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MANIPULACIÓN DE EMBRIONES HUMANOS (Natalia López Moratalla)

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MANIPULACIÓN DE EMBRIONES HUMANOS

 
MANIPULACIÓN DE EMBRIONES HUMANOS
[Artículo publicado con anterioridad a la transformación del proyecto de Ley de Reproducción Humana Asistida, que ha resultado ser mucho más inquietante de lo que se pensaba]

La magnitud de la manipulación de los seres humanos en fase embrionaria ha alcanzado cotas impensables hace 25 años, cuando comenzó la práctica clínica de transmisión artificial de la vida. Las técnicas de reproducción artificial surgieron en el ámbito de la medicina como un medio de “asistir”; como una solución extrema para permitir la fecundación mutua de los gametos de un hombre y una mujer que desean procrear pero presentaban algún tipo de obstáculo, o alteración, que hace imposible el encuentro y fusión de sus propias células germinales. Empezó siendo un medio de solucionar, aunque sin curar, algunas formas de esterilidad.

El Magisterio de la Iglesia condenó la fecundación in vitro, en cualquiera de sus variantes, ya que supone sustituir el engendrar de los padres por un proceso en que el hijo es producido. Desoídas las profundas razones antropológicas que iluminan y guían la verdad de la transmisión natural de la vida humana, el legitimo deseo de hijos de un matrimonio estéril -legítimo en cuanto deseo-, se ha convertido en un falso derecho a la felicidad que conlleva la paternidad y a la satisfacción de gestar una criatura, sin reparar en lo que supone negarle al hijo el tener su origen en la expresión del amor de sus progenitores; y lo que significa no ser concebido y acogido en su madre, incluso también en el sentido del riesgo que corre su vida y su integridad física por la situación no natural de su origen y ante esa falta de acogida.

El criterio moral es muy claro: la manipulación de la reproducción humana debe ayudar a que la unión corporal permita el fruto natural de concebir el hijo. Es un límite racional para todas las personas (no sólo para los católicos) que da respuesta profundamente humana a cual de los dos derechos humanos en conflicto debe prevalecer: si el del hijo a tener su origen en el engendrar de sus padres con su biología no programada y elegida “desde fuera” y acogido en el seno materno en una plena unidad de concepción, nacimiento y crianza, o por el contrario, el “derecho a un hijo”, el derecho a tener en propiedad y gestar una criatura, o incluso el derecho a tener la opción a elegir frente a la procreación natural incluso de mujeres solas. La gama actual de situaciones aceptadas en la práctica real (tales como donantes de gametos, madres de hijos sin padre, madres ancianas, madres de alquiler, hijos a la carta, donación de embriones, uso de las técnicas para selección de los embriones que no porten una tara genética heredable con eliminación de los portadores, etc.) excede los limites clínicos planteados en los inicios, para convertirse en una medicina “del deseo” y en una eugenesia prenatal que permite elegir “el mejor” y destruir a sus hermanos.

Es importante conocer los aspectos científicos y técnicos acerca de la práctica de la llamada reproducción humana asistida y acerca de la situación de alto riesgo para la vida y la integridad física de los embriones así obtenidos y manipulados en el laboratorio. Es necesario conocer qué ocurre, de hecho, y que se disimula y oculta de la realidad, para ser capaces de comprender la urgente necesidad de reforma de la Ley de 1988, y los aspectos positivos y la insuficiencia de la reforma legislativa en curso; y sobre todo, poder proseguir en la tarea de reducir los graves abusos contra el respeto a la vida naciente y a la dignidad de la procreación que se dan a diario y que permite nuestra legislación.

Los dos “noes” de la reforma

La reforma actual aborda dos ámbitos y da dos tímidos noes a la situación moral y humanamente inmantenible a la que se ha llegado. En primer lugar, que no vuelva a darse el abuso, injustificable desde todo ángulo, de producir embriones en exceso, para elegir y que los restantes se conviertan en sobrantes del proceso. Acabar con el abuso de hijos buscados y que no son acogidos en el seno materno para que puedan tener la posibilidad de desarrollarse y nacer, a que toda persona tiene derecho. Un derecho, que es derecho básico y fundamental, a no ser abandonados y quedarse almacenados con su vida detenida en el frío. Este “no” es firme (todo embrión producido tiene que ser acogido en el proyecto parental de los progenitores), pero se hace tímido al admitir alguna excepción al número máximo de óvulos fecundados al mismo tiempo, por razón de la patología de los progenitores, en tanto en cuanto podría que dar alguna puerta abierta a la posibilidad de producir un número más elevado de hijos, y que estos no pudieran de hecho ser acogidos por los padres. La fuerza o timidez de este punto se verá claramente en el decreto ley que regule este punto.

En segundo lugar, la reforma trata de definir qué es legal, y qué no es legal, hacer con los embriones conservados congelados y declarados sobrantes (tras un arbitrario plazo legal) por la negativa de los progenitores, y de los técnicos de los centros de reproducción humana asistida, a transferirlos al útero de la madre para desarrollarse y vivir. Si los padres no están dispuestos a acoger los hijos excedentes de su proyecto reproductor, y tampoco existe quien pueda o quiera acogerlos, miles de seres humanos en fase embrionaria están, de hecho, condenados a morir en el día uno, o dos, o cinco como máximo, de su vida. Vida que alcanzaron en el laboratorio y que fue parada para congelarles y crioconservarles sin destino. A esta injusticia (sin otro precedente en la historia de la humanidad que el aborto), se ha pretendido insistentemente sumar otra más (cuyo precedente próximo es la experimentación en vivo, legalizada por los nazis, en pro del progreso científico): usar los embriones sobrantes vivos para una investigación con fines terapéuticos, mas o menos ambiguos.

