| CONVERSACION CON JOAN VILAR
DOCTOR EN TEOLOGÍA Y EN MEDICINA
Joan Vilar es doctor en Teología por la Universidad Lateranense (Roma) y cursó los estudios de Medicina en las Universidades de Barcelona y Salamanca. Ordenado sacerdote en 1967, reside desde 1968 en Alemania (Munich, Baviera). Docente de Moral en numerosos cursos y simposios, ha publicado artículos especializados, sobre todo acerca del dolor y la personalidad [1]. Sobre este tema, siempre de actualidad universal, hemos querido conversar para nuestros lectores.
--Se dice que actualmente el rechazo del dolor es más vehemente que en otros tiempos. El miedo al dolor llega a ser patológico («algofobia»). Se habla de que padecemos «analgofilia»: afición desmedida al analgésico; y que «las virtudes han sido sustituidas por las grageas». Más que miedo, tal vez sea pánico al dolor lo que sufrimos. Huyendo del dolor padecemos doblemente. El sufrimiento se considera como un intruso absurdo, que quizá desmiente la bondad del Creador y hunde en la desesperación. ¿Qué opina usted sobre todo esto?
-Es posible que nunca como en nuestra época se haya temido tanto el dolor. La eficacia de los analgésicos, indudablemente, nos ha ablandado. Pero de su existencia hemos de felicitarnos y usarlos cuando médicamente sea oportuno. Lo preocupante de la situación es precisamente el miedo o pánico al que usted alude, que apuntan a la pérdida del sentido humanizante y trascendente del dolor. Ésto es lo que urge recuperar. En Guerra y Paz , de León Tolstoi , hay un personaje llamado Pierre Besochov, que había sido tenido, durante largo tiempo, por un hombre bueno pero no feliz, hasta que llegó un día en que apareció en su rostro una sonrisa inesperada, llena de la alegría de vivir. En sus ojos, los demás personajes, descubren compenetración con el prójimo y parecen entender en su mirada la insinuación de una pregunta: ¿cómo no estáis tan contentos como yo? Resultaba agradable comunicarse con él. Antes era muy hablador y podía entusiasmarse a lo largo de una conversación, pero no atendía apenas a las razones de los demás. Ahora en cambio se dejaba arrastrar raras veces por la discusión y podía de tal modo escuchar a los demás que uno le abría los secretos más recónditos... Tolstoi declara sin dudarlo que la explicación de un cambio tan profundo de carácter no se encuentra en el paso de los años ni en lo que pudo aprender por viejo: fueron los pesares de la guerra y, sobre todo, las inclemencias de la cautividad padecida lo que originó tan notable viraje en el carácter de Pierre Besochov. El gran escritor ruso entiende --y pienso que con razón-- que un gran sufrimiento puede conducir a una alegría de vivir insospechada.
TENER UN MOTIVO DE ESPERANZA
--Es indudable que esto sucede a muchas personas, ¿pero no será menester un soporte biológico o temperamental privilegiado para que el sufrimiento pueda convertirse en un factor constructivo del carácter? ¿Hay algún tipo de personas, si puede hablarse así, predispuestas a asumir positivamente el dolor?
--El conocido psiquiatra Viktor E. Frankl ha estudiado un gran número de casos de personas que han padecido dura cautividad en campos de concentración. Según su relato, no fueron los más fuertes quienes superaron positivamente la experiencia del campo de Auswitz, sino los que tenían un motivo y una esperanza: mujer, hijos, tarea, ideal, Dios, en una palabra, alguien a quien no podían defraudar abandonándose a una muerte miserable sin dignidad. Los que sobrevivieron de este modo sabían que, si algo no les aniquilaba, les fortalecía; que si no podían esperar nada de la vida, era cuestión de preguntarse por lo que la vida esperaba de ellos. El mismo Frankl lo resume en plural mayestático: Lo que nos interesaba era el sentido de la vida en su totalidad, que incluía también la muerte; no solamente el sentido de la vida, sino también el sentido del vivir y del morir. ¡Era para encontrar este sentido por lo que luchábamos!. A este hecho se sumaba una gran seguridad frente al futuro: La vivencia de aquellos hombres al regresar a su hogar era coronada por la inefeble sensación de que, después de todo lo que sufrieron, ya no habían de temer nada en este mundo, excepto a Dios. Y Dios, obviamente, no ha de ser objeto de temor sino de confianza absoluta.
