“Lo interior, así es como empieza la vida” (146), concluye Javier Aranguren en una de las más de 150 reflexiones que componen Lo que pesa el humo (Rialp, Madrid, 2001, 327 págs.); y verdaderamente es un resumen perfecto de su libro, en el que reúne sus colaboraciones diarias en Radio Universidad de Navarra. En él, a través de historias, pequeños comentarios de noticias, libros, películas, anécdotas de su infancia o escenas de cualquier vida, asistimos a otra vida, la de su autor, que habla desde la intimidad para mostrarnos el mismo escenario de siempre iluminado por una nueva luz, la de la admiración por la realidad, la del entusiasmo, la esperanza, la solidaridad y, sobre todo, el amor. Los detalles más nimios aquí cobran importancia, peso.
Aranguren (Madrid, 1969) es profesor de Antropología en la Universidad de Navarra y autor de libros de ética y antropología: ¿Puedo estar seguro de algo?, Resistir en el bien o Fundamentos de Antropología. Un ideal de la excelencia humana (junto a Ricardo Yepes ). Sin embargo, él mismo reconoce que en Lo que pesa el humo se encuentra todo lo que piensa verdaderamente. Así como Kant explica el modo de pesar el humo, algo aparentemente etéreo e intangible, Aranguren rescata todo aquello invisible que ha ido dejando peso sobre el alma. Piensa, recuerda en voz alta, despierta preguntas de forma imperceptible.
En este libro nos encontramos ante “situaciones curiosamente ordinarias, ya que es precisamente en el transcurrir días tras día donde los hombres se hacen las grandes preguntas sobre el sentido, sobre las razones de su esperanza”. Tras leer sus páginas queda la sensación de que existe otra forma de vivir la vida, más pausada, más consciente y profunda. “¿Permite el maremagno de la información una sola respuesta segura a las cuestiones sobre el sentido?”. La respuesta de Aranguren es que siempre hay lugar para la reflexión, para lograr una mayor posesión de lo que se hace, para vivir plenamente sin que esto se contraponga a la pasión, sino que posibilita “elevar la mirada sobre el propio yo para afirmar la vida”, alcanzando un amor más intenso a aquello que, de esta forma, se conoce y se vive. En medio de este maremagno, de un caos de situaciones, personajes, miedos, y preguntas, “el autor, que resulta que es filósofo”, se despega de cualquier abstracción inútil para llegar a las cuestiones de la vida que más le importan, y entre todas ellas se encuentra el amor, “el motor de la vida que se anhela”, el motor de la verdadera revolución, que “no consiste en un movimiento de masas, sino en el cambio (la conversión) del corazón, que descubre que toda su tarea está en amar, y amar no a las grandes ideas, sino a las personas”.
Marta Revuelta , Nuestro Tiempo, octubre de 2001
Un capítulo de «Lo que pesa el humo»
La última forma del amor
Hay veces en que la gente te dice que es demasiado difícil, que no compensa eso de amar a alguien porque te lía: te comprometes, le das tu corazón y, sin previo aviso, te llevas un desengaño que hunde el resto de tus proyectos, que te arranca la tranquilidad de una vida normal con su serena monotonía, que te impide la sencillez, el trabajo metódico de relojero suizo (con la lupa bien pegada al ojo para no ver más allá de su pequeño mundo tan exacto), y es un fastidio.
Verdaderamente, una vida sin compromisos parece mucho más llevadera: en ella no caben líos ni malentendidos, ni la enésima discusión con la novia o novio del momento («si no me has hablado bien, si te vas con tus amigos, si ya no me haces caso, si tus padres son unos pesados, etc.»), ni las lágrimas porque ha tenido un accidente («¡Yo siempre le decía que conducía muy rápido!») o porque de pronto te deja.
La vida sin amor, en efecto, parece muy pacífica, pero ¡debe ser de aburrida! Desde luego, que si no se tienen amigos, o amores, no se va a sufrir por perderlos, pero ¡lo que se perdería justamente es lo más interesante del juego de la existencia! E incluso el dolor puede servir de cauterio ante la decepción del fallo, o la pérdida, del amado.
Así lo entiende Pedro Salinas, en ese libro tan profundo que es La voz a ti debida, cuando dice: «No quiero que te vayas,/ dolor, última forma/ de amar». El dolor es un aviso, un recuerdo de toda la realidad que estuvo presente en el amor que ahora parece que falta. Y es también una confirmación de la grandeza del hombre que se atrevió a intentar tanto; del hombre que quiere volar como Ícaro, y derretirse, y morir antes de permanecer pegado al sucio polvo gris de la tierra.
Concluye Salinas: «Si tu no me quedaras,/ dolor, irrefutable,/ yo me lo creería;/ pero me quedas tú./ Tu verdad me asegura/ que nada fue mentira./ Y mientras yo te sienta,/ tu me serás, dolor,/ la prueba de otra vida/ en que no me dolías./ La gran prueba, a lo lejos,/ de que existió, que existe,/ de que me quiso, sí,/ de que aún la estoy queriendo».
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