Lo que se pide, bajo la justificación del fin humanitario de aliviar el dolor, es nada menos que reanimar los embriones crioconservados sobrantes (que no puedan ser transferidos para que se implanten, y por tanto embriones no implantables, de hecho, sea cual sea su situación de vitalidad) para que vivan y se desarrollen in vitro durante unos días hasta alcanzar el tamaño suficiente para poder obtener las llamadas células madre embrionarias, diseccionando el embrión en su fase de blastocisto y por tanto matándole. Este planteamiento se presenta bajo el eufemismo de “usarlos para obtener células madre embrionarias con fines terapéuticos y como alternativa a su destrucción”. Se pretende justificar (dada la situación de abandono en la que se han puesto de imposibilidad de desarrollarse y nacer) de descongelarles, reanimarles y mantenerles con vida hasta que su tamaño les haga útiles y utilizables vivos. Ésta es la llamada “alternativa a su destrucción” que, por el contrario, consistiría en dejarles como están de desarrollo y que mueran, puesto que sin posibilidades de ser gestados no pueden seguir su desarrollo. Es decir, que mueran en el tamaño y edad en que fue detenida su vida con la congelación y que esto conlleve, por tanto, no poder aprovecharse de ellos matándoles (ejecutando por tanto la condena a muerte que supone su abandono en el frío) para investigar.

La reforma de la ley da a esta petición un segundo “no”; prohibe reanimar los embriones, que no vayan a ser implantados en útero. Por tanto, éstos embriones no implantables no podrán ser cultivarlos y que se desarrollen in vitro a fin de obtener células madre embrionarias. La reforma legaliza el uso de los embriones descongelados y no reanimados, es decir de los cadáveres humanos embrionarios, para que los materiales biológicos (restos mortales) sean donados por los progenitores para investigar. Por tanto, sólo los cadáveres de aquellos que en el momento de la congelación habían alcanzado la edad de cinco días, pueden ser donantes de sus células para derivar de ellas las células madre embrionarias. Este segundo “no” firme en este punto fundamental (en cuanto no autoriza a investigar con embriones vivos. Sin embargo, en cuanto permite legalmente aprovechar los cadáveres de seres humanos tratados de forma tan gravemente injusta; obviamente, aunque la ley lo permita, un mínimo de sensibilidad moral exige a la conciencia no colaborar con ese mal hecho “aprovechándose” de los restos; de igual manera a como la conciencia moral no permite aprovecharse de los restos de los fetos abortados. No todo lo legal es moral.

Pero tampoco todo lo legal, o ilegal, es igualmente inmoral: no es igual investigar con embriones acarreándoles la muerte por mucho que estuvieran condenados a ella, que colaborar al mal al usar tejidos provenientes del cadáver de una persona asesinada; injustamente asesinada. Un grave deber, de ejemplaridad y freno de la injusticia, obliga a no tomar parte en ella colaborando por muy indirecta que sea la colaboración. Y obliga a dar testimonio de que es un mal menor pero un mal en el que uno no está dispuesto a colaborar, ni a consentir de buen grado más que en tanto un mal menor. En cuanto menor se puede apoyar la legislación que evita uno mayor; en cuanto mal es preciso no consentir ni cooperar en él.

El contexto científico e ideológico del debate.

Tres aspectos científico-tecnológicos en relación con la vida humana incipiente se entremezclan en esta compleja situación. Para que el debate no oculte la realidad de los graves problemas morales que conlleva la practica de la reproducción humana artificial es necesario llamar la atención, aunque sea muy brevemente, sobre lo que la ciencia actual dice acerca de las tres cuestiones siguientes: 1) la condición de individuo de un ser humano desde la concepción tanto si ha sido concebido naturalmente como si ha sido producido de forma artificial; tanto si se le denomina preembrión como si se le llama embrión preimplantatorio. 2) los recientes descubrimientos de las células madre, las fuentes de obtención, y las posibilidades terapéuticas; y 3) las tecnologías dirigidas a la producción de embriones por clonación a partir del material genético de un adulto.

Respeto a la vida naciente desde la concepción

El Magisterio de la Iglesia ha exigido siempre un respeto absoluto a la vida de cada ser humano desde su concepción: ¿qué algo diferente a persona puede ser un individuo de la especie humana? Sí es persona todo individuo humano, o si un embrión precoz está en vía de llegar a serlo, no es una cuestión científica; ni lo será o dejará de serlo por muchas declaraciones que hagan algunos científicos.

Actualmente las “dudas científicas” acerca de sí un embrión humano pueda no ser un individuo de la especie humana (y con ello una persona) no se mantienen en pie. Ciertamente dos peculiaridades del embrión precoz habían llevado a algunos a pensar que la vida humana en esa etapa temprana, antes de la implantación, sería insuficiente para poder asumir que posee el carácter personal propio de todo individuo de la especie humana. Una de esas peculiaridades se refiere a la capacidad natural de gemelación monocigótica; para algunos supondría indefinición o carencia de organización individual. Y la otra peculiaridad es la escasa viabilidad natural del embrión preimplantatorio, dada la frecuencia, supuestamente excesiva, de perdidas espontaneas de embriones precoces en la transmisión natural de la vida. Ambas suposiciones han pasado, están pasando, a la historia de la ciencia.

Los datos de investigaciones rigurosas, que ahora conocemos, son contundentes al mostrar que el embrión tiene ya desde su primer día de vida trazados los ejes cabeza-cola y dorso-vientre, es decir, es un individuo; es un cuerpo humano en su día uno de vida. En el cigoto hay un plano o mapa. Es sorprendente, pero en esa primera célula existe una polarización que obliga a una primera división celular asimétrica: la organización del embrión está creada antes de la implantación. El embrión preimplantatorio, o embrión de menos de 14 días, (lo que en la ley aparece con el confuso termino de preembrión) muy lejos de ser un cúmulo de células, es un organismo que crece y se configura como una unidad vital, con ritmo propio y armónico de crecimiento.

La gemelación, sabemos bien, no es la posibilidad real de división en dos de todo embrión, ni presupone “necesariamente”, por tanto, que el embrión antes de los primeros catorce días carezca de carácter individual. La posibilidad de fisión es un “accidente” originado por la situación materna y sólo frecuente en la práctica de la fecundación in vitro, debido precisamente a la mayor fragilidad del embrión producido y mantenido fuera de la madre. La escasa viabilidad es un problema originado por la manipulación en el laboratorio de los embriones y no algo inherente a ellos. Son hechos innegables que se tratan de ocultar cuando se intenta a toda costa, también a costa de la ciencia, desacralizar al ser humano en su fase embrionaria, convirtiendo el valor absoluto, que por si mismo posee, en un valor relativo y ponderable frente a otros valores.

