Reflexiones al hilo del pensamiento de C. S. Lewis
Por José Miguel Odero
Es frecuente que los tratados anglosajones de filosofía de la religión incluyan como temas destacados la existencia de Dios y el problema del mal. El desarrollo de este último tema se concentra alrededor de la pregunta por el sentido del dolor humano.
Uno de los escritores contemporáneos que han afrontado lúcidamente el problema del dolor es C. S. Lewis. En esta comunicación apuntaremos algunas reflexiones sobre el dolor humano al hilo del pensamiento de Lewis[1].
El dolor como problema
¿Qué experimenta el hombre corriente al entrar en contacto con la realidad del dolor? Pero sobre todo, ¿qué piensa? y ¿cómo se presenta el dolor ante su conciencia?
Cuando C. S. Lewis escribió en 1940 El problema del dolor su propósito era resolver el problema intelectual presentado al sufriente por el sufrimiento. Esta elucidación intelectual del problema del dolor es una necesidad urgente para quien sufre, pues el doliente no sólo se duele de padecimientos físicos sino también de la misma conciencia del dolor como aporía, como callejón sin salida. Por eso la reflexión sobre el sentido del dolor resulta inevitable. Con todo Lewis observa con agudeza que una filosofía del dolor nunca podrá llegar a ser un analgésico adecuado para embotar el sufrimiento[2].
Tampoco la fe cristiana es para el creyente una especie de opio espiritual que le evite la experiencia lacerante del dolor. El dolor es siempre doloroso; es más, la misma conciencia de la inevitabilidad del dolor duele a su vez. Lo único que el teólogo puede y debe proponerse con su discurso es, pues, inyectar en el dolor la esperanza o lo que es lo mismo: «mostrar que la vieja doctrina cristiana de ser perfeccionado a través del sufrimiento no es increíble»[3].
Esa credibilidad del sentido cristiano del dolor se capta generalmente por vía de testimonio. El hombre es capaz de reconocer algo llamativo en la existencia de algunos cristianos, siempre que éstos vivan el dolor como algo que, sin ser bueno en sí mismo, tiene con relativa frecuencia efectos buenos: «He visto —reconoce Lewis— gran belleza de espíritu en algunos que sufrían reveses (...) y he visto que la enfermedad final produce tesoros de fortaleza y humildad en individuos que eran muy poco valiosos»[4] .
En casos como estos cabe contemplar en el dolor una piedra de toque de la infinitud propia de la libertad humana, pues el dolor revela al hombre la hondura de su propia libertad[5]. El hombre es libre ante el dolor, porque es capaz de no sucumbir ante él, sino que por el contrario el hombre posee la paradójica capacidad de reconducir el dolor hacia su propia felicidad. El hombre es libre frente al dolor, porque puede vencer al mal que es el dolor aun antes de que el dolor sea suprimido.
¿Cómo es posible esta victoria del hombre sobre el dolor? Para responder con hondura a esta cuestión hemos de preguntarnos por las condiciones de posibilidad del dolor El problema del dolor puede aparecer como tal problema —y no meramente como un dato— cuando se nos presentan dos realidades aparentemente contrarias: por una parte se debe dar en nosotros mismos la experiencia del dolor y la viva comprobación de la presencia de este mal en el mundo; pero por otra parte el dolor sólo llega a ser problema cuando simultáneamente tenemos la convicción de la bondad y la sabiduría del Creador del mundo.
En efecto, para un materialista que sólo contempla la posibilidad de que una energía desconocida e impersonal explique suficientemente el cosmos y la vida humana, el dolor es tan sólo un dato molesto o, en todo caso, una plaga a erradicar, pero sólo en este último sentido le resulta problemático. Es decir, para un materialista el problema del dolor se reduce a un problema técnico: encontrar analgésicos adecuados.
Por el contrario, la fe cristiana en un Dios bueno y omnipotente suscita el problema del dolor en sus términos más paradójicos, cuando enseña a la vez que el Hijo de Dios beatísimo muere en la cruz padeciendo sufrimientos atroces[6].
