Textos de S.S.
Juan Pablo II
Arvo Net, 5.5.2006
Queridos enfermos: no he venido únicamente a
traeros mi aliento humano, sino también, y
sobre todo, para traeros el consuelo de la
fe cristiana. He venido para deciros que
vuestras enfermedades están inscritas en el
plan de amor paterno y exigente de Dios. No
veáis en ellas una ciega fatalidad, sino una
prueba siempre providencial, aunque desde el
punto de vista puramente humano sea a veces
oscura e incomprensible.
Elevad vuestros ojos a Cristo, que aceptó la
prueba de su pasión. Miradlo a
El,
inocente, que ofreció sin reservas su vida
para salvar a todos los hombres; a
El
que se confió a Dios, su Padre, con total
abandono. En un primer momento, como bien
sabéis, pidió que se apartara aquel
cáliz
amargo; con todo, enseguida añadió: «pero no
se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,
42). Y su sufrimiento se convirtió para
nosotros en causa de salvación, de perdón,
de vida.
Vuestra unión con el sufrimiento de Cristo
constituye el culmen de vuestra actitud de
fe. Aquellos que han sido llamados a
compartir el dolor con Cristo no sufren un
castigo, sino que son invitados a participar
en una tarea comprometedora y fecunda, pues
su sufrimiento, si es aceptado y ofrecido
con amor, se transforma en fuente de gracia,
de paz y de gozo. Se convierte en ese
camino, estrecho si, pero que es el que
conduce al Paraíso [A
los enfermos, en el Santuario de la Virgen
de Civita, Gaeta, Italia, 25-VI-1989]
El gran valor del dolor ofrecido
Os pido, por tanto, hermanos y hermanos que
sufrís, que os metáis con fe en el misterio
de la cruz de Cristo, ofreciéndole vuestro
dolor humano, para que
El,
uniéndolo al suyo, lo ofrezca al Padre como
ofrenda pura. Los Santos, los cristianos
auténticos, iluminados por la gracia, han
intuido el significado y la fecundidad de
sus dolores [A
los enfermos de Terni, 19-I11-1981].
El alegre anuncio que la fe nos trae es
precisamente este: Dios, en su bondad, ha
salido al en
cuentro
del hombre. Ha obrado, de una vez para
siempre, la reconciliación de la humanidad
consigo mismo, perdonando las culpas y
creando en Cristo un hombre nuevo, puro y
santo.
Nunca debemos olvidar que nuestra
reconciliación ha costado al Padre un precio
tan alto. ¿Y como no darle gracias por este
amor que nos ha traído con la salvación, la
paz y la alegría?
[Audiencia
general, 13-IV-1983]
Uníos a Cristo como lo hizo la Virgen
Por medio de la fe, Maria esta unida
perfectamente a Cristo en su despojamiento.
A los pies de la cruz, Maria participa por
medio de la fe, en el desconcertante
misterio de ese despojamiento. Por medio de
la fe, la Madre participa en la muerte del
Hijo, en su muerte redentora; pero, a
diferencia de la fe de los discípulos que
huían, la suya era una fe mucho más
iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de
la cruz, ha confirmado ser el «signo de
contradicción», predicho por Simeón. Al
mismo tiempo se han cumplido las palabras
dirigidas por él a Maria: «¡Y a ti misma una
espada te atravesará el alma!» [Carta
Encíclica
Redemptoris mater, n. 18]. La
espada atravesó su corazón, causando un
dolor indecible: ¡el sufrimiento más grande
preparado para Maria en este camino de fe, a
través del cual seguía a Cristo! Maria
estaba de pie ante la cruz en el Gólgota
(...). En la Anunciación había exclamado:
«Hágase en mi según tu palabra»
(Lc 1,
38). Ahora renueva la misma disponibilidad
en el
momento del mas grande dolor. ¿Quién es en
ese momento su Madre? Es la que esta ante la
cruz, la que escucha con obediencia heroica
de fe la Palabra de Dios, la que con todo el
dolor de su
corazón
cumple, junto con su Hijo, la voluntad del
Padre [Alocución en el Via Crucis, 1-IV-1988].