El uso terapéutico de las células madre

En los últimos años ha surgido un nuevo modo de medicina: sustituir o regenerar por la acción de las células madre aquellas células destruidas por la enfermedad degenerativa (diabetes juvenil, Parkinson, esclerosis múltiple, etc.), o a causa de un accidente, como el infarto de miocardio o la lesión de la médula espinal. Esta investigación surge y da sus primeros pasos en un contexto muy complejo: el hecho de usar inicialmente en la investigación de esta Terapia Celular como fuente de células madre, las que forman la masa interna del embrión humano de cinco días. En principio, de aquellos embriones que son calificados como “sobrantes” de la práctica de las técnicas de reproducción humana asistida, y para el futuro embriones producidos ex-profeso.

Por ello, este campo biomédico de una excepcional importancia, ha estado envuelto en el debate sobre la investigación destructiva de embriones humanos y sobre el destino de los que están crioconservados. Con frecuencia, se reduce y desvirtúa la problemática científica y ética en una simplificación demagógica que puede resumirse en los eslóganes de “embriones humanos para curar enfermedades degenerativas”, o “lo que no es ético, es no usarlos para curar a los enfermos”, etc. Pero la cuestión no es esa.

Es obvio que un ser humano de menos o de más de 14 días, implantado en el útero materno o congelado, deseado para procreación o abandonado, es un ser humano que nadie puede arrogarse el poder de matarlo para usarlo como medio, por muchos beneficios para la humanidad que se derivasen de ello. Esta no es una cuestión de prejuicios religiosos, sino el mínimo de respeto a los derechos humanos que toda sociedad “civilizada” debe exigir que se respete.

Además, ha pasado el tiempo de los discursos demagógicos que usan la sensibilidad de todo buen nacido hacia el dolor ajeno. Si hace unos pocos años podría caber alguna duda de la “necesidad” de estas preciadas y polémicas células hoy sabemos, con rigor científico, que no hay enfermos cuyas vidas estén dependientes de que se permita legalmente a los científicos descuartizar embriones para que les sean suministradas, injertadas o inyectadas estas células. Esto debe decirse muy claramente a los progenitores de quienes se solicite permiso para destinar los cadáveres de su hijos a una investigación. No se puede sin más tranquilizar la conciencia de nadie en falso al decirle que la vida de sus hijos abandonados va a ser útil para aliviar el sufrimiento de otros.

Esto es muy fundamental en este confuso debate. La solución “de emergencia” a la esterilidad ha creado la falsa expectativa de que toda persona en cualquier situación puede reclamar un hijo en base a un ambiguo e inexistente derecho reproductivo. Parece obvio que necesitamos con urgencia asumir la evidencia de que la realidad humana en desarrollo es humana, y abandonar la insistencia en adscribir valor moral a lo humano en función de su contexto y de valores externos adjudicados por otras personas. Al rehuir la perspectiva del carácter personal de la realidad humana embrionaria se pasa al imperativo moral de la compasión a las parejas sin hijos y obliga a satisfacer cualquier deseo de paternidad biológica, y de ahí se pasa al imperativo moral de la compasión a los enfermos que obliga a la investigación destructiva y consumidora de embriones. Pero, la ciencia biomédica tiene muchas otras opciones, que es preciso que no queden sepultadas en la toma de postura política o de los medios de comunicación.

La esperanza fundada de curar enfermedades graves con los recursos del propio organismo (sin ir a buscarlas en embriones humanos) ha traspasado ya el ámbito de la mera promesa o de la aspiración utópica, a diferencia de lo que ha ocurrido en estos años con las de origen embrionario. En primer lugar, contamos con la presencia en la sangre y en la médula ósea, en la grasa y en todos los órganos y tejidos de nuestro organismo, con células madre “de adulto” capaces, porque esa es su función propia y natural, de regenerar o sustituir aquellas células destruidas o dañadas. En los tres últimos años, y con una frecuencia casi semanal, ha ido conociéndose cómo son y cómo funcionan estas células propias y en muchos casos qué tenemos que hacer para que se sitúen en su lugar propio y cumplan su función. Pacientes con infarto de miocardio, o con la enfermedad de Parkinson, están siendo ya curados con éxito gracias a sus propias células madre. Ciertamente queda mucho por saber de las reservas de células madre en el organismo, y de la eficacia terapéutica a largo plazo de despertarlas, pero hoy por hoy su uso en terapéutico no presenta ningún problema. Y si hubiera escasez de células las presentes, y almacenables, en la sangre del cordón umbilical supone una fuente inagotable.

Mas aún durante años se ha presentado como absolutamente necesario el uso de embriones humanos para curar a enfermos con diabetes o con esclerosis múltiple. Enfermedades éstas de origen autoinmune en que el sistema inmunitario se vuelve contra lo propio: los islotes del pancreas o las vainas de mielina de neuronas del cerebro. El pasado 14 de noviembre Denise Faustman publicó en la prestigiosa revista Science una deseada, buscada y esperada terapia para la diabetes y otras enfermedades autoinmunes. Corregida en ratones la causa de que se destruyan las células productoras de insulina, las propias células madre del páncreas elaboran de nuevo los islotes destruidos. Ni sirven para curar, ni se necesitan transplantes de islotes fabricados a partir de células embrionarias, como insistentemente prometían algunos científicos, moviendo a los enfermos y sus familias a presionar la legalización del uso de los embriones sobrantes de la reproducción asistida como material de partida para investigar.

Por otra parte, los experimentos con embriones de ratón han puesto de manifiesto que estas células madre embrionarias no pueden ser transferidas a ningún paciente: son tan poco “domesticables” que producen tumores en el organismo en que se introducen y actúan en él demasiado por libre. No vale la pena, ni tiene sentido en investigación terapéutica, seguir por esa vía de convertir célula embrionarias en células del tipo diferenciada e inmadura que de por sí tiene el cuerpo y las tiene además situadas en su sitio y “domesticadas”.

