Miércoles - 23.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
El valor de la vida humana El valor de la vida humana
El valor del trabajo El valor del trabajo
El valor de la libertad El valor de la libertad
El valor de la familia El valor de la familia
La vejez El valor de la vejez
El valor de la muerte El valor de la muerte
El valor de la sexualidad El valor de la sexualidad
El valor de la moda El valor de la moda
El valor de la política El valor de la política
El valor de la verdad El valor de la verdad
Descanso, diversión, deporte Descanso, diversión, deporte
Valores de la mujer Valores de la mujer
El valor del sufrimiento El valor del sufrimiento
Matrimonio: amor, fidelidad Matrimonio: amor, fidelidad
Alegría y optimismo Alegría y optimismo
El valor de la literatura El valor de la literatura
Maternidad / paternidad Maternidad / paternidad
El valor del esfuerzo El valor del esfuerzo
 amistad, amor amistad, amor
Arte, belleza, elegancia Arte, belleza, elegancia
Sonreir, pensar y viceversa Sonreir, pensar y viceversa
El valor de ser católicos El valor de ser católicos
Economía Economía
Demografía Demografía
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

LA PROVIDENCIA DE DIOS Y LA EX (Antonio Orozco-Delclós)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
Documento sin título

LA PROVIDENCIA de DIOS Y LA EXISTENCIA DEL MAL EN EL MUNDO

Esta cuestión tan aguda, tan difícil de descifrar con la sola razón, resulta comprensible desde el punto de vista que ofrece la revelación cristiana.

Por Antonio Orozco-Delclós

Esta cuestión tan aguda, tan difícil de descifrar con la sola razón, resulta comprensible desde el punto de vista que ofrece la revelación cristiana. Hay unas palabras de San Pedro en su segunda Carta que quizá no han sido suficientemente meditadas: «¿Dónde queda la promesa de su venida (la anunciada segunda venida triunfante del Mesías)? Pues desde que los padres murieron, todo continúa como desde el principio de la creación».
San Pedro recoge así la protesta de quienes se sienten defraudados por las promesas cristianas sobre el Reino de Dios que habría de haber triunfado ya sobre toda especie de injusticia, de sufrimiento, de conflictos sangrantes: ¿no debería estar ya implantado en todo el mundo el Reino de la justicia, del amor y de la paz?

«Los padres» podían ser primeros cristianos, muchos de los cuales ya habían muerto y, sin embargo, «todo continúa como desde el principio de la creación». Lo cual puede ser una evocación de las múltiples luchas cainítas que siguen flagelando a la humanidad. ¿Cómo seguir creyendo en las promesas predicadas por los Apóstoles? Las cosas no han mejorado.

«Pero —replica san Pedro— hay algo, queridísimos, que no debéis olvidar: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día». Mil años nos puede parecer mucho tiempo, desde el punto de vista de los que estamos inmersos en el tiempo. Pero la mirada de Dios y sus designios son eternos, y la eternidad tiene en presente pasado, presente y futuro. Si Jesús nos dice que «el Reino de Dios está cerca», «que está ya en medio de nosotros», nos habla desde el punto de vista de la eternidad y de los designios divinos sobre toda la historia de la humanidad.

Nosotros somos a menudo como niños que lo quieren todo y, además, ya. Pero el hombre adulto ha de comprender que para alcanzar los fines se necesita tiempo; y todo lo que llega, llega pronto, casi enseguida, porque la vida humana sobre la tierra es siempre muy corta, acaba, y, como dice san Agustín, todo lo que acaba es breve. Para Dios mil años son como un día.

¿Por qué permite Dios que los «malvados» sigan haciendo el mal? La respuesta de quien pasó muchas horas, muchos días, años, conversando con Jesucristo y meditando tanto sus palabras como sus silencios, es ésta: «No tarda el Señor en cumplir sus promesas, como algunos piensan; más bien usa de paciencia con vosotos, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan» (2 Pe 3, 8-9).

Una vez más, el Espíritu Santo, por medio de sus hagiógrafos, nos revela que el mal es una permisión de la misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cfr. 1 Tim 2, 4; Rom 11, 22) y usa con ellos de una paciencia infinita, que implica una misericordia tan grande que nos resulta difícil de comprender.

Desde un punto de vista objetivo la injusticia hace mayor mal al injusto que al justo que sufre la injusticia. En el justo, el sufrimiento es un vínculo de unión con la Cruz redentora de Cristo; para el injusto, las consecuencias del mal que se derivan de su injusticia han de ser un revulsivo que le ayude a la conversión y alcance, al fin, la salvación eterna.

El justo, es decir, el santo —en términos bíblicos— no pierde la paz ni la felicidad profunda, al sufrir la injusticia; es más, la ofrece por el causante de la injusticia.

En todo caso, la permisión del mal redunda en el bien de los que aman a Dios y constituye una llamada a la conversión de los que no le aman. Es un aspecto del «escándalo de la Cruz».

 

© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

26/07/2005 ir arriba
COMENTARIOS añadir comentario
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.
ir arriba

v01.99:0.35
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós