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Por
Antonio
Orozco-Delclós
EL AMIGO
ENFERMO
Jesús de
Nazaret es
hombre
buscado y
perseguido
por «la
justicia».
Los
capitostes
del pueblo
están
nerviosos.
Les incomoda
sobremanera
la palabra,
las obras,
los milagros
que hace el
Galileo. Ha
habido ya un
intento de
lapidación y
le buscan de
nuevo para
consumar su
proyecto.
Pero Jesús
es pura
afabilidad,
ha cultivado
la amistad,
valor
inestimable;
tiene amigos
entrañables
que darían
la vida por
Él. Uno de
ellos es
Lázaro, de
Betania,
hermano de
Marta y
María. Jesús
hacía altos
en su
caminar
incansable,
para
descansar en
casa de
Marta. Allí
se sentía
como en su
hogar, entre
los suyos.
Podía hablar
con
franqueza,
sin temor a
que sus
palabras
fuesen
retorcidas.
Se querían
unos a otros
intensamente.
Un día,
mientras
Jesús andaba
evangelizando
lejos,
Lázaro cae
enfermo de
gravedad,
más aún, de
muerte. Sus
hermanas se
alarman.
Conocen el
poder
taumatúrgico
del Amigo.
Si ha curado
a tantos, si
incluso ha
resucitado a
una niña, y
al hijo de
una viuda, a
quienes no
conocía más
que de un
encuentro
fugaz, con
seguridad
curaría a
Lázaro, su
amigo. Le
envían
mensajeros:
«-Señor,
mira, aquel
a quien amas
está
enfermo» (Jn
11, 3). Pero
Jesús sale
con que
aquella
enfermedad
«no es de
muerte»,
sino «para
la gloria de
Dios, a fin
de que por
ella sea
glorificado
el hijo de
Dios».
Lenguaje
opaco. ¿Cómo
puede dar
gloria a
Dios una
enfermedad?
¿Cómo puede
ser alguien
glorificado
por ella? La
enfermedad
es una
maldición y
la muerte no
digamos...
El caso es
que «Jesús
amaba a
Marta, a su
hermana y a
Lázaro» y
«aun cuando
oyó que
estaba
enfermo, se
quedó dos
días más en
el mismo
lugar» (Jn
11, 5-6). ¿A
qué viene
semejante
«cachaza»?
¿Qué puede
haber más
urgente que
sanar a un
amigo, si se
puede? No
consta que
hubiera
algún asunto
más
importante
que atender
o que no se
pudiera
aplazar.
Además, se
ve que él
sabía más
que el
mensajero.
Conocía
–aunque se
expresara
con palabras
ambiguas,
¡poéticas!
-«Lázaro
nuestro
amigo está
dormido...»-
que la
enfermedad
era de
muerte (cf
Jn 11, 13).
Lo sabía. Y
añade: «me
alegro por
vosotros de
no haber
estado
allí». Lo
que nos
faltaba. La
conclusión
del
argumento
tampoco
resuelve la
inquietud:
«para que
creáis» (Jn
11, 14) (?)
Quizá, si
sabe que
Lázaro ha
muerto, debe
de
disponerse a
obrar un
gran
prodigio.
¿Habrá sido
un anuncio
implícito de
resurrección?
Se suceden
escenas de
dramatismo
intenso.
Marta le
sale al
encuentro,
suplicante.
Jesús le
anima y
quiere
encenderle
la fe, aún
escasa,
enfatizando
cada sílaba:
«Yo soy la
resurrección
y la vida».
María llora
desconsolada
y reprocha a
Jesús su
tardanza,
llora como
una
magdalena.
Todos
lloran,
también los
judíos
barbados. Y
Jesús «se
estremece
por dentro,
se
conmueve»,.
¡y Lloró
Jesús! (et
lacrimatus
est Iesus.
Jn 11, 35)
LÁGRIMAS
DE DIOS HIJO
Todo un Dios
contagiado
por lágrimas
de mujeres y
niños
(aunque
también de
barbudos, es
justo
reconocerlo).