Dolor y Dios creador
El primer paso para comprender el enigma del dolor así planteado consiste en entender que la posibilidad del sufrimiento está implicada por el orden de la naturaleza y por la existencia de voluntades libres. Una reflexión seria sobre estas dos condiciones de posibilidad del dolor tiene una consecuencia trascendental e inquietante: la convicción de que el intento de excluir de raíz la posibilidad del sufrimiento llevaría a hacer imposible la vida humana. «Quizá —observe Lewis— podamos imaginar un mundo en el que Dios corrigiera a cada momento los resultados de cualquier abuso del libre albedrío de sus criaturas. En tal caso una viga de madera, al ser utilizada como arma, se volvería blanda como la hierba; y el aire se negaría a obedecerme, cuando yo intentara modular ondas sonoras portadoras de mentiras o insultos. Esa clase de mundo sería de tal naturaleza que haría imposible los actos injustos, pero, por lo mismo, el libre albedrío resultaría anulado»[7]. En tal mundo la libertad humana carecería de toda seriedad, sería un risible simulacro de libertad. ¿Podemos desear seriamente esa caricatura de libertad? Y, sobre todo, ¿puede Dios desearla para nosotros?
Si la respuesta a estas preguntas es negativa, entonces debemos concluir lógicamente que este mundo nuestro poblado de dolor «quizá no sea el mejor de todos los universos posibles, sino el único posible»[8]. Ahora bien, aún es necesario que nos preguntemos desde la perspectiva del dolor, quién es Dios —en qué consisten realmente la Bondad, el Amor y la Omnipotencia de Dios— y quién es el hombre.
Dolor y salvación
Para la comprensión del dolor el dogma cristiano de la caída original aporta un factor de explicación sumamente sugestivo. Creemos que después del pecado original el hombre se volvió «un horror para Dios y para sí mismo, una criatura mal adaptada al universo. Y esto sucedió no debido a que Dios hubiera creado así al hombre, sino como consecuencia del abuso de su propio albedrío»[9].
Por el pecado original nuestro entendimiento y nuestra voluntad no quedan corrompidos pero sí torcidos. Ahora bien, los dones de Dios son sin penitencia (Rom 11,29); por ello tras la caída original conserva aún toda su validez la vocación del hombre a la comunión con Dios. Lo que Dios pide de nosotros es únicamente que rectifiquemos el rumbo equivocado de nuestra naturaleza; ahora bien esta corrección es ineludible.
En efecto, el Amor de Dios no se puede contentar con lo que ahora somos, tiene que querer enderezarnos. Dios busca nuestra felicidad, y por tanto busca que seamos nosotros mismos, sujetos en los que Dios pueda complacerse sin hipocresía por su parte; es decir, Dios quiere amarnos siendo nosotros mismos realmente dignos de su amor[10].
El enderezamiento del hombre caído es costoso, porque implica en parte violentar tendencias espontáneas, comportando así su frustración, lo cual es percibido en forma de dolor: «El hombre como especie se corrompió a sí mismo, y el bien —para nosotros y en nuestro presente estado— tiene que significar básicamente un bien remediante o correctivo»[11]. El dolor es la clave de este remedio o corrección.
En efecto, el dolor actúa ante el entendimiento como despertador de que algo va mal en la vida humana: «El dolor no sólo es un mal inmediatamente reconocible, sino un mal imposible de ignorar»[12]. Lewis observa que el dolor es uno de los vehículos más eficaces para que se despierte en el hombre la conciencia de la existencia de Dios; porque «el dolor —afirma— insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, también nos habla mediante nuestra conciencia, pero en cambio grita en nuestros dolores, que son el megáfono que El usa para hacer despertar a un mundo sordo»[13].
Es verdad que el sufrimiento puede ocasionar en el hombre la rebelión contra Dios. No obstante Dios debe correr ese riesgo, porque «el dolor procura la única oportunidad que puede tener el hombre malo para enmendarse. Aparta el velo e implanta la bandera de la verdad dentro de la fortaleza del alma rebelde»[14].
El dolor también acompaña inevitablemente al necesario enderezamiento de la voluntad humana torcida. El efecto redentor del sufrimiento reside mayormente en su capacidad para reducir la voluntad rebelde. El principal problema de nuestra vida consiste en cómo aprender a amar y a ser capaz de la entrega de uno mismo. Pero someter así la voluntad, subordinándola al bien del otro, es a menudo violento y doloroso[15].
