| SAN JUAN CRISÓSTOMO, padre de la Iglesia (s. IV)
In epistolam II ad Timotheum , I, 1-3.
No hay nadie, entre los hombres, que conduzca esta vida mortal sin experimentar la amargura; si no es hoy, será mañana; y si no es mañana, será más tarde, pero el dolor llegará. No se concibe un navegante -hablo de quien se aventura en mar abierto- libre de cuidados. Del mismo modo, quien pasa por esta vida ha de contar con las preocupaciones. Si es rico, precisamente por su riqueza está expuesto a muchas ambiciones. Incluso el mismo rey, si lo consideras, está bajo el imperio de otros y no puede moverse a su arbitrio. Muchas cosas se verifican sin su concurso, y él, más que nadie, tiene que actuar, tantas veces, en contra de su voluntad. ¿Por qué? Porque muchos son los que buscan apropiarse de lo que posee. Considera qué angustias experimenta cuando quiere hacer algo y no puede, por miedo o por sospechas, a causa de los enemigos o de los amigos. A menudo, además, cuando se ha puesto a realizar algo que realmente le apetece, todo el placer de su acción es destruido por la multitud de los que le contrarían.
¿Entonces? ¿Crees acaso que quienes viven sin cuidados están libres del dolor? No es así. (...) Soportan muchas angustias y no pueden confiarlas a nadie: tienen que resolverlas y experimentarlas ellos solos. ¡Cuántos ha habido que, en medio de los placeres y delicias, desearon morir! Porque el placer no libra en absoluto del dolor; al contrario, es causa de muchos sufrimientos, de enfermedades y disgustos; y prescindiendo de esto, muchas veces se sufre sin motivo.
(...) ¿No nos sucede también a nosotros que a veces estamos afligidos y no sabemos la causa de nuestra desazón?
Verdaderamente, no encontrarás a nadie exento del dolor y hasta el que sufre por un motivo insignificante, piensa que su pena es única en el mundo y que él padece por sus dolores más que todos los demás por los suyos. (...) El que tiene molestias en los ojos cree que no hay enfermedad comparable a ésta; lo mismo quien tiene afectado el estómago: dice que se trata de un mal gravísimo. Cada uno, en fin, considera que su dolencia es la más insoportable. Y esto sucede también con los sufrimientos [morales]: cada uno está convencido de que su dolor es insondable.
Haz la experiencia y juzga si no es así. Miremos algunos ejemplos: quien no tiene hijos piensa que la infecundidad es una desgracia; por el contrario, el que tiene muchos y vive en la pobreza se queja de la prole numerosa; quien tiene sólo uno, dice que no hay mal como el hijo único: el chico saldrá mimado y perezoso, dice, y su padre se angustia sólo de pensarlo; por mucho que lo ame, no conseguirá hacer de él un hombre de bien (...).
El que se ha retirado de los negocios protesta por lo inútil y aburrido de esa vida; el soldado asegura que la milicia es lo más pesado y peligroso que hay: mejor sería estar a pan y agua que soportar tales trabajos. Quien ha sido constituido en autoridad piensa que es muy duro atender a las necesidades de los demás; el subordinado dice que nada es tan servil como estar sujeto a la potestad de otro. El casado murmura contra su mujer y las preocupaciones familiares; quien no ha contraído matrimonio juzga indigno de un hombre libre permanecer soltero, sin hogar ni paz doméstica. El comerciante llama dichoso al campesino por su tranquila seguridad y el campesino al comerciante, por su riqueza. En definitiva, la raza humana nunca está contenta con lo que tiene, siempre está añorando y quejándose (...).
Unos admiran la senectud y otros suspiran por la juventud. ¡También la edad es una fuente de grandes sufrimientos! Si, por razón de nuestra juventud, nos reprenden, decimos: ¿cuándo seremos adultos? Si nuestro pelo se vuelve cano, exclamamos: ¿dónde se fue la juventud? (...).
Una sola es la vía que pone término a tantos males: la vida virtuosa. También en ella hay sufrimientos, pero no sufrimientos inútiles, sino lucrativos. Por medio del dolor, el pecador contrito limpia su culpa; y gracias al dolor, el que se compadece del hermano caído consigue un beneficio nada despreciable: en efecto, consolar a los que sufren una desgracia nos hace ganar mucho crédito ante los ojos de Dios.
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