Puede merecer la pena, sin embargo, continuar investigando con las del tipo embrionario y sacándoles sus valiosos secretos. Pero esa investigación puede y debe hacerse en células animales y en último termino de los cadáveres de los embriones “sobrantes”, que la reforma actual de la ley permitiría para llevar a cabo los proyectos biomédicos, no comerciales, para los que sean imprescindibles. Sin embargo, será muy difícil demostrar que un proyecto de investigación de importancia vital exija que el material de partida sea células madre embrionarias y además humanas. Y en caso de que lo hubiera, el rigor de la investigación científica exigiría repetir los resultados con embriones producidos desde gametos de progenitores fértiles, por lo que aún es más dudosa que esté justificada una investigación que parta de los cadáveres de los embriones crioconservados.

Nunca el respeto por la vida humana ha frenado el progreso científico. Precisamente, la sensibilidad moral da alas a la ciencia en la búsqueda de soluciones. En efecto, si las células madre embrionarias pueden ser una fuente de material de partida conveniente, para conocer las causas de enfermedades y curarlas, la ética científica exige trabajar en ir a por ellas sin destruir ni una sola vida humana, ni aprovecharse de las destruidas por otros. Ahora ya sabemos conseguirlas sin producir ni destruir embriones. Años de fuerte esfuerzo ha dado sus resultados: el 30 de septiembre pasado la prestigiosa revista PNAS publica las impresionantes fotos de células de diversos tejidos derivadas de las del tipo madre embrionarias de un proceso activación y partenogénesis del óvulo. Sin producir y sin tocar un embrión humano.

Con esa técnica no se crea un embrión pero hay un inconveniente de otro porte: hay que partir de un óvulo humano. Por ello la investigación, que pueda requerir como fuente de partida las células madre del tipo embrionarios obtenidas a del cumulo de células derivadas de la activación de ese óvulo tiene que demostrar dicha necesidad.

Embrión clónico del paciente como fuente de células madre

Aún se oyen voces acerca de la necesidad de llevar a cabo la “clonación terapéutica”. Es decir, producir un embrión “clónico” del paciente para obtener células madre embrionarias que pudieran curar al paciente (de ahí el eufemismo acientífico de “terapeútica”), sin el consabido rechazo de un transplante de material ajeno. En este campo la conjunción de falacias ideológicas y de ciencia-ficción ha derramado mucha tinta. No sólo es, ética y humanamente, repugnante pensar en copiar seres humanos, o fabricarlos para destruirlos y usar sus células para curar a otro. Sino que además, actualmente, es imposible hacerlo desde el punto de vista técnico y siempre será innecesario para la medicina.

En primer lugar, no existe hoy por hoy ninguna posibilidad de clonar un mono y menos aún un ser humano; más aún, ha sido un rotundo fracaso en todas las especies en que se ha intentado una y otra vez, hasta el punto de abandono de la patente de clonación de los creadores de Dolly. Toda clonación tiene dos pasos: pasar el núcleo de una célula, del donante que se quiere clonar, a un óvulo; y un segundo paso que es todo un proceso de reprogramación del material genético. Esta reprogramación no se sabe hacer, y además en el caso de primates tiene tres barreras biológicas, que hemos conocido precisamente en los más de 700 intentos fracasados llevados a cabo, para clonar monos. Clonar no es simplemente hacer una transferencia de un núcleo a un óvulo; para clonar es preciso este proceso de reprogramación que no se consigue técnicamente, y que será sin duda abandonado con el tiempo por no ser económicamente “rentable” para nadie. La búsqueda desenfrenada de protagonismo científico ha llevado a algunos al límite del ridículo.

Una “clonación terapeútica” se ha llevado a cabo en ratón. Será muy difícil trasladar y extrapolar, de hecho, este proceso a los humanos. Y en todo caso sería inútil: carece de rigor usar para un transplante al paciente las células del tipo embrionario que se obtuvieran del clon del paciente, por haber trasteado en algo tan absolutamente delicado como la reprogramación del genoma. También hay que pensar en los cientos y cientos de mujeres donantes de sus óvulos para la ocasional puesta punto de la técnica. ¿De nuevo las mujeres en su mejor momento vital de conejillos de Indias?

Organismos mundiales, como Naciones Unidas, no han dudado en condenar la clonación que de lugar a seres humanos a los que se permitiera desarrollarse y nacer y vivir. Es muy positivo un acuerdo universal negativo de lo que sería un atentado a los derechos humanos. No obstante, no se ha llegado a un acuerdo para prohibir la clonación dirigida a producir embriones para la investigación biomédica. De nuevo hay que decir que producir auténticos embriones humanos no parece factible y, que en todo caso, sería innecesario. Los científicos trabajamos a fondo para producir células del tipo que deseamos manipulando células y no manipulando seres humanos. Los primeros descubrimientos en esta línea están ya conseguidos. Por ejemplo una célula inmadura de la piel (fibroblastos) convertidos en linfocitos T dándole las señales moleculares que requiere. De esta forma, para aquellas enfermedades degenerativas, pienso por ejemplo en la ceguera de la retinosis pigmentaria, que no pueden ser curadas con las células propias del paciente por ser una enfermedad genética, empezamos a contar con material celular sano híbrido: mitad suyo y mitad ajeno. Y empezamos a conocer los mecanismos, precisos y dirigibles, por los que se tolera lo que no es propio, y que permitirán usar células sanas de donantes adultos, o incluso la corrección de las células del paciente genéticamente dañadas.

Deficiencias y riesgos de la fecundaciónin vitro.

La práctica clínica de la FIV es, habitualmente, muy agresiva a fin de suplir la ineficiencia natural, y fuerza artificialmente la capacidad fecundante, con lo que los embriones presentan una tasa alta de deficiencias y muy baja viabilidad. Al tiempo que para poder seleccionar se realiza una producción intencionadamente en exceso. Son dos grandes injusticias para con los hijos, al tener en cuanta sólo la eficacia medida como “hijo en casa”, o más aún, “hijo sano en casa”.