¿No estaba
contento?
¿No se había
alegrado de
no haber
estado allí?
¿No iba a
resucitarle?
¿No estaba
prevenido de
las
circunstancias?
¿No tenía en
presente el
inmediato
futuro? Sin
embargo, se
conmueve en
lo más
hondo.
Jesús,
verdadero
Dios, se
conmueve
como
verdadero
hombre. Su
divinidad no
le impide
algo tan
humanamente
natural como
el contagio
de unas
lágrimas.
«Decían
entonces los
judíos:
-Mirad
cuánto le
amaba». Era
patente, no
pudo
esconderlo.
No pudo
esconder sus
lágrimas. No
pudo
contenerlas.
Y se dirige
al sepulcro
no como el
actor cuyo
triunfo es
seguro,
porque va a
interpretar
magistralmente
la apoteosis
de un clímax
fascinante.
Va
conmovido,
apenado de
verdad, las
lágrimas son
visibles, no
prefabricadas,
son
auténticas,
surcan su
rostro. Anda
hacia el
sepulcro y
en el camino
¡«se
conmueve de
nuevo»! (Jn
11, 38).
¿Qué es
esto, un
Dios
«trascendente,
infinitamente
distante» o
un hombre
traicionado
por su
corazón
demasiado
tierno,
herido por
la
frustración
de una
amistad
«inmanente»,
que cumple
la
definición
clásica: «el
amigo es la
mitad de mi
alma»?
Es el
misterio de
la
encarnación
del Verbo.
El Dios vivo
es del todo
trascendente
y distinto
al mundo,
pero no
distante. No
es el mundo.
No es nada
del mundo,
pero está en
todo, «por
esencia, por
presencia y
por
potencia».
Está de modo
peculiar en
lo más
íntimo de la
criatura
humana: «más
íntimo a mí
mismo que yo
mismo» (san
Agustín). Y
en Jesús de
Nazaret, el
hijo del
carpintero -
hijo de
María, Hijo
del hombre,
hombre
verdadero,
sin trampa
ni cartón-,
Dios no sólo
«está», sino
que «es».
Dios Hijo se
ha hecho
carne;
hombre, con
tanta verdad
que puede
decir al
señalar con
el dedo a
Jesucristo:
«este hombre
soy Yo». Y
Jesucristo
puede decir
y dice: «Yo
soy», es
decir, «Yo
soy Yo soy»
(cf Jn 8,
28; 18, 5),
que es el
nombre de
Dios. Dios
Hijo
(Segunda
Persona
divina,
verdadero
Dios) «es»
verdaderamente
el Hijo de
María. El
Hijo de
María «es»
Dios Hijo:
una sola
Persona, dos
naturalezas,
unidas –al
decir de los
teólogos-
«hipostáticamente»,
es decir, en
un único
Sujeto
(Persona),
que es el
Verbo.
En fin,
Jesús sabía
que Lázaro
había muerto
y se había
alegrado.
Tenía buenos
motivos para
ello, porque
tenía en
presente el
futuro.
Aquella
enfermedad y
aquella
muerte era
para su
propia
gloria. Pero
tener en
presente el
futuro y su
futura
gloria, no
le impide,
al
contrario,
tener en
presente el
presente y
ser más
fuerte en su
corazón el
«presente-presente»
que el
«presente-futuro».
La
encarnación
del Verbo es
un misterio
maravilloso
que no nos
permite
salir de
nuestro
asombro. Sin
embargo, no
faltan
experiencias
que nos
aproximan de
algún modo a
la
experiencia
de Jesús en
lágrimas.
LA MUERTE
DE UN AMIGO
Hace algunas
semanas se
me murió un
amigo, un
hombre
bueno, más
aún, santo,
a mi
parecer. Yo
lo sabía. Y
sabía
–porque me
lo enseña la
Iglesia, me
lo enseña
Dios- que mi
amigo, por
amar a Dios
con todo su
corazón y
toda su
alma, está
gozando del
Amor eterno
en el Cielo,
inmensamente
feliz. Yo
estaba muy
contento por
esto. Lo
estaban
también sus
hijos y sus
nietos,
porque la
cosa era
evidente.