Estos dos factores: balance positivo y sentido de la trascendencia, son los que, sin asomo de malentendido, proclama también abiertamente Solzhenitsin en Candle in the Wind. Frente a la pregunta ¿años perdidos?, responde Alex: No, en realidad no han sido perdidos... Quizá aquellos años fueron necesarios. Y ante la protesta de un amigo, insiste: No es tan sencillo, hay momentos en los que digo: ¡Qué Dios te bendiga, prisión!. Y añade una sentencia realmente inesperada, pero cargada de sentido: Sólo un prisionero (se refiere a campos de concentración) puede estar totalmente seguro de poseer un alma inmortal. Se entiende lo que quiere decir: la experiencia de un gran sufrimiento como aquél puede proporcionar un conocimiento de sí verdaderamente privilegiado. En 1983, en The Times, Solzhenitsin declaraba: El dolor es esencial para nuestro progreso espiritual y para nuestro perfeccionamiento interior. El sufrimiento viene repartido a la humanidad y a cada hombre, en una cantidad suficiente, para que el hombre pueda sacar utilidad de él, si lo sabe usar para su crecimiento interior.
--Pero no siempre sucede así. ¿Qué podría decirse a quienes se encuentran con la angustia ante un dolor grave?
--Que, ciertamente, el ejercicio perfectivo de la libertad no es cosa fácil y la capacidad de sufrir serenamente no es asequible por ensalmo; tiene que ser conquistada con esfuerzo creativo, más exactamente, autocreativo. El hombre está necesitado de hacerse a sí mismo. En esa tarea no está solo, por supuesto. Dios existe; y nos hace el gran favor de dejarnos la tarea de forjar libremente la propia personalidad. Idénticos hechos pueden enriquecer la personalidad o, por el contrario, ser motivo de su ruina. Una misma afección somática puede llevar a la desesperación, a la renuncia de todos los valores y a la propia existencia, o, por el contrario, a la esperanza confiada, llena de sentido, con la firme decisión de seguir luchando por la vida. El propio sufrimiento puede ser concebido como algo absurdo, y entonces tal juicio suele extenderse a la propia vida. Pero también cabe la alternativa de penetrar con el dolor más a fondo en el sentido de las cosas y del hombre. Es como si el dolor abriese una ventana al yo, invitándole a contemplar lo trascendente, lo que está más allá de la actual existencia, pero que ha de llegar.
Rainer Maria Rilke lo formula con un poco de exageración: El que no afirma alguna vez con un sí definitivo, aclamativo, la atrocidad de la vida, no entrará en posesión de los valores incomparables de nuestro ser, se moverá solamente al margen; y, en el día en que caiga la decisión, no habrá pertenecido ni a los vivos ni a los muertos. Journet escribe: El dolor es el precio por la vida; en él se forja la reciedumbre superadora de los obstáculos a pesar de las dificultades, y la fuerza de crecer en medio de esas dificultades. Christian Morgenstern, cuya fuerza interior no permitió que sus dolores le hicieran claudicar, afirmaba: Cada enfermedad contiene un sentido particular, pues cada enfermedad es una purificación. Uno tiene que descubrir de qué... Los hombres se niegan a aprender los jeroglíficos de su enfermedad... Aquí radica su verdadera incurabilidad, en la falta de querer conocer.
--¿Se ha estudiado la actitud ante el dolor de enfermos crónicos, de larga enfermedad?
--Sí, se han hecho estudios sobre la integración del dolor en la personalidad de enfermos crónicos y el resultado es muy elocuente. Se citan algunos autores conocidos que supieron adaptarse plenamente a su enfermedad. Habría que estudiar algunos casos más para ver el amplio abanico de reacciones personales que ofrecen. El panorama se extiende desde un Blaise Pascal y Reinhold Schneider, que se afirman e integran la propia enfermedad; hasta un Heinrich Heine o Maxim Gorki, que no la aceptan y la ven como una interferencia y limitación en su biografía.
En estos ejemplos se manifiesta que la clave no está en la pregunta del hombre que se cuestiona el sentido y finalidad del dolor, sino en la del que juega el papel de preguntado; la de aquél que entiende que se le propone la cuestión: ¿qué vas a hacer con tu dolor? El sufrimiento y las dificultades en general juegan un papel decisivo para el conocimiento propio, tanto de las propias posibilidades como de las propias fronteras. Dolor y enfermedad son factores desencadenantes en la construcción de la personalidad, puesto que a través de ellos el hombre se vuelve consciente de lo que tiene que superar, y, a la vez, le proporcionan las piedras angulares para construirla. Adalbert Stifter escribe: ¡Feliz el hombre que no conoce estos sufrimientos!; pero no, infeliz él, porque no conoce lo más sublime de la vida. No estoy dispuesto a abandonar el dolor, porque entonces abandonaría lo divino. Léon Bloy resume así: Sufrir pasa, haber sufrido no pasa jamás.