Esta práctica se ha ensayado a gran escala en humanos, sin la investigación previa suficiente en modelos animales. Las recomendaciones para utilizar una u otra de las tecnologías de reproducción asistida se sigue haciendo sobre la base de los resultados estadísticos a posteriori. La dinámica propia de “lo producido” es resbaladiza y juega siempre en contra de los intereses del hijo. Lo producido (¡un embrión humano!) se hace susceptible de interferencias injustificables: selección en su origen mismo al aceptar gametos de donantes ajenos si se prevé que van a ser mejor punto de partida biológica, elección de que sea o no transferible al útero materno en función de sus características morfológicas, funcionales o de un diagnostico preimplantatorio, elección del momento en que pueda ser gestado y, mientras tanto, su vida detenida por congelación e incluso el riesgo de no ser seleccionado y quedar su existencia en condición de sobrante no implantable. Y para evitar los riesgos de embarazos múltiples se cuenta con la llamada reducción embrionaria; un aborto prohibido ahora por la ley reformada.

Desde el punto de vista de la práctica de la tecnología misma aparecen los tres aspectos, que veremos a continuación, con una grave problemática ética, por lo que se refiere a una perdida injustificable, tolerada y consentida, de vidas humanas en su fase embrionaria. La tabla muestra un resumen de la falta de eficacia de estas técnicas.

Baja viabilidad de los embriones obtenidos con las técnicas de reproducción asistida

Diversos análisis han estudiado la mortalidad de los embriones producidos in vitro. Existen parámetros que definen qué morfología se corresponde con el grado de viabilidad intrínseca del blastocisto in vitro. Y varias causas podrían explicar esta detención del desarrollo: la misma infertilidad de los progenitores, defectos intrínsecos del oocito y sobre todo las anormalidades cromosómicas. El análisis cromosómico de embriones humanos generados y cultivados in vitro ha puesto de manifiesto que hasta un 40% de ellos contienen anomalías cromosómicas. Aproximadamente el 50% de los embriones preimplantatorios de 2 ó 4 células que se cultivan in vitro no llegan al estadio de blastocisto. Además, sólo aproximadamente el 20% de los embriones de 4 células transferidos se implantan en útero. Además hasta un 75% de los embriones humanos cultivados in vitro presentan fragmentación del citoplasma de sus células. La viabilidad de estos embriones tempranos está comprometida cuando esos fragmentos contienen proteínas que son esenciales para continuar con el desarrollo. Sin embargo, en ocasiones, la existencia de fragmentos no es letal y constituyen estructuras transitorias que desaparecen por reabsorción o lisis.

Así pues, el embrión generado naturalmente tiene una mejor viabilidad intrínseca que el creado in vitro; es decir los embriones creados en el laboratorio están más enfermos. Esto lejos de ser una “indicación médica” para producir mayor número (como pretenden los diverso centros a través de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida), y seleccionar, debería ser una llamada de atención para mejorar la calidad técnica por la vía de análisis y selección de los gametos y reducir las indicaciones de uso de la reproducción asistida.

De hecho cuando se recurre a la fecundación artificial se pierden o se debilitan una serie de relaciones moleculares e intercelulares de modo que la situación biológica primordial de hijo generado técnicamente respecto del hijo engendrado normalmente es más deficiente. Al menos en tres momentos hay deficiencias en lo que se refiere: a) al “dialogo molecular” de los gametos paterno y materno; b) al “dialogo molecular” entre madre e hijo al paso de éste por las trompas en su camino al útero y, c) al establecimiento de una vida en común, una autentica simbiosis, al anidar en el seno materno.

Así en el primer caso, cuando se induce una multiovulación -a fin disponer de un mayor número de óvulos que en un ciclo menstrual, fecundarlos y proceder a una transferencia al útero de varios de los embriones- se produce una perdida injustificada de embriones debida a mayores dificultades de estos para anidar y más alta tasa de malformaciones que los procedentes de un óvulo madurado de forma natural, y el riesgo de gestaciones múltiples. Por otra parte la fecundación forzada de un óvulo por inyección directa del espermio a su citoplasma (la técnica conocida como ISCI) ha mostrado tener serios problemas: las deficiencias en la cantidad y capacidad fecundante de los espermios se deben generalmente a causas genéticas, asociadas a alteraciones del cromosoma Y, por lo que los hijos varones no sólo heredan la infertilidad paterna sino que también sufren otras alteraciones en el desarrollo. Además los embriones procedentes de una inyección del espermio al interior del óvulo lleva consigo que la eventual congelación de dichos embriones reduzca aún más su viabilidad.

También, los procedimientos de cultivo, congelación y descongelación del embrión, el tiempo optimo de desarrollo del embrión para su transferencia y facilitar la anidación, el número de embriones tranferibles simultáneamente a la madre, están aún inexplicablemente sometido a cambios y pruebas. Los diferentes centros, si publican sus datos, lo hacen a posteriori. Se olvida la necesidad del dialogo madre-hijo para su desarrollo en los primeros días y preparación de la vida en simbiosis de ambos.

Continúa, inexplicablemente, en fase experimental aspectos tan importantes como las condiciones y los medios de cultivo de los embriones. Las tasas de terminación del desarrollo antes del periodo de implantación son muy elevadas y en parte debidas a una prolongación del tiempo de cultivo con la intención de seleccionar los embriones, transfiriéndolos en fase de blastocisto aquellos que han sobrevivido los primeros días in vitro. El hecho de que el ambiente in vitro pueda tener efectos adversos en el desarrollo fetal y tras el nacimiento, ha causado inquietud sobre la seguridad que ofrece el cultivo extendido. Se conoce que la exposición de embriones de ratón a distintos cultivos altera la expresión de los genes. Incluso les afecta negativamente sacarlos de las cámaras de cultivo par observar su desarrollo.

La congelación de embriones también tiene efectos adversos; la crioconservación se asocia a una tasa de agotamiento de forma que tras la descongelación algunos embriones presentan perdida de la capacidad de desarrollo. Algunos crioprotectores también alteran el DNA Y los cambios en el metabolismo embrionario durante la congelación podrían alterar la expresión genética embrionaria especialmente los cambios en el DNA podrían pasar inadvertidos y no manifestar sus efectos hasta estadios tardíos del desarrollo embrionario, o incluso en fase posterior al nacimiento

Embriones en exceso para la procreación.

El uso sistemático de protocolos de estimulación ovárica hace que en la mayoría de ciclos de fecundación in vitro se disponga de un número de embriones, aptos para ser transferidos a la madre, superior al que finalmente se va a implantar. Demostración inequívoca de la falta de rigor de la práctica: es inexplicable que sobren sin más; que la producción en exceso de embriones permita que quedan crioconservados sin un destino a vivir claramente previsto. Por otra parte, la experiencia de miles de centros de reproducción asistida muestra que sólo un parte de los embriones congelados llegan a anidar y desarrollarse tras su descongelación. Y que ésta les afecta, especialmente, si fueron producidos por inyección del espermio (ISCI), y sin embargo se sigue con la acumulación.

Es razonable, muy necesario y muy urgente establecer la práctica de no fecundar más óvulos que embriones van a poder ser transferidos y gestados con oportunidad de continuar su desarrollo. El número tres, que establece la reforma de la Ley, permite que, en el caso extremo de que se fecundaran el 100%, los tres embriones producidos sean transferidos y gestados sin el alto riesgo de embarazo múltiples en una única transferencia que no requiere congelación de embriones.

Ciertamente, se conoce que algunas patologías de los progenitores no alcanzan nunca ni el 50% de eficacia fecundante; es decir solo inseminando unos seis óvulos se llegaría al máximo de tres embriones previsto en la legislación en curso. Y desde luego sería exigible que se siguiera trabajando en el sentido de mejorar la “calidad” de los gametos, especialmente de los óvulos, y no intentando que se fecunden.

Otras patologías no disminuyen la eficacia de la fecundación sino del desarrollo del embrión. Éstas no pueden considerase dentro de las excepciones. Si una mujer tiene problemas para la implantación del embrión, o para gestarlo, se trata de curarla y no de producir 10 o más hijos para que alguno salga adelante. A esto si que no puede llamarse medicina.

Salud del nacido por aplicación de las técnicas de reproducción asistida

Estas tecnologías se establecen sobre uno sólo de los elementos en juego: el deseo del hijo nacido sano. Ciertamente se ha llegado a sacralizar el deseo de los adultos banalizando los derechos del hijo. Es curioso que, a pesar de que han aparecido casos de anormalidad fetal después de estos tratamientos, se siga considerando la fecundación in vitro como uno de los tratamientos médicos sin riesgo.

Existen datos bastante elocuentes en el sentido de los riesgos que corren los nacidos por estas técnicas: mayor grado de malformaciones; se produce un aumento de secuelas neurológicas, como retraso mental y graves defectos de visión, en niños nacidos por aplicación de las técnicas de FIV respecto a los engendrados naturalmente. Un 10% de los niños nacidos por FIV tienen disfunciones frente a menos del 5 % concebidos de forma natural. Niños nacidos tras haber sido cultivados en el laboratorio durante sus primeros cinco días de vida presentan una frecuencia mayor de la normal de enfermedades raras debidas a cambios en el material genético (en la impronta genética). Esto debe ser una llamada de atención para al limitar, al menos, estas técnicas a aquellos casos en que la infertilidad de la pareja es debida a un obstáculo al encuentro de los gametos y no a alteraciones de éstos que comprometan la salud del hijo.

Selección eugenésica

Se práctica también el diagnóstico genético preimplantatorio (PGD), desarrollado como una alternativa al diagnóstico prenatal y para ser empleado en parejas con riesgo de transmitir enfermedades hereditarias a su descendencia. Con el PGD, la pareja utiliza un ciclo de fecundación in vitro para generar múltiples embriones en el laboratorio y se realiza una biopsia de los embriones cuando estos se encuentran en el día 3 de desarrollo, extrayendo 1 ó 2 blastómeros. Se realiza a continuación un análisis de esos blastómeros empleando diferentes técnicas, dependiendo de la enfermedad que se desea estudiar. Los embriones no afectados se transfieren al útero con el conocimiento de que la gestación se desarrollará con fetos no afectados. En la actualidad, se utiliza también el diagnóstico genético del cuerpo polar para inferir la constitución genética del embrión, además del procedimiento descrito de biopsia embrionaria. El resto de embriones que no inviables sino simplemente enfermos son descartados.

Las tasas de gestación después del procedimiento de diagnóstico preimplantatorio parecen ser menores que las obtenidas con embriones no manipulados. Es obvio que el PGD añade una tasa de muerte embrionaria injustificable. Al tiempo que supone eliminar los hijos con alguna tara, producir un buen exceso de embriones para facilitar la selección de los mejores y por convertirse en un modo “más fácil y hasta más cómodo” de pre-abortar los hijos con deficiencias.

Entre las enfermedades de transmisión hereditaria en la que se plantea la eliminación de los hijos portadores antes de la implantación en la madre se encuentran: la fibrosis quística, la distrofia muscular de Duchenne, la hemofilia, la anemia falciforme, la enfermedad de Huntington, el síndrome de cromosoma X frágil, y otras también infrecuentes como la enfermedad de Tay-Sachs y el síndrome de Marfan.

El deseo de un hijo se transformó en exigencia de un hijo sano. La existencia de algunas enfermedades ligadas al sexo abrió el campo a la elección del mismo y de ahí a la oferta de selección de sexo que satisfaga el deseo “no crucial” y caprichoso de los padre a elegir el sexo de su hijo. Los centros de reproducción humana asistida recomiendan hacerlo por la técnica de la selección de los espermios, portadores de cromosoma X o de cromosoma Y. Consideran desproporcionada la selección de los embriones del sexo deseado con abandono del resto, pero podría aceptarse -afirman- si las parejas donasen a otras los embriones del sexo no deseado para la reproducción. La afirmación no requiere comentario alguno.

Situación biológica de los embriones humanos crioconservados

Como hemos señalado el estatus del embrión preimplantatorio (generado naturalmente o creado in vitro) es el mismo: individuo de la especie humana. La diferencia de situación biológica primordial del embrión en útero o in vitro no cambia su ser -su estatuto biológico y ontológico-, sino modifica su salud y viabilidad. in vitro disminuye drásticamente la capacidad de un correcto desarrollo en simbiosis armonizada con la madre; es decir se le resta posibilidad de vivir, continuar su desarrollo sin interferencias, y se le aumentan el riesgo de malformaciones y enfermedades.

Urge que el consenso entre el deseo de los padres, y la voluntad de satisfacción de tal deseo por parte del equipo biomédico, tenga en cuenta los serios deberes que la existencia de ese embrión impone al hombre y a la mujer de quienes procede. Han dado vida a un hijo que exige protección y que por tanto requiere ser depositado de forma inmediata en su ámbito natural materno para proseguir la gestación. La implantación diferida en el tiempo hace que se perciba de forma diluida la responsabilidad natural de los padres con el embrión y se da una progresiva despersonalización en la relación paternidad filiación. La vida de las personas es temporal y nadie tiene derecho a detener ese tiempo, por comodidad o conveniencia. El tiempo le corresponde al embrión y con él las relaciones familiares y sociales del inicio de su vida. ¿Qué autoridad legitima, incluso si llegara a nacer, su nacimiento tardío? Una anidación o un embarazo diferido -incluso hasta su conversión en sobrante- turba y trastoca aun más la transmisión de la vida hasta el punto de llegar a considerar al hijo una propiedad disponible y abandonable.

Su vida está detenida en el día en que fueron congelados. Se desconoce el efecto del tiempo de permanencia en el frío, pero no es inocua como ocurre para todo ser vivo; aunque los procesos biológicos están enlentecidos por efecto de las bajas temperaturas, la vida y la integridad física esta sometida a un desgaste lento pero irreversible.

Por otra parte, la seleccionan de los mejores embriones para la implantación conlleva que los “sobrantes” que se congelan son precisamente los más débiles y a los que más les afecta el proceso de congelación-descongelación. La sospecha de la mayor debilidad que presentan estos embriones es una de las causas para que aquellos *** por padres biológicos no sean fácilmente “acogidos” por otras parejas. De hecho a las parejas “en lista de espera de un embrión” se les ofrece uno recién producido.

No todos los embriones sobrantes crioconservados en España (decenas o centenas de miles) tienen de hecho posibilidad real de ser acogidos en útero, así tener la oportunidad de desarrollarse y nacer que les corresponde, y que le es negada. Son los embriones no implantables por abandono. Para ellos no hay ninguna solución valida que de salida a la injusticia cometida. Antes o después hay que proceder a dejarles morir sacándoles del frío.

Dejarles morir significa no reanimarles tras la descongelación y realizar la descongelación de forma cuidadosa a fin de que la causa de la muerte no sea este proceso sino la carencia de las condiciones imprescindibles para reanudar su ciclo vital y desarrollarse a que han sido condenados. Para la reanudación de la vida de los embriones, detenida por la congelación, no basta la simple descongelación sino un posterior cultivo en el medio adecuado según los días de vida del momento de la congelación.

La descongelación correcta requiere tener en cuenta diversos factores; en primer lugar el modo, lento o rápido, en que realizó su congelación de forma que la dinámica con que deshacen los núcleos de congelación se adecue a la de su formación. Se requiere realizarla en presencia de concentraciones adecuadas de azúcares no permeables con el objeto de evitar la sobrehidratación de las células, al mismo tiempo que se produce la dilución del crioprotector tóxico para la vida.

El proceso de descongelación es muy delicado y preciso. Realizado en cuatro fases, es decir diluyendo la concentración del azúcar del medio (de 1, 0,5, 0,25 a 0,125 M) los intervalos de tiempo de cada una de las fases determina la viabilidad según la edad del embrión. A intervalos de 2,5 minutos, o menos, el porcentaje de supervivencia varía desde un 71-100 % si el embrión está en estado de dos células, a un 30% si es un blastocisto de cinco días. Sin embargo si el intervalo de cambio del medio es de 5 minutos la supervivencia decae desde un 50-67 % para el embrión de dos células a nula si es un blastocisto. Por tanto, el embrión no sobrevive si se mantiene, en el margen de minutos, en el medio de concentración de azúcar en que se inició su congelación. Esto es lo que se busca, como mal menor para aquellos que no pueden ser implantados y vivir por falta de acogida: que puedan morir “naturalmente”, a la temperatura natural y en las condiciones en que se les puso en su día. Y esto tanto si es sí mismo viable como si fuera inviable: dejarles morir tras su descongelación, porque no tiene posibilidad de seguir su desarrollo. Con independencia de su posible estado de enfermedad o salud.

Puesto que no se reanuda la vida detenida por la congelación y no pueden vivir en el medio en que se inició su congelación tras un tiempo (minutos ) el embrión muere si no lo hubiera hecho antes. Por tanto sólo de aquellos que estuvieran en el momento de la congelación en su día 5 de vida tienen la organización conocida como blastocisto, y con ella masa celular interna de la que sería factible obtener células pluripotentes, de las que derivar las células madre embrionarias. Los demás embriones, de menor edad, no se han desarrollado hasta alcanzar este grado; su no reanimación impide que se cultiven y vivan durante esos días en el laboratorio para ser destruidos después. No es cierto afirmar, sin más, que la reforma de la ley autoriza a destruir los embriones sobrantes para investigación.

Células de la masa celular interna de aquellos blastocistos descongelados sin posterior reanimación pueden permanecer sin alteraciones de forma que se pueda derivar de ellas células madre embrionarias. Su multiplicación en el medio adecuado y la adición de factores específicos a estas células permitiría, en intima dependencia de la pericia de los técnicos, su diferenciación celular dirigida así artificialmente y de manera que no permite a las células más o menos diferenciadas constituir una unidad en desarrollo, un individuo.

