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VIDA MÍNIMA (Alejandro Llano)

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Vida mínima, por Alejandro Llano

Vida mínima

Ya vuelve el español donde solía:
a no saber qué hacer con su país

Alejandro Llano 
Gaceta.es

14.02.2009

Durante los años cincuenta, uno de los más interesantes asuntos de debate intelectual fue el problema de España. Se trataba de la identidad histórica y cultural —religiosa, en el fondo— de nuestro país. Laín Entralgo mantenía que hay dos concepciones antitéticas de lo que España significa: la laica y progresista frente a la católica y conservadora. Calvo Serer, en cambio, contribuía a la polémica con un libro titulado España sin problema, donde defendía la tesis de que sólo hay una interpretación válida: la tradicional. Hoy se ocupan del tema los historiadores de nuestra cultura reciente. Pero ello no equivale a que España haya dejado de ser problemática. Sólo que nuestro problema es otro o, quizá, una variante de aquél.    

Ya vuelve el español donde solía: a no saber qué hacer con su país, a dejarse llevar por un pesimismo y una superficialidad que le privan de las fuerzas necesarias para salir del atasco en el que ahora nos deja la crisis social y económica. Lo inmediato y fácil es señalar con dedo acusador a los políticos. La semana recién transcurrida nos ofrece notorios ejemplos de la poca capacidad resolutiva que presentan los dos más importantes jefes de fila: Zapatero y Rajoy. El presidente del Gobierno ha ofrecido una imagen patética en el Congreso, porque no sabía qué decir a propósito de una recesión económica que, hasta hace bien poco, se negaba a reconocer frente a la pública evidencia. Por su parte, el máximo responsable del PP se queda como paralizado ante las manifestaciones de lucha interna y corrupción en su propio partido. La opinión cada vez más extendida es que ninguno de los dos está a la altura de la situación. Urgen los relevos. Pero esta debilidad política no es la causa de nuestras desazones. Constituye más bien uno de sus efectos. Lo que se encuentra en el fondo es una falta de vitalidad que arrastramos desde tiempo atrás. El filósofo y sociólogo Georg Simmel mantuvo que la esencia de la vida estriba en anhelar más vida. En la misma línea, Ortega denunció que los españoles carecen de la ambición intelectual necesaria para interesarse por problemas que trasciendan sus intereses subjetivos. Y esto es algo que se sigue advirtiendo en las conversaciones diarias y en las páginas de los periódicos. Fuera de las victorias de la selección española de fútbol, el españolito no vibra por nada. Traga carros y carretas ante atropellos manifiestos y decisiones que comprometen el futuro colectivo. Lee muy poco y casi nada de lo que tenga cierta enjundia, como manifiestan las listas de libros más vendidos. No existen, como en los países de nuestro entorno, revistas políticas de cierto nivel. Apenas se conocen publicaciones de arte y pensamiento que no estén subvencionadas por entidades autonómicas y locales, con su consiguiente etnocentrismo; mientras que los suplementos culturales de los periódicos más importantes sólo se ocupan de los libros publicados por las editoriales comerciales o por los escritores ideológicamente afines, es decir, por los intelectuales de la presunta izquierda templada. Pero nadie se atreve a levantar la voz.

Arrastramos, en expresión del propio Ortega, una vida mínima: algo así como  la modorra invernal de quienes nada exigen a la hora que pasa, ni esperan nada los unos de los otros, ni en general de la existencia.

El problema de España es ahora éste: ¿cómo espabilarnos para plantear a fondo las cuestiones que tan seriamente nos afectan? ¿de qué modo podríamos avivar la educación y la cultura con objeto de adquirir la sensibilidad necesaria para percibir las oportunidades que, junto con las carencias, se nos presentan continuamente? En definitiva, tendríamos que preguntarnos, como el Calígula de Camus: ¿aún vivimos?

La incuria que siempre hemos lamentado como propia afecta ahora, primordialmente, a nuestros recursos intelectuales. España es, hoy por hoy, un páramo de ideas operativas. Entre tantos comentarios y consideraciones acerca de la crisis, no se ha escuchado una sola propuesta rompedora de inercias, rebelde frente a la mediocridad ambiental. Ahora se podría formular así la tan comentada advertencia electoral: ¡Es el pensamiento, imbéciles, es el pensamiento!

Alejandro Llano es catedrático de Metafísica

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Arvo Net, 14/02/2009

©Arvo.net, 14/02/2009
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Enviado por Gaceta.es - 14/02/2009 ir arriba
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