En cualquiera de estas dos dimensiones en las que se presenta el sufrimiento, podemos observar cómo Dios no quiere el dolor por sí mismo; sólo lo quiere porque es el único medio para hacer entender al hombre hacia dónde debe mirar —el dolor es el despertador de la verdad acerca de nuestra vida— y porque es el único medio para curar nuestro egoísmo, nuestra pobreza de amor[16].
Durante la existencia del hombre sobre la tierra la asignatura del dolor es la más difícil de cursar. Los cristianos, sin embargo, tienen la esperanza de que en este arduo aprendizaje no están solos: «El cristianismo —afirma Lewis— nos enseña que la terrible tarea ha sido ya cumplida para nosotros en cierto sentido: la mano del maestro está sosteniendo la nuestra cuando tratamos de trazar las difíciles letras y que nuestro escrito sólo necesita ser una copia y no un original (...). El sacrificio de Cristo es repetido o halla nuevo eco entre sus seguidores en muy diversos grados, desde el más cruel de los martirios hasta el sometimiento de la propia voluntad»[17].
Lewis concluye su ensayo sobre El problema del dolor constatando que a pesar de nuestro esfuerzo intelectual por esclarecer esta gran cuestión humana, el dolor siempre será en cierta medida un misterio para el hombre, y también para el cristiano[18].
Experiencia del dolor y reflexión teológica
Veinte años después de publicar su ensayo El problema del dolor, Lewis tuvo la oportunidad de experimentar vivamente de modo nuevo el perenne carácter enigmático que presenta siempre el dolor sufrido en presente. Esta experiencia quedó plasmada en el diario espiritual que Lewis redactó a raíz de la muerte de su esposa, Joy Davidman.
Este diario, publicado en 1961 con el título de Una pena observada, es también una reflexión sobre el problema del sufrimiento humano; sólo que entonces Lewis estaba constituido él mismo en sufriente de un modo especialmente acerbo. Con todo, en medio de su intenso dolor, Lewis intenta reflexionar sobre su propia situación: «Cada día no sólo vivo en pena, sino pensando lo que es vivir en pena»[19].
Lewis trata de mitigar su dolor por el procedimiento de objetivarlo, pero se da cuenta de que ello no es posible: no existe una estrategia para que el dolor no duela, porque la subjetividad doliente no es capaz de autoobjetivarse adecuadamente. Lo único que está en sus manos es tratar de dar sentido al dolor que necesariamente ha de ser padecido.
Lo primero que Lewis descubre en su reflexión es que el sufrimiento ha hecho tambalearse sus convicciones teológicas más profundas, de modo que el sentido de su dolor no se le aparece inmediatamente como algo dado.
A pesar de ser creyente y de haber escrito un ensayo clarividente sobre El problema del dolor, Lewis descubre, ante el dolor por la muerte de su mujer, que su antigua teorización sobre el dolor ha quedado existencialmente inerte y que ya no le es de utilidad: «Yo ya sabía que estas cosas, y otras peores, ocurren a diario. Y habría jurado que contaba con ello. Claro, que es diferente cuando una cosa así le pasa a uno y no a los demás, cuando pasa en realidad, no a través de la imaginación»[20]. Lewis comprende que tiene que replantearse de nuevo todo el problema desde su presente situación.
Ahora experimenta el dolor como miedo, como tedio y también como rebeldía frente a Dios. El sufrimiento ha convertido su vida en un «callejón angosto» y en un sinsentido. El dolor tiñe la vida con una sensación de permanente provisionalidad: «Antes nunca llegaba a tiempo para nada, ahora no hay nada más que tiempo, tiempo en estado casi puro, una vacía continuidad»[21] .
Tras sus primeros desahogos Lewis ha cobrado cierta autoconciencia de su estado. Entonces cae en la cuenta de que el orden de su pensamiento doliente se ha dirigido primero a él mismo, luego a su mujer y de que sólo finalmente ha pensado en Dios. Ahora bien, desde su fe cristiana comprende que ese ordenamiento de su atención es «justo lo que no debe ser»[22]. Disfrazado de altruismo, su dolor era esencialmente egoísta: «Me he quedado horrorizado. Por la forma en que he venido hablando, cualquiera tendría derecho a pensar que lo que más me importa de la muerte de H. son sus efectos sobre mí mismo»[23].