La viabilidad de estas células no es la viabilidad del embrión. El mismo principio de vida (crecimiento diferencial de las células como unidad orgánica), que define la existencia, o no, de un nuevo individuo en desarrollo permite constatar la muerte embrionaria, precisamente al constatar que no se da tal crecimiento organizado. En un embrión en crecimiento en el laboratorio se determina por observación directa situaciones que van de una vitalidad excelente, a simplemente buena, a problemas definidos y no severos, problemas severos y finalmente degenerado o muerto. En el caso que nos ocupa, precisamente la no reactivación y el no cultivo in vitro de un embrión, cuya vida estaba detenida, permite constatar que ha muerto el individuo sin que haya ocurrido ni la desorganización de su estructura ni la destrucción de todas y cada una de sus células. No se reinicia el ciclo vital.

La supervivencia de algunas células pluripotenciales en el blastocisto cadáver y su cultivo en los medios adecuados para derivar las células madre les permite asociarse en agrupaciones esferoideso en las agrupaciones celulares denominadas cuerpo embrioide. Estos tipos de organizaciones no son un embrión, ni tienen la estructura corporal de un embrión. No vuelven a generar un embrión. Para lograr artificialmente una gemelación artificial (es decir, producir un nuevo embrión a partir de una célula del interior de un embrión, en nuestro caso muerto) se requieren unas condiciones diferentes y muy precisas. Técnicamente no está logrado, pero para hacerlo habría que poner todas las condiciones de un proceso de gemelación artificial, que no son casualidad.

Nunca surge espontáneamente un hermano gemelo de un simple cultivo de células de un blastocisto. Con la gemelación artificial se habría producido artificialmente un gemelo, o una quimera, a partir del material biológico del embrión cadáver donante. Ha habido un proceso de producción in vitro de un nuevo embrión, o por fusión celular. Pero esa posible manipulación de producción de un nuevo ser no implica indefinición de la situación de viva o muerte del embrión preimplantatorio. Es una nueva y potencial manipulación del embrión humano preimplantatorio in vitro.

Insistiendo, la vida como organismo individual es un proceso unitario e integrado. Cada célula es parte del todo en cuanto se está dando esa función vital de crecimiento diferencial organizado, en el espacio corporal y en el tiempo, que tuvo su arranque en la activación mutua de los gametos en la fecundación que originó la célula con fenotipo cigoto. Esta célula polarizada es más que la suma de los gametos: es un nuevo individuo que inicia un ciclo vital con desarrolló, maduración, etc. En cada una de las etapas iniciales de la existencia, cada embrión requiere un medio y unas interacciones específicas muy precisas para desarrollarse en un proceso de desarrollo embrionario, que es continuo en el tiempo y ordenado en el espacio. Sin esas condiciones imprescindibles el embrión muere, al perder el mantenimiento de la función vital que hasta entonces poseía: el crecimiento y diferenciación celular según el lugar que ocupa cada una de ellas en el diseño corporal que se traza con la fecundación del óvulo por el espermio

La definición de vida y la constatación de la muerte de un embrión preimplantatorio in vitro, al igual que la de un embrión en útero, o de un nacido, o de un adulto, obviamente requieren el mismo criterio: la existencia o la constatación de la perdida, respectivamente, de la función vital unitaria como organismo. Esa perdida es signo de que la muerte ha acaecido. La constatación de que ha sucedido el paso de la vida a la muerte no es ambigua en la etapa embrionaria; lo que ocurre es que hasta ahora no había sido necesario plantearse tal cuestión y por tanto nos falta un criterio unánimemente aceptado en la comunidad científica. Pero desde el punto de vista de la biología del embrión se puede afirmar claramente la distinción entre la muerte del embrión y la permanencia con vida de algunas de sus células, de forma semejante a como se distingue entre muerte del individuo y órganos funcionando (por ejemplo, el corazón latiendo) después. El individuo humano embrión de varios días está vivo, y existe, o está muerto. Las células que componen la masa celular interna darán lugar a todos los órganos y tejidos siempre y cuando estén formando parte de la unidad orgánica viva que es esa persona, y sólo entonces.

El concepto de muerte clínica del embrión preimplantatorio crioconservado tiene la peculiar particularidad de que su existencia está detenida en el tiempo por la congelación: es decir está parado su proceso vital de desarrollo o función de crecimiento orgánico. Mientras permanezca en ese estado no es posible constatar si ha muerto o no puesto que justamente el proceso vital está detenido. Si el proceso de desarrollo se ha parado por la congelación requerirá para recomenzar, y continuar viviendo, que ese embrión sea descongelado y reanimado. Por ello se puede afirmar, que detenida la vida por congelación cesa rápidamente la función vital si tras la descongelación el embrión no tiene las condiciones requeridas para reiniciar el proceso vital de desarrollo. La descongelación de un embrión vivo crioconservado que se realizase sin las condiciones y el medio de cultivo adecuado para poder reanimarle muere tras la descongelación: no hay en él actividad vital, no hay proceso funcional de desarrollo unitario.

Sólo el cadáver de embrión, como el cadáver del nacido, puede donarse para transplante o para investigación. Ciertamente las células del embrión muerto no estarán en situación exactamente igual que si está vivo, como los órganos de un hombre muerto empiezan a deteriorarse en el tiempo que media la muerte y el transplante. Pero no usar como material biológico un embrión humano vivo es el mínimo que de exigencia moral. Esto no es una cuestión de matiz y tampoco es una precisión hipócrita: investigar con embriones vivos, aunque su destino sea morir al habérseles negado la gestación, es una cosa y otra muy diferente usar las células procedentes de embriones que han muerto.



Nota. Ante la imposibilidad de aportar la bibliografía de la que se han tomado los datos, se remite a los diversas revisiones de los temas tratados en www.arvo.net (embriología).

 

 



Datos significativos de las técnicas de reproducción asistida en un total de 920 centros de EEUU y Europa.
1. El porcentaje

05/01/2005 ir arriba
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