAMOS
hoy con
la voz
cultura
casi
siempre
se tiene
la
impresión
de que
se habla
de una
de las
muchas,
tal vez
infinitas,
posibilidades
de
realizarla
y que
nada
tienen
que ver
en el
fondo
las unas
con las
otras.
Tropezamos
con una
verdadera
avalancha
de
culturas
especificadas
a través
de
particularidades
geográficas,
históricas,
temáticas,
etc. Se
habla de
la
cultura
azteca,
de la
medieval,
de la
islámica,
hasta de
la
cultura
del
ocio;
pero se
evita
concretar
qué es
cultura
a secas.
Parece
sugerirse
de esta
manera
que esta
variedad
hace
imposible
la
existencia
de un
denominador
común,
que la
cultura
en
singular
no se
da.
Es
decir,
por
regla
general
solo se
ven
árboles
y se
pierde
de vista
el
bosque.
Por
ello,
antes de
emplear
el
término
cultura
se hace
cada vez
más
imprescindible
una
definición
previa
que
sustente
el
concepto
y evite
que haya
malentendidos.
Cabe, y
debería,
hacerse
una
primera
pregunta
que
inquiriese
si
existe
este
denominador
común
que, a
pesar de
las
múltiples
diferencias,
permita
reconocer
y fijar
lo que
todas
las
culturas
tienen
en común
y -cosa
no menos
importante-
lo que
distingue
la
cultura
de otro
concepto
clave:
la
incultura.
Es un
problema
semejante
al que
debe
preocupar
a los
expertos
de la
Unesco
cuando
están
llamados
a
averiguar
y
confirmar
si un
paisaje,
una obra
de arte,
un
edificio
o unas
instalaciones
industriales
pertenecen
al
patrimonio
cultural
de la
humanidad.
Porque
otorgar
esa
categoría
no
significa
otra
cosa que
reconocer
el
objeto
en
cuestión
como
perteneciente
a una
cultura
universal;
lo que
presupone
que
deben
existir
unos
criterios
supraindividuales
para la
clasificación
de
fenómenos
culturales.
Intentemos
encontrar
ese
núcleo
que nos
aleje de
la
diversidad,
de los
multiformes
árboles
culturales,
y nos
reconduzca
a la
unidad,
al
bosque
de la
cultura.
Me
importa
insistir
en el
hecho de
que sí
existe
la
heterogeneidad
entre
los
fenómenos
culturales.
De eso
no cabe
la más
mínima
duda.
Allí
donde
interviene
el
hombre
deja
siempre
su
impronta
personal
e
individual.
Sin
embargo,
lo mismo
que los
hombres
entre sí
poseen
una
multitud
de
rasgos y
características
comunes,
lo deben
poseer
también
los
actos y
las
obras
que
realizan.
En todas
las
reflexiones
acerca
de este
tema, el
concepto
de
cultura
se
relaciona
con el
de
naturaleza,
incluyendo
en esta
categoría
todo lo
preexistente,
lo que
se
desarrolla
y crece
sin
intervención
ajena.
En
cambio,
la
cultura
abarca
aquello
en lo
que
interviene
el
hombre,
comprendiendo
también
la
intervención
en su
propia
naturaleza
humana;
en
primer
lugar,
se
cultiva
a sí
mismo y
luego su
entorno.
Sin
embargo,
esta
intervención
no puede
ser
arbitraria,
no todo
el monte
es
cultura.
Quiero
decir
que el
hombre
también
puede
intervenir
de modo
nocivo y
destructivo
en su
entorno
y
hacerlo
hasta en
su
propia
naturaleza.
Sobran
los
ejemplos.
Es
decir,
también
existe
la
incultura.
Ortega
dijo en
cierta
ocasión
que sólo
el
hombre
puede
ser
inhumano
y ningún
animal
puede
ser
inanimal.
Por
tanto,
cada
actividad
cultural,
para ser
cultural,
tiene
que ser
forzosamente
positiva,
debe
contribuir
al bien
del
hombre,
a la
mejora y
al
progreso
de la
humanidad.
Se
percibe
en estas
distinciones
que la
palabra
cultura
siempre
designa
dos
aspectos:
la
actividad
cultural
y los
resultados
de esta
actividad.