Lewis siempre afirmó en sus escritos que la realidad es la gran iconoclasta de los subjetivismos enfermizos, la piedra de toque que debe medir nuestras ideas y emociones; por eso en estos momentos tampoco deja de atender a la realidad. Ahora que ha conseguido que surja en medio de su experiencia sufriente el sentido de realidad, Lewis está en condiciones de analizar cómo la pasión del dolor había oscurecido hasta tal punto su mente que dejó de considerar no sólo el punto de vista de Dios, sino también al ser querido al cual lloraba.
La constatación de su egoísmo le lleva a percibir de forma notablemente diferente su situación espiritual: «Mi pensamiento, cuando se vuelve hacia Dios, ya no se encuentra con aquella puerta de cerrojo echado»[24].
En las entradas posteriores de su diario íntimo se impone ya la mente lógica y cristiana de Lewis. Entonces descubre que el intenso dolor que sufre el ser humano lleva a comprender de una forma nueva a Dios y a sí mismo: «Las torturas tienen lugar. Si son innecesarias, es que no existe Dios o que el que hay es malo. Si existe un Dios bien intencionado, será que estas torturas son necesarias. Porque ningún ser medianamente bueno podría infligirlas o permitirlas, si hubiera otro remedio»[25]. El cristiano doliente puede intuirse a sí mismo como un ser que debe necesariamente sufrir, y así puede entender que el dolor es inevitable[26].
Por otra parte, Lewis entiende que el dolor es un medio único para probar nuestra fe en Dios: «es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio…»[27].
Lewis se da cuenta de que si le han «derribado su casa de un manotazo es porque era un castillo de naipes, y yo no lo sabía» (p. 40). Esa nueva experiencia de su pequeñez sólo la pudo alcanzar a través del sufrimiento[28].
Lo único que podemos hacer con el dolor es aguantarlo, aunque la experiencia del sufrimiento es muy distinta cuando el sujeto advierte que tiene un sentido. Ahora bien, los cristianos sólo entenderemos plenamente el sentido del sufrimiento al final de nuestra vida, una vez que hayamos alcanzado a Dios: «Nos daremos cuenta de que no existió nunca ningún problema»[29]. Es decir, entonces veremos la futilidad que está implícita en cualquier intento de formular una teodicea y justificar así a Dios. En efecto, ¿qué sentido cabrá atribuir a nuestros intentos de justificar las acciones de quien se revelará con evidencia como el único Santo y el Juez de la humanidad?
Ciertamente en la tierra sólo podemos, ayudados por la fe, intuir vagamente esa verdad: «Más de una vez tendremos aquella impresión que no logro describir más que como una risa sofocada en la oscuridad. La sensación de que una simplicidad apabullante y desintegradora es la verdadera respuesta»[30]. Es decir, en los momentos de mayor sufrimiento, cuando la vida doliente parece absurda y el hombre percibe agudamente su insalvable soledad como sufriente, hemos de caer en la cuenta de que no estamos solos y de que la aporía de nuestro sufrimiento es sólo aparente.
Los dilemas que en medio del sufrimiento planteamos a Dios no nos son contestados, porque son preguntas disparatadas, que carecen de respuesta: «Es una forma especial de decir No hay contestación. No es la puerta cerrada. Es más bien como una mirada silenciosa y en realidad no exenta de compasión. Como si Dios moviese la cabeza, no a manera de rechazo sino esquivando la cuestión. Como diciendo: Cállate, hijo, que no entiendes»[31].
José Miguel Odero
Universidad de Navarra
(Comunicación a la III Semana de Teología, organizada por la “Revista Española de Teología”)
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Notas:
[1] Las obras más importantes escritas por Lewis acerca de este tema son: The Pilgrim´s Regress: An Allegorical Apology for Christianity, Reason and Romanticism, London 1933; The Problem of Pain, London 1940; The Screwtape Letters, London 1942; Mere Christianity, London 1952; Reflections on the Psalms, London 1958; The Four Loves, London 1960; A Grief Observed, London 1961; Letters to Malcolm: Chiefly on Prayer , London 1964. Cuando seas posible, las citaremos por versiones castellanas.— Sobre la teología de Lewis, cfr. Mª Dolores ODERO, La teología apologética de C. S. Lewis, Tesis de Licenciatura presentada en la Universidad de Navarra, Pamplona 1990.
