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DICTAMEN SOBRE DIOS (Urbano Ferrer Santos)

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DICTAMEN SOBRE DIOS

De José Antonio Marina, por Urbano Ferrer Santos: "Su tesis se va perfilando en el sentido de que las religiones han de someterse a la ética, nacida de ellas, pero que al final las fagocita y sitúa al nivel de lo universal

Marina, José Antonio
Dictamen sobre Dios ,
Anagrama, Madrid, 2001, 272 págs.

Por Urbano Ferrer Santos

El último libro de José Antonio Marina Dictamen sobre Dios posee las mismas características de sus otros libros de ensayo: ser brillante, documentado y que conecta fácilmente con las preocupaciones del hombre de hoy, en este caso religiosas. Parece que la importancia y grandeza del tema le desbordan, al llevarle a admitir la provisionalidad de sus conclusiones en la última página: "Este es el dictamen que emito según mi más leal saber y entender, y que, de acuerdo con una sana tradición que la filosofía debe aprender de los dictámenes jurídicos, someto a cualquier otro argumento mejor fundado en la realidad de los hechos".

Tomo pie en esta invitación para abordar algunos aspectos de la conexión entre ética y religión o, en terminología del autor, entre el círculo profano de las evidencias públicas y el círculo sagrado de las evidencias privadas. Marina presenta ambos círculos como incomunicados. Su tesis se va perfilando en el sentido de que las religiones han de someterse a la ética, nacida de ellas, pero que al final las fagocita y sitúa al nivel de lo universal. Y el Dios que encuentra a partir del círculo profano se limita a la dimensión divina del existir mundano, una vez que niega validez al principio ontológico de causalidad -como medio de acceder al existir increado- por entender, al modo kantiano, que es arbitrario detenerlo en un Ser incausado.

Mis discrepancias empiezan a propósito de la identificación de la verdad religiosa con la evidencia privada, ya que la verdad aceptada por fe nunca puede resolverse en evidencia, y los signos racionales de credibilidad que acompañan a la fe no son meramente privados, sino que pueden ser transmitidos, sin que basten para engendrar la adhesión por fe. Pero es a propósito de la presunta incomunicación entre la ética y la religión donde quisiera mediar con dos observaciones, que sirven de punto de encuentro entre ambas.

En primer lugar, la ética se encuentra con la disarmonía en el conjunto del hombre, tal que se le hace necesario el autodominio propio de la virtud de la templanza cuando quiere actuar en conformidad con la recta razón. ¿De dónde este desorden interior, que tiene todos los visos de un enigma y que le hacía decir a Horacio: "video meliora proboque, deteriora sequor"? Pues bien, el Antiguo Testamento lo explica a partir del pecado de nuestros primeros padres, que el Nuevo Testamento pone en el origen de todo pecado personal, una vez transmitido como inclinación desordenada o fomes peccati : "Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte...", dice San Pablo. Claro está, que el pecado como ofensa a Dios tiene no poco de enigmático, y, como decía Kierkegaard, es necesaria una gran fuerza interior para reconocer su peso en el hombre.

En segundo lugar, tampoco la ética puede dar explicación del sufrimiento humano en sus distintas vertientes, por más que lo constate y constituya un escándalo -motivo de tropiezo- para ella dentro del círculo profano en que se mueve. Es una segunda ventana de la ética hacia la Revelación de Dios en Jesucristo, pues mirando a Cristo en la Cruz el sufrimiento no merecido -no accesible a la razón ética- tiene una respuesta. Esta respuesta no es sólo la esperanza en una vida ultraterrena definitiva, sino que es también la energía sobrenatural para transformar el sufrimiento en bendición y de la que el cardenal vietnamita Van Thuan daba testimonio en Madrid el pasado febrero al haberlo soportado durante sus largos años de celda e incomunicación.

Pero si la relación entre los dos círculos la advertimos en el sentido opuesto -de la religión a la ética-, entonces el círculo religioso deja también de ser un círculo cerrado, ya que las virtudes sobrenaturales tienen su anticipo en .las virtudes humanas correspondientes: la fortaleza humana es necesaria para la firmeza en la fe, la lealtad humana es la base de la fidelidad a Dios..., hasta el punto de que las segundas sin las primeras pueden ser falaces. Dice, en efecto, Jesús a Nicodemo: "Si cuando os digo las cosas de la tierra no creéis, ¿cómo creeréis si os hablase de las celestiales?" (Jo, 3, 12). Esta apertura se muestra en que, para el cristiano, el misterio de la Encarnación significa que no hay realidades que sean exclusivamente profanas, decía el Beato Escrivá ( Es Cristo que pasa , n°. 112).

Abundan las indefiniciones y descontextualizaciones de los lugares religiosos aducidos y de los principios éticos a que apela. E1 uso del Catecismo de la Iglesia Católica hubiera sido un punto de referencia seguro para las verdades de fe y de moral católica. Mi gran aprecio intelectual y humano por José Antonio Marina, del que he dado cuenta en los comentarios a otras obras suyas y al que él ha correspondido generosamente, me invitan a pedirle que no dé por zanjadas cuestiones tan fundamentales existencialmente como las que plantea en este libro.

 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

10/07/2005 ir arriba
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