Por André Frossard.
"Se dice con razón y se repite ahora con frecuencia, hasta en las iglesias, que "el sufrimiento no tiene valor en sí mismo". Su acción es puramente negativa. Debilita, degrada y hasta envilece en ocasiones al ser humano. Reduce su autonomía, cuando no la aniquila para hacerlo completamente dependiente de otro. El sufrimiento trastorna, deforma o extingue sus facultades, lo empuja a la desesperación o, en el mejor de los casos, a una resignación al acecho en la que, corno agazapado en lo más profundo de sí mismo, no espera más que la faz hueca de la liberación, que será su última visita. Constituye la piedra de toque de todas las sabidurías y de todas las religiones; los más prudentes lo evitan o fingen no haberlo visto. Saben que el sufrimiento y en particular el sufrimiento de los inocentes, es injustificable e incompatible con la hipótesis de Dios, a menos que se haga de El un ser indiferente y lejano en quien Baudelaire, sin gran esperanza de ser comprendido, resumía toda la historia de la humanidad con aquellos terribles versos en los que evoca "ese ardiente sollozo que rueda de edad en edad y va a morir en la orilla de vuestra eternidad".
No sólo hay que combatir el sufrimiento, que no conviene a nadie, sino que si no se quiere incidir en su "dolorismo"(1), que no pasaría de ser un vicio como otro cualquiera, es necesario negarle todo sentido y toda utilidad, dejando aparte que hace perder la fe a muchos y que a otros les impide creer."
Sin embargo, Cristo sufrió y nos dijo que tenía que pasar por ello "para entrar en la gloria"(2), dando por supuesto que la gloria, para Dios, consiste en la irradiación visible del Amor.
El sufrimiento es la cuestión de las cuestiones. Hace su aparición con el primer vagido del niño que viene al mundo y no cesa de perseguirnos hasta el fin, hasta el instante último en que el poderoso hálito de la agonía nos arranca del mundo de los vivos. Negar el valor del sufrimiento no implica en absoluto una ayuda para los enfermos, sino que supone, por el contrario, arrebatarles algo más; es una indignidad. Los sufrimientos son ocasión para que generen caridad, pareciéndose a Dios en eso, aunque ¿quién podría parangonarse con Él? Poseen la virtud de hacernos mejores aunque sólo sea un momento. ¿No hemos de mostrarles nuestra gratitud por tan señalado favor? "Estaba enfermo y me visitasteis"(3), nos dice Jesús. Y no: "Estuvisteis enfermos y los que fueron a veros tienen toda mi simpatía". - Él es el enfermo, el leproso, el preso, el desvalido, y eso significa que en el pobre ser que somos todos cada carencia. es una forma ,de presencia de Dios: quien no lo comprenda así nunca entenderá nada del cristianismo.
Sucede en efecto, como se ha subrayado en las objeciones que preceden a esta respuesta, que ante el zarpazo de una desgracia repentina, o el anuncio de una enfermedad irreversible que afecta a algún ser querido, algunos dicen que han "perdido la fe". Pero con gran frecuencia no la pierden más que para fortalecerla en nosotros a la vista de su valor, su tesón, su paciencia, que provocan nuestra admiración y dan testimonio de que el ser humano es más grande que su condición y que hay una belleza de alma que de alguna manera nos susurra que la fe es incorruptible.
En tales condiciones, hablar de lo "absurdo" o de la "inutilidad" del sufrimiento pone de relieve una cierta zafiedad espiritual. Es razonable, desde luego, adelantar que un sufrimiento querido o buscado sería un placer más que podría caer fácilmente en la abyección; no, aquí sólo se considera el sufrimiento impuesto, aquél que Cristo sintió en el Huerto de los Olivos, cuando antes de entregarse a su Pasión pidió-por un instante al Padre que lo apartara de Él.
Ese sufrimiento no deseado, ni aguarda a que se le llame ni perdona a nadie. Se presenta cuando menos se espera y se introduce hasta en la felicidad al hacernos ponderar la fugacidad de la misma. A veces somos nosotros los que lo generamos por nuestra resistencia a dar -porque si Dios es efusión, nosotros seriamos más bien retención- y esa avaricia, de la que no siempre somos conscientes; da lugar ,a estos dolorosos exponentes de rechazo que son el equivalente psicológico de lo que en medicina se conoce por "cálculos". El don de sí que es alegría en el infinito de Dios se convierte en sufrimiento dentro de nuestro ámbito limitado. Descarto los males que los hombres se infligen unos a otros por su egoísmo, sus ambiciones, su voracidad, su fanatismo, el desbordamiento de ese odio rapaz que aún proyecta su sombra sobre el calvario de Auschwitz, y todas. las abominaciones de las que somos culpables por el ejercicio abusivo de nuestra libertad. Sólo nosotros tenemos la responsabilidad de tales horrores y desastres. En verdad que nuestro siglo ha conseguido prodigios, pero no es menos cierto que también se ha distinguido en matanzas y en mentiras y se hace enteramente insoportable contemplarlo, todavía manchado con las señales de sus crímenes, volviendo hacia el creyente la cara lívida de Caín para preguntarle: "¿Dónde está tu Dios?", cuando acaba de matarlo en el justo y en el inocente.