El sufrimiento implica esfuerzo personal, para no renunciar a sí mismo a pesar del dolor. No estar dispuesto a vegetar en el seno de la naturaleza --en este caso adversa -- es avanzar hacia la realización de valores que superan la vulgaridad. Viktor Frankl presentó una vez en clase a un paciente joven, con una grave enfermedad (de Little y atetosis doble): no había podido acudir a la escuela, pero había estudiado por su cuenta y había leído mucho. Si atendemos al esquema de "las tres tareas de la vida" que señala la psicología individual (trabajo, comunidad, amor), se ve lo poco que la vida le dio a aquel hombre y lo mucho que la vida le adeudaba. ¿Trabajo? No era capaz de hacer ninguno. ¿Comunidad? Por la calle oía el comentario de las gentes: "un paralítico...". ¿Amor? Satisfacciones amorosas quedaban descartadas de antemano. El hombre era un inválido, y, sin embargo, se esforzó con tal dignidad y garbo humano que, al presentarse en el aula, los alumnos no pudieron menos que exclamar: Ecce vita hominis! (He aquí la vida de un hombre)
FUERZA PARA CRECER POR DENTRO
El sufrimiento es una fuerza de crecimiento interior, aunque el que sufre ya no pueda forjar exteriormente el destino; precisamente el sufrimiento le da la posibilidad de superarlo en la propia intimidad. En el caso del enfermo de Little el hecho era éste: tengo una enfermedad de Little y esta enfermedad me ha sido dada. Pero este hecho fue elaborado interiormente y ahora rezaba así: tengo una enfermedad de Little y esta enfermedad me ha sido dada para que la resuelva, me encuentro ante el problema de qué es lo que voy a hacer con ella.
Frankl presentó también el caso clínico de una paciente, a quien a la edad de veintidós años le fue hecha una colostomía y le escribió: El dicho de Hölderlin "el que pisa su sufrimiento se eleva" es para mí un viejo compañero. La muerte de mi marido me causó una tranquilidad nunca experimentada. Aún cuando mi existencia carezca, en cierto modo, de sentido, la posibilidad de pensar tan sólo que este hombre vivió, justifica todo momento de mi existencia. No se debe buscar al hombre en el ambiente inmediato - bastará tal vez una obra suya -, no es necesario que viva aún. No querría cambiarme con nadie, quiero seguir siendo yo misma, ¡incluso seguir siendo enferma!. La enfermedad le puso en un aprieto, pero "pisando su sufrimiento" esta mujer fue capaz de elevarse sobre sí misma.
HACIA LA MADUREZ
En este elevarse pisando el propio dolor se adquiere madurez. En el ambiente familiar, social y profesional, con la responsabilidad que exigen los derechos y deberes en la comunidad, surgen siempre dificultades. Sin estas contrariedades hay peligro de pararse, de instalarse en una personalidad infantiloide. Las contradicciones pulen las aristas y deformidades de una obra apenas comenzada, para dar la forma lisa de la madurez.
Las dificultades ejercen un papel insoslayable en la adquisición de un conocimiento realista de sí mismo y en la aceptación de las propias limitaciones. Con el dolor la actitud personal va dejando de ser "reacción", influida y generada por el ambiente, para originarse cada vez más desde principios interiores, en un yo que se adapta a las circunstancias, pero sin identificarse con ellas, permaneciendo fiel a sí mismo.
--¿Es evidente que las personas con una fe viva en Dios soportan el dolor con serenidad y aun con alegría. ¿Por qué?
--Porque el Evangelio nos aclara lo que la razón humana sólo puede ver borrosamente: que el dolor tiene que ver con el pecado original, en el que todos nos encontramos implicados. El pecado, además de ser ofensa a Dios (o precisamente por serlo) ha alterado el equilibrio armónico entre el hombre, el mundo y Dios. El pecado se contrae al procurar una autosatisfacción inmediata contraria al bien integral de la persona --abarcante del presente, del pasado y del futuro--. Es justo y misericordioso que la reparación del pecado sea mediante el dolor. Una autosatisfacción contraria a la bondad de la Creación, exige, para ser reparada del mejor modo posible, una fuerza opuesta: algo que hiera de alguna manera la propia satisfacción. Por eso Dios elige como medio de Redención, la Cruz. Es la manera más perfecta de redimir a la humanidad. Es evidente que este tema tiene un enorme calado y no se puede despachar en dos palabras. Pero quien se tome en serio el amor infinito de Dios, comprenderá suficientemente que el pecado es siempre una aberración no sólo contra Dios sino contra sí mismo. El dolor es el mejor medio de purificación y dispone a la unión con Dios, que es Amor, Sabiduría, Belleza... Saberlo, descubre el sentido más profundo del dolor y permite comprender que, cuando se presenta, vale la pena asumirlo. Juan Pablo II ha escrito un magnífico documento sobre esta cuestión --además de muchas alocuciones--, la Carta Apostólica «Savífici doloris», sobre el sentido del sufrimiento humano (11 de febrero de 1984), que es de obligada lectura para quien quiera conocer el tema desde la perspectiva evangélica y con hondura teológica.
Antonio OROZCO
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[1] Recientemente ha publicado El sufrimiento del hombre y la Cruz de Cristo (Palabra, Madrid, 1966)
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