Celebré la
santa misa
corpore
insepulto, y
en medio de
ella, sin
querer, más
aún,
resistiéndome
cuanto pude,
me conmoví y
solté el
trapo sin
poder
evitarlo.
Había muerto
«mi amigo».
La sensación
subjetiva de
ridícula
debilidad se
alivió con
el recuerdo
de Jesús
ante el
sepulcro de
Lázaro. Yo
no podía ni
debía
aspirar a
ser más
«fuerte» que
Jesús, es
decir, más
fuerte que
Dios. Porque
las lágrimas
de Jesús
eran
lágrimas de
Dios; dignas
de Dios,
porque si
no, no se
hubiera
inmutado el
rostro de
Dios que es
Cristo.
La
Divinidad,
su
omnisciencia
trascendente,
no impide la
concentración
de la mirada
y del
corazón
humano de
Cristo en su
amigo. Este
episodio
revela la
intensidad
humana con
que Cristo
vive el
tiempo real
concreto,
con todas
sus
circunstancias,
con todas
las
emociones
que las
circunstancias
conllevan.
El saber
sobre los
incontables
seres
humanos, el
saber en
conjunto y
en detalle
de toda la
historia de
la
humanidad,
el
movimiento
de cada uno
de los peces
del mar de
Galilea y de
todas las
constelaciones
que pueblan
el universo,
no le impide
estar
intensamente
concentrado
en su amigo.
Y no puede
contener las
lágrimas. En
verdad, cada
una de ellas
es una luz
que ilumina
no sólo el
episodio de
Betania,
sino todos y
cada uno de
los momentos
de su
existencia
terrena y de
su
existencia
gloriosa,
tras la
resurrección
y ascensión
al Cielo. Y
nos permite
comprender
la
experiencia
que expresa
san
Josemaría en
este punto
de Camino:
«Jesús es tu
amigo. -El
Amigo. -Con
corazón de
carne, como
el tuyo.
-Con ojos,
de mirar
amabilísimo,
que lloraron
por
Lázaro... Y
tanto como a
Lázaro, te
quiere a ti
(núm. 422).
¿CÓMO
PUEDE DIOS
PERMITIR TAL
COSA?
Cuántas
veces, ante
la
enfermedad
propia o la
muerte
ajena, nos
encaramos
con nuestro
Padre Dios y
le decimos:
¿Cómo puedes
permitir
esto? Tú
dices que
eres Padre
omnipotente
y me
abandonas a
un
sufrimiento
como éste.
Si no fuera
por la fe,
pensaría que
la vida no
es más que
una broma
cruel. ¿No
te das
cuenta de lo
que me
cuesta
soportar
semejante
desgracia?
No siempre
la respuesta
llega en el
momento
deseado,
esto es, en
seguida.
Pero llega,
quizá
después de
mucho
tiempo,
después de
muchas dudas
y
turbulencias,
pero llega.
Y se «oye»
la voz del
Padre
celestial,
que dice
gravemente:
«¡Más me
cuesta a
Mí!».
Pretiosa in
conspectu
Domini mors
sanctorum
eius (Ps
115, 6), la
muerte de
los santos,
de los que
mueren como
hijos de
Dios, es
«preciosa» a
los ojos del
Padre. Lo
dice su
Espíritu en
la Escritura
Santa:
«preciosa»,
en el doble
sentido que
permite la
ambigüedad
del término.
Preciosa, de
alto precio,
algo que
cuesta mucho
conseguir;
que supone
un gran
sacrificio
adquirir.
Ciertamente,
Dios es un
Padre
amoroso. Nos
ha creado
con un amor
inmenso,
para la
inmortalidad,
para que
disfrutemos
de su eterna
felicidad –
eternamente
-, en el
Cielo, que
es el
«Reino»
donde Él es
«todo en
todos».
