Carlos Goñi
Zubieta
Alma femenina. La
mujer en la
mitología
Ed. Espasa, Madrid,
2005.
El autor es
doctor en Filosofía
por la Universidad
de Barcelona. Autor
de una veintena de
libros, desde
novelas hasta
ensayos de
filosofía. Ha
publicado diversas
obras sobre la
antigüedad clásica.
Otras obras
publicadas:
Cuéntame un mito,
Lo femenino y en
colaboración con su
mujer, Pilar Guembe,
ha escrito dos
libros sobre
educación: No se
lo digas a mis
padres y ¡Es
fácil ser padres!
Muy didáctico y
divulgativo, narra
decenas de mitos
griegos y hace una
importante
reflexión, a través
de Helena, sobre el
papel de la mujer en
la sociedad actual.
Lectura clara y
amena, bien
documentada. Se
trata de un libro
del tipo de El
mundo de Sofía.El
autor es un experto
en el tema.
Helena: la “cuarta
mujer”
(extracto del libro,
pp. 175-177)
La mitología se
mueve en los
vértices del
delta de Venus,
pero apunta al
núcleo donde habita
la “cuarta mujer”.
Sus tres grandes
modelos son las
diosas que se
presentaron al
primer certamen de
belleza: Afrodita,
Atenea y Hera. Pero
Paris, único miembro
del jurado, elige a
la mujer que no está
presente, a la mujer
mortal, a la de
carne y hueso, a la
mujer que no es una
abstracción, sino
real; Paris elige a
Helena de Esparta.
Helena nace del
huevo que puso Leda
tras ser seducida
por Zeus. Leda, hija
del rey de Etolia,
Testio, estaba
casada con Tindáreo.
Para eludir al dios
se transformó en
oca, sin pensar que
el rey del Olimpo
podía también
metamorfosearse. Así
lo hizo, y
convertido en cisne,
Zeus se unió con la
oca, y Leda quedó
encinta. Al cabo del
tiempo, puso un
huevo del que nació
Helena.
Recapitulemos:
Afrodita surgió de
las olas fecundadas
por Urano; Atenea,
de la cabeza de
Zeus; Hera, nació
dos veces. Por su
parte, Helena tuvo
que romper el
cascarón del huevo
que había puesto su
madre, o lo que es
lo mismo, tuvo que
arreglárselas para
nacer. Helena
representa la
“cuarta mujer”, el
cuarto modelo que
ocultan las tres
diosas, porque, en
el fondo, la
envidian. Es
superior a ellas y
encarna lo que ellas
no pueden
representar: es
madura como Afrodita
y Hera, libre como
Atenea y Afrodita, y
pura como Hera y
Atenea; tiene, por
tanto, la madurez
que le falta a
Atenea, la libertad
que no tiene Hera y
la pureza de que
carece Afrodita.
¿Cómo es posible que
una mortal, aun
cuando tenga un
padre inmortal y ese
padre sea el propio
Zeus, exprese la
feminidad de una
forma más cabal que
la propia divinidad?
La respuesta hay que
buscarla en la misma
esencia de lo
femenino. Las tres
diosas representan
las abstracciones de
la mujer, pero no la
mujer concreta, la
mujer real. Porque
lo femenino es más
que la suma de
Afrodita, Atenea y
Hera, del mismo modo
que una mujer
hermosa no es el
resultado de unir
una cara guapa, unos
senos sensuales y
unas piernas
alargadas, como nos
lo hacen creer las
portadas de las
revistas de moda.
La mitología titubea
ante la figura de
Helena, no sabe si
considerarla la
imagen de la
femme fatale o
un nuevo arquetipo
de lo femenino. El
caso es que la hija
de Leda y Zeus ocupa
el centro del ciclo
mitológico de la
guerra de Troya. Una
mujer capaz de
provocar una guerra
de ese calibre no es
solo una mujer, sino
la personificación
(no la abstracción,
repito) de una parte
esencial de la
feminidad.
Por nacer de un
huevo, Helena
muestra algunos
rasgos especiales.
El más decisivo es
la libertad. Helena
no es alumbrada por
su madre, sino que
ella misma tiene que
romper el cascarón.
Ese origen ovíparo
le dará, en sentido
figurado, alas para
tomar decisiones a
lo largo de su vida.
Como veremos, Helena
puede elegir marido,
una verdadera
excepción en la
sociedad en la que
se encuentra; por
esa doble calidad de
mamífero y ave,
tiene poder seductor
(como las Sirenas,
que también
participaban, no
simbólica sino
físicamente, de la
naturaleza femenina
y la ornitológica) y
puede decidir si
amamanta o no a sus
hijos. Helena es
dueña de su
virginidad, una
virginidad que no
está protegida por
una armadura y un
escudo, como en
Atenea, sino por un
cascarón que sólo
ella puede decidir
romper. Un hombre es
capaz de arrebatar
la “honra” a una de
las cofrades de
Atenea, en cambio
Helena se entrega
libremente. Por eso,
no es propiamente
raptada por Paris,
sino que, más bien,
se deja raptar.
(Ovidio pone estas
palabras en boca de
Enone, la ninfa que
amaba Paris en el
monte Ida: “la que
secuestran tantas
veces es porque se
deja secuestrar”,
Cartas de las
heroínas, 5).
El “rapto de Helena”
no es un
rapto-secuestro
como el que sufren
muchas de las
compañeras de
Atenea, tampoco un
rapto-arrebato
atizado por
Afrodita, ni un
rapto-retención
presidido por Hera.
No, el “rapto de
Helena” es una
decisión libre,
tomada con todas sus
consecuencias: nada
más y nada menos que
el desencadenamiento
de una guerra. El
propio don Quijote,
cuando ve, en el
último mesón en que
se hospeda, “pintada
de malísima mano el
robo de Elena”, dice
Cervantes que “notó…
que Elena no iba de
muy mala gana,
porque se reía a
socapa y a lo
socarrón” (Don
Quijote de la Mancha,
ii, cap.
lxxi).
En un principio, ya
desde el monte Ida,
Helena parece una
victoria de
Afrodita, su
protectora;
posteriormente un
triunfo de Hera,
pues llega a tener
cinco “maridos”
—Teseo, Menelao,
Paris, Aquiles y
Deífobo—; incluso, a
veces, se nos
presenta como una
cofrade de Atenea,
dueña y señora de
sus propias
decisiones.
Helena es la mujer
fuera de los
estereotipos, que no
se somete a la
tríada divina, sino
que es Afrodita,
Atenea y Hera, según
su voluntad. Helena
es la “cuarta
mujer”.
Ver en esta misma
web:
CUENTOS PARA
DESPERTAR