Es
decir,
se
contemplan
a un
tiempo
los
productos
y la
capacidades
culturales.
Y es que
la
actividad
cultural
presupone
hombres
cultos:
sin su
voluntad
y
capacidad
no puede
surgir
la
cultura.
¿Qué
significa
ser
culto?
¿Quién
es
culto?
Desde
luego,
no es la
persona
que sabe
mucho de
ornitología
o del
Código
de
Hamurabi,
aunque
la
erudición
y los
saberes
cientíicos
no están
reñidos
con la
cultura.
Ahora
bien,
conviene
dejar
claro
que las
capacidades
culturales
no
constituyen
un
privilegio
de unos
pocos,
pues
todos
podemos
crear
cultura;
es más,
cada uno
debe
responsabilizarse
en este
aspecto,
porque
somos
seres
culturales
por
naturaleza.
Todos
estamos
llamados
a
contribuir,
en la
medida
de
nuestros
talentos
y
posibilidades,
a que
aumenten
y se
conserven
los
bienes
culturales.
Y la
actividad
cultural
ya
empieza
con el
respeto
de los
bienes
existentes.
¿Cuáles
son los
atributos
del
hombre
culto?
Posee y
desarrolla
una
serie de
destrezas,
virtudes
y
conocimientos
que
transforman
sus
actuaciones
en actos
culturales.
Las más
destacadas
de estas
propiedades
son: el
afán de
saber,
el amor
a la
verdad y
a la
justicia,
la
solidaridad
y la
sensibilidad
estética.
Cada
concepto
merecería
un
estudio,
pero
aquí me
limitaré
a lo
imprescindible:
solo
enumeraré
lo que
someramente
denomino
como
propiedades
culturales
y las
relacionaré
con
nuestras
experiencias
cotidianas.
Afán
de saber
y amar
la
verdad
La
primera
propiedad
cultural
es el
afán de
saber.
Se trata
de una
de las
más
importantes
y quizá
la más
originaria
de las
aspiraciones
del
hombre.
Desde el
momento
en que
tenemos
uso de
razón
queremos
conocer
las
personas
y las
cosas.
Lo
desconocido
atrae.
El mismo
hecho de
que a
algunos
lectores
les haya
interesado
el tema
que se
trata en
este
artículo
y que le
dediquen
su
atención
es ya
una
prueba
de que a
ustedes
también
les
mueve la
sana
curiosidad,
unas
ganas de
saber
que ya
se
iniciaron
en la
más
tierna
niñez
con la
exploración
del
entorno
inmediato
y de las
incansables
preguntas
por el
¿por
qué?
de las
cosas.
Hasta
nos
interesa
saber lo
que
saben
los
demás.
Si esto
no fuera
así, no
se
explicaría
que
millones
de
espectadores
miren
con
entusiasmo
los
concursos
de la
televisión.
Pero
sabemos
también
que lo
ajeno y
lo
desconocido
pueden
atemorizar
y pueden
llevar a
los
demasiado
cautos a
actitudes
de
rechazo
o
incluso
de
combate.
Para
superar
los
temores
es
necesario
abrirse,
mantener
vivo el
innato
afán de
descubrir
y
conocer.
Y para
lograrlo
es
imprescindible
solidarizarse
con los
hombres
y con
las
cosas;
amar es
conocer
y
conocer
es amar,
afirma
la
sabiduría
popular.
Con lo
cual ya
nos
encontramos
con la
solidaridad
que más
adelante
trataremos
con más
detalle.
La
segunda
propiedad
del
hombre
culto es
el amor
a la
verdad,
que
naturalmente
se
relaciona
con el
afán de
saber,
que es
lógicamente
un afán
de
conocer
la
verdad.
No
parece
ni
siquiera
exagerado
designar
a los
hombres
como
buscadores
de
verdad.
Nos
interesa
saber
siempre
qué es
de los
hombres
y de las
cosas
que nos
rodean.
En su
estado
originario,
verdad
significa
que lo
que
experimentamos,
lo que
pensamos
y
decimos
coincide
con la
realidad.
Las
cosas
como
son,
señala
la
expresión
popular.
