Durante
los años cincuenta, uno de los más
interesantes asuntos de debate intelectual
fue el problema de España. Se trataba de la
identidad histórica y cultural —religiosa,
en el fondo— de nuestro país. Laín Entralgo
mantenía que hay dos concepciones
antitéticas de lo que España significa: la
laica y progresista frente a la católica y
conservadora. Calvo Serer, en cambio,
contribuía a la polémica con un libro
titulado España sin problema, donde defendía
la tesis de que sólo hay una interpretación
válida: la tradicional. Hoy se ocupan del
tema los historiadores de nuestra cultura
reciente. Pero ello no equivale a que España
haya dejado de ser problemática. Sólo que
nuestro problema es otro o, quizá, una
variante de aquél.
Ya vuelve el español donde solía: a no saber
qué hacer con su país, a dejarse llevar por
un pesimismo y una superficialidad que le
privan de las fuerzas necesarias para salir
del atasco en el que ahora nos deja la
crisis social y económica. Lo inmediato y
fácil es señalar con dedo acusador a los
políticos. La semana recién transcurrida nos
ofrece notorios ejemplos de la poca
capacidad resolutiva que presentan los dos
más importantes jefes de fila: Zapatero y
Rajoy. El presidente del Gobierno ha
ofrecido una imagen patética en el Congreso,
porque no sabía qué decir a propósito de una
recesión económica que, hasta hace bien
poco, se negaba a reconocer frente a la
pública evidencia. Por su parte, el máximo
responsable del PP se queda como paralizado
ante las manifestaciones de lucha interna y
corrupción en su propio partido. La opinión
cada vez más extendida es que ninguno de los
dos está a la altura de la situación. Urgen
los relevos. Pero esta debilidad política no
es la causa de nuestras desazones.
Constituye más bien uno de sus efectos. Lo
que se encuentra en el fondo es una falta de
vitalidad que arrastramos desde tiempo
atrás. El filósofo y sociólogo Georg Simmel
mantuvo que la esencia de la vida estriba en
anhelar más vida. En la misma línea, Ortega
denunció que los españoles carecen de la
ambición intelectual necesaria para
interesarse por problemas que trasciendan
sus intereses subjetivos. Y esto es algo que
se sigue advirtiendo en las conversaciones
diarias y en las páginas de los periódicos.
Fuera de las victorias de la selección
española de fútbol, el españolito no vibra
por nada. Traga carros y carretas ante
atropellos manifiestos y decisiones que
comprometen el futuro colectivo. Lee muy
poco y casi nada de lo que tenga cierta
enjundia, como manifiestan las listas de
libros más vendidos. No existen, como en los
países de nuestro entorno, revistas
políticas de cierto nivel. Apenas se conocen
publicaciones de arte y pensamiento que no
estén subvencionadas por entidades
autonómicas y locales, con su consiguiente
etnocentrismo; mientras que los suplementos
culturales de los periódicos más importantes
sólo se ocupan de los libros publicados por
las editoriales comerciales o por los
escritores ideológicamente afines, es decir,
por los intelectuales de la presunta
izquierda templada. Pero nadie se atreve a
levantar la voz.
Arrastramos, en expresión del propio Ortega,
una vida mínima: algo así como la modorra
invernal de quienes nada exigen a la hora
que pasa, ni esperan nada los unos de los
otros, ni en general de la existencia.
El problema de España es ahora éste: ¿cómo
espabilarnos para plantear a fondo las
cuestiones que tan seriamente nos afectan?
¿de qué modo podríamos avivar la educación y
la cultura con objeto de adquirir la
sensibilidad necesaria para percibir las
oportunidades que, junto con las carencias,
se nos presentan continuamente? En
definitiva, tendríamos que preguntarnos,
como el Calígula de Camus: ¿aún vivimos?
La incuria que siempre hemos lamentado como
propia afecta ahora, primordialmente, a
nuestros recursos intelectuales. España es,
hoy por hoy, un páramo de ideas operativas.
Entre tantos comentarios y consideraciones
acerca de la crisis, no se ha escuchado una
sola propuesta rompedora de inercias,
rebelde frente a la mediocridad ambiental.
Ahora se podría formular así la tan
comentada advertencia electoral: ¡Es el
pensamiento, imbéciles, es el pensamiento!
Alejandro Llano es
catedrático de Metafísica
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