[2] «Cuando el dolor tiene que ser sufrido, un poco de valor ayuda más que mucho conocimiento; un poco de simpatía humana ayuda más que mucho valor, y el más leve rastro de amor de Dios es lo que ayuda más que cualquier otra cosa»: C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 10.
[3] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 104.
[4] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 106.— En un apéndice de este libro, el Dr. Howard —el médico de Lewis— observa que el dolor provee una oportunidad para el heroísmo, y que tal oportunidad es aprovechada con llamativa frecuencia (p. 153).
[5] «Todo aquello que le es dado a una criatura con libre albedrío tiene que ser un arma de doble filo, no por la naturaleza del dador o de la dádiva, sino por la naturaleza de quien lo recibe»: C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 106.
[6] «El dolor —hace notar Lewis— no sería problema si junto con nuestra cotidiana experiencia de este doloroso mundo no hubiésemos recibido lo que consideramos que es una suficiente seguridad en cuanto a que la realidad definitiva será justa y benigna»: C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 21.
[7] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 32.
[8] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 34.
[9] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 69.
[10]«No fuimos hechos fundamentalmente para que pudiésemos amar a Dios —aunque fuimos hechos para eso también—, sino para que Dios pudiese amarnos a nosotros, para que nos volviésemos objetos en los cuales el Amor de Dios pudiese complacerse. Pedir que el Amor de Dios se contente con nosotros tal como somos es pedir que Dios deje de ser Dios»: C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 51. —Lewis se está inspirando en las palabras evangélicas: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (I Juan 4,10).
[11] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 87.
[12] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 92.
[13] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 93.
[14] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 95.— En otra de sus obras Lewis observa que «lo característico de las penas y placeres es que son inequívocamente reales y, en consecuencia, mientras duran, le proporcionan al hombre un patrón de la realidad (...); porque naturalmente, cinco minutos de auténtico dolor de muelas revelarían la tontería que eran sus sufrimientos románticos»; es decir, la experiencia del verdadero dolor desvela la mentira ínsita en nuestros sufrimientos imaginarios: The Screwtape Letters, London 1942, p. 76.
[15] Cfr. C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 91.
[16] «El lugar que Dios asigna a las criaturas humanas en su esquema de cosas es el lugar para el cual ellas han sido hechas. Cuando ellas lo alcanzan, realizan su naturaleza y alcanzan su felicidad; en el universo ha sido curado un hueso fracturado y la angustia ha concluido»: C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 52.
[17] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 103.
[18] «Recientemente los científicos nos han informado que no tenemos el derecho de esperar que el verdadero universo sea susceptible de descripción y que si trazamos esquemas mentales para ilustrar la física del quantum nos estamos apartando de la realidad en vez de acercarnos a ella. Y menos derecho tenemos aún en pretender que las más elevadas realidades espirituales sean descriptibles o siquiera explicables en términos de nuestro pensamiento abstracto»: C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 85.
[19] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 14.
[20] C. S. LEWIS, El problema del dolor, Miami 1977, p. 40.
[21] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 36.
[22] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 61.
[23] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 23.— Con la inicial H. Lewis se refiere en este libro a su mujer.
[24] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 60.
[25] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 45.
[26] Aunque entendido como inevitable, el dolor sigue apareciendo como un misterio, algo que «no somos capaces de entender»: C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 72.— Pero la fe asegura al cristiano que «Dios nos hace daño solamente por nuestro bien»: ibid., p. 45.
[27] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 27.
[28] El dolor viene para probarnos, pero esto «conviene entenderlo a derechas. Dios no ha estado ensayando un experimento sobre mi fe o mi amor con vistas a poner en claro su calidad. Esta calidad ya la conocía El. Era yo quien no la conocía (...). El siempre supo que mi templo era un castillo de naipes. Su única manera de metérmelo en la cabeza era desbaratarlo»: C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 52.
[29] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 68.
[30] Ibid.
[31] C. S. LEWIS, Una pena observada, Madrid 1988, p. 66.
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