Dejo a un lado el siglo con sus obras y me fijo en ese sufrimiento impuesto que es inherente, no a nuestras diversas perversiones morales, sino a nuestra condición humana, expuesta en todo instante al desgarramiento y a la muerte. ¿Quién nos acusará de ser frágiles, efímeros, condenados a la decrepitud y a lo ineludible? Hasta aquí, como el niño que hace rebotar sobre un espejo un rayo de sol para-encender una cerilla, me he esforzado por colocar todas las respuestas de este libro en la vía de aquella luz que me enseñó de improviso, un día de julio, que Dios era dulzura misericordiosa e insuperable, pura caridad, y que las demás verdades no eran más que reflejos de aquella Verdad; he intentado fundamentar la lógica de mis experiencias sobré eso irracional que se llama amor.
Pero cuando necesito hablar del sufrimiento del inocente no se trata ya de imitar al muchacho que intenta atrapar el rayo de sol que entra por su ventana, sino que hay que penetrar en el sol mismo.
He conocido, creo haber conocido en el barracón de los judíos de Fort Montluc, en tiempo de los Barbie(4) y de los proveedores de fosas comunes, todas las formas de dolor que la persecución y la barbarie pueden extraer del cuerpo humano y del alma indefensa, que no es entonces más que una vibración inaudible, un aliento asustado, un hálito de réquiem. Vi a los que eran una pura llaga, destrozados por los golpes recibidos desde la nuca a los talones, que se movían con precauciones infinitas como si estuvieran, en una tienda invisible de porcelanas valiosas; vi a los que habían sumergido y casi asfixiado en agua fría, que no dejaban de tiritar bajo su manta, pero que conservaban en sus ojos el ansia de una fuga tan desatinada como imposible; vi a los que dudaban en volver a la vida, como si temieran que el odio, al hallarlos en buen estado, hiciera su aparición de nuevo para cogerlos por el cuello y llevarlos al suplicio; vi a los que se pasaban el día y la noche temblando por los suyos, libres acaso, pero sin saber por. cuántas horas, ó quizá encarcelados, pero sin saber dónde; vi a los que iban a colocarse delante de los cañones de los fusiles con paso de autómatas y la mirada más allá de lo real; vi a muchos, a los que los torturadores, espoleados por el sentimiento de su omnipotencia, martirizaban moralmente esforzándose por humillarlos, estrujando en ellos hasta la última gota de esperanza, para hacerles sentir lentamente, minuciosamente, el avance de un proceso inexorable de eliminación.
Mucho tiempo después, las garras del sueño me arrebatan casi todas las noches para volver a llevarme a aquel recinto de todas las desolaciones, donde creía haber vivido cuanto los nervios humanos pueden soportar sin romperse.
Yo no sabía aún que existía un dolor que los resume todos y ,no podéis imaginar con qué temeroso ardor deseo que no tengáis que padecerlo nunca. Incluso todavía hoy me falta fuerza para describir aquellos momentos macabros en los que todo estaba trastocado y el cielo no era más que indiferencia y la tierra promesa de corrupción, y había visto por última vez la cara de mi hijo a través de una rendija existente entre los troncos con qué estaba construido el barracón. No hay desdicha mayor. El tiempo la atenúa, pero nunca la aleja lo suficiente, y para que vuelva a asaltarnos la pesadilla basta cualquier cosa, un objeto,- el olor de una planta, un nombre que uno nunca se atreve a pronunciar, el trino de un pájaro, un modo de silencio. Y luego, un día -que será otra revelación- al doblar la esquina de una calle, el lanzazo del recuerdo volverá a invadirnos por enésima vez; pero-pensaréis de repente que nada sería peor que el olvido, que ese sufrimiento que antaño estuvo a punto de romper vuestra última resistencia es la prueba de que habéis amado, que esa prueba es la justificación de vuestra existencia, vuestro tesoro más preciado, lo único que os llevaréis cuando todo lo demás regrese al polvo. Sentiréis la connivencia profunda del sufrimiento y del amor en vuestra naturaleza caduca.
Viendo -cómo el sufrimiento, con un poder casi infinito, os habrá vinculado indisolublemente a los vuestros, os habrá abierto a la compasión y vuelto comprensivos hasta con la más anecdótica de las lágrimas de un niño; viendo cómo os habrá hecho más sensibles a la pena y a la soledad de otros, de todos los otros; cómo, en fin, se transforma en caridad ya en este mundo, pensaréis en la pasión de Cristo, que está en el corazón de vuestra fe. Y comprenderéis, ¿qué digo?, sabréis, veréis con admiración que si la justicia y la misericordia podían haber evitado perfectamente el camino de la cruz para salvar a los hombres, no había otro camino para el amor encarnado.
Notas:
1 Así en el original.
2 Cfr. Lc 24, 26.
3 Mt 25, 36.
4. Klaus Barbie era el jefe de la Gestapo de Lyon, figura bien conocida en Francia por sus crímenes. (N. de la R.)
Del libro Preguntas sobre Dios , Pags. 189-195.
Editorial Rialp. Madrid 1991.
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