La
ignorancia
y la
falsedad
nos
inquietan
y, si se
presentan
como
mentira,
nos
indignan.
E1
actual
tedio
político,
por
ejemplo,
tiene
sus
raíces
en la no
siempre
desacertada
suposición
de que
los
políticos
no
siempre
dicen la
verdad.
Amar
la
justicia
y la
solidaridad
Con ello
nos
acercamos
a la
tercera
propiedad
del
hombre
culto:
el amor
a la
justicia.
La
cultura
sólo
puede
prosperar
si todos
los que
participan
en una
común
tarea
cultural
son
personas
responsables,
si saben
distinguir
entre el
bien y
el mal,
entre lo
humano y
lo
inhumano,
si están
decididos
a hacer
el bien
y ser
fieles a
sus
principios
y a las
personas
con las
que
tienen
trato. A
nadie le
gusta
que le
roben la
cartera,
todos
nos
indignamos
si se
maltrata
a
indefensos,
si se
mata a
inocentes
o se
abusa de
niños.
Nos
solivianta
el
hambre
en el
mundo.
Ahora
bien, la
bondad
del
hombre
culto no
significa
sólo que
actúa
con
justicia,
sino
también
que hace
las
cosas
como
Dios
manda.
Es
decir,
habrá
que
matizar
y
distinguir
entre
hacer el
bien y
hacer
bien su
cometido.
Todos
conocemos
la
satisfacción
y la
alegría
que
produce
el
trabajo
bien
hecho, y
todos
sabemos
la rabia
y la
frustración
que
causa la
chapuza.
Hacer
bien y
hacer el
bien son
necesidades
fundamentales
del ser
humano,
y más en
el
hombre
culto.
Por eso
las
injusticias
y la
chapucena
nos
sacan de
quicio.
Ya
mencioné
la
solidaridad
como
propiedad
del
hombre
culto.
No
existe
cultura
sin
sociedad
ni
sociedad
sin
cultura,
es
decir,
cuanto
más
apoyo,
afecto y
simpatía
existe y
se
practica
entre
los
miembros
de una
comunidad,
cuanta
más
gente
tira de
la misma
cuerda y
se
propone
los
mismos
objetivos,
tanto
más se
logra y
tanto
más
cultura
y
auténtica
sociedad
surgen.
Porque
una
sociedad
no es
simplemente
la suma
de los
hombres
que la
componen,
sino el
entusiasmo
común
por
realizar
los
objetivos
que
sirvan a
la
humanidad
y
fomenten
su
dignidad
y
progreso.
Para que
haya
solidaridad
es
imprescindible
la
confianza
y la
constancia,
sin las
cuales
no puede
nacer ni
consolidarse
ninguna
comunidad,
desde la
más
íntima
de la
amistad
y del
matrimonio
hasta la
de más
envergadura,
como las
sociedades
o la
comunidad
de
naciones.
Una
sociedad
desconfiada
está
enferma,
y esta
enfermedad
se
transmite
a la
cultura:
cuanto
más
enferma
sea una
sociedad,
tanto
más
débil es
su
cultura.
Sensibilidad
estética
La
última
propiedad
del
hombre
culto es
la
sensibilidad
estética
y el
interés
por la
belleza.
La
belleza
constituye
la
perfección
estética
de toda
actividad
cultural.
Salta a
la vista
que la
falsedad,
la
mentira,
la
injusticia,
la falta
de
solidaridad
no
pueden
ser
bellas.
La
belleza
es el
esplendor,
la
limpieza,
el orden
que
culmina
nuestra
convivencia
y
nuestras
actuaciones.
No se
limita
al arte,
abarca
todos
los
ámbitos
existenciales.
Una
sonrisa,
un
saludo
amable,
un gesto
amistoso
pueden
ser tan
bonitos
como una
obra de
arte.
Las
manifestaciones
de la
belleza
son a
veces
instantáneas
y
efímeras,
otras
voces
perduran
durante
siglos.
La
inagotable
muestra
y fuente
de
belleza
es la
naturaleza
que nos
sorprende
constantemente
con
miles de
hermosuras.
No hace
falta
que
insista
en el
hecho de
que
todas
las
cosas
bellas
que nos
rodean
nos
satisfacen
y
conmueven
de
alguna
manera;
el
hombre
necesita
la
belleza
como
necesita
la
verdad y
la
bondad
porque
forman
su
alimento
espiritual,
que a su
vez le
da
fuerza
para
crear
cultura.
Con esto
se
cierra
el
círculo,
conociendo
los
atributos
del
hombre
culto
conocemos
también
las
cualidades
que
distinguen
los
productos
y bienes
culturales
que
crea. En
la
medida
en la
que son
verdaderos,
buenos y
bellos,
son
también
culturales.
Es obvio
que no
todas
las
intervenciones
culturales
ostentan
la misma
calidad
y
altura.
Los
grados
de
verdad,
bondad y
belleza
oscilan
y a
veces
son
difíciles
de
averiguar,
en gran
medida
porque
se
manifiestan
de
formas
diversísimas
e
inagotables.
Es el
misterio
de la
naturaleza
y de la
creación
humana
que
surgen
en
infinitas
variaciones.
Con
estas
propiedades
hemos
podido
encontrar
un
denominador
común
que
puede
servir
para una
definición
mínima
de la
cultura.
A esta
base
elemental
deben
añadirse,
según
los
casos,
los
aspectos
geográficos,
históricos,
temáticos,
etc. que
aportan
la
diversidad
a las
múltiples
variaciones
que
pueden
adquirir
las
actividades
y
exteriorizaciones
culturales,
también
las que
suelen
clasificarse
como
culturas
nacionales
o
étnicas.
Para
todas
las
comunidades
su
cultura
se
convierte
en una
especie
de seña
de
identidad,
un
conjunto
de
valores
y normas
con los
que se
identifican
y que
reconocen
como
suyos y
que
facilitan
su
convivencia
y su
actuación
cultural.
Las
comunidades
no sólo
necesitan
una red
social
que
garantice
su
bienestar
corporal
y
material,
sino
también
una red
cultural
que
procure
y
asegure
que se
encuentren
cobijados
y
protegidos
espiritual
y
emocionalmente.
Y si me
apuran,
sostendría
que esta
última
red
tiene
por lo
menos la
misma
importancia
que la
social,
si no
más. Es
una
orientación
que crea
sentido
común,
es
decir,
que
suministra
un marco
para la
actuación
en la
comunidad.
Es más,
estoy
convencido
de que,
a pesar
de las
múltiples
variantes
que
pueden
encontrarse
en las
diversas
culturas,
siempre
se
encontrarán
realizadas
de una
forma o
de otra
las
cinco
propiedades
que
vimos
antes; y
si se
minusvalorara
o
descuidara
una de
ellas,
ineludiblemente
la
cultura
se
debilitaría
y
enfermería
o,
incluso,
desaparecería.
No sería
la
primera
vez que
esto
ocurre.
Los que
hayan
leído
atentamente
el
título
se
habrán
dado
cuenta
que la
voz
multicultural
es un
invento.
En
efecto,
no se
suele
utilizar
este
sustantivo,
en
cambio
sí el
adjetivo
multicultural.
¡Cosas
de la
lengua!
Pienso
que este
sustantivo
puede
ser
bastante
útil y
creo que
el
concepto
de la
multicultura
puede
definirse
desde
dos
ángulos
de
vista.
En
primer
lugar,
puede
designar
la
coexistencia
de dos
culturas
autóctonas.
Vistas
así las
cosas,
la
cultura
universal
es la
multicultura
por
antonomasia,
precisamente
porque
se
subdivide
en
diversas
culturas
con sus
numerosas
particularidades.
Y ello
tanto en
la
perspectiva
histórica
como en
la
geográfica.
El
segundo
ángulo
de vista
en 1a
contemplación
de las
culturas
se fija
en el
proceso
dinámico
del
encuentro
de dos o
más
culturas
en un
espacio
originariamente
monocultural.
Una
variante
de esta
situación
multicultural
la
constituye
el
intercambio
casi
obligatorio
y
natural
entre
dos
culturas
que se
produce
en la
línea de
sutura
entre
dos
culturas
intactas
vecinas.