¡Dios no
quiere la
muerte!, no
la hecho Él.
No es
«voluntad de
Dios» que
muramos ni
que pasemos
por
cualquiera
de las demás
angustias
que vemos en
el mundo.
Dios «lo
permite»,
que es
radicalmente
distinto a
«querer». Y
lo permite,
ante a todo,
a su costa,
a costa del
sufrimiento
de su
corazón
paterno y
materno
inmensamente
grande,
infinitamente
Amor. Y si
lo permite
es porque es
una medicina
necesaria
para curar
un mal
invisible,
más grave
que todos
los
visibles: el
pecado, que
la soberbia
diabólica
introdujo en
el mundo y
se va
desarrollando
a lo largo
de la
historia de
la
humanidad.
UN
CONCEPTO
INESQUIVABLE
«Pecado»,
concepto
inesquivable;
que no da
miedo cuando
se conoce un
poco la
misericordia
de Dios y
hay voluntad
de
rectificar,
de
conversión.
Para que no
nos dé miedo
ni nos
veamos
fatalmente
inmersos en
él, ni
pensemos que
es cosa
trivial,
Dios Padre
nos envía a
Dios Hijo,
el Hijo de
sus entrañas
infinitamente
fecundas, el
Amado. ¡Qué
no le ha
costado al
Padre la
muerte de su
Hijo
unigénito,
inocente,
todo verdad,
todo
sabiduría,
todo amor,
todo
santidad,
todo él
Dios! Para
redimirnos.
Los
sufrimientos
de la
humanidad de
Cristo,
siendo tan
extremados,
teniendo tan
infinito
valor, no
son nada
comparados
con el dolor
de la
Trinidad. Si
aquellos
cesaron con
la muerte y
resurrección,
estos no
cesan
mientras
haya un hijo
negándose al
Amor, a las
obras de la
fe; mientras
algún mal
moral ponga
en riesgo la
salvación
eterna de
algún hijo.
La muerte de
sus hijos le
cuesta mucho
a Dios
Trinidad, es
el precio
-¡gran
precio!-carísimo
de la
Redención;
carísimo y
queridísimo,
como se
quiere la
medicina que
ha de curar
para
siempre.
LA
MUERTE,
ROSTRO
BIFRONTE
La muerte de
los hijos de
Dios es
bifronte:
tiene dos
caras. Una
da al lado
de acá y es
costosa.
Otra da al
lado de allá
y es
hermosa.
Porque no es
la muerte a
secas, en
solitario,
es una
muerte «con
Cristo» y
«en Cristo»,
es una
muerte
repleta de
la vida de
la gran
muerte de
Cristo,
muerte de
Dios Hijo.
Es morir «en
la Vida»,
inmersos en
la Vida que
es Cristo.
Es pues el «dies
natalis» de
los primeros
cristianos,
el día del
nacimiento a
la Vida
conquistada
por Cristo
con su
muerte y su
resurrección
gloriosa. La
muerte de un
hijo de Dios
es la
culminación
de una
fidelidad de
amor, que
merece las
palabras de
Jesús:
«Bien,
siervo bueno
y fiel...»
La
intensidad
con que
Cristo vive
el dolor de
cada uno de
sus hermanos
los hombres
es plena,
pero no sólo
en el
momento del
morir,
también en
todos y cada
uno de los
momentos de
nuestra
existencia
terrena,
hasta un
leve
traspiés o
un simple
rasguño.
Todos le
interesan
infinitamente,
todo gravita
sobre
nuestra
eternidad y
todo
conmueve el
corazón
inmenso de
Cristo.
"Dios es mi
Padre
-escribe san
Josemaría -,
aunque me
envíe
sufrimiento.
Me ama con
ternura, aun
hiriéndome"
(Via Crucis,
I, 1). ¡Más
le duele a
Él
Publicado
en
ESCRITOS
ARVO,
marzo
2003
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