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Por Javier Aranguren
Este siglo está lleno de cosas bellas, y de pesadillas. En 1931 Adouls Huxley escribió una novela marcadamente oscura y desesperanzada acerca de la decadencia de la condición humana: la cuestión radica en discernir si su pesimismo se ve originado por un desenfoque algo enfermizo o interesado del autor, o porque justamente él se atrevió a abrir los ojos y se ve forzado a concluir precisamente eso, lo que nos cuenta, lo que nos espera.
La obra lleva el engañoso título de Un mundo feliz y, en bastantes de los pormenores que describe en el siglo séptimo de la era Ford, acierta a dar cuenta de muchas cosas que ahora mismo nos ocurren. Por un lado, en esa novela se anuncia la escisión entre sexo y procreación: los niños son decantados de frascos y se ha conseguido que las relaciones sexuales sean siempre no fecundas: la ingeniería venció definitivamente a la naturaleza; la humanidad consiguió la máxima conquista de su libertad al abolirse a sí misma. Por otro, se ha eliminado la posibilidad del enamoramiento y, así, la gente ha dejado de sentir la realidad del desamor y ya no pueden sufrir los dolores del corazón, aunque sea al precio de no saber lo que es amar, de reír idiotamente ante el absurdo de la obsesión de Romeo: ¿es que el muy imbécil no se daba cuenta de que hay muchísimas más chicas, muchísimos más cuerpos, que la gentil Julieta?
En el mundo soñado por Huxley ha cambiado el perfil del amor: encuentros casuales, cambios constantes de parejas, reducción de las mujeres (y de los hombres) al carácter neumático o bello de su físico. No se lee nada, exceptuando los libros técnicos que sirven para sacar adelante las diversas industrias. No existe la sabiduría: lo más profundo es manipular, lo único verdadero es lo útil. Allí se ha cambiado la experiencia estética por la táctil y sensible de unos olores o de los pelos de una alfombra de oso en cines llamados sensoramas, que sólo buscan entretener. El objetivo de ese arte, de nuevo, suena preocupantemente actual: sublimar las pasiones sensuales para lograr acallar todas las preguntas, no para contar historias. Los niños no tienen madres (palabra impúdica por excelencia); no tienen prejuicios morales; no tienen otro horizonte que el que su programa de predestinación social concreta para ellos dependiendo del nivel de desarrollo intelectual que su proceso de elaboración les ha otorgado, proceso elegido aleatoriamente también por los hombres (hombres a su vez predeterminados: luego, ¿quién manda?).
Se trata de un mundo en el que no se teme a la muerte porque no se piensa en ella, y en el que la fealdad y la pena han sido desterradas por un consumismo que aturde (lo viejo se tira y todo se gasta), y por el soma, una droga que en los momentos difíciles te aparta de la realidad hacia una felicidad física, eufórica, que no tiene los efectos secundarios del alcohol o de la cocaína; en la que la propia identidad, o los ideales, no cuentan para nada; en fin, un mundo que propugna un modelo de felicidad para el que la dimensión intersubjetiva brilla por su ausencia: no hay ningún «Tú», no existen «rostros» significativos, ni siquiera por tanto tiene importancia el «Yo»: «todos somos todos» repite automatizadamente su condicionamiento moral, y cualquiera es sustituible sin causar traumas de ningún tipo.
«Un mundo feliz», porque la gente ha dejado de lado la libertad y la posibilidad de traición, a cambio de un bienestar irreflexivo pero perpetuo. ¿Quién lo querría para sí? ¿Nos estará -en alguna medida- ocurriendo?
En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.
Cortesía para Arvo Net de autor y editor.
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