En estas
circunstancias
siempre
hubo una
especie
de
trueque
y
permuta
que ni
siquiera
se pudo
ni podrá
impedirse
nunca
erigiendo
muros,
como se
intentó
con la
Muralla
China o,
más
recientemente,
con el
Muro de
Berlín.
La
separación
y la
segregación
nunca
constituían
un
obstáculo
insuperable
para el
intercambio
y la
influencia
entre
dos
culturas.
En estas
reflexiones
quisiera
dejar de
lado
este
tipo de
intercambio
multicultural,
por ser
el más
natural
ya que
se
produce
en el
nivel
del
encuentro
y la
convivencia
individuales.
Dicho
sea de
paso,
siempre
y cuando
puede
realizarse
con
buena
voluntad,
en paz y
libertad,
constituirá
un
enriquecimiento
para
individuos
y
sociedades.
Me
interesa
aquí más
el caso
del
encuentro
o del
enfrentamiento
entre
dos
culturas
dentro
de un
ámbito
cultural
autóctono.
Teóricamente
pueden
distinguirse
tres
reacciones
posibles:
a) la
tolerancia
de la
cultura
ajena,
b) la
represión
y
violenta
opresión
de una
de las
dos
culturas
y c) el
mutuo
enriquecimiento
de las
dos
culturas.
Salta a
la vista
que esta
distinción
es más
teórica
que
real,
puesto
que la
actitud
de los
hombres
implicados
en este
proceso
de
contacto
cultural
nunca
será tan
unánime
y
uniforme.
Es más,
en la
mayoría
de los
casos,
si no
hay
violenta
eliminación
de una
de las
culturas,
se
producirá
una
paulatina
tolerancia
y con
ello un
enriquecimiento.
Si
tomamos
como
ejemplo
la
cultura
culinaria
-que
indudablemente
es un
aspecto
cultural
de suma
importancia-
nos
damos
cuenta
de que
casi
ninguno
de los
países
europeos
se
escapa a
la lenta
introducción
de
productos
y
procedimientos
culinarios
ajenos.
¿Existe
todavía
un país
europeo
o
incluso
americano
sin
pizzerías,
sin
restaurantes
chinos,
vietnamitas,
japoneses,
turcos,
etc.? Y
es de
suponer
que allí
no sólo
comen
los
respectivos
habitantes
de
aquellos
países
extranjeros.
Un caso
específico
son las
normas
de
comportamiento
dictadas
e
impuestas
en
países
totalitarios
como,
por
ejemplo,
la
antigua
Unión
Soviética,
China o
Corea
del
Norte,
por
citar
sólo
ejemplos
recientes.
Pronto
se
desarrollan
en estas
zonas
unos
modos de
vivir de
cara al
público
que
discrepan
notablemente
de las
privadas.
Cuanto
más
avancen
las
posibilidades
de los
medios
de
comunicación,
sobre
todo
Internet
o el
correo
electrónico,
tanto
más
difícil
será
impedir
contactos.
Invasión
cultural
En estos
momentos
no sólo
España
sino
toda
Europa
constituyen
una
muestra
ejemplar
d la
coexistencia
-no
siempre
exenta
de
conflictos
y
problemas-
de dos o
más
culturas.
Uno no
debería
olvidar
que
estos
procesos
de
amalgamamiento
cultural
que se
realizan
casi
siempre
paulatinamente,
a veces
duran
decenios
e
incluso
siglos.
En
cierto
sentido
es
comparable
a una
competencia
en la
que
vencerá
y
sobrevivirá
la
cultura
más
vigorosa.
Perderán
aquellas
culturas
cuyos
representantes
ya no
estén
dispuestos
a
defender
los
valores
que la
mantenían
como una
realidad
vigente
y
fructífera.
No
quiero
incurrir
en el
error de
aplicar,
conceptos
biológicos
a las
culturas:
no hay
determinismo
en las
culturas,
pero sí
síntomas
y
efectos
de
degeneración
parecidos
a los de
la
naturaleza,
que
hacen
que una
cultura
autóctona
pueda
ser
|
|
 |
 |
|
 |
 |
 |
|
 |
 |
Enviado por Nuestro Tiempo - 20/06/2005 |
  |
 |
|
